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No son los desacuerdos los que determinan la debilidad de tus relaciones, sino la manera en la que los resuelves. La mayoría de tus conversaciones: ¿Cómo se desenvuelven: dialogando o discutiendo? Esta información te ayuda a cultivar el arte de dialogar y no discutir

Tener opiniones desiguales sobre un asunto no quiere decir que tu relación con esa persona esté debilitándose o esté en crisis.

Cuando convives con personas, no son los desacuerdos los que determinan la debilidad de tus relaciones con ellas, sino la manera en la que los resuelves.

La mayoría de tus conversaciones con estas personas, ¿Cómo se desenvuelven:  dialogando o discutiendo?

Quizás digas que, dialogando, pero no lo creas tan así. Mi experiencia en tratar relaciones de pareja es que casi siempre en las sesiones terapéuticas terminan discutiendo.

¿Sabes por qué?

Este artículo te brinda información esclarecedora que te ayuda a cultivar el arte de dialogar y no discutir.

Te voy a decir algo que quizás no sepas: Uno de los retos más difíciles al que te puedes enfrentar es el de conocer el tipo de mente que tienes.

¿Por qué?

Porque está oculta de ti, porque casi nunca le prestas atención a este particular. La tienes tan cerca que es imposible observarla con nitidez.

Y un ámbito que evidencia ese desconocimiento es el del tipo de conversaciones que sostienes contigo mismo y con los demás.

Pregúntate: Con tu propia mente: ¿Dialogas o discutes?

Aunque no lo creas, si tu tendencia mental es a discutir contigo mismo, eso se reflejará en el tipo de relaciones que estableces con los otros.

Para que puedas entender mejor te voy a hacer un cuento:

Este hombre cumplía 64 años. Llegó a casa e­sa noche, después de una vida de casado de casi más de cuarenta años, lle­na de peleas y conflictos, pero cuál no fue su sorpresa al encontrar a su mujer esperándole con dos hermosas corbatas como regalo.

No daba crédito a lo que veía, nunca esperó eso de su esposa ya que su rutina era pelear y criticar.

El hombre se sintió tan feliz que le dijo, -No prepares la comida, en unos minutos estaré arre­glado e iremos a comer al mejor restaurante de la ciudad.

Se dio un baño, se arregló y se puso una de las corbatas que ella le había regalado. Su esposa se quedó mirándole fijamente y le dijo, - ¿Qué?, ¿Quieres decir que no te gusta la otra corbata? ¿No es la otra suficientemente buena?

Es obvio que el hombre solo podía llevar una corbata, sin importar la que hubiese elegido, pero el quid de la cuestión radicaba en que el viejo hábito de discutir de su esposa se impuso.

Ese hábito puede estar tan arraigado en ti que no sabes cómo, pero terminas encontrando cualquier motivo para discutir. Y el que busca siempre encuentra.

Cuando tienes un tipo de mente con tendencia a la discusión hasta las cosas más triviales te alteran. Si se te traba la cremallera del vestido te vuelves loca, si cocinando salta el aceite fuera de la sartén y embarra la cocina, te enfureces, si tropiezas con la mesa, la tomas con la mesa.

Cuanto más fija sea tu idea, más próximo estarás de la discusión

Pasas la vida sintiéndote herida, lastimada, por todo y por todos y siempre lista para entablar batalla.

No te das cuenta que tu deseo de discutir está presente cuando el amor se escapa por la puerta de atrás, cuando lo más importante para ti es imponer tu criterio o tu modelo de cómo ves al mundo, o cómo deben ser las cosas.

Sin embargo, el dialogo solo puede darse entre personas que se aman pues es más importante la otra persona que las creencias.

En la discusión está la molestia, en el dialogo está la comprensión. Puede ser que la conversación no se torne en discusión, pero si tu molestia interna sigue ahí, eso es tanto o peor que discutir.

En la discusión te cierras, en el dialogo te abres.

En la discusión no estás dispuesto a escuchar al otro; tu escuchar es aparente. Lo que estás haciendo es preparando tus contraargumentos. Mientras la otra persona habla tú estás buscando cómo rebatir lo que está diciendo.

En la discusión no estás buscando la verdad, sino tratando de demostrar que tienes la razón.

RECUERDA ESTO:

Las confusiones que surgen en la discusión son debido al interés de las personas en mantener sus ideas. Cuanto más fija sea tu idea, más próximo estarás de la discusión.

Sin embargo, cuando estás dispuesto a desprenderte de ella, cuando dudas de si tienes en realidad la razón, estarás más cerca del diálogo.

Eso no quiere decir necesariamente que tengas que cambiar tu forma de concebir al mundo, lo que tienes es que darte un espacio mental en el que la otra persona, con sus razones, también tenga cabida.

Siempre que una charla se vuelve discusión no hay lugar para el diálogo.

Cuando estés discutiendo nota cómo el lenguaje que usas está viciado, no hay frescura en tus argumentos, no tienes cuidado, ni consciencia en el uso de las palabras que utilizas.

Sólo los verdaderos amigos pueden dialogar, solo los verdaderos enamorados pueden charlar, porque no están para contradecirse, sino para diluirse uno en el otro.

Ellos hablan el lenguaje del afecto, del cariño. Y con ese lenguaje no hay discusión posible porque ese lenguaje no es incriminatorio.

Con ese lenguaje las palabras que se pronuncian son como caricias. Es un lenguaje no para herirse, sino para curarse, para encontrar juntos las soluciones a los problemas.

Con ese tipo de lenguaje no se crean cercas, ni vallas de opiniones y deseos, sino que se construyen puentes que permiten la penetración mutua en los sentimientos. Ese lenguaje no es para ganar, sino para aceptarse mutuamente.

Y tú, con las personas más allegadas (las que con más facilidad te pueden sacar de tus casillas): ¿dialogas o discutes?

Me gustaría saber tus experiencias al respecto y, como siempre te pido, por favor, comparte esta información con todas las personas que puedas, ¡estamos tan necesitados de diálogos!

MUCHAS GRACIAS.

 

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