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03/04/2019

El periodismo tuvo un lugar clave en la construcción de la epopeya durante 1982. Hablan dos enviados a las Islas

“Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”, arengaba Leopoldo Fortunato Galtieri desde el balcón en la Casa Rosada, un día como hoy pero de 1982. Con estas palabras, el presidente de facto transmitía la decisión de la Junta Militar de declarar la guerra a Gran Bretaña para recuperar el control de las islas Malvinas.

Junto con el conflicto se levantaría un poderoso mecanismo de propaganda orquestado por el poder militar, y con la complicidad de los grandes medios de comunicación. Esto ayudaría a construir la visión triunfalista sobre la aventura de Malvinas que la dictadura buscaría transmitir a la sociedad argentina, en un desesperado último intento de conservar el poder.

Durante los 74 días que duró la guerra, la gran mayoría de los medios de comunicación (con algunas excepciones como The Buenos Aires Herald) se abocaron a esta tarea. Montándose sobre un oportuno sentimiento chauvinista basado en una reivindicación justa, los medios jugaron un rol estratégico fundamental en los planes militares, actuando en muchos casos como correa de transmisión del gobierno de facto. Desde el Estado se ejerció una férrea censura y un control muy escrito de los contenidos informativos elaborados por la prensa en relación a Malvinas. De todas formas, las fuentes de información sobre la guerra eran pocas y estaban controladas por el aparato castrense. Todo lo que se publicaba y emitía desde la zona de guerra pasaba por el filtro de las Fuerzas Armadas.

 

De este mecanismo de propaganda fueron parte medios estatales como Argentina Televisora Color (ATC) y la agencia oficial Télam. También participaron medios privados, incluso aquellos que no se especializaban en política, como las revistas Gente y Somos, además de los grandes diarios nacionales. La editorial Atlántida, con sus revistas Gente y Somos, formaron parte de la partida de los que decidieron ocultar, mentir, engañar. La Revista Gente fue el estandarte de Editorial Atlántida para consolidar la fantasía de un triunfo seguro sobre los británicos. Con un estilo sensacionalista, que se caracterizaba por combinar muchas imágenes, poco texto y títulos que apelaban a la emoción del lector, fue de los primeros en afirmar el triunfo. Imposible no pensar en las tapas –tristemente célebres– que anunciaban con grandes letras amarillas “Vimos rendirse a los ingleses” o “Estamos ganando”.

 

Otro caso icónico fue la actuación de los diarios nacionales tras el hundimiento del crucero General Belgrano, cuando la poca información disponible divergía de lo que publicaba la prensa mundial. Los medios nacionales omitieron otras fuentes buscando mitigar una derrota en el plano militar, además de conservar el apoyo civil al esfuerzo bélico.

El rol de los enviados

Fueron varios los periodistas que conformaron el equipo a cargo de la cobertura de los medios estatales y todos coinciden que el control por parte de las Fuerzas Armadas fue total. Muchos años después develaron detalles que sirvieron para desentrañar cómo funcionó el mecanismo que manipuló y tergiversó la información.

Mientras se pregonaba el “estamos ganando”, en la sede de ATC, se recortaban los testimonios de soldados heridos y se censuraban las imágenes que llegaban de Malvinas. En la televisión casi no se difundían imágenes de la guerra, incluso las que emitía ATC evitaban mostrar los rastros de la guerra. Por otro lado, junto con la agencia oficial Télam fueron los únicos medios que estaban autorizados a estar en las islas, pero sus crónicas eran alteradas y en su mayoría no se transmitían las imágenes que enviaban.

 

El material audiovisual –de alta sensibilidad por el contenido explícito de sus imágenes– recorrió diversos caminos. Según reveló una reciente investigación publicada por Emiliano Suárez Perín en Revista VIVA, no sólo hubo censura y desaparición de material, sino que además, parte de ese material fue comprado en el mercado negro por corresponsales extranjeros –ávidos de imágenes– ante la imposibilidad de acceder ellos mismos al terreno. “Se daba entonces una contradicción: mientras la Junta Militar ejecutaba la censura, por otra vía se comercializaban imágenes que estaban bajo su dominio”, afirma Suárez Perín.

En esta línea, el periodista de la agencia Télam Diego Pérez Andrade, de los pocos autorizados por la Junta Militar para viajar a cubrir el conflicto, recuerda hoy que “periodistas de todo el mundo intentaron ir a las islas, pero nadie podía, porque los militares no querían que hubiera periodismo allí”. Menos testigos, más posibilidad de manipulación de la información.

A diferencia de los británicos, que diseñaron una nueva estructura de acceso a la información, los militares argentinos llegaron a la guerra sin una estrategia definida de comunicación. Documentos secretos de la Armada, archivados en Casa Amarilla, en el barrio de La Boca, dan cuenta de la desconfianza que había de los militares hacia el periodismo local.

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“Para esta campaña (en alusión a Malvinas), deberá considerarse la permanente presión en contra de este objetivo que representan los medios masivos de comunicación social que justamente magnifican el poderío naval enemigo”, dice uno de los documentos oficiales recientemente desclasificados, a los que tuvo acceso Suárez Perín.

Los periodistas argentinos llegaron a las islas antes del primer bombardeo inglés, registrado el 1 de mayo. Hasta entonces, los corresponsales pudieron manejarse con relativa facilidad. Pero luego todo cambió: “Los medios escritos tenían prohibiciones expresas, no se podía mencionar ningún hecho de armas donde les fuera mal a las fuerzas argentinas”, dice Pérez Andrade. Según contó a Clarín el enviado de la agencia oficial de noticias, de cuyos cables se alimentaban los diarios nacionales, “empezamos a perder desde el primer día, porque prohibirnos mencionar lo mal que les iba a las tropas era prácticamente prohibirnos todo”.

Como consecuencia, les estaba prohibido referirse a las bajas argentinas, y se les exigía no dar cifras ni datos exactos sobre ninguna de las operaciones. Años atrás, Pérez Andrade también explicó que “el gobierno militar tomaba los cables que mandábamos, se los transmitía al Estado Mayor Conjunto y no se publicaban, sólo daban algunos comunicados muy escuetos”.

A la hora de enviar el material audiovisual desde la isla, los equipos de Télam y de ATC confiaban sus rollos a tripulantes de los aviones que volvían al continente. Luego ese material era revisado por oficiales de Inteligencia que decidían qué imágenes debían –o no– publicarse. Asimismo, los receptores del material enviado desde las islas de Télam y ATC eran custodiados por efectivos del Batallón 601 de Inteligencia de Ejército, quienes grababan todo y remitían la información al Estado Mayor Conjunto, el centro neurálgico de la cobertura noticiosa.

“El material se perdió con el tiempo. No deben llegar a 10 horas las que hay archivadas ahora. Y nosotros grabamos más de 120 horas, entre película y video”, se lamenta Marcos Novo, ex ayudante de cámaras de ATC que viajó a Malvinas.

Las imágenes de Malvinas difundidas en la prensa durante la guerra fueron un arma poderosa para dotar de un plus de credibilidad a las campañas de “acción psicológica”, que, generadas desde usinas civiles y militares, imponían una “verdad mediática” frente a los hechos. “Estas campañas se propusieron (y en gran medida lo lograron) convencer a una parte importante de la población (que a su vez quería creerlo) de que ganar la guerra era posible”, afirma la investigadora Cora Gamarnik (UBA/UNM) en su ensayo “La fotografía de prensa durante la guerra de Malvinas: la batalla por lo (in)visible”.

La cobertura mediática de la guerra revela cómo la mayoría de los grandes medios de comunicación fueron transmisores de una visión que poco tenía que ver con lo que ocurría en el campo de batalla. Sería bueno conocer cuánto de esta postura obedeció a la censura oficial, y cuánto a un patriotismo oportunista. De fondo, quedan resonando algunas preguntas: ¿Dónde está el material oculto? ¿Estará escondido, habrá sido destruido? ¿Podremos alguna vez encontrar los rollos fotográficos y contemplar las decenas de horas de filmaciones perdidas?

Ojalá algún día sepamos las respuestas y podamos acceder a este patrimonio, tan valioso para la memoria histórica de nuestro país. Quizás así se pueda propiciar un debate sobre la dimensión informativa de la guerra, que aún está pendiente.

 

* Periodista y docente. Doctorando en Estudios Internacionales (UTDT).

 

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