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Orígenes del Hedonismo (1 Parte)

10/01/2011 00:14 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Un igual a los dioses me parece

el hombre aquel que frente a ti se sienta,

de cerca y cuando dulcemente hablas

te escucha, y cuando ríes

seductora. Esto –no hay duda – hace

mi corazón volcar dentro del pecho.

Miro hacia ti un instante y de mi voz

ni un hilo ya me sacude,

la lengua queda inerte y un sutil

fuego bajo la piel fluye ligero

y con mis ojos nada alcanzo a ver

y zumban mis oídos;

me desborda el sudor, toda me invade

un temblor, y más pálida me vuelvo

que la hierba. No falta –me parece–

mucho para estar muerta.

Este poema se llama Las Pasiones y le pertenece a la divina Safo. Al parecer es el poema mejor conservado en su estructura de todos cuantos han podido rescatarse del tiempo. Las Pasiones fue escrito, dejándome llevar por Plutarco, para homenajear lo que la amada provocaba en el cuerpo de la poetisa. Auténtica carnalidad abrumada por el placer al cual se somete a plena conciencia en su condición víctima de un goce hospitalario, espeso, profundo hasta la humedad de la muerte que, en todo caso, es vida en la vida misma. Goce, placer que se derrama sobre el cuerpo que es –sin lugar a dudas– la gran razón, como lo señalaría Nietzsche. Placer endemoniado con el cual se firma el pacto erótico con el instinto y las pulsiones. Safo es la primera en hacer estos señalamientos y es por ello que, Michel Onfray, no tiene reparos en afirmar que, en caso de que los poetas tuvieran ciudadanía en la república de la filosofía universal, podría considerarse en la precursora del hedonismo.

Sin embargo, quien tradicionalmente es considerado el padre del hedonismo es Aristipo de Cirene, [hombre, naturalmente]. Sin embargo, Onfray en su libro Las Sabidurías de la Antigüedad y, de alguna manera, en Cínicos, apunta mucho más atrás. Si reducimos el hedonismo a una teoría ética que el bien con el placer, pues, no habría mucho que discutir, por esa razón, el filósofo francés, escudriña dentro del placer mismo y entiende que hay otros nombres que mencionar. Así llega a Leucipo de Mileto a quien señala como el primer filósofo hedonista, pese a que hay brumosas referencias en torno a un sabio fenicio llamado Mochos, pero del cual se sabe, efectivamente eso: brumas. La filosofía de Leucipo descansa sobre la base del atomismo y de cuya fuente emanan todas teorías físicas del mundo occidental. Esta información se le debe a Aristóteles y Teofrasto quienes señalan a Leucipo como el primer formulador de la doctrina atomista. Epicuro dudó de su existencia; sin embargo, fragmentos de sus obras reposan en libros del propio Aristóteles, así como del médico y filósofo griego, Sexto Empírico. Se le atribuyen dos obras: La Gran Ordenación del Cosmos y Sobre la Mente que, al parecer, era una crítica a la idea que sobre la mente tenía Anaxágoras.

Para Leucipo de Mileto, el hombre era un ser múltiple y material compuesto por partículas inseparables, pero además, en su lógica de la física se deduce una ética, una ética que Onfray resalta como: ética de la felicidad auténtica. Una alegría que se sustenta en la celebración de la vida. Pero, ¿felicidad es igual a placer? De entrada parece que no, pero, el propio francés explica que el placer y la felicidad no superponen exactamente las mismas sensaciones, las mismas emociones, el mismo estado físico o psíquico. Por mi parte, no veo tanto dos mundos separados como dos maneras de significar una realidad idéntica. El placer puede procurar la felicidad y ésta no excluye al placer. La felicidad está más relacionada con el eudemonismo, pero, ¿qué tanta distancia puede haber entre éste y el hedonismo? El eudemonismo, según Onfray, hace posible el hedonismo, que define la capacidad de gozar de sí mismo como de un ser en paz consigo mismo, con el mundo y con los demás.

Otro filósofo hedonista anterior a Aristipo es Demócrito de Abdera. Partiendo de las enseñanzas de Leucipo, Demócrito da forma a la doctrina atomista. En su mundo no hay espacio para dioses ni ideas ideales, su mundo se concentra en átomos y vacío entre cuyas fuentes celebra la realidad concreta desde la cual incita a una existencia gozosa. El cuerpo es una fiesta de la materia en donde cuerpo y alma no son más que palabras que significan dos instancias corporales. Para Demócrito, el filósofo debe ser la voz del cuerpo que interpela al alma por someterlo y hacerlo sufrir. Debido a que¸ explica Onfray, el alma trabaja el cuerpo por medio de los átomos incandescentes y le inflige pulsiones, pasiones y deseos, así como dolores, heridas y sufrimientos, la carne recibiría inevitablemente su reparación, afirma Demócrito.

El método hedonista de Demócrito para por tres momentos específicos:

1.- El conocimiento tiene su origen en los sentidos y en lo que éstos captan.

2.- El entendimiento de que no hay dioses y que, por lo tanto, el hombre no debe tener para ellos más que indiferencia. Entiende que son factores que abren las compuertas al miedo que limita el crecimiento del hombre, así que no tiene reparos en afirmar que los dioses no existen y de lo que no existe no hay que sentir miedo.

3.- La apelación a una regulación de los deseos, que da lugar a una genuina práctica del placer entendido como la satisfacción por ser libre, independiente, autónomo, exento de toda inquietud, de todo temor y de toda angustia.

Demócrito señala la necesidad de un equilibrio que permita la posibilidad de que el deseo no se reduzca a la trivialidad de una animalada desenfrenada, sino que aspira al modelado de uno mismo y a la construcción de la propia autonomía. Único y auténtico júbilo: gozar del placer en uno mismo. Sin embargo, esa búsqueda del placer apunta al tambaleo de la acariciada polis griega, ya que se opone radicalmente a la ocupación de los asuntos de la ciudad, a implicarse en política, a preocuparse por cosas administrativas, a tener hijos, ya que todo eso perturba, molestas, genera problemas a la individualidad.


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bitacoradelabismo.blogspot.com
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