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Pakistán y la rabia

18/05/2011 08:42 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

 

Antonio Hermosa Andújar*

¿Cuántas muertes vale un muerto? El  pasado jueves, un nuevo atentado en Pakistán añadió casi un centenar de nuevos muertos y casi otros tantos heridos a la  causa  talibán, en su inmensa mayoría reclutas de la Academia de Policía Fronteriza de Charsada, en la zona fronteriza con Afganistán.  Un portavoz de dicha tribu sanguinaria reivindicó con jactancia su autoría, añadiendo que era "la primera venganza por la muerte de Bin Laden. Y habrá más".  image

En el New York Times he leído que la masacre  se vinculaba a un episodio concreto de la guerra contra los talibanes, es decir, que no era vengar el asesinato de Bin Laden su causa. Podía tener razón en una cosa: que un hecho así se inscribe en el ADN de ese grupo bárbaro, que ésa es su forma de  hacer  en cuanto se corresponde a su forma de  ser. De hecho, dos días antes, la explosión de una bomba en un tribunal había producido tres muertos y cinco heridos; dos atentados casi simultáneos en Faisalabad y Peshawar el día tres de marzo, en una gasolinera aquél y al paso de un cortejo fúnebre éste, se saldaron, el primero, con veinticinco muertos y ciento treinta heridos, y el segundo con treinta muertos y decenas de heridos; por no hablar del adolescente de catorce años que se inmoló en febrero arrastrando consigo treinta y un muertos y una estela de treinta y seis heridos. Y así hasta sumar las decenas de miles de muertos que  iluminan  el orgullo talibán en los últimos años.  image HASHAM AHMED/AFP/Getty Image En suma: que aun con Bin Laden vivo los talibanes seguirían cosechando muertos; que alguien, en otro atentado, habría escuchado antes de  la explosión  la divisa caníbal del  Alá  es el más grande  (y, desde luego, a la hora de firmar atentados con seudónimo no conoce rival) y, con suerte, ese mismo  alguien  escucharía  otra voz después, manchada de incredulidad y dolor, clamando "¿Por qué nos matan? ¿Cuál es nuestro pecado?". Y, naturalmente, habría podido escuchar a otro portavoz azuzando a "no consultar a nadie acerca de matar americanos o destrozar su economía". Para todo eso, insisto, no se necesita  al jeque, ni vivo ni muerto. 

Y es esto precisamente lo que me insta a pensar que, aun creyendo que la última carnicería sí ha sido ejecutada para vengar a tan siniestro personaje, en realidad no se trata de un acto de  venganza.  Venganza  es la justicia del pistolero, que pone en práctica la ley del talión sazonada con lo justo de rabia;   venganza es lo que promete el destino al soberbio o criminal, aunque el crimen se cometa de manera inconsciente,   como Edipo,   hasta el día en el que Atenea, a instancias de la inocencia, se rebela contra esa estela de furia e instaura la persuasión y la justicia, o lo que es igual, la civilización: es la imperecedera lección de la  Orestíada  de Esquilo;   venganza es lo que  juró Bush tras el atentado de las Torres Gemelas y lo que ha cumplimentado Obama: la persecución a todo trance del homicida hasta exterminarlo. Si en el camino se ha de inventar una guerra, pues se inventa (ya nos advirtió Isócrates que los males se presentan mezclados, de modo que no tenemos  derecho  a sorprendernos si entre los justificantes vemos a la codicia velarse con la máscara de la justicia); si se ha de violar el espacio aéreo de un país aliado (o  no), se viola; si se ha de disparar contra un indefenso, se dispara. Y si todo ello significa  profanar el velo  de la diosa, de palabra tanto como de obra,   o  mancillar la idea de justicia asociada a la civilización, se  profana  y se  mancilla: ¿quién le habrá dado vela  a la justicia  en  el  entierro  de la escena internacional,   se preguntará el  abanderado  de los derechos humanos, el  Obama  de turno?  imageFoto: Islamization Watch Y si eso es venganza, la matanza  talibán no lo es, aunque se proclame tal y se incluya en la proclama el nombre del vengado.  En efecto, las leyes de la venganza prescriben que  el que la hace la  paga  y, como en el caso de la quema  del Corán en Estados Unidos y el  subsiguiente  incendio  de  una Iglesia en  Afganistán, fueron unos, los estadounidenses, quienes cometieron el delito y otros, lugareños, quienes  cargaron con la pena; las leyes de la venganza, por ende, no condenan  la  inocencia, mientras los talibanes han asesinado  sin discriminación  y, además, prometen seguir haciéndolo; las leyes de la venganza  prescriben que  el muerto tiene un precio, es decir, que el castigo, aun  si  exagerado, tiene un fin, como el dolor  o  el miedo un límite, lo que asimismo contraviene la promesa talibán.  En tal caso, si la amenaza de Bush ejecutada por Obama es venganza, y también se considera tal esta matanza talibán, se habría de concluir que la venganza  presenta diferencias internas incluso cualitativas, que hay  grados  en la escala de la barbarie. 

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Ahora bien, si esta masacre no es un acto de venganza, ¿qué es, por qué mata el criminal?  Cabe la posibilidad de que en un principio su dios o su profeta, que tanto monta, proporcionaran un  modelo  de conducta con ciertas acciones del primero o con determinadas palabras del segundo, lacradas con el fuego sacro de la escritura, por el que regirse al asesino islamista, pero en algún punto la muerte arrastró los  ideales  y a sus musas con los muertos y del asesino  idealista  de ayer sólo queda el profesional de hoy. Un fin que exigía  el medio de la violencia, del asesinato, para su alcance acabó por transformar el método en sistema, y el  matón  que ahora mata e insiste en matar,   no hace en realidad sino lo que sabe hacer, desde el momento en que milita en una organización de muerte, que ha sido entrenado para ello  y que sólo  matando  puede dar sentido a su vida y justificarse ante sus correligionarios. Ese profesional sólo puede vivir matando mientras sea un profesional, y la única duda es precisar si vive para matar o mata para vivir.   

imageFoto: Islamization Watch

Del matón  que  calcula  ensañarse con  el sufrimiento ajeno y no lo provoca como suicida no cabe decir que mate por venganza ni que tenga en el odio al principal agente de su acción, pues del odio es lícito esperar que pase; sólo cuando  su espíritu ha dado un paso más transformándolo  en rabia,   y resecado hasta sus cenizas el desierto del corazón,   sus furias arrebatan  de  emoción  al profesional  y lo arrastran hacia el abismo moral  en el que el asesinato es sólo un juego  y los muertos la baraja con la que se juega.  Ni el propio Alá ni su profeta pueden contener entonces a quienes juegan a la muerte en su nombre.  La rabia no es sed que se sacie con bebida ni hambre que se sacie con comida; ni siquiera odio al que el paso del tiempo o la muerte del corazón  lleguen a  saciar pese a la subsistencia del objeto odiado. La rabia, que es el imperio de la sinrazón en un pecho  convertido en norma de  conducta, es por ello insaciable, y en el rabioso deviene un destino que rejuvenece, como ciertos dioses aztecas,   al renovarse la sangre  con los nuevos sacrificios. 

Así, pues, ¿cuántas muertes  vale  un muerto? No hay,   me parece, una respuesta unívoca, pero quizá una  respuesta  a medida sea la que afirme, que, en tanto una vacuna no lo remedie,   un muerto puede valer tantas muertes cuantas requiera la rabia para saciarse  en su nombre. 

  *Escritor y filósofo español.


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Fuente:
guadalupelizarraga.blogspot.com
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Reportaje
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