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La paz chileno-argentina de Juan Pablo II

24/09/2009 00:04 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La mediación del Papa Juan Pablo II evitó la guerra entre Chile y Argentina. La paz que legó a las generaciones de ambos países permite que ambas naciones colaboren entre sí y se desarrollen, compartiendo una frontera común de más de cuatro mil kilómetros

Por José-Christian Páez

Durante 2010, Chile celebrará su bicentenario. Se trata de un proyecto país, como lo son las decisiones que se enmarcan en una idea de Estado, en un concepto de nación. Desde el retorno a la democracia, se ha dado importancia a la recuperación de la memoria, la memoria de los horrores, no sólo para conocer la verdad, sino también para tener consciencia de aquello que no se puede volver a repetir.

Sabemos, somos conscientes de lo que no se debe repetir, pero ¿somos conscientes de aquello que por no haber ocurrido no debiera repetirse? Esta parte de la memoria está velada. No existe. Por ello es entendible que la erección de un monumento a S. S. Juan Pablo II provoque tanta polémica. ¿Conocen las nuevas generaciones la importancia del Papa Juan Pablo II? ¿Son conscientes de cuánto ha influido en sus vidas? Queda en evidencia que no, su mediación parece no ser valorada porque, en nuestra comodidad, miramos por la ventana y vemos salir el sol.

Sin embargo, cuando en 1978 se tensaron las relaciones con Argentina, no había sol saliendo por la ventana, sino densos nubarrones, vientos huracanados, sombras de guerra. Tanto Chile como Argentina, que ya conocían los horrores de sendas dictaduras y tenían la carne viva de esa violencia, estaban expuestos a multiplicar sus infiernos.

Argentina desconoce el fallo del Laudo Arbitral de 1977

Los días 23 y 24 de julio de 1971, se reunieron en Salta los presidentes Salvador Allende (Chile) y Alejandro Lanusse (Argentina). La Declaración de Salta complementó el Acta de Santiago sobre Cuencas Hidrológicas, firmado en Santiago de Chile el 26 de junio de 1971, por los cancilleres Clodomiro Almeyda Medina (Chile) y Luis María de Pablo Pardo (Argentina).

Pero además confirmó la voluntad recíproca de solucionar las diferencias por la vía amistosa: “Los Presidentes de la República Argentina y de la República de Chile expresan su firme voluntad en los asuntos internos y externos de cada Estado y en la voluntad siempre sostenida de resolver problemas por la vía pacífica y jurídica.

El Acuerdo sobre el Arbitraje en el Beagle se firmó en Londres, el 22 de julio de 1971, y se refrendó con la firma del embajador argentino, general Gustavo Martínez Zuviría, del embajador chileno, Álvaro Bunster, y del representante del gobierno británico, Joseph Godber (Baron Godber de Willington). Nombraba al Gobierno de Su Majestad Británica como árbitro y éste, a su vez, debería nombrar el Tribunal Arbitral de cinco jueces de la Corte Internacional de Justicia, el cual debería redactar el laudo y presentarlo a Su Majestad Británica. La reina Isabel II podría aceptarlo o rechazarlo, pero no modificarlo.

La sentencia unánime que ratificó la posesión chilena de las islas en disputa, se comunicó a la Reina Isabel II de Inglaterra, el 18 de abril de 1977 y a ambas representaciones diplomáticas, el 2 de mayo del mismo año. En la Decisión de la Corte Arbitral se estipuló un plazo de nueve meses desde la fecha de notificación para que las Partes dieran cumplimiento e informaran con posterioridad. No se interpuso ningún recurso contra la sentencia. Chile aceptó el mismo 2 de mayo el cumplimiento del laudo, pero Argentina debatiría durante largos meses, sobre la conveniencia o no de aceptarlo.

Al expirar los nueve meses, el 25 de enero de 1978, el canciller Óscar Montes hizo público que Argentina declaraba “insanablemente nula -de acuerdo con el Derecho Internacional- la decisión del árbitro”, citando varias causales, entre éstas, “deformación de las tesis argentinas”, “opinión sobre cuestiones litigiosas no sometidas a arbitraje”, “contradicciones en el razonamiento”, “vicios de interpretación”, “errores geográficos e históricos” y “falta de equilibrio en la apreciación de la argumentación y de la prueba producida por cada Parte”.

La posición argentina ratificaba lo que Jorge Rafael Videla había expresado de manera personal a Augusto Pinochet en las reuniones realizadas en Buenos Aires (julio de 1977) y Santiago de Chile (octubre de 1977). El presidente trasandino manifestó entonces que nada podría menoscabar los intereses argentinos en la zona. El día después de darse a conocer el Laudo Arbitral (3 de mayo de 1977), el almirante Isaac Rojas, rechazó el laudo declarando su “antijuricidad” en un documento en el cual señaló que “el dictamen de la Corte arbitral es antijurídico por ignorar que Chile reconoció la soberanía argentina sobre aguas y tierras atlánticas, en los tratados de 1856, 1881 y 1902, y en el protocolo de 1893”.

Hasta el rechazo oficial, este sería el tono de las declaraciones y de las opiniones publicadas en la prensa argentina, subyaciendo la preocupación de cómo el fallo del Laudo Arbitral podría afectar los intereses de soberanía argentinos en el Atlántico y en su proyección sobre la Antártica. Esta decisión distanciaría a las dictaduras de Chile y de Argentina, hasta el extremo de casi comenzar la guerra.

Martínez Zuviría y la invasión imaginaria

Pero existe un hecho curioso que no me resisto a comentar. El embajador argentino en Londres, Gustavo Martínez Zuviría e Iriondo (1915-1991), era hijo de Gustavo Adolfo Martínez Zuviría (1883-1962), escritor antisemita (El Kahal, y Oro) conocido más con el seudónimo Hugo Wast. Martínez Zuviría (Hugo Wast) escribió el libro 666 (1942), continuación de la novela Juana Tabor (1942), cuyo nudo narrativo es la supuesta guerra entre Chile y Argentina, después que Chile (en la novela de Wast) invade la Patagonia.

Algunos fragmentos que ilustran el pensamiento de Martínez Zuviría: “Chile obtuvo la soñada salida al Atlántico, toda la Tierra del Fuego, la gobernación de Santa Cruz y las islas Malvinas que las naciones europeas no pudieron conservar.”; “En pocos días, mientras ardía Buenos Aires en manos de los anarcos marxistas y resonaban los caminos de la Patagonia bajo los ejércitos de Chile […]”; “Al comienzo de la segunda semana de la guerra se libró la primera gran batalla. El ejército chileno de la Patagonia, fuerte de 200.000 hombres, encontró a la vanguardia argentina en la margen derecha del río Negro y la arrolló, y al octavo día logró instalarse en la margen izquierda. Con esto el rey de Chile dominaba la Patagonia.” O este otro: “¡Qué bien hablábamos los argentinos de 1996, cuando se nos vino la guerra con Chile!

Por cierto, esta supuesta ambición chilena por llegar al Atlántico está sólo en la mente de Wast. Hacia la década de 1870, los congresistas chilenos debatieron sobre la conveniencia o no, desde el punto de vista geopolítico, de mantener la Patagonia como chilena. El Estado chileno debería elegir, entre sostener económicamente Punta Arenas, o la Patagonia que hacia el invierno queda aislada del territorio chileno por las nevadas en la cordillera de los Andes. Su sostenimiento afectaría el erario nacional y, concluían los congresistas, provocaría a mediano o largo plazo, movimientos secesionistas. Ante ese dilema, se optó por entregar la Patagonia a la Argentina, lo cual se formalizó por el Tratado de Límites de 1881.

Tal decisión había tenido como desencadenante la crisis del patrón oro de 1878 (que había dejado vacías las arcas de la nación) y la prevalescencia del concepto de estado unitario, enterrando para siempre la tesis federalista de 1826.

Los intentos de Chile por negociar un acuerdo de paz

Entre enero y diciembre de 1978, Argentina no sólo se coronó campeón del Mundial de Fútbol, jugando como local, también ahondó en los argumentos que justificarían su rechazo al Laudo Arbitral. Unas tras otras se sucedían las publicaciones en contra del fallo. Se trataba de un escenario previsible. Incluso, cinco meses después de emitido, se agregó otro documento, esta vez suscrito por personalidades argentinas declarando que el Laudo Arbitral originaba una “situación inconciliable con los altos intereses de la soberanía argentina”. Se hizo público el 5 de octubre de 1977 firmado, entre otros, por Raúl Alfonsín y por un grupo de miembros del Ejército Argentino y de la Armada Nacional.

Las relaciones con Chile se resquebrajaron, el aire amistoso, lento pero sostenidamente se fue reemplazando por el olor a pólvora. Quince días antes de la Navidad de 1978, el presidente Jimmy Carter fue informado por la CIA que la guerra en Sudamérica era inminente. En Chile, el canciller Hernán Cubillos recibió de manos del embajador de EEUU las fotografías satelitales que denunciaban el avance de las tropas argentinas hacia Chile, por toda la extensa frontera. EEUU comunicó al secretario general del Vaticano el apoyo de la Casa Blanca a toda gestión que emprendiera para mediar en el conflicto.

No obstante, para el Comando Supremo Político Militar el Operativo Soberanía se llevaría adelante a partir del 22 de diciembre de 1978, a las 22 horas. El ataque argentino parecía inevitable.

El 20 de diciembre Hernán Cubillos insistió ante su par argentino para que se presentara el caso a la Corte de la Haya. Videla, de quien se dice que tenía la declaración de guerra en la mano, rechazó ese mismo día tal oferta. Cubillos emprendió la última ofensiva diplomática ante la OEA y la ONU, informando la gravedad de la situación. El 21 de diciembre, Sergio Fernández, ministro del Interior chileno, tenía preparado los documentos para declarar a Chile en estado de Movilización General.

El sol de paz que día tras día miramos por la ventana, apareció el 22 de diciembre de 1978, cuando S. S. Juan Pablo II aceptó mediar en el conflicto Beagle

Pero el sol de paz que día tras día miramos por la ventana, apareció el 22 de diciembre de 1978, cuando S. S. Juan Pablo II aceptó mediar en el conflicto. Entonces, el general Videla, habiendo meditado acerca del cambio de escenario político tras la intervención del Vaticano, cuatro horas antes de que empezara el Operativo Soberanía, cuatro horas antes que las fuerzas argentinas iniciaran la guerra contra Chile, llamó a los generales y almirantes, ordenando la anulación del Operativo. Las largas y penosas gestiones de Hernán Cubillos (primer civil en el gobierno de Pinochet), habían tenido sus primeros frutos.

Para los más ideologizados, cabe recordar que no sólo el gobierno de Pinochet buscó la mediación, el Cardenal Raúl Silva Henríquez, bautizado por la derecha más recalcitrante como el “cura rojo”, al prometer obediencia a Juan Pablo I, había solicitado su intervención. Albino Luciani, el Papa de la sonrisa, murió en extrañas circunstancias (28 de septiembre de 1978) dejando huérfanos a quienes deseaban la paz, tal como antes Paulo VI falleció (6 de agosto de 1978) sin poder cumplir con la misión aceptada de apaciguar los ánimos.

La intervención de Juan Pablo II fue entonces la tercera petición que se hizo al papado, después del fracasado Laudo Arbitral. El 8 de enero de 1979 se firmó el protocolo de acuerdo entre los cancilleres de ambos países y el Cardenal Antonio Samoré, aceptando la mediación.

El Cardenal Samoré había sido designado por Juan Pablo II, representante papal especial ante Chile y Argentina (24 de diciembre de 1978), con la misión específica de buscar una solución pacífica al conflicto limítrofe. En ese momento el Cardenal Samoré, siempre optimista, señaló: “Veo una lucecita de esperanza al final del túnel”.

La propuesta papal se presentó en diciembre de 1980 y el Tratado de Paz y Amistad entre Chile y Argentina se firmó en Roma, el 29 de noviembre de 1984, por los cancilleres de ambas naciones (Jaime del Valle Alliende, Chile; Dante Mario Caputo, Argentina), ante la presencia del Secretario de Estado Vaticano, Agostino Casaroli.

Por parte de Argentina, el Tratado se aprobó por la Cámara de Diputados (30 de diciembre de 1984), por el Senado (15 de marzo de 1985), y fue ratificado por el representante de Raúl Alfonsín (16 de marzo de 1985), cuando el presidente argentino se encontraba de viaje. No obstante, el propio Raúl Alfonsín había firmado un año antes, la Declaración Conjunta de Paz y Amistad (23 de enero de 1984), mediante la cual ambas naciones se comprometían a llegar a una solución “justa y honorable […], exclusivamente por medios pacíficos”.

Por parte de Chile que, a diferencia de Argentina, todavía estaba gobernado por la dictadura de Pinochet, el Tratado se aprobó por la Junta de Gobierno, más conocida como Junta Militar (11 de abril de 1985), y se ratificó por Augusto Pinochet Ugarte (12 de abril de 1985). Los documentos con las sendas ratificaciones fueron intercambiados por los cancilleres Del Valle y Caputo, el 2 de mayo de 1985.

En honor del Cardenal Samoré, existe un busto en la comuna de Providencia, en Santiago de Chile, y el paso que une Bariloche (Argentina) con Osorno (Chile) conocido como Paso Puyehue, lleva hoy el nombre de Paso Internacional Cardenal Samoré. Sin embargo, ¿qué recuerda en Chile o en Argentina a Juan Pablo II?

Juan Pablo II, artífice de la paz

La visita del Papa a Chile, no sólo constituía el cierre o broche de oro de la paz anhelada y conseguida, también representaba la esperanza. Ese año de 1987, la dictadura del general Pinochet cumpliría catorce años en el poder, demasiados para un pueblo acostumbrado a la libertad y existía el convencimiento en los creyentes, que Juan Pablo II instaría a Pinochet para que ayudara a crear las condiciones para un retorno a la democracia.

Poco se sabe de la reunión que sostuvieron ambos en La Moneda durante la mañana del 2 de abril, pero los diez minutos destinados por el protocolo, se extendieron a cuarenta y dos minutos. Se sabe que Pinochet le preguntó al Papa: “¿Por qué la Iglesia siempre está hablando acerca de la democracia? Para mí, en buenas cuentas, un método de gobierno es tan bueno como otro”. Juan Pablo II que no perdió de vista que la suya era una visita pastoral y cuyo lema fue “El amor es más fuerte”, respondió: “No. La gente tiene derecho a gozar de sus libertades, aún si comete errores en el ejercicio de ellas”.

Se lo decía no sólo el Papa, sino un hombre que como Karol Wojtyla sufrió durante la Segunda Guerra Mundial los azotes del nazismo y, luego, los del comunismo. En tiempos que ser cura no constituía ninguna ventaja, el joven Wojtyla abrazó la vocación del sacerdocio. En la sitiada Polonia, en los sótanos de los edificios derruidos, practicaba el teatro, siendo ésta la expresión artística que mantuvo vivo el espíritu polaco. Pero además, Wojtyla firmaba con el seudónimo de Andrzej Jawien, los poemas que escribía entre los bombardeos.

Por otra parte, la Iglesia Chilena protegió de la muerte a muchos perseguidos. La Vicaría de la Solidaridad (1 de enero de 1976), creada por el Cardenal Raúl Silva Henríquez, tuvo como primer vicario a mi querido amigo, presbítero Cristián Precht Bañados. Soportando la presión de la dictadura, la Vicaría de la Solidaridad presentó miles de recursos de amparo o de habeas corpus, protegiendo a muchos perseguidos.

Por ello, cuando supe que la visita de Juan Pablo II sería también celebrado con un concurso de poesía me presenté a él, obteniendo el primer lugar en la categoría de autores publicados con la obra El sueño de Letrán. ¿Cómo no celebrar la llegada de tan ilustre viajero? ¿Por qué no agradecer con un poema a quien nos libró de una guerra que habría condenado nuestro futuro? ¿Por qué no expresar la alegría hacia quien domaría a la fiera para que dejara escapar la presa?

Aun hoy algunos me critican por haber escrito este poema. Sé que lo hacen porque no comprenden la trascendencia histórica de Juan Pablo II. Pero basta preguntarse para comprenderlo: ¿Qué odio irrefrenable habría hoy entre chilenos y argentinos de haberse desencadenado la guerra? ¿Cuántos sueños de amor se hubiesen visto truncados? ¿Cómo habría afectado al desarrollo de ambas naciones un conflicto de esa magnitud?

Mi corazón, como el de millones de chilenos y de argentinos, nunca terminará de agradecer a Karol Wojtyla su mediación. Pero este legado debe ser conocido en sus detalles por las nuevas generaciones. Porque en el futuro habrá otros conflictos, habrá que cerrar otros acuerdos y hay que ser conscientes que deben ser resueltos por medios pacíficos. Habría que recordar que en la Consulta Popular No Vinculante realizada en la Argentina, el 25 de noviembre de 1984, bajo el gobierno de Raúl Alfonsín, la mayoría de los ciudadanos, el 82%, votó a favor de la paz, “A favor de la aceptación de la propuesta papal”, y sólo un melancólico 16% optó por “En contra de la aceptación de la propuesta papal”. Blanco y nulos, el 2%. Esto da esperanza, optimismo en el futuro.

No debemos olvidar que el acuerdo limítrofe del Canal de Beagle termina su delimitación en el meridiano 67° 16’ 0’’ longitud Oeste cruzado por el paralelo 58° 21’ 1’’ de latitud Sur, conocido como punto F. Su proyección afectará los límites que cada país reclama de la Antártica, reivindicación que ya ha realizado Reino Unido, no obstante que aún está en vigencia el Tratado Antártico. Por lo mismo, será importante hacer oído sordo a Carl von Clausewitz y su máxima de que “La guerra es la continuación de las negociaciones directas con otros medios” y continuar reflexionando en las palabras inscritas a los pies del Cristo Redentor de los Andes, para recordar el Tratado General de Arbitraje entre Chile y Argentina de 1902: “Se desplomarán primero estas montañas, antes que argentinos y chilenos rompan la paz jurada a los pies del Cristo Redentor.

Referencias Informativas sobre El sueño de Letrán

Anónimo [Maura Brescia]. Dos poetas ganaron Concurso Pro Visita Papal. La Época. Santiago de Chile, 20-III-1987: p. 24.

Anónimo. Ganadores de Concurso sobre Visita Papal. El Mercurio, Santiago de Chile, 20-III-1987.

Mi corazón, como el de millones de chilenos y de argentinos, nunca terminará de agradecer a Karol Wojtyla su mediación para alcanzar la paz

Anónimo. El Santo Padre decidirá si se entrevista con Carmen Quintana. La Cuarta, Santiago, 20‑ III1987: p. 5.


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