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Paseo de Todos los Santos: pellizcos, manoseos y estrujones (politicos y sociales)

13/01/2012 07:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

¿Cómo se celebraba el Dia de Muertos en México en el siglo XIX? ¿Qué le parecía a las distintas clases sociales?

Vimos ya cómo la tradición del Día de Muertos se las arregló para sobrevivir el piadoso cachazo de la evangelización en el siglo XVI – aunque sería más correcto decir que fue en ese siglo donde se creó.

Pero la historia no acaba ahí, evidentemente. La situación de lo que hoy es México estaba lejos de ser pacífica o armoniosa. La nueva sociedad que se creó a partir de la conquista era complicada sobre todo porque la formaba gente de todos colores: españoles, indígenas, mestizos, chinos, esclavos africanos, judíos, y uno que otro europeo alocado que por azares del destino había caído en estas tierras inhóspitas. Para terminar de engrosar el camote (éste sin azúcar, ni leche, ni albur), entre los indígenas había muchos grupos, muchas lenguas, alianzas, peleas, y diferentes relaciones con el poder español (unos comerciantes, otros mano de obra, otros desplazados a las serranías, otros que no les tocó su padresito hasta muy entrada la Colonia....).

¿Cómo sobrevivió el Día de Muertos en un escenario así? Vimos en el artículo pasado que la conmemoración de los difuntos, a la manera propia del pueblo novohispano, quedó recluido en la intimidad de las casas. Las celebraciones públicas se reducían a las misas de Todos los Santos y de las Ánimas del Purgatorio. No es hasta el siglo XVIII, a principios, que se tienen registros de algo parecido a la fiesta que conocemos. Y de hecho, estos primeros registros resaltan algo que es muy típico de nuestras sociedades: el mercado.

En 1735, el corregidor de la Ciudad de México dice

Se ha introducido el que en las noches de la víspera de todos los santos haya puestos públicos, cuasi por todo el espacio de ellas, así en la plaza mayor, como en otras de esta dicha Ciudad, portales y esquinas de ella, para el efecto de vender frutas, ofrendas y otras cosas, en tanto grado que en todo el año no se verifica cosa igual o semejante […] de ello probablemente se siguen notables perjuicios, siendo lo más el poder ser ocasión a que se ejecute multitud de pecados, e inquietudes en agravio, y ofensa de ambas Majestades, de la República, y de sus vecinos, en tiempo que más provoca dedicarse al ejercicio de oración, y sufragios por las benditas Ánimas del Purgatorio […]”1

Se ordenó primero que se cerraran los puestos a la hora de la misa, y después que no se pusieran. Si uno era indio o mestizo y desobedecía, se hacía acreedor a seis meses de trabajo forzado y cincuenta latigazos, un año de enclaustramiento para las mujeres, y si uno era español, ocho meses de vacaciones forzadas fuera de la ciudad. La idea era mantener para la Iglesia y los curas el control de las fiestas.

Pero ya sabemos que tras el apocalipsis nuclear los únicos sobrevivientes serán las

cucarachas y los mexicanos. Al final del día fue difícil imponer tantas prohibiciones, sobre todo en una fiesta tan querida, y todo terminó en un acuerdo: el suelo del zócalo de la Ciudad de México se rentaba a los mercaderes y todos contentos.

Al contrario del siglo XVI, ahora sí hay recuentos más específicos de cómo eran las ofrendas:

Antes del día de los difuntos venden mil figuras de ovejitas, carneros, etc., de alfeñique2, y llaman ofrenda, y es obsequio que se ha de hacer por fuerza a los niños y niñas de las casas de su conocimiento. Venden también féretros, tumbas y mil figuritas de muertos, clérigos, frailes y monjas de todas las Religiones, obispos, caballeros, cuyo gran mercado y vistosa feria es en los portales de los mercaderes, a donde es increíble el concurso de señoras y señores de México la víspera de todos los Santos. Lo mismo la vigilia y día de Navidad a ver y comprar nacimientos.”3

Vemos que ya para entonces se hacían las famosas calaveritas de azúcar, pero no sólo eso: también ovejas y carneros, algo que personalmente no he visto hoy en día. La idea de estos dulces era, por un lado, pertenecer a la ofrenda, y por el otro, obsequiarlos a los niños. La naturaleza es extraña y los papeles se cambian: antes los niños se comían a los clérigos; en nuestros días, los clérigos se comen a los niños...

Por supuesto, como ya vimos atrás, este folclor era compartido casi exclusivamente por las clases bajas, mientras que las altas lo veían con indignación. En 1785, Hipólito Villarroel se quejaba de la celebración:

Este día triste y funesto por su objeto es el de mayor desorden y el de mayor escándalo que hay entre los muchos del año, reduciéndose su festejo a apiñarse hombres y mujeres en el estrecho paso del Portal de los Mercaderes con el pretexto de ver las ofrendas […]. Esta concurrencia no es otra cosa que una permitida escuela de liviandad, donde con achaque de la confusión y multitud se alarga a todo género de licencias indebidas, siendo continuos los pellizcos, los manoseos, los estrujones y otros precursores de la lascivia; no siendo pocos los hurtos de alhajas que se expermientan en este confuso tropel de gentes y otros desórdenes cuyas consecuencias son indefectibles. Estos son los sufragios que reciben las almas del purgatorio de los habitantes de la ciudad de México, en unos días que debían dedicarse sólo para el recogimiento y la quietud.”

No pudimos deshacernos de la fiesta primitiva, pero por lo menos sirvamos crême brulée, ¿no?

¿Será éste también el origen de nuestros tradicionales arrimones?

Después de la Independencia, aunque por lo general resultaba incómoda para las clases altas, se continuó con el mercado, pues representaba tanto beneficio para el gobierno (que andaba más bruja que en cualquier Jalogüín) como para los comerciantes. Lo que más incomodaba a la gente náis de aquella época era que se hiciese tanto escándalo y algarabía, además de la creciente práctica de 'llorar el hueso': compartir junto a la tumba un pulque, aguardiente, etc., generalmente desembocando en una guarapeta espeluznante.

Pero poco a poco fue haciéndose patente que retirar la fiesta tendría demasiado costo político, y en cambio manteniéndola se podrían ganar alianzas con la gente y otros beneficios. Así, para 1830, el espacio se concesionó a varios empresarios quienes contrataban música de banda para tres días seguidos, había circo y peleas de gallos. Poco a poco la distancia que tomaban las clases más acomodadas se iba acortando:

El primer día de Noviembre ha sido lo que es siempre entre nosotros; un verdadero día de fiesta, un día en que todo lo que encierra de hermosura y de lujo la capital, se da a luz de las iglesias, en el jardín de la plaza, en las calles de Plateros y de San Francisco, en la Alameda, y en el paseo de Bucarelli. Todos los Santos ha sido sobre todo un día de gloria para las pollas y pollos. Las unas han lucido sus inimitables gracias; los otros han paseado por las calles de la capital su increíble suficiencia”4

Y no, no era por descanso en las pollerías: pollos y pollas son jóvenes en edad de pretenderse unos a otros: ¿Dónde quedaron los “estrujones, pellizcos y manoseos”? Sea como sea, lo seguro es que quedaron fuera de esas líneas.

Maximiliano se dio también cuenta del prestigio político que daba la fiesta, así que incluso permitía que se prolongara hasta seis semanas el teatro de marionetas que para entonces se acostumbraba. Era principalmente para las clases populares: a la corte de Maximiliano, buenas familias a la usanza de las capitales más chic del momento, les parecía sórdido. No hubiera sido la primera vez que se les saliera el tiro por la culata con Maximiliano: sus costumbres y opiniones eran más cercanas a las de los liberales que las conservadoras. Pero en fin, bien o mal teníamos un Kaiser en nuestra pobre Patria olvidada por Dios.

Los liberales, por otro lado, la consideraban retrógrada y ridícula. Sin embargo, por la misma razón de evitar echarse encima a los empresarios y al pueblo que la disfrutaba, además del dinero en impuestos que representaba, la dejaron ser, no sin imponer ciertas regulaciones, como impedir que se vendiera pulque, remplazando las sórdidas pulquerías con cafés venecianos: como de costumbre, los mexicanos con la extraña idea de que se deben redimir ante el mundo moderno; “No pudimos deshacernos de la fiesta primitiva, pero por lo menos sirvamos crême brulée, ¿no?”

Ya para entonces se consideraba el mercado y el “Paseo de Todos los Santos” como obligación, en la cual el gobierno tomaba cada vez más partido. Hasta las clases altas, por lo menos la gente menos estirada, participaban ya en el Paseo de Todos los Santos, ponían sus ofrendas, y quizás lo único que no hacían (aunque es pura especulación) es llorar el hueso.

Al final del siglo XIX, durante el Porfiriato, las clases altas de hecho se apropiaron de la celebración: remplazaron los puestos de mercado con tiendas de lujo, se implantó la tradicional puesta en escena de don Juan Tenorio en los teatros, a donde sólo asistían los que podían pagarlo, y acostumbraron tener orquestas en los quioscos de la Alameda. Sin embargo, este Paseo de Todos los Santos tuvo sus altibajos, pues al principio tuvo mucha inversión, y después se fue dejando caer poco a poco.

1Citado en Lomnitz, Claudio, Idea de la muerte en México, FCE, México DF, 2006, p. 281

2La pasta de azúcar utilizada para las calaveritas de muertos.

3De Ajofrín, Francisco, Diario del viaje que por orden de la sagrada Congregación de Propaganda Fide hizo a la América Septentrional en el siglo XVIII, [1740] vol. 1, Real Academia de la Historia, Madrid, 1958, p. 87

4Citado en Lomnitz, Claudio, Idea de la muerte en México, FCE, México DF, 2006, p. 296.


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Autor:
Human Heritage (2 noticias)
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