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Los pacifistas andaluces hartos de las bases norteamericanas. Exclaman ¡Que se vayan!!!

29/12/2011 15:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Las marchas y protestas contra los submarinos nucleares ingleses que se surten en Gibraltar, el ruido de los aviones norteamericanos de la base de Morón y ahora los preparativos del escudo de misiles único en occidente, ha dejado KO a los más indiferentes

De Morón a Gibraltar, Andalucía se ha movilizado al finalizar el 2011 contra las bases militares que los norteamericanos mantienen en su territorio. La asistencia de público ha sido desigual, aunque la tradicional marcha contra la Base de Rota, que alcanzó su vigésimo sexta edición el pasado día 6 de noviembre 2011, vio como crecía esta vez el número de manifestantes, muy por encima de las cifras de los años anteriores.

También el pasado 13 de noviembre, apenas medio centenar de personas colgaban sus pancartas frente a la Verja de Gibraltar. No se trataba, como en otras movilizaciones de otros tiempos de reivindicar la soberanía española o británica de la Roca, sino simplemente que se le cancele el visado al riesgo atómico que corre toda la población, andaluza o gibraltareña, por la presencia constante de unidades aeronavales de propulsión o carga nuclear en el puerto de dicho enclave. Además, cada año, suelen repararse unos cuatro submarinos nucleares en instalaciones locales que carecen de medios de seguridad suficiente para afrontar tales trabajos. Y no vamos a comparaciones, pero sabemos lo que dejó en el mar Fukushima y las lejanas Pruebas norteamericanas y francesas.

Ya en el año 2000, la población local, a un lado y otro de la frontera, se movilizó por este mismo problema, en contra de la presencia en puerto del “HMS Tireless”, un sumergible de la clase Trafalgar que tras ser rechazado en diversos recintos portuarios del Mediterráneo encontró fácil acomodo en el del Peñón.

La Base norteamericana de Rota y los riesgos del escudo anti-misiles

La marcha antes citada no sólo tenía por objeto protestar contra la base británica, sino contra todas las bases y en especial por la complicidad del Gobierno español a la hora de dar todo tipo de facilidades a Estados Unidos para que utilice la base de Rota para su controvertido escudo anti-misiles. Junto a la vieja Calpe, eso sí, más de uno evocaba la figura de Gonzalo Arias, aquel aprendiz de no violento que, en diversas ocasiones, fue pionero a la hora de protestar por el riesgo militar que incumbe a los habitantes de toda la zona con independencia del pasaporte que lleven en sus bolsillos.

Allí, en su memoria y de la VII Marcha Antimilitarista celebrada en 1982 en La Línea de la Concepción y que costó la detención entonces de hasta ochenta pacifistas por el simple hecho de escenificar en la calle el estallido de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, pudimos leer, megáfono en mano, las palabras que siguen:

“La historia de la humanidad, en gran medida, siempre fue la historia de las guerras. Y casi toda la humanidad, casi toda la historia y casi todas las guerras pasaron por ese territorio al que llamamos Andalucía y por ese lugar donde se cruzan los mundos al que desde antiguo llamamos Estrecho de Gibraltar.

Andalucía dio emperadores a Roma. Cierto. La sangre de la bética empapó los campos de batalla del imperio romano. Tarik cruzó el mar desde África con un numeroso ejército para fundar Al Andalus. Y desde Cádiz o Sevilla partieron los conquistadores españoles que acabaron con el Imperio Inca o el mundo de los Aztecas.

Hace quinientos años, a punta de cuchillo nos impusieron la religión católica como pensamiento único. Hace cuatrocientos, expulsaron a los moriscos desde el puerto de Cartagena, por no aceptar las costumbres de los vencedores. Y hace trescientos, durante una guerra civil española, en Gibraltar ondeó primero la bandera holandesa y luego la bandera británica de la Union Jack.

Pero siempre, entonces o ahora, sobre Andalucía ondeó la bandera de la muerte. La bandera del absolutismo que perseguía liberales; la bandera nazi, del fascio o del franquismo, que fabricaba paredones en las playas de la libertad. Pero también la bandera de la guerra fría, la de los argentinos en la guerra de las Malvinas (porque la flota británica se surtía naturalmente en Gibraltar), la de la VI Flota contra Libia, a favor de Irak y en contra de Irán, en contra de Irak o a favor de Israel, en contra de nuevo de Libia, tanto tiempo después.

Todas las guerras han pasado por Andalucía. Y toda la historia. Pero no siempre supieron los béticos ejercer el supremo derecho a la humanidad. El supremo derecho a no ser rehenes de los intereses de Estado, el supremo derecho de no vender nuestra seguridad y la de todos por un plato de lentejas, por un trabajo precario en el astillero del Peñón, por una licencia de taxi en Rota, por un pisito de alquiler en Morón.

A mediados del siglo XIX, 300.000 personas vivían del contrabando con Gibraltar. ¿Por qué?

Porque el Estado español les trataba y a los andaluces como prisioneros de guerra, sin derecho alguno, sin ventanillas burocráticas que les facilitaran la vida, sin ni siquiera un puerto donde encontrar refugio. Tenían que sobrevivir y eso hicieron. Y Andalucía estaba abandonada.

Como sobrevivieron, a duras penas, durante todas las persecuciones, durante todas las guerras civiles, durante la primera o la segunda guerra mundial. Carne de cañón y de metralla, eso fueron. Y, lo peor del caso, eso son.

Hace cincuenta años, por si no fuera poco con la base de Gibraltar, con los gobernadores militares de montería británicos en compañía de los gobernandores militares locales. Por si no fuera poco con un ejército español que no ha ganado una sola guerra en los dos últimos siglos, salvo que fuera en el campo de batalla de los propios españoles. Hace cincuenta años, por si no fuera poco, en 1953 el Salvador de España firmó un acuerdo con Estados Unidos para convertir a la Península en el mayor portaviones del Mediterráneo.

Rota y Morón, Torrejón de Ardoz y Zaragoza, y sus aledaños se convirtieron en bases de supuesta utilización conjunta entre Estados Unidos y España, con el peligro atómico de los Polaris apuntando a medio mundo pero, sobre todo, al corazón de esta vieja tierra de paz y buenos días, de este mundo que se queja cantando y que seguramente duerme la siesta para no conciliar terrores nocturnos como un viejo niño sonámbulo en mitad de una eterna pesadilla.

Desarmemos los cañones de la avaricia y apuntemos a nuestros gobernantes con el bocajarro de la razón

Cuando llegó la democracia, se fueron al menos los Polaris. Y Zaragoza y Torrejón dejaron de ser una huerta atómica con música de Labordeta o de Miguel Ríos. Pero las escuadrillas hacia la muerte siguieron despegando de Morón y de Rota, con su estela de sangre en el chorro a propulsión de sus motores. Desde ese último puerto, zarpaban las naves del olvido dispuestas a castigar a todos aquellos que osaran llevar el paso cambiado ante el Pentágono, ante la OTAN, ante los implacables vigías de Occidente.

Al menos, eso sí, fueron cerrando las whiskerías. Y acabó el ruido de sables de los golpes de Estado, así que dieron por bueno que las bases siguieran ahí, que nuestros generales hablaran inglés y que nuestros soldados viajaran alegres a dar su vida por el Fondo Monetario Internacional en las agrestes colinas de Afganistán, en busca del eslabón perdido de Bin Laden.

Año tras año, sólo un puñado de pancartas llegaba a orillas de Rota o, de tarde en tarde, cuando tronaban bombarderos o reparaban submarinos amarillos, hasta la falda de Morón o la Verja de Gibraltar. Aquí, junto a la Roca, hace muchos años, con la frontera cerrada, se paró a mirar Rafael Alberti. Una multitud le rodeó en seguida y un guardia civil llegó para echarle: “Dispérsense, les dijo, márchense de una vez”.

El poeta que hace medio siglo le preguntaba a Rota donde estaban sus huertos, su melón, su calabaza, se quedó mirando al agente y le dijo cara a cara, yo lo ví, yo lo escuché: “Déjeme que no muerdo. Y si mordiera esa roca, de su interior sólo saldría sangre, sangre, sangre”. Eso le dijo Rafael Alberti y en lugar de irse fue el guardia el que se fue.

Ahora, la base de Gibraltar parece en decadencia, los submarinos de propulsión o carga nuclear pasan y pasan por su puerto, sin que nadie les controle. Ya una vez, con el Tireless, supimos que un escape nuclear no necesita pasaporte. Pero seguimos sin saber como impedir que algo así como la central de Fukushima, con periscopio o con timón, cruce a diario por delante de la Bahía de Algeciras y se quede con nosotros durante el tiempo que quieran a poner en peligro más de doscientas mil vidas.

No hay dinero con el que pagar tanto miedo. No hay trabajo con el que comprar el aire, el futuro, los ojos abiertos de nuestros recién nacidos.

Pero a pesar de la ”decadencia” de Gibraltar, la base de Morón se sigue reforzando.

Y tampoco hay dólares suficientes para amortizar la conciencia de quienes saben que a bordo de los aviones que cruzan los cielos de sus guitarras de cal quizá lleven presos caminos de las cárceles secretas de la CIA o bombas de racimo con las que cosechar una vendimia de seres humanos en cualquier lugar del mapa mundial de las masacres.

Ahora, cuando la base de Gibraltar parece en decadencia y la de Morón se refuerza, la de Rota va a convertirse en el mayor arsenal de Europa, en la sede al igual que Holanda de un escudo anti misiles que, en realidad, es un escudo a favor de los misiles, que volverá a traer el peligro atómico hasta la arboleda perdida de Rafael Alberti y que, en lugar de defendernos convertirá a nuestra tierra en un lugar de ataque, en el centro de la diana de los fanáticos y de los visires que quieren ser califas en lugar de los califas que en lugar de gobernarnos nos avasallan.

Si Europa está rota, ¿para qué más base de Rota, para qué más presupuestos militares por un puñado de empleos que probablemente sean temporales y precarios? ¿Para qué el Africom y el mando central de Estados Unidos en el Golfo Pérsico, preparando desde aquí las próximas guerras contra Irán o contra Siria, en lugar de defendernos del ataque de los mercados, de la invasión de las primas de riesgo, de la matanza civil de cinco millones de parados?

Si la mayor guerra que libra el continente europeo debiera ser contra la dictadura de la contención del déficit, contra la división acorazada de los intereses bancarios, contra la Europa de las bolsas en lugar de la Europa de los pueblos, ¿para qué tanta fragata en Punta Europa, para qué tanta Royal Navy junto a la armada real, a los que sólo debería preocupar los misiles crucero de la alegría, la artillería constante de un sueldo digno y la sala de banderas de la dignidad.?

A la paz, hermanos.

Contra Gibraltar, no, contra la base británica que nos pone en peligro a todos los ciudadanos del mundo que viven a cien millas a la redonda.

Contra Rota y Morón, tampoco. Contra el Estado español que sigue poniendo nuestra tierra al servicio del poder a mano armada, sea propio y extraño, sea gringo o fuere de donde fuere.

Nuestros verdaderos enemigos están en nuestra retaguardia, en las trasnacionales traficando con nuestros sueños

Imposible saber si nuestros adversarios están entre los desesperados, entre los que se agarran al clavo ardiendo del fanatismo porque no tienen democracia que les defienda. Pero estamos seguros de que trafican también con nuestros salarios, en una globalización entendida a la medida de los mercaderes, en una jauría de lobos que se quedó primero con nuestros sueños, luego con nuestro dinero y, ahora, como ya se decía antiguamente, van a por el cambio, para que nada cambie y que todo siga igual.

A la paz, hermanos.

Desarmemos los cañones de la avaricia y apuntemos a nuestros gobernantes con el bocajarro de la razón.

Contra la idea de la violencia, la violencia de la idea. Junto a Gibraltar, en Rota o en Morón, en el corazón de Andalucía. Que los navíos de guerra auxilien del naufragio a los viajeros a ninguna parte de las pateras, que los escudos antimisiles nos protejan en realidad de las agencias de rating y que el ejército de salvación salve si es que puede lo que queda del estado del bienestar y de esas viejas palabras, libertad, igualdad y fraternidad, que no hace mucho encarcelaron en Guantánamo. Y que, junto al Peñón que habla tantos idiomas pero al que nadie le enseñó nunca el idioma de la paz, la palabra submarino sólo recuerde al Submarino Amarillo, una hermosa canción de Los Beatles.


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