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CarlosarauzMiembro desde: 08/09/12

Carlosarauz

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12/04/2013

Hoy en I love Google´s Robot, en su escaparate, un relato corto de un autor novel que firma con el seudónimo de Angie. Os recomiendo su lectura, no os dejará indiferentes.

COSECHAR LA TIERRA Y JUGAR AL DOMINÓ.

Angie.

- Cerré la puerta tras de mí conteniendo una arcada que invitaba a todo el whiskey traído directamente desde las tierras altas de Escocia a salir como un surtidor. Me apoyé en la barandilla de la escalera y puse el pie en el tercer escalón. Me anudé una zapatilla, luego la otra y llamé al ascensor. Allí esperando, volví a retener otra arcada. Esta vez por el olor empalagoso y dulzón que escapaba de la puerta del apartamento a mi espalda.

El ‘ding’ de la llegada del ascensor y el crujido de la apertura de puertas me hicieron cerrar los ojos y apretar los dientes ante el punzamiento en la zona occipital de la cabeza. El ascensor bajaba lento en el edificio de apartamentos Dakota, que podía pagar gracias a mi relación comercial con S&P como analista del mercado europeo.

Cuando llegó a la planta uno, se abrieron las puertas y dos policías esperaban en la puerta. Saludé con un gesto de cabeza y me puse a trotar hasta la puerta que daba acceso a la calle. Me miraron de arriba abajo, dudaron un instante y se metieron al ascensor. Tony, el portero portorriqueño ya estaba sujetando la puerta para que pudiera salir.

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-Hola Tony- Saludé en castellano.

- Buenos días señor – dijo Tony mirando al suelo y palpándose el bolsillo de la americana azul con galones dorados.

El frío repentino produjo en mí un escalofrío restaurador. Una ola gélida sacudió mi cuerpo desde los dedos de los pies hasta la coronilla, recordando lo que llevaba semanas olvidado:

Que pertenezco a la élite, a esa clase de personas que pueden enfrentarse a lo que sea. Una vez leí en una de esas revistas que regalan en los aviones, que los reyes persas o egipcios salían a cazar leones y se enfrentaban a ellos con el arco y las flechas o con un puñal. Solo el rey contra la bestia. Sin más ayuda que unos trozos de madera y metal. Músculos contra músculos, pericia de cazador contra pericia de cazador, inteligencia contra inteligencia… Y yo siempre ganaba. Era el Rey. Había hecho ganar ingentes cantidades de dinero gracias a mis estudios sobre el mercado con solo mover un dedo, había atraido a grandes fortunas a la compañía, mi despacho tenía una de las vistas más privilegiadas de la isla de Manhattan, hasta había conseguido traer un león disecado de África y dos grandes colmillos de elefante que daban a la habitación un aire triunfal. Como si el Rey llegara después de la cacería con la presa bajo sus rodillas en la cuádriga de plata y marfil y los súbditos lanzaran pétalos de rosas blancos y rojos a mi paso.

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Troté hacía Central Park mientras pensaba en todo esto con el pecho inflado. Crucé el paso de cebra dejando pasar a una chica joven y rubia que había llegado tras de mí por el estrecho hueco que dejaba un taxi amarillo que había invadido la zona de cruce. Entré en Central Park mirándole el trasero a la joven rubia que moldeaban las mallas de ‘running’ como solían decir los yanquis. Pero rápidamente, al pasar cerca del jardín que pretende recordar el asesinato de John Lennon me puse a su altura dejando claro quién era el Rey. Al pasar a su lado sonreí, esa amplia sonrisa que había conquistado tantas bellezas en los años que llevaba en Nueva York. La joven rubia no miró, con los oídos tapados por pequeños auriculares mantenía la vista al frente. Así que la adelanté y empecé a notar nuevamente el pinchazo que producía el whiskey escocés en la región occipital.

Corría y corría demasiado deprisa. Intentaba dejar la mente en blanco. Pero el frío ya no actuaba como componente energético, se había esfumado el efecto reparador. A la cabeza me venía ella, morena, ojos verdes, delgada, con más estilo que cualquier mujer neoyorkina. ¡La odiaba! Era todo mentira, nunca me dejaría ¿Por qué iba a dejar al Rey? ¿Cómo había podido presentarse dos días atras en mi apartamento con los papeles del divorcio? Era una mala época con eso de las Navidades, cenas de empresa, galas benéficas, regalos, presentaciones en público. No podría explicar su ausencía sin avergonzarme. ¿Como pretendía dejarme? ¡Era imposible! Con todo lo que había hecho por ella…

Le había comprado un ático en Madrid cerca de la clínica veterinaria donde trabajaba casi de forma gratuita. ¿Como iba a pagar los cruceros por el Caribe, el refugio en los Alpes, el safari fotográfico Tanzania? ¿Quién le iba a regalar esos zapatos de mil dolares? ¿Los bolsos? ¿Los vestidos? ¿Quien había pagado la cuenta del mejor oncólogo de Estados Unidos cuando su madre murió de cáncer?

Un recuerdo, una nebulosa de color rojo nubló mi vista, esta vez no pude contener la arcada, busqué una papelera, pero no encontré nada así que me agarré a la barandilla que separaba el camino del césped y vomité el whiskey de dieciocho años en la zona verde. Una, dos veces, tres, fueron las veces en las que fluía de mi garganta un torrente.

¡Qué sensación de alivio! Empezaba a chispear y me volví a poner en marcha antes de que llegara a mi altura la joven rubia y viera que había estado vomitando. Bajaba por Central Park hacia el sur y frente a mí se erigía el mar de acero y piedra. La vorágine, la marcha, el frenesí. Allí al fondo, en el cielo neoyorquino, se cerraban tratos de millones de dólares y no se tenía ni tiempo de almorzar, se bajaba a por un perrito de un puesto de un hindú o un europeo del este para devorarlo fugaz, ansioso, como un leviatán. Así era la vida del Rey.

Los grandes rascacielos capitalizaban la vista del cielo de Manhatan y me volvían a inflar el pecho. Igual que esos grandes constructores que habían desafiado a las alturas cuando nadie confiaba en el hombre, cuando la depresión de la guerra y la crisis económica llamaban a la precaución y al resignamiento, ellos habían apostado duro, habían apostado todo por unos proyectos quiméricos en los que nadie confiaba. Acero y piedra. Sueño y realidad. Esos hombres ganaron por que apostaron fuerte. Yo iba a hacer lo mismo, pagaría al mejor penalista al norte de la calle ciento veinticinco.

Que tuviera el cabello moreno y fuera español era un argumento que todavía valdría para llegar al fondo del corazón del jurado. Además era el ejemplo claro de la consecución del Sueño Americano. Beca en Yale por mis excelentes notas en la Universidad Europea Económica de Bruselas. Trabajo como analista de bonos en la Eurozona con sede en París y de allí la oferta de S&P. ‘Carrera supersónica’ como me gustaba presumir ante las aspirantes a modelo de los clubes de moda. Ya imaginaba a los programas de las noticias de la mañana viajando a España y preguntando a los mostoleños por mí. Grabarían la plaza, el mercado, mi colegió, el instituto, el piso donde crecí, mis padres ya no vivían allí…

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Otra vez el pinchazo en la zona occipital. Bajé el ritmo. A mi derecha quedaba la estatua de San Martín. Pasaban a su lado los coches de policía con las letras azules PDNY haciendo sonar las sirenas ¡Maldito dolor de cabeza! Mi padre siempre se negó a recibir cualquier regalo, hasta me hizo devolver el Mercedes que le compré con mi primera comisión importante. No se daba cuenta que me avergonzaba con el Renault 19 con la pintura oxidada. Malvendió el piso de Móstoles y volvió a Zamora con mi madre. ¡Cosechar la tierra y jugar al dominó! Uno de los mejores maestros de Economía que había tenido. Podía haber aspirado a lo que quisiese. ¡Cosechar la tierra y jugar al dominó! Odiaba ese olor a estufa de leña y a casa vieja. Menos mal que ninguno de mis compañeros de trabajo sabía todo esto, si no me habrían perdido el respeto que me había ganado dólar a dólar.

Ya remontando la Quinta Avenida hacia el Norte, divisaba los apartamentos donde había sido invitado y pagado encantado otras veces: Miles de dólares, lujo, glamur, fiestas y banquetes cada noche. Habanos, camisas italianas, rolex de oro, diamantes como nueces, batines de seda, langosta traída en avión de Tailandia, kobe europeo criado con vino, caviar de esturión del Volga, camareros con propinas de cien pavos, putas de quinientos dólares, bandejas de plata llenas de cocaína, hasta una vez conocí un rapero que encendía los habanos con billetes de quinientos.

Ese era mi mundo y no me lo iba a arrebatar una veterinaria delgaducha de ojos verdes.

¿Cómo se había atrevido a intentar dejarme, a mí, al Rey?. ¿ Qué pensarían mis compañeros de trabajo y los jefes? No podía ser era imposible. ¡Nunca lo haría! Ella creería que su vida sería mejor al lado de uno de esos sucios hippies, antisistema… ‘Perroflautas’ me había comentado un compañero de carrera que los llamaban ahora en España. Sonreí ante la palabra. ‘Perroflauta.’ ¡Que acertado!

Atravesé de sur a norte Central Park, con un trote ligero, a mi derecha, la Quinta Avenída. No estaba dispuesto a sacrificar todo por lo que había luchado. Nadie sabía la gente que había pisado, los compañeros que había vendido, el daño que había hecho a millones de familias. Era el Rey y tenía súbditos que debían mantener mi estatus, mi tren de vida, mis privilegios… Una vez un padre de familia de Carolina del Norte se voló la tapa de los sesos en el ‘hall’ de la sede de la compañía. Fue una semana muy divertida, llena de mofas, chistes y sátiras sobre donde encontraríamos tejido cerebral. Lo mejor fue cuando a la recepcionista le regalamos un café con sesos de estos que venden en las tiendas de broma…

Más coches de Policía y más bocinas, a mi derecha el Museo Metropolitano. Seguí corriendo pero notaba un ligero mareo y otra vez el pinchazo en la zona occipital. Me paré.

Me llevé la mano a la sien. Noté una sensación húmeda y caliente. Miré mis manos. Rojas, llenas de sangre. Me remangué y tenía profundos tajos alrededor de las manos y de los antebrazos. La sudadera empezaba a empaparse. Decidí volver al apartamento. Llamar a la Policía y entregarme.

Sí, eso haría.

Trote hacía el edificio Dakota atravesando Central Park transversalmente. A medida que me acercaba oía las sirenas de los coches de policía cada vez más cerca. Cuando vi la media docena de coches de policía, las furgonetas de la televisión y de la prensa con esas grandes parabólicas y la zona acordonada decidí dar media vuelta. Nadie debía ver al Rey engrilletado. Buscaría una comisaría y me entregaría.

Empezó a nevar. Grandes copos empezaron a caer rápidamente cubriendo todo de un manto blanco. Intentaba correr, trotar, caminar rápido pero no podía, mi ritmo era lento y aún así me sentía mareado. Las mangas de la sudadera goteaban grandes círculos rojos en el suelo blanco. Dejaba a mi paso una estela de puntos rojos sobre el manto blanco.

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¿Entregarme? Pensaba mientras caminaba sin rumbo ¿Sería buena idea? Era un triunfador de Wall Street. A un tipo como yo la gente de la cárcel no le suele tratar muy bien. Existe una envidia, un resquemor, un resentimiento de la gente pobre y de los delincuentes hacia nosotros. Será por que estamos donde ellos han querido llegar, han fallado y les han encarcelado. En la cima del mundo.

Ese era yo, el Rey del mundo. Y como tal saldría de todo esto. Iría a la embajada española, quedaba cerca. Hasta una vez cené con el embajador y fui yo quien pagó lo de después. Volví a correr atravesando el parque. Esta vez pisaba la nieve con firmeza. ¿Qué me caerían diez o doce años como mucho? Saldría en cinco. Además tenía amigos en los grandes bufetes, conseguiría el mejor abogado de España. Podría alegar legítima defensa. Las marcas de mis manos y de mis brazos serían un gran argumento. Volvería a la cima del mundo en poco tiempo, volvería a ser el rey.

Antes de salir de Central Park me quité la sudadera la rompí haciéndola jirones y los envolví tapando los cortes de mis brazos y mis manos. Salí por la calle sesenta, giré a la derecha en Park Ave y recorrí un tramo escondiéndome de dos patrullas de policía que paraban a los transeúntes. Giré por la cincuenta y ocho y a pocos metros estaba la puerta de color bronce de la embajada.

Dos policías hacían guardia. Pero allí estaba yo, desangrándome, mareado, con un terrible pinchazo en la zona occipital pero dispuesto a acabar la misión. Como el rey persa que había salido a cazar el león más grande en siglos y aun herido y agotado lo iba a llevar a palacio. La cuadriga deplata y marfil y los súbditos lanzando pétalos de rosas blancos y rojos. Esperé un momento y al ver que uno de los policías salía de la zona a indicar una calle a un turista me lancé en ‘sprint’. Arrollé al policía y abrí la puerta de bronce de un fuerte empujón. Después me tendí sobre el mármol color crema y solicité asilo con grandes gritos.

Llegó la extradición, el vuelo a Madrid, el juicio, los nueve años en Soto del Real de los que cumpliré menos de la mitad. Y bueno ya sabes el resto… Llevas meses protegiéndome por más de tres mil euros al mes, drogas y lujos aparte. Yo te protegeré cuando salgas.

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Ahora, ponme ese pico bien cargado que me lo he ganado. -

Espero que os haya gustado como a mí. Buen trabajo, Angie.

Carlos Arauz

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