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Palabras de presentación de la novela Cadáver Exquisito de Norberto J. Olivar

16/11/2010 23:27 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

En alguna parte comenté o escribí que Norberto José Olivar era un explorador del abismo. Cuando lo hice, muchos pensaron en el magnífico libro de cuentos de Enrique Vila-Matas. Supongo que no está mal hacerlo. En ese libro, Vila- Matas coloca frente al abismo a cada uno de sus personajes. Personajes que se frenan a divagar las formas de los bordes del despeñadero que conduce a lo más oscuro del alma. Ese borde donde Bataille vislumbraba a William Blake dejándose bañar por las luces que sólo puede escupir la oscuridad. Ese borde donde la fiebre de las bestias iracundas de la noche señalan el camino hacia la ciudad doliente. Sin embargo, no pensaba en Vila-Matas cuando lo afirmé. Pensaba en algo que dijo Roberto Bolaño acerca de lo que significa escribir: «¿Entonces qué es la escritura?, dice Bolaño, Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura, básicamente, es un oficio peligroso. Correr por el borde del precipicio: a un lado el abismo sin fondo y al otro lado las caras que uno quiere, las sonrientes caras que uno quiere, y los libros, y los amigos, y la comida. Y aceptar esa evidencia aunque a veces nos pese más que la losa que cubre los restos de todos los escritores muertos. La literatura, como diría una folclórica andaluza, es un peligro».

Como vemos, Bolaño fue más arriesgado que Vila-Matas. No se trata de quedarse contemplando el abismo. Se trata de lanzarse. De dar el paso. Norberto ha saltado varias veces. No me lo han preguntado, pero igual lo diré ya que me han pedido que viniera de oficiante: creo que Norberto ha saltado en tres oportunidades. Los dos primeros saltos, así como el tercero, tienen nombres de novela: Morirse es una fiesta y Un vampiro en Maracaibo. De ellas nada voy a decir, ya que he dicho mucho y muchos han dicho más y mejor que yo. Hablaré del tercer salto que, como apunté, tiene nombre de novela: Cadáver exquisito.

Cadáver Exquisito quizás sea la última novela de Norberto José Olivar. ¿Por qué la última? Pues porque cada día, según parece, es el último. La muerte está allí, respirando sobre nuestros hombros y en cualquier momento su aliento y el nuestro terminan confundiéndose. En ella, como he dicho, Norberto salta al abismo, sólo que, a diferencia de las veces anteriores, salta al abismo de otro abismo: el de Hesnor Rivera. Un abismo que se abre a la posibilidad cierta de desaparecer. Un abismo que es un momento al cual hizo mención un sabio belga del siglo XIII, llamado Rubrock el Admirable, y que describe como un momento de hipnosis en donde una extraña sugestión empuja —nos empuja— a desvanecerse sin ninguna responsabilidad más que el acto de morir que no es un morir, más bien una transferencia, un abandono, la posibilidad de asumir la estatura del despojo que se entrega a la muerte que no es la muerte, sino distintos túneles hambrientos que se incuban en la noche.

Un momento en el cual, como apuntara Baudrillard, el hombre se vuelve una imagen en donde ya no hay nada que ver. Norberto salta al abismo del abismo de Hesnor, ya que, al parecer, comprendió que la verdadera existencia del sujeto está en su propia anulación, en esa anulación, ahorcamos hasta la orgásmica felicidad, a las subjetividades ridículas y amorfas que nos mantienen respirando vacuidad. En esa anulación está el camino hacia la libertad, la cierta, aquella que comienza cuando matamos al Yo, al impuesto, ése que no somos. Norberto salta al abismo del abismo de Hesnor para revelarse en la invisibilidad. En la peripecia de ser otro que no quiere ser más que un visitante solo, la sombra sutil de la nada, tan sólo endechas de lo invisible.

La invisibilidad de Hesnor, como la de todo buen surrealista, recayó en la metáfora. La metáfora es el reino de lo invisible, al menos, de aquello que no es para la racionalidad, el reino del Yo. La metáfora es el espacio para trasladarse, para ser otro, para conquistar —si eso puede hacerse— ese espacio en donde se tiene otro dios y en cuyo nombre se celebran las fiestas donde todo se olvida, donde nuestro nombre ya no es el mismo nombre sino sollozo fúnebre, pesadilla de catástrofes ciegas o, en el mejor de los casos, fantasma hecho con el carbón espeso del olvido.

La metáfora, ya lo advertía Derridá, nos hace circular por la ciudad, nos transporta como a sus habitantes, en todo tipo de trayectos —«con encrucijadas, semáforos, direcciones prohibidas, intersecciones o cruces»— sólo que, y aquí marcan distancia Hesnor y los surrealistas, sin limitaciones y prescripciones de velocidad. La metáfora nos hace libres más que la verdad, porque la verdad siempre es otra cosa. La metáfora es la esencia de la libertad y la esencia de la libertad es satánica. Esa es la libertad que busca Norberto José Olivar desde Morirse es una fiesta. Esa Sylvia diabólica que no es más que otra metáfora donde nos fragmentamos hasta la desaparición. Norberto es Hesnor tocado por la metáfora y al ser tocado por la metáfora asume la esencia de un cadáver exquisito y un cadáver exquisito es —nuevamente— la fragmentación que supone la libertad.

«Cadáver exquisito», como todos sabemos, no es sólo una canción de Fito Páez, es, además, una técnica artísticas que emplearon los surrealistas franceses y que consistió en ensamblar colectivamente un grupo de palabras o de dibujos sin otra orientación distinta a la libertad creativa. Esta técnica parece haber sido tomada por los surrealistas de un famoso juego de mesa de la Inglaterra victoriana llamado «Consecuencias», que consistía en que cada uno de los jugadores, en su turno, escribe, sin que los demás lo vean, una palabra o frase que responda por orden a una de las siguientes cuestiones: El nombre de un hombre, el nombre de una mujer, el nombre de un lugar, un comentario, un segundo comentario y un resultado que sería la consecuencia que da título al juego. Al final se leía el resultado y terminaba apareciendo una historia totalmente descabellada. Al «Cadáver exquisito» fueron asiduos poetas como Robert Desnos, Paul Eluard, Tristan Tzara y, claro está, André Bretón, quien, por cierto, lo jugaría con los miembros de «Apocalipsis», escena que queda pormenorizadamente contada por Norberto en la novela. Sin embargo, ya Hesnor y los apocalípticos, enterados como estaban de la obra de los maestros del surrealismo, lo practicaron regularmente en el bar «Piel Roja» entre cervezas, gritos destemplados de borrachos y elefantes enanos que desfilaban bajo las palmeras del lago.

Cadáver exquisito, la última novela de Norberto José Olivar y que hoy presentamos, está centrada en la vida de Hesnor Rivera, máxima figura de la poesía zuliana que, al mismo tiempo, representará el paso de la poesía zuliana al siglo XX, transformándose por tanto en ventana para la modernidad literaria de la región.

Una novela sobre Hesnor Rivera no debe sorprender a nadie, mucho menos a quienes tuvimos la fortuna de conocerlo. Su vida, al menos tal y como la contaba, daba para una gran novela. Eso se lo había comentado a Norberto cuando recién aparecía por Comala su Hombre de la Atlántida. Recuerdo que se lo dije frente al Centro Comercial Costa Verde, cuando intentábamos sacar dinero de un cajero para parrandearlo entre cafés, cervezas y parrilla en la legendaria Irama.

Norberto guardó silencio aunque no descartó la idea, sabíamos que no era el momento. El discurso apuntaba hacia otras esferas. Su escritura comenzó un franco proceso de madurez. Sus lecturas se hicieron más frecuentes y más profundas, en especial, la lectura de esos escritores que sólo los escritores disfrutan: Vila-Matas, Auster, Sebald, Michon, Ednodio Quintero, Victoria de Stefano; clásicos del siglo xx como Kafka o Walser. Todo ello fue depurando un estilo, una manera de decir y de contar, fue naciendo el escritor que ahora escribe lo que antes le habría gustado escribir; es decir, cuando perdió el miedo a explorar el abismo.

Norberto aprendió muy rápido lo que a Cioran le costó toda la vida. Aprendió que escribir un libro es una muerte aplazada. Es iniciar un proceso de invisibilidad en el cual, como ya había dicho Hesnor Rivera, se pudiera pisar de repente la línea intemporal de la sombra. Hace unos meses, no sé exactamente cuántos —el tiempo es una cosa muy rara, digamos que la modernidad lo ha vuelto líquido, le ha quitado su forma, ha dejado al tiempo sin tiempo ni espacio, no hablemos del tiempo entonces, hablemos de momentos—; hace ya varios momentos, Norberto me envió un correo con un documento adjunto. Una novela que, en ese momento, se llamaba Relato de un hombre muerto. Y ahí estaba, era la novela sobre Hesnor. Y ahí estaba Hesnor, pero, también, ahí estaba Maracaibo, otra vez Maracaibo, la ciudad maldita, la playa gritona y alucinada por el sol que rumia en secreto el agua de los desastres. Ahí estaba y sigue estando la sociedad maracaibera, tan ella misma, tan inauténtica. Ahí estaba la sociedad a la que Norberto —como dice Carlos Flores— tiende a escocer en sus heridas, «una sociedad cada vez más hipócrita y omnívora». Una sociedad que se ha molestado, que se ha indignado cuando le hurgan en sus vísceras faranduleras, en sus falsas posturas intelectuales, en su raquítico espíritu cultural. Norberto lo ha hecho a través de sus libros, de sus sospechosos libros, porque los correctos y buenos libros —ya lo sabemos— están destinados a personas del mismo tipo que sus autores. Por eso muchos reciben con ofuscación las obras de Norberto. Los libros malos o mediocres satisfacen porque tienen el objetivo de adular a la mayoría y eso agrada, así lo entendió Nietzsche, y tantos otros.

***

La novela comienza con la huída de Hesnor de Maracaibo, digo huida puesto que de Maracaibo sólo se huye, y culmina con su paso a la invisibilidad. Eso no dice mayor cosa. Estos son datos que cualquiera supondría, pero —viniendo de un escritor que puso a Jesús Enrique Lossada a recibir, complacido, una muy reparadora felación maternal, que sometió a uno de sus personajes a reflexionar sobre el arte de escribir novelas bajo los jadeos lúbricos de tres jovencitas, que develó los hilos que condujeron a uno de los asesinatos más célebres de Maracaibo, que hizo posible que un vampiro viviese bajo el inclemente sol de esta viscosa ciudad—, también es de suponer que hay algo más.

Y lo hay.

Naturalmente, no voy a entrar en ciertos detalles de una novela que leerán en un rato, pero no puedo dejar de resaltar que cuando ese momento llegue conocerán facetas de un poeta —Hesnor Rivera—, completamente absurdas, pero posibles. Los que conocimos a Hesnor sabemos que tratándose de él todo era posible. Hablar con Hesnor era someterse a los devaneos de un hombre que fue, en esencia, literatura. Él fue uno de esos hombres hechos de literatura con los cuales uno no sabía dónde terminaba la realidad y comenzaba la ficción. Peor aún, luego de conversar con el poeta o recibir una clase —siempre magistral— uno solía dudar de todo, al menos yo no supe más nunca distinguir lo que es real de lo que es ficción. Y como terminaba haciéndome bolas buscando la manera de entender, decidí que la realidad y la ficción no existían, que todo era producto de tanta información que tenemos vagando dentro de nosotros. Información que es falsa, naturalmente, tan falsa como todo lo que yo puedo estar leyendo aquí.

Digamos entonces que Norberto, basándose en entrevistas a personas cercanas al poeta, reportajes de prensa (Norberto es un asiduo visitante de los archivos de Panorama), estudios sobre Hesnor y su propia poesía, fue construyendo la imagen de un Hesnor que, aunque no necesariamente se parece al Hesnor que yo conocí, se le termina pareciendo mucho porque, en todo caso, el Hesnor que yo conocí no se parece al Hesnor que fue.

En fin de cuentas, cuando hablas con uno y con otros sobre Hesnor terminas hablando de un pueblo, de un retablo de personajes con el mismo nombre y —como diría Auster— terminas alejándote de Hesnor. Por eso es posible que Hesnor Rivera haya emprendido una cacería de platillos voladores, como también es posible que, luego de un pacto diabólico, el poeta llevara en su palabra partículas de alguna sustancia mágica que desatara terremotos y huracanes por donde pasaba. ¿Ridículo? Quizás, pero, ¿qué cosa no es ridícula en la historia de Maracaibo? —Estamos hablando de un pueblo que le rinde culto a un cálculo del general Rafael Urdaneta, háganme el favor.

La novela se pasea por la poesía de Hesnor, pero también por sus debilidades humanas que —por extraño que a alguno le pueda parecer—, se volvían fortalezas en las palabras que hilvanaba conjurando a la muerte para que dejara de gritarle obscenidades al oído. Hesnor tuvo que aprender a gritar más fuerte que la propia muerte, ya que, sus gritos —los de la muerte— cauterizaban los rasgos más humanos para que se elevara ese Yo que no es otro que ese otro extraño que ha tejido una racionalidad soterrada. La novela se pasea por un Hesnor que ruborizó a la estúpida sociedad de su tiempo dando pie a una de las guerras de comida más violentas en la historia culinaria de este puerto, lleno de espectros que brillan sólo cuando le silban a la sombra de los altos poderes.

La novela revela las coordenadas oscuras que se fraguan detrás de Apocalipsis, detrás de los alucinados poemas cuyo punto final es siempre la muerte. La muerte que viene teñida de rojo o gravitando entre laberintos de holocaustos y los abandonos. Una novela que nos deja con muchas intrigas acerca de la personalidad del más grande poeta del Zulia, un poeta angelicalmente satánico, un poeta que sirvió a Lucifer con las más nobles armas de dios: la poesía.


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Bitacoradelabismo (31 noticias)
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bitacoradelabismo.blogspot.com
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