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Para no olvidarnos

11/03/2011 22:32 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Por Serene Assir (responsable de prensa en emergencias, Médicos Sin Fronteras)

En el campo de tránsito que se ha abierto en la frontera de Túnez con Libia, la respuesta de la sociedad tunecina y de decenas de organizaciones humanitarias que están proporcionando comida, agua, tiendas, ropa, jabón, asistencia médica, y hasta comunicaciones gratuitas con el extranjero, ha sido impresionantemente eficaz.

Sin embargo, el contexto no deja de ser lo que fundamentalmente es: un campo de tránsito, en el que de día pega el sol, y fuerte, y donde la noche es larga y fría.

La inmensa mayoría de las casi 100.000 personas que han cruzado la frontera de Libia con Túnez durante los últimos días son hombres que migraron desde sus países a Libia en busca de trabajo. Si en un principio la mayoría de las personas que se encontraban en la frontera tunecina eran egipcios, ya parece ser que muchos de ellos han sido repatriados.

Ahora, quedan en el campo de tránsito unas 15.000 personas, aunque todos tenemos muy en cuenta que la situación puede cambiar en cualquier momento. Muchos son bengalíes y de otros países de Asia, aunque también hay personas de Somalia, Sudán, Eritrea, Ghana y otros países subsaharianos.

Pero hoy no quiero hablar de números ni de grandes rasgos. Porque son miles de historias individuales las que llegan a componer el total. Por ello, quiero contaros la historia de un hombre eritreo que conocí ayer. No divulgaré su verdadero nombre, pero llamémosle Mohamed.

Como miles de otras personas que todavía se encuentran en el campo de tránsito, Mohamed no sabe cuándo se irá de Túnez. Pero lo que quizá hace que su incertidumbre sea aún mayor es el hecho de que Mohamed es refugiado. Lo cual quiere decir que no sabe ni cuándo se irá, ni a dónde.

Tras huir de Eritrea, Mohamed pasó a Somalia, de donde también huyó en 2003, para acabar asentado, más o menos en Libia, en 2008. Dice haber pasado por varias cárceles en los últimos años.

En una de ellas, cuenta, pasó dos años. Y cuando le pregunto cómo recuerda aquellos dos años, contesta con la misma dulzura que ha demostrado desde que nos conocimos, pero ahora, con una inyección de dolor añadida. "Viví torturas. Tengo muy malos recuerdos, " dice. Su voz es casi inaudible, pero su sufrimiento es obvio.

Su amigo Khaled, también eritreo, cuenta que, para ellos y para los somalíes, la vida ha sido un infierno durante años. Es como si ya hubieran perdido la esperanza de volver a tener una vida sencilla, normal, en la que puedan disfrutar de sus familias o de un día soleado. Porque se han visto forzados a desplazarse de un país a otro, en busca de una seguridad que Khaled dice que no logran encontrar.

Ellos, como muchos otros en el campo de tránsito, no saben qué les traerá el mañana, ni dónde estarán. Pero si otros tienen por lo menos una representación diplomática a la que acudir para protestar, ellos no tienen ni eso. Yo me pregunto, ¿por dónde podrán empezar?

Mohamed sonríe cuando nos despedimos. Es poco, pero para mi es todo un regalo. Me demuestra que la vida es grande, aún cuando no lo es.

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Foto 1: Voluntario tunecino colaborando en las labores de asistencia a los miles de inmigrantes llegados desde Libia, en el campo de tránsito en el paso fronterizo de Ras Ajdir, Túnez (© Serene Assir).

Foto 2: Vista del campo de tránsito (© Serene Assir).


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blogs.20minutos.es
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