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¿Para qué sirve un sindicato? Para nada

03/07/2009 22:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Siempre se ha dicho que los sindicatos son los representantes de los trabajadores ante los empresarios y que se dedican a defender sus derechos y evitar los abusos que se pueda ejercer sobre ellos. Pero según vamos teniendo vida laboral comprobamos que... nada más lejos de la realidad

Muchos dicen que los sindicatos, sobre todo los grandes, léase UGT y CCOO, no sirven para nada de nada. Permitidme discrepar los que penséis así. Sí que sirven para algo: para sacar tajada del pastel, por supuesto. Si eres trabajador te recomiendo recogerte las habichuelas solito, porque, cuando creas necesitarlos, de poco te van a servir.

Imaginad a una mujer que decide cambiar de empresa porque quiere crecer profesionalmente (podríamos también utilizar como protagonista a un hombre pero, aunque parezca mentira, las mujeres nos encontramos con más trabas en el mundo laboral y social, a pesar de los avances logrados por nuestras predecesoras). Tras la entrevista de rigor sale convencida, porque, en el juego de las entrevistas, quieras que no, todos mienten, poco o mucho, pero disfrazan la realidad. Imaginad que ella decide aceptar el puesto, ya que, aunque cobra un poco menos que en su anterior trabajo y el nuevo está a casi 5 horas de metro y tren, ida y vuelta por día, cree que éso le puede ayudar a demostrar su valía y competencia profesional. No tiene miedo a los retos.

Pero tras firmar el contrato y afrontar el primer día, descubre que no, que las cosas no son como las pintaba la empresa. Menos mal que le dijeron que era un proyecto con largas perspectivas, con una seguridad laboral sólida. Descubre que ha sustituído a un chico que ha decidido irse por mucho tiempo a sacar fotos al quinto pino, a México, porque sí, porque es exótico. hay gente p´a tó, como dice el sabio.

Y resulta que, aparte de las 8 horas estipuladas en el contrato, el personaje que estaba antes en el puesto que ahora ocupa ella, se dedicaba a ir a recaditos para la empresa que gastaban gran parte de su tiempo, porque sí, porque tal vez él no tuviera nada mejor en lo que desperdiciarlo, porque la selva madrileña tal vez no fuera tan exótica como la mexicana. Y ella no estaba dispuesto a eso. Desde el principio dejó claro que horas extra.... las justas y necesarias. Y, lo que era más importante, cobradas como tales. No por amor al arte.

La empresa, durante su primer mes de trabajo, ya debió de ver que ella no era tan rentable como el chaval que tuvo la vena de irse a sacar fotos al medio de la nada. Tal vez no supieran cómo deshacerse de ella, Para un trabajo tan especializado no se encontraban personas capaces. Y sobre todo dispuestas a gastar tanto tiempo de sus vidas para trasladarse a las oficinas.

Pero en el segundo mes vieron el cielo abierto. El chaval que tuvo la aventura mexicana se cansó y decidió volver. Habló con la empresa para recuperar su antiguo trabajo, o alguno de características similares. No había problema. En pleno invierno ella tuvo una gripe que la tuvo en cama durante 3 días. Cuando regresó le comunicaron que el proyecto para el que había sido contratada ya había terminado. Es lo que pasa con los contratos "por obra", que tienen esos vericuetos tan jugosos para las empresas. Ya no la necesitaban. Algo que iba a durar años y años se terminaba en un abrir y cerrar de ojos, porque sí.

Y ella, que dejó otra empresa para embarcarse en esa aventura, se vio, como suele decirse vulgarmente, "con el culo al aire". Estaba ko. Tocada. Casi hundida.

Y ahora llegamos al meollo de la cuestión. Decidió acudir a un sindicato. Era un despido improcedente en toda regla. Los abogados de ese sindicato, tras escuchar su historia, dijeron que aquel caso era claro y que ella lo ganaría con toda seguridad, que se dejara guiar por ellos.

No sé si sabéis que, hasta que no sale la sentencia de un juicio de éstos, el perjudicado, el trabajador, no puede cobrar nada, ni la prestación por desempleo, ni el finiquito... Nada de nada. Tampoco puede empezar a trabajar en otra parte. ¿De qué va a vivir hasta entonces? Ah, se sienteeeeee....

Ella le da vueltas y vueltas. No puede estar sin cobrar nada. Llega el acto de conciliación y en su cabeza tiene claro que ha de terminar ese suplicio cuanto antes, que aceptará lo que se proponga en esa sala. Pero el abogado sindical le dice que lo mejor es ir a juicio, porque, como ha venido repitiendo tantas veces a lo largo de esas semanas, está ganado. Aunque no desea eso, se deja llevar por él. ¿No es el representante de los trabajadores? Entonces no hará nada que pueda perjudicarla. Todo será buscando darle una lección a la empresa que, con tan malas formas, se ha deshecho de ella.

Llega el día del juicio. Ella está nerviosísima. Le impone el hecho de pensar que estará ante un juez, ni más ni menos. Y eso es algo que no se hace todos los días...

El abogado se retrasa un poco. Va cargado con una carpeta. Al parecer, viene de otro de los muchos juicios que lleva a lo largo del día. Al fondo se ve a la representante de la empresa con su abogada. Está tranquila. Pero a nuestra protagonista no le gusta cómo le miran. Se siente una pobre cucaracha.

Aún queda un buen rato para que sean llamados a juicio. Y ella se queda sola, en medio de la algarabía. Su abogado ha ido a sentarse junto al enemigo, sin decirle nada a ella apenas. Se les ve hablar como si se conocieran de toda la vida. Hasta bromean como viejos colegas. A ella le entran ganas de vomitar porque le empieza a no gustar el cariz que están empezando a tomar los acontecimientos. Algo se huele...

A los 10 minutos, llega el abogado y le dice que ha habido una propuesta, que no es seguro que ganen, que todo está al 50%. Todo depende del juez que te toque. A ella le da vueltas la cabeza. No puede creer lo que escucha. Ha pasado dos meses de pesadilla para escuchar eso.

Y llega lo peor. El abogado, hablando como suelen hablar ellos, le explica, en el lenguaje común, que han llegado a un acuerdo que ve ventajoso. Mejor eso que nada... Porque pueden ganar ellos... Pero también pueden perder.

A ella le bailan los números de los papeles que el abogado le pone delante durante su "alegato". No puede creerlo. Eso es lo mismo que se propuso el día del acto de conciliación. ¡Lo mismo! Y perdió dos meses valiosísimos de su vida.

Llegaron al acuerdo entre risas (reían los otros tres, porque ella sentía que, aunque intentara hacerlo, sólo podía conseguir hacer una mueca de asco). Le había hecho eso un maldito abogado sindical. Se había vendido al enemigo. Durante el tiempo que estuvieron allí, ella se encontró sola e indefensa. Nadie para apoyarla. Nadie para decirle. Nadie.

Al día siguiente recibió una llamada. Era alguien del sindicato. Por lo visto, ella tenía que pagarle por los servicios prestados. ¿A quién? ¿A ella? ¿O a la empresa? No lo hizo. Ya tuvo que pagar bastante en ese día. Con su humillación. Con su desamparo. Con su indefensión. Era ella la que se merecía cobrar los meses perdidos en aquella pantomima.

Moraleja: si pasas por una situación similar, no acudas a ningún sindicato. No te ayudarán en absoluto. Te harán perder el tiempo y, si pueden, el dinero.


Sobre esta noticia

Autor:
Mary Carmen Frías (11 noticias)
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Tipo:
Opinión
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