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07/03/2016

A todas aquellas personas que lucharon, luchan y seguirán luchando por todas las causas justas en una sociedad que no lo es tanto. Por l@s que trabajan mostrando su rostro y por las personas que como María pensaron que serían más útiles trabajando en la sombra

María, hace ya la friolera de 27 años que asististe por primera vez a una manifestación, fue el 8 de marzo del 1989. El día de la mujer trabajadora. Casi una década avalaban nuestra constitución, sin embargo el miedo se hacía patente en algunos puntos de la poca afluencia en las calles del viejo Madrid. La calle Atocha, testigo mudo de la historia te vio llegar tarde, sudorosa y azarada, pediste permiso en el trabajo para llegar a tiempo y no te lo concedieron, por lo tanto en aquel momento, tus piernas jóvenes hicieron la carrera más rápida de tu vida.

En aquel entonces, a pesar de tu juventud, ya sabías que no lo tendrías fácil. Alguien a quien tú tenías estima, te dijo unas palabras que golpearon tu cabeza, una y otra vez durante toda tu vida. “Eres mujer, lesbiana, roja y atea, difícil combinación que te hará sufrir y muchas veces tendrás que ocultar si no quieres salir herida”.  Aquellas palabras más que adentrarte en una cobardía, te dieron la fuerza para luchar y seguir trabajando por todo aquello que soñaste más de una vez, despierta.

Ante todo, te sentías mujer, una mujer trabajadora. Convertías tus miedos en fortaleza, tus debilidades en paciencia, tus sueños en bandera. Sabías perfectamente que tu lucha había comenzado formalmente, quedando atrás la rebeldía ansiosa de tu juventud. Algunas mujeres de la época optaron por hacer su lucha desde el feminismo, tú te negaste, nunca te gustaron los extremos, ni siquiera buscabas la igualdad de los sexos, ya que empezando por lo físico, ambos son distintos. Sí, luchabas por esos derechos siempre silenciados y arrebatados, tanto por la política, patronal, sindicatos, prensa y por que no decirlo, también la tan hipócrita sociedad. Mismo trabajo, igual salario. El reconocimiento igualitario dentro del mismo.

Discutiste con infinidad de personas, sobre todo mujeres, estabas convencida que la lucha tenía que comenzar siempre desde la educación, y en la mayor parte de nuestra sociedad, la educación siempre recayó sobre la mujer, madre primero, hermana, hija, educadoras… por lo tanto el yugo de los hombres caía una y otra vez, implacable sobre nosotras.

Nuestro mayor enemigo.

¡Nosotras mismas!

Supiste desde el principio que tu preparación iba a ser ardua, tenía que ser así, no podía ser de otra forma. Trabajabas y estudiabas al mismo tiempo. Las pocas horas que te quedaban libres, ni siquiera conseguías conciliar el sueño, lo ocupabas en escribir y buscaste las formas para que todo lo que escribías llegase a hombres y mujeres, y poner bajo un pseudónimo tu pequeño granito de arena.

Te granjeaste enemistades, tanto de hombres como de mujeres, tus palabras nunca tuvieron compasión con todos aquell@s que en vez de buscar la construcción, se limitaban a humillar, ultrajar, sepultar, incluso lapidar a toda mujer que intentase la osadía de subir escalones. Sigues demostrando que incluso a día de hoy, en los poderes políticos, no existe ni una sola mujer que lidere uno de esos partidos que tanto abanderan la lucha por la mujer y que para colmo politizan incluso las víctimas de violencia con la única intención de ganar votos.

Rompiste esquemas, incluso los tuyos propios. Trabajaste en círculos, hasta entonces vetados a mujeres y que solo unas pocas conseguisteis llegar. Transgrediste con tus osadías, lastimando consciente y sin piedad, incluso a parte de los que más querías. Llevaste hasta el límite de tus fuerzas tu lucha, la enseñanza que te había dado, aunque suene irónico, un hombre, tu padre.

Tu padre fue quien te inculco que aunque él no podía costear tus estudios, debías prepararte, para no estar nunca bajo el yugo de nadie, ni hombre ni mujer y si poder caminar a la par con quien eligieses. Le costó aceptar tu condición sexual, aunque en el fondo se sentía culpable pensado que te había educado como a un hombre, nada más lejos de la realidad, te educó para ser ante todo persona y en lo profundo de su ser, supo siempre que eras lesbiana.

Tampoco estaba muy convencido de tus ideas políticas, sabía que no encajaban ni siquiera en la izquierda,   te ganaste el apodo de “roja” con 16 años y el de “atea” días después, con aquell@s que no ven más allá de sus narices, piensan que todo aquel que no se santigüe, no mortifica sus pecados y que con sus golpes de pecho proporcionan maná.

Demostraste una y otra vez, que ni tan siquiera la palabra es libre en las innumerables censuras de tus escritos. Eso no te paró, porque sabías que la libertad radica dentro de ti, de tu pensamiento y eso no te lo puede robar nadie.

Tú, fuiste una de tantas mujeres y hombres que lucharon, esa lucha nunca fue en vano. Aún queda mucho por hacer, por luchar, por trabajar... Sé que no pararás hasta que tu último aliento te detenga y desde aquí hago un llamamiento tanto a hombres como mujeres para seguir, para unir fuerzas, para que no nos arrebaten lo logrado y sobre todo para que la visibilidad de la persona se haga patente, no se siga enquistando por el mero hecho de ser mujer.

La lucha no se debe violentar, ya ha habido multitud de muertes en la violencia doméstica, suficientes para comprender que la debilidad no se contrarresta con más sufrimiento, y mucho menos con más violencia a mujeres, niños, ancianos, incluso a hombres.

Siempre mantuviste, que la lucha, ha de hacerse desde esa locura cuerda que te caracteriza, sigues insistiendo en la preparación, trabajo y sobre todo en la educación, basándose en el respeto mutuo.

Podría seguir escribiendo sobre ti, pero sé que siempre te ha gustado el anonimato y trabajar desde la sombra. No has querido ser nunca el ejemplo de nadie, ya que cada persona somos un pequeño mundo. Ni siquiera te voy a felicitar por el día de la mujer trabajadora, ya que sigues pensando que mientras no se consiga erradicar tanta lacra en nuestra sociedad que anula a la mujer,   no hay nada que celebrar.

Así  que, compañera de camino, ni siquiera me despido con un adiós, lo hago con un hasta luego. Que el adiós siempre te sonó a religioso, mea culpa y perdón. Que ya escribiste que al llegar la semana santa, pagando bula, te daban la bendición, quedándose la iglesia de judas, los derechos de autor.

Charo Toledo

Mujer, lesbiana “roja y atea”

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