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Tragedias como la de Siria o de otros paises cuyos refugiados que tratan de llegar a Europa en frágiles pateras y muchos de ellos, incluso niños, terminan en la tumba que es el mar. Sólo en 2015, casi 4.000 personas se ahogaron en el Mediterráneo, y la UE mira hacia otro lado

La mal llamada crisis de los refugiados -mejor decir el éxodo forzoso y constante de miles de inocentes por la guerra propia y la inacción de Occidente- nos ha dejado en el año pasado unas cifras escalofriantes.Son más de 60 millones de personas las que están forzosamente desplazadas de sus hogares, la mayor cifra desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Conflictos como el sirio, que supera ya los cinco años de tragedia, mantienen al alza un flujo que acaba tratando de llegar a Europa en frágiles embarcaciones o travesías de semanas, sin casi bienes. Sólo en 2015, casi 4.000 personas se ahogaron en el Mar Mediterráneo, el 70% de los exiliados muertos en el último año en todo el mundo.

Estos datos, difundidos por la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) ante el Día Mundial del Refugiado que se conmemora ahora, evidencian que ni fotos como la del pequeño Aylan ahogado en una playa turca han conmovido al mundo que, aún, puede cambiar las cosas.España es uno de esos países con corazón de piedra. En 2015, explica CEAR, atendió a casi 15.000 solicitantes de asilo -batiendo su "escuálido récord"-, una cifra que supone el triple de la registrada sólo un año antes (5.947 en 2014) pero que sigue siendo apenas un 1% de las solicitudes registradas en los 28 países miembros. Alemania, por ejemplo, atendió más de 476.000 solicitudes. Y aunque el número de peticiones se multiplicó en España, la protección incomprensiblemente se redujo: se concedió el estatuto de refugiado a 220 personas, frente a las 384 que la obtuvieron en 2014, y se dio protección subsidiaria -asistencia similar pero de carácter temporal- a otras 800, cuando en 2014 la recibieron 1.199. De ahí que la organización afirme que "el derecho de asilo retrocedió de manera alarmante y vergonzosa en España y en Europa".

Estas son las grandes cifras del éxodo que sufre el mundo y que, en otro día internacional más, fijado por las Naciones Unidas, no sólo no se ha resuelto, sino que se ha agravado:

Mientras los políticos españoles en campaña electoral hablan de patrias y patriotismos diversos, en el mundo hay 160 millones de desplazados, abandonados a su suerte. Tenía razón  el profesor Javier de Lucas cuando, hace un año, decía que el Mediterráneo era el “naufragio de Europa”. Las cifras, siempre relativas, sobre las personas que han llegado de Irak, Afganistán y, sobre todo, Siria, a nuestras costas desde 2011 expresan una auténtica catástrofe humanitaria. Según la OIM, desde 2000 hasta 2014 han muerto en el Mediterráneo 22.394 personas que, huyendo de la violencia y el hambre, pretendían llegar a Europa, una media de 1.500 por año. En la última semana de mayo, los náufragos fallecidos en la travesía desde las costas de Libia a Italia alcanzaron entre 500 y 1.000 personas. Los refugiados que pretenden alcanzar las costas de Grecia e Italia suman varios millones de personas; según ACNUR, “el 60% de ellas mujeres y niños”.

La Unión Europea está viviendo un momento como en 1914: avanza como un sonámbulo hacia el abismo pero, por una mezcla de arrogancia e incompetencia igual a la de aquel entonces, se muestra convencida de que al final todo saldrá bien. Como en aquel fatídico año, los europeos parecen no darse cuenta de que los supuestos bajo los cuales ha venido funcionando el orden del que se ha nutrido el proceso de integración europeo, han dejado de aplicarse, poniendo su existencia en peligro.

En el exterior, el orden internacional sobre el que se ha sustentado el proyecto europeo durante las seis décadas transcurridas desde su puesta en marcha, ha cambiado tan radical y profundamente que ha convertido a la Unión Europea en un ente obsoleto e incapaz de valerse por sí mismo. Criada bajo el paraguas de seguridad norteamericana, a la UE no se le da bien la geopolítica, ni a escala global ni a escala regional, pues desconoce el lenguaje de poder (estatal y militar) que domina las relaciones internacionales en este siglo XXI marcado por el auge de China y la resurgencia de Rusia.

Al tiempo, tampoco es capaz de convertir su riqueza y capacidad económica en influencia en el tablero desde el que se gobierna la economía mundial. Unos utilizan el dólar, otros sus inversiones, los de más allá el petróleo, incluso los flujos migratorios para sumar o torcer voluntades. Pero la UE no es capaz de movilizar ni el euro ni su mercado interior para proyectar ni sus valores ni sus intereses.

Si Europa quiere sobrevivir políticamente necesita una periferia en paz y una globalización compatible con sus principios y valores. Pero en lugar de crear un anillo de prosperidad y seguridad en su entorno, está presionada por un inmenso arco de inestabilidad que se extiende desde el Ártico hasta Magreb y que en ausencia de políticas de seguridad interior y exterior comunes, termina blindando sus fronteras y desequilibrando el propio proyecto europeo, para caer al vacío.

En el interior, las tensiones generadas por los fallos de diseño del euro y la insuficiente y dividida respuesta a la hora de afrontar con eficacia y rapidez una crisis financiera como la que se desencadenó en 2008, ha creado una crisis de legitimidad de muy difícil superación. En ausencia de una identidad común y de una democracia vibrante, la UE solo puede legitimarse con resultados económicos, que no solo llegan nunca, sino que parten a los europeos en dos bloques antagónicos. A la divergencia económica entre norte y sur, centro y periferia, acreedores y deudores, se añade así una mala sangre política en la que los reproches morales acompañan a la percepción de que la integración europea se ha convertido en un juego de suma cero donde todos piensan que están siendo explotados por otros.

No es de extrañar que en una Europa que no crece, no crea empleo o es empleo-basura, temporal y que enfrenta a unos socios con otros en torno a unas políticas de austeridad que unos perciben como abusivas y otros como de todo punto insuficientes, se produzca un auge de fuerzas anti-europeas. Aunque disfrazadas bajo un manto democrático, y pese a su considerable maestría en el marketing político, esas fuerzas no representan otra cosa que la reedición de los viejos nacionalismos que asolaron Europa. Que los problemas que señalan los eurófobos sean reales no convierte sus soluciones (salir de la UE, volver a la moneda nacional, expulsar a los inmigrantes) en acertadas.

Pero es precisamente el negacionismo del establishment europeo y su falta de respuesta lo que da credibilidad a esas soluciones. Sin duda que una eventual salida del Reino Unido sería catastrófica para el proyecto europeo: pero aún con la victoria de los partidarios de la permanencia, la UE seguiría estando en peligro debido a la concatenación de una periferia en erupción, el estancamiento económico y la alienación de una parte importante de la ciudadanía. Los líderes europeos no pueden seguir mirando hacia otro lado, aplicando soluciones parciales e insuficientes a los problemas que se apilan encima de la mesa. Deben, en un acto de liderazgo, sentarse en una mesa y no levantarse de ella hasta que cierren una salida conjunta a las múltiples crisis. Es necesario refundar Europa sobre un nuevo pacto que incluya la economía y la seguridad, dentro y fuera de Europa. Porque en ausencia de una salida europea, habrá una salida nacional. La UE es todo lo que tenemos para interponer entre nuestros valores y el caos. Es única, valiosa y frágil. Por eso es una especie amenazada. (© Lena, Leading European Newspaper Alliance)

Los intereses políticos y sociales de Europa tendrán que ponerse al día si quieren subsistir

Es de destacar que la inmensa mayoría de estos migrantes huyen de la guerra, la violencia y la destrucción de sus viviendas; por ello, la Convención de Ginebra de 1951 ya reconoció “el carácter social y humanitario del problema de los refugiados”. La respuesta de la UE es ya conocida. El rechazo a acoger y reubicar a todas aquellas personas desde una posición entre xenófoba e insolidaria. Y, por supuesto, violando las directivas y otras decisiones que, con mucha anterioridad, ya habían previsto cómo actuar ante la “afluencia masiva y repentina” de migrantes, especialmente si eran refugiados.

Pero los dirigentes europeos no solo han vulnerado sus propias normas comunitarias, sino que han ido mucho más lejos. El 18 de marzo aprobaron un acuerdo con Turquía por el que, tratando a los refugiados como si fueran mercancías, decidieron la devolución a ese país de los refugiados que habían llegado a Grecia negándoles sin más el fundamental derecho de asilo; pese a ello, a día de hoy continúan en este país más de 50.000 personas, familias completas, menores, enfermos, todos viviendo en campamentos que carecen de los servicios más elementales. Y lo hacen sabiendo que tienen prohibidas las “expulsiones colectivas” de extranjeros, cualquiera que fuese su condición, y que Turquía no cumple en absoluto los requisitos para ser considerado un “tercer país seguro”, como exige la normativa. Es decir, que no ofrece ninguna garantía de que los refugiados devueltos vayan a ser respetados en sus derechos, especialmente a la vida y a la libertad.

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En efecto, así lo ha acreditado el grupo de eurodiputados de la Izquierda Unitaria Europea que a principios de mayo visitaron los campos donde están internados los refugiados devueltos antes del acuerdo. La eurodiputada Marina Albiol decía: “Un millón de niños refugiados en Turquía tienen edad escolar. Sin embargo, solo el 13% puede ir a la escuela”. La realidad que observaron era de una dureza inaudita. Documentaron la aplicación de un régimen carcelario a miles de personas o un duro trato policial. Por otra parte, la UE no desconoce que el Estado turco ha reprimido y bombardeado a los kurdos y que, según el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, dicho Estado es el segundo, tras la Federación Rusa, en la práctica de la tortura. Por todo ello, los representantes del Parlamento europeo titularon su Informe Lo que Merkel, Tusk y Timmermans deberían haber visto durante su visita a Turquía.

Amnistía Internacional ha dicho que para aplicar aquel acuerdo “hay que tener corazón de piedra y un absoluto desprecio por el derecho internacional”. Desde la perspectiva del derecho europeo, representa un absoluto menosprecio por los valores expresados en el artículo 2 del Tratado de la UE: “La dignidad humana, la libertad, la democracia, la igualdad, el Estado de derecho, y el respeto de los derechos humanos”. Valores comunes a una sociedad caracterizada por “el pluralismo, no discriminación, tolerancia, justicia, solidaridad e igualdad entre hombres y mujeres”. Valores evidentemente no solo olvidados sino pisoteados en el trato dado a miles de personas y familias entre las que se incluyen desde luego “personas vulnerables”, sobre todo menores no acompañados y enfermos, a quienes el ordenamiento comunitario exige una especial atención. Resultan alentadoras las noticias que llegan de que víctimas de estos crímenes están apelando al Tribunal de Justicia de Luxemburgo para conseguir la anulación de ese acuerdo tan injusto como ilegal. La guerra y la persecución echa de sus casas a 24 personas por minuto en todo el mundo.

Diaspora ha hablado de otras organizaciones humanitarias, pero no olvida una organización humanitaria global: ACNUR que nació al término de la segunda guerra mundial para ayudar a los europeos desplazados por ese conflicto.  Muy optimista, la Asamblea General de Naciones Unidas creó el 14 de diciembre de 1950 al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados con un mandato de tres años para completar sus labores y luego disolverse. Al año siguiente, el 28 de julio de 1951, fue adoptada la Convención de Naciones Unidas sobre el Estatuto de los Refugiados, el fundamento legal para ayudar a los refugiados y el estatuto básico que rige el trabajo de ACNUR.

En 1956 ACNUR enfrentó su primera emergencia de grandes dimensiones: la llegada masiva de refugiados cuando las fuerzas soviéticas aplastaron la revolución húngara.  Cualquier expectativa que ACNUR sería pronto innecesario desapareció. En 1960 la descolonización de África generó la primera de múltiples crisis de refugiados en ese continente que han requerido la intervención de ACNUR. En las dos décadas siguientes, ACNUR ayudó en crisis de desplazamiento en Asia y América Latina. Hacia finales de la década había nuevas situaciones de refugiados en África y repitiendo la historia, nuevas afluencias de refugiados en Europa a causa de las guerras en los Balcanes.

El inicio del siglo XXI ha visto a ACNUR ayudando en grandes crisis de refugiados en África, como las de República Democrática del Congo y Somalia, y en Asia, especialmente en la situación de refugiados en Afganistán, que ya lleva 30 años. Al mismo tiempo, se ha solicitado a ACNUR usar su experiencia para ayudar también a las personas desplazadas internamente por los conflictos.  Además ha ampliado su papel para ayudar a las personas apátridas, un grupo largamente olvidado de millones de personas en riesgo de que se le niegue el reconocimiento de sus derechos básicos porque carecen de nacionalidad.  En algunas partes del mundo, como África y América Latina, el mandato original de 1951 se ha visto reforzado por la adopción de instrumentos legales regionales.

En 1954, ACNUR ganó el premio Nobel de la Paz por su trabajo de primera línea ayudando a los refugiados en Europa.  Su mandato acababa de ser ampliado hasta el final de esa década.  Más de un cuarto de siglo después, la organización recibió en 1981 nuevamente ese galardón por su trabajo mundial de asistencia a los refugiados, con una mención a las dificultades políticas a las que se enfrentaba el Alto Comisionado. De los 34 funcionarios que trabajaban para ACNUR cuando se creó, ahora cuenta con más de 9.300 empleados nacionales e internacionales, incluyendo más de 1.050 en las sedes de Ginebra y Budapest. ACNUR trabaja en 125 países, con gente desplegada en 109 ubicaciones principales tales como oficinas regionales y nacionales y 341 oficinas en el terreno y suboficinas en lugares remotos.

El presupuesto ha crecido desde 300.000 dólares en el primer año de actividades a 6, 8 billones en el 2015.  A inicios de 2014 había más de 51 millones de personas desarraigadas en el mundo. A mediados de 2014 ACNUR estaba ayudando a 46.3 millones de personas: 26 millones de personas desplazadas internas, 13 millones de refugiados, 1, 7 millones de retornados, 3, 5 millones de personas apátridas, más de 1, 2 millones de solicitantes de asilo y otras 752.000 personas del interés general. Una organización con un mandato de tres años para resolver el problema de los refugiados celebró su 60 aniversario el 14 de diciembre de 2010, consciente que es poco probable que las necesidades humanitarias desaparezcan. Desde ese emblemático aniversario, ACNUR ha debido enfrentar múltiples crisis en África y Europa.

Al tiempo, tampoco es capaz de convertir su riqueza y capacidad económica en influencia en el tablero desde el que se gobierna la economía mundial. Unos utilizan el dólar, otros sus inversiones, los de más allá el petróleo, incluso los flujos migratorios para sumar o torcer voluntades. Pero la UE no es capaz de movilizar ni el euro ni su mercado interior para proyectar ni sus valores ni sus intereses.

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