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Otoño Gris

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12/10/2020 20:27 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Sexualidad y mucho más, y una oscura forma de ganarse la vida o la muerte

Desde la soledad se pueden reproducir la gama infinita de colores ocres de las hojas, el otoño me devuelve a la niñez, pero ese mágico momento casi olvidado se me contrasta con los deseos de la piel, veo la multitud de hojas de trébol o de cualquier otro árbol milenario formar un colchón de vida y muerte. Y yo solo espero desde la incomodidad de mi silla de ruedas.

Pudiera estarme la vida en mi buhardilla, cálida y reconocible, pero el deseo de desahogarme me arrastra cual víbora de cascabel en busca de una presa (no tan fácil como se piensa), mi condición me detiene un poco, pero se me acumulan los deseos de explotar en un cuerpo terso y caliente y dejar en otro territorio conquistado mis millones de esquirlas defectuosas, viajando en una sola dirección, a contra reloj hacia un único objetivo.

Ahora espero la llegada de Alex, él me ha de llevar al reino de desolación, un parque conocido donde las muchachas, no menos flores silvestres, comercian su amor de reinas, su fragancia artificial de diosas, incapaces de amar más allá de lo material. La espera me entretiene y me agita, repaso una por una mis artimañas, la imagen que he de mostrar es un tanto diferente a la imagen en soledad, los otros nos perciben a través de un espejo convexo, que nos deforma más de lo necesario.

Siento un poco de lluvia afuera, el aire es denso cuando llega Alex y comienza a arrastrarme al parque y a mis instintos más primitivos, en lo que llego, me trasporto a la primera vez, siempre me veo con las mejores piernas, camino pisando fuertemente el concreto, y suelo ver con nitidez la punta de los zapatos, y el perfume de la muchacha, su rostro se diluye por los años, pero si recuerdo su paciencia, su  facilidad para manejar la situación y una pequeña mueca casi imperceptible para los demás, pero que recuerdo con perfección, como una foto enmarcada en mi pared mental de recuerdos.

En el parque nos esperaba Cesar, quiso disimular un poco la infelicidad, tal vez la rabia o la impotencia. Me dejaron a unos metros y hablaron despacio.

-          Ya era horas de que estuvieran aquí.

-          ¿Es que acaso no es temprano? – dice Alex.

-          Temprano mis cojones. Estas merecen una buena pela para que respeten un poco.

-          Puede ser – dice Alex y saca uno de sus cigarros de felicidad.

-          ¿Pero el tipo trae la plata como siempre?

Veo la multitud de hojas de trébol o de cualquier otro árbol milenario formar un colchón de vida y muerte

-          Sí

Alex me mira como un triste perro en su jaula de ruedas, con su mundo rodante a cuestas, pareciera por un momento que sus ojos se vuelven maternales, pero su rostro es una máscara a punto de fragmentarse y caer como copos de nieve, cada uno totalmente diferente del resto. Expulsa otra bocanada de humo y viene a pasarme la mano por el pelo. Me tranquiliza un poco su mano, me hace olvidar el frío regio, que me enfría las piernas.

Le entrego los billetes y sonríe como un chiquillo, le da por olerlos una y otra vez, los billetes son nuevos y parecieran luciérnagas de vida, se los enseña a Cesar y este se contagia con su risa. Me aferro a mi trono, le tengo un poco de miedo al Cesar. Pero Alex da vueltas a mi alrededor y me tranquiliza lo conozco desde la infancia, es un tipo de palabra. Mientras le traiga su dinero todo irá bien.

Cesar trae los hombros caídos, es  su rictus de iniciación, se puede olor la tormenta que vendrá, los ventanales tronando desesperados, por el viento del oeste.

-          Te lo dije.

-          Cálmate – dice Alex, como un espectro que se desvanece.

-          Busco las putas esas, en un momento. Ya hasta el bobo pago. Y nosotros haciendo el ridículo.

Alex me mira fijo, parece que busca en mis ojos el cielo azul y unas vicarias floreciendo en el jardín de la infancia, antes del accidente y la muerte prematura de una funcionaria tratando de salvarme.

El Cesar se sumerge en la noche, especie de tiburón que percibe la sangre a decenas de miles de trillones de kilómetros, las chicas se han demorado más de lo normal, pero me entretengo en imaginar sus caras, el pelo negro-rubio, su piel tersa y con olores de agua natural, la redondez de sus senos, y una multitud de perfectos rasgos que serían imposibles en una sola mujer, y de seguro si notaran mi perfecta armonía interior, puede que me amaran.

Pero ahora dejo caer un estratégico hilo de baba, me tranquilizo un poco, Alex me limpia pesadamente, seguro que ya Cesar viene con las chicas, con su desnudez que me va convirtiendo en una bestia salvaje, que en cualquier momento puede dejar de respirar.


Sobre esta noticia

Autor:
Daniel Montenegro (11 noticias)
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Opinión
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