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París en el mes de agosto

27/10/2009 23:08 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Breve recorrida por algunos de los infinitos lugares de Paris en el sabor del verano europeo

Se anuncia por los parlantes del avión que los señores pasajeros abrochen sus cinturones y pongan sus asientos en posición vertical porque en pocos minutos se aterrizará en el aeropuerto de Orly.

La aventura está por comenzar una vez más, pero esta vez será en agosto.

El avión se inclina y va descendiendo en forma controlada hacia la pista. Finalmente se posa en la tierra y luego de una feroz carrera reduce su velocidad y comienza a marchar lentamente. Se oye: "Bienvenidos a la ciudad de Paris..."

Los pasajeros bajan y van a recoger sus maletas, acto seguido: la aventura comienza.

...

Para llegar al centro de Paris desde uno de los aeropuertos con los cuales cuenta la ciudad, el pasajero tiene la opción de tomarse el RER y luego el metro o por el contrario tomarse una de los Cars Air France, solución más cómoda, práctica y asequible. A lo largo del recorrido efectúan algunas paradas antes de llegar a su destino final. Una de ellas es “Invalides”, muy cerca del Sena y del famoso puente Alexandre III, un bellísimo puente regalado a Francia por Nicolás II, el último zar de Rusia.Al descender en dicha parada se puede tomar un taxi para dirigirse a su hotel o caminar hasta alguna próxima estación de metro.

En este caso el hotel elegido fue el Westin, un hotel muy bien ubicado, a dos cuadras de Place Vendôme con su entrada por la rue de Castiglione y haciendo esquina con la rue de Rivoli, enfrente al Jardin des Tuileries.El Westin es precioso en sus áreas públicas. Cuenta con un bar de ambiente muy íntimo, ideal para ir a tomar algo y charlar sobre los acontecimientos del día a día en la estancia parisina. En verano tiene uno de sus restaurantes en una inmensa terraza interior, donde las noches de calor puede verse a los huéspedes comiendo a la luz de las velas. En lo que concierne a las habitaciones (al menos las standard), el defecto que tienen es que uno no cuenta con mucho placard para poder desarmar la valija, algo bastante inentendible, sobre todo si uno se pone a pensar que una persona por poco equipaje que lleve, una valija en general tiene consigo.

Una vez hecho el check-in, es un placer salir a “la découverte” de Paris. Qué decir de Paris...que está divino como siempre cada vez que uno lo visita. Ya solo sentir el ruido de los autos rodando sobre el empedrado de Champs Elysées o Place de la Concorde es algo mágico y seductor.

Es ideal caminar hacia la Place de la Concorde y de allí mirar hacia el Arc de Triomphe. Una perspectiva imponente se abre a los ojos del visitante. Allá a lo lejos, recortado sobre el telón del horizonte, el Arc de Triomphe y más allá, mirando a través de él, el mágico Gran Arco de la Fraternidad en la Défense, que desde su construcción ha permitido dar una perspectiva aún más magistral de todo ese paseo que en Place de la Concorde comienza.

A lo largo de Champs Elysées uno se cruzará con millares y millares de turistas, paseantes, lugareños, mientras varias brasseries invitan a sentarse para tomar algo refrescante. Sí debe saberse que nada allí es demasiado barato. Se paga el lugar, la vista, la fama de ser una de las avenidas más famosas del mundo, pero la sensación de estar allí inmerso bien vale la pena pagar catorce euros por una cerveza de medio litro, cuando en general se consigue en otro bar por un precio bastante menor.

Luego de esa refrescante pausa puede uno llegar hasta el mismo Arc de Triomphe, ubicado en Place de l’Étoile, y ver la tumba al soldado desconocido o subir a la parte superior del arco y contemplar la subyugante perspectiva que se extiende en 360 grados.

Uno se puede dejar tentar por la presencia cercana de la Tour Eiffel y querer ir a visitarla enseguida. Si es así tomar por la Avenida Kléber en orden de llegar a la torre por el Trocadero.

Cuando se llega allí la Tour Eiffel de pronto se descubre frente a los ojos de uno, con más de trescientos treinta metros de altura, silenciosa, imponente, majestuosa. No es mezquina en el espectáculo que brinda. Si es de noche, se viste con ropajes de luces de sodio, que le dan un color dorado semejando un inmenso palacio de cristal. Un espectáculo adicional le ofrece a los ojos del paseante cuando llega la hora en punto. Durante cuatro o cinco minutos miles de flashes se encienden y apagan por toda la estructura, brindando un espectáculo deslumbrante. Es una experiencia sobrecogedora ponerse bajo la torre y mirar hacia arriba, mientras esa lluvia de flashes centellean en forma casi hipnótica.

Si se desea se puede subir y gozar del espectáculo nocturno de Paris. Al segundo piso se puede subir por escalera o ascensor mientras que al tercero, de donde se goza la vista más imponente, solamente se puede hacer por ascensor. En verano prepárese para tener una buena espera haciendo cola, sobre todo durante el día, pues manadas de ansiosos turistas vienen de todas partes del mundo a visitarla.

Si la subida se produce durante el día, luego del descenso qué mejor que recorrer Champs de Mars, en dirección a la Escuela Militar que se recorta contra el fondo e ir caminando hacia el Hôtel des Invalides, donde se encuentra la tumba de Napoleón, más precisamente en la Église du Dôme.

En la misma iglesia hay otras tumbas, entre ellas las del Mariscal Foch, que es para quien escribe conmovedora, con esos soldados enfundados en sus trajes llevándolo al hombre en el féretro, mientras la luz azulada de dos inmensos ventanales ilumina la escena.

Como final de la jornada, de regreso al hotel, con una noche cálida de por medio, nada mejor que ir caminando por el borde del Sena, viendo pasar algún bateau-mouche tardío, todavía cargado de turistas que saludan a lo lejos, sintiendo el agua golpear contra los muelles o viendo los viejos peniches anclados en los mismos.

Para mirar desde otro costado la vida parisina y estar más en contacto con ella, no dejar pasar la oportunidad de ir a desayunar a alguno de los innumerables cafés que cada quartier tiene. Si el tiempo acompaña, ubicarse en las mesas que están en las veredas puede ser una agradable experiencia, iluminado por el tibio sol, un humeante café, tostadas, mantequilla y alguna pareja de franceses que conversan a nuestro lado.

Si se va por la rue de Castiglione en dirección contraria al Jardin des Tuileries, se desemboca en la Place Vendôme, lugar donde está ubicado el Hotel Ritz, rodeado de joyerías y algún modisto de renombre. El local de Armani ya no está allí, ¿quizás producto de la crisis mundial que ha golpeado a lo largo y ancho de nuestro planeta?. En otro viaje a Paris había un traje expuesto en la vidriera de este comercio que era una vergüenza, con las costuras mal hechas y que se notaba la entretela; “hazte fama y échate a dormir...”

Un poco más allá está la vieja Opera Garnier, obra de un gusto y calidad impresionante, donde resalta entre otras cosas la gran escalinata y el gran foyer.

Para moverse por la ciudad y dependiendo de la cantidad de días que uno vaya a estar, se puede sacar un pase semanal para los metros. Ya desde hace un tiempo no es más la “Carte Orange” sino que se llama “Navigo”, ya no es más un ticket que se pasa por la máquina y uno lo recoge para el próximo viaje, sino que es una tarjeta con un chip que se recarga electrónicamente. Para pasar por el guichet se pone la tarjeta encima de un lector y se habilita el movimiento en el molinete para dejarlo a uno pasar, pero cuidado, no hay que dormirse en los laureles porque si uno no lo hace medianamente rápido y no pasa, antes de poder utilizar nuevamente el pase Navigo en la misma estación uno tiene que esperar ocho minutos.

Con ese pase y una combinación de metros es que se puede llegar a Montmartre sin problemas. Por la zona se encuentra el famoso Moulin Rouge (nada barata su entrada, 92 euros con derecho a media botella de champagne), Pigalle con sus sex-shops y espectáculos nada “santos” y algunas bocas de metro que recuerdan mucho al diseño de Gaudí.

Si se quiere se puede ir caminando a la Butte, subiendo por las callejuelas de Montmartre. Si no se tiene ese espíritu tan deportivo (y el que escribe confiesa que no lo tiene) hay un funicular que va desde la base hasta casi el Sacre Coeur, allá arriba, funicular que también forma parte del sistema de metro, por ende, se puede usar el pase Navigo sin problemas.

Una vez llegado a la Butte, Paris se ofrece a los ojos de uno de una forma espléndida. Sentarse en las escaleras del Sacre Coeur y deleitarse con el paisaje de Paris es solo uno. Por supuesto, uno no estará solo, pues allí también se estará rodeado de turistas y turistas.

Recorrer el barrio es una placentera obligación, caminando por sus callecitas cargadas de historia, allá el Lapin Agile, cabaret donde iba Toulouse Lautrec, más aquí la encantadora Place du Tertre, lugar de trabajo de muchos y muchos retratistas, que ofrecerán sin molestar, inmortalizarlo a uno en un retrato.

Siéntese en uno de los cafés que rodean la plaza y dispóngase a disfrutar del espectáculo ciudadano, compuesto por lugareños y turistas, mientras se disfruta de algún buen vino acompañado por buenos quesos franceses.

Habiendo subido en el funicular, es buena idea bajar caminando, pudiendo observar en más detalle las casas que conforman el quartier. La bajada es por momentos pronunciada y es probable que en algún recodo de la misma encuentre algún músico tocando un violín o una guitarra, haciendo más agradable aún el paseo.

Déjese llevar por el influjo de la ciudad y vaya caminando hasta el Centro Pompidou, donde está el museo de arte moderno. De acuerdo al decir de muchos franceses, el edificio parece en cierta manera una refinería en pleno Paris. En la gran explanada que tiene enfrente siempre hay alguien que está dando un espectáculo a fin de ganar algunas monedas a cambio. Vale mucho la pena subir hasta el restaurante que está ubicado en el sexto y último piso, más allá que no se vaya a hacer uso de él, porque a medida que se sube por las escaleras mecánicas se va descubriendo nuevamente Paris desde las alturas, esta vez desde otros ángulos diferentes a los que se supo tener al ir a Montmartre.

Si está acalorado con la caminata en el mes de agosto, se puede ir al encuentro de la playa para descansar allí. ¿Playa en pleno Paris?, sí, playa. En el Sena, la Mairie de Paris convierte algunos quaies en “Paris plage”, poniendo algunas reposeras a lo largo de los muelles, duchas con agua pulverizada en forma permanente para refrescarse, gabinetes higiénicos, puestos de bebidas y espacios con aparatos para hacer ejercicios.

Paris no se acaba en un día ni dos sino que ofrece diferentes paseos para varios días, donde en cada uno de ellos se van a obtener espectaculares perspectivas.

Bordee el Sena una vez más pero ahora en dirección a l’Île de la Cité, donde se encontrará además de una gran cantidad de turistas, a la catedral de Notre Dame, imponente, coqueta y majestuosa, recientemente restaurada, vestida nuevamente con su mayor elegancia. Entre y visítela, sienta bajo sus pies cómo camina por la historia. Quizás si aguza la vista podrá ver pasar apresurado a Quasimodo en dirección al campanario.

Detrás de Notre Dame está el memorial de la deportación, sitio que honra a los doscientos cuarenta y cinco mil franceses deportados y muertos en los campos de concentración nazis. Impresiona por su silencio y su dureza en los materiales, por la soledad y por lo terrible que rememora.

Siga caminando en dirección a la Île St. Louis. Párese un momento sobre el puente que conecta con la isla y siéntase Jack Nicholson o Diane Keaton en la película “Alguien tiene que ceder”, mientras ve al fondo el imponente edificio del Hôtel de Ville que albergar al ayuntamiento de Paris.

En la Île Saint-Louis recorra su calle principal, donde encontrará una vez más numerosos restaurantes para almorzar o mejor aún, cenar en un ambiente cargado de charme. No deje de recorrer sus quaies, sus ojos se lo van a agradecer.

En manifiesta y magnífica contraposición de todo el Paris clásico y antiguo, se yergue en la parte directamente opuesta a la Place de la Concorde, allá lejos pero en una extremada dirección absolutamente recta, la Défense con su Grande Arche, de 110 metros de lado, recubierto de cristal y mármol blanco.

Todo impresiona por su tamaño y su modernismo. Desde la explanada que está delante de la Grande Arche se puede disfrutar de una magnífica vista en línea recta, el Arc de Triomphe allá a lo lejos, más atrás Place de la Concorde, Arc de Carroussel, el Louvre... cuánto tiene Paris para ofrecer al visitante y cuán poco tiempo en general tiene uno para conocer en profundidad todo esto.

En materia de museos Paris es un festín para los amantes de los mismos. Y si usted no es uno de ellos, vale la pena seleccionar algunos para darse el gusto de ver con sus propios ojos determinadas cosas que seguramente ha oído nombrar en su vida. Si va al Louvre trate de hacer una selección previa de lo que quiere ver, pues lo que allí se exhibe es sencillamente abrumador. Si quiere recorrer todo se arriesga a tener que ir varios días para hacerlo.

En pintura impresionista no deje de ir al Musée d’Orsay donde tendrá frente a sus ojos Monet, Manet, Renoir, Sisley y unos cuántos afamados pintores más, conjuntamente con el arte de las últimas décadas. Ya por su edificación el museo vale la pena visitarlo, pues el mismo está ubicado en la antigua estación de Orsay, un edificio construido para la Exposición universal de 1900.

Si quiere visitar una pequeña joyita como museo, que usualmente no es tan visitado por los turistas que vienen a Paris, no dude en ir al museo Jacquemart-André, ubicado en el Boulevard Haussmann, relativamente cerca del Arc de Triomphe. El museo fue creado por Édouard André y Nélie Jacquemart, a efectos de exhibir la colección privada de arte que reunieron a lo largo de sus vidas. Vale mucho la pena visitarlo.

Finalmente, no deje de palpar, aunque sea en la superficie, todo el sabor del Quartier Latin. Vaya una noche y entre en contacto con la cantidad increíble de restaurantes de comida étnica, seguro que no se va a arrepentir.

Ojalá pueda sentir lo mismo que uno siente al recorrer Paris, esta ciudad maravillosa que siempre nos fascina y nos atrapa, que nos hace volver una y otra y otra vez y que cuando nos vamos, lo hacemos plenos de sensaciones y profundas emociones, con los recuerdos atrapados a lo largo del viaje y con el íntimo deseo de poder volver pronto a todo eso que tanto nos atrae. Que así sea...


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