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Sobre el origen del malestar psíquico individual

31/01/2011 21:23 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

De Casilda Rodrigáñez Bustos.

Fragmento de La sexualidad y el funcionamiento de la dominación, 2008, pp. 155-159.

(...) El malestar psíquico individual debiera ser contemplado

en paralelo y de manera correlativa al cuestionamiento de la

sociedad en la que vivimos, teniendo en cuenta el impacto de la

represión en el mismo nacimiento, a lo largo de la crianza y durante

toda la vida humana. No hay otro modo de abordar el malestar

individual que el de entender las causas que en última instancia lo

producen: la represión sexual, el desquiciamiento psicosomático

consiguiente, y las relaciones de dominación-sumisión. Porque si

se oscurece y se desvincula el malestar del proceso represivo que

lo origina, y si no se contempla en tanto que secuelas de dicho proceso,

nada podremos hacer por remediarlo.

El bienestar interior se recupera con la reconexión del neocórtex

con las pulsiones corporales, cuando nos ponemos a favor de la

autorregulación orgánica, cuando se reestablece la conexión entre

la conciencia, la epidermis y el mundo visceral, cuando todo el

cuerpo sigue armónicamente el ritmo unísono sinérgico y desarrolla

su capacidad orgástica.

Para evitar la recuperación del acorazamiento establecido a lo

largo de la socialización, se nos oculta lo que realmente nos ocurre

desde que nacemos, y tan sólo reconocemos sus efectos. Si no

sabemos de donde nos vienen los males, difícilmente podremos

remediarlos.

Además, haciendo invisible o descafeinando el proceso represivo

de la socialización, sus consecuencias se pueden atribuir a algún

tipo de fallo individual, del que se nos hace individualmente responsables

o culpables, y que la psicología debe ayudarnos a resolver:

somos las personas las que tenemos que cambiar, madurar,

crecer, alfabetizarnos, controlar nuestras emociones, ser positivas,

desahogarnos, comunicarnos emocionalmente, recolocar las emociones,

etc., para dejar de 'sentirnos mal'. El mundo es maravilloso

y ser felices depende sólo de que 'hagamos los deberes'. Ahora

somos 'culpables' de no hacer los deberes, de no madurar, de no

crecer emocionalmente etc.; hablando en plata, de no retorcernos

las tripas para adaptarnos. Así como siempre, la culpa es de la víctima,

no del Poder que inflige el sufrimiento a la víctima. Con la

culpabilización de la víctima, el proceso represivo se hace invisible

al tiempo que se invisibiliza el Poder y el tipo de sociedad patológica

en el que nos socializamos.

La ocultación de la represión es quizá su aspecto más dañino: el

no saber de las secuelas de la presión y re-presión ejercida desde

afuera, hace posible que nos sintamos culpables del malestar interior

que sufrimos. Si el proceso de represión fuese visible, evidentemente

no nos sentiríamos culpables del malestar interior.

El sentimiento de culpabilidad que subyace en nuestra psique,

es entonces, ante todo, una consecuencia inmediata de la ocultación

de la represión inicial, que es también una ocultación del tipo

de sociedad a la que nos tenemos que adaptar.

La ocultación de la sexualidad y de su represión desde el inicio

de nuestras vidas, es pues imprescindible para que no se descubra

el tipo de sociedad en la que vivimos, y para que la crítica social se

desplace hacia el cuestionamiento de la persona; y entonces, que la

lucha social deje paso al mercado de terapias individuales.

La socialización patológica convierte el mundo en un Estado

terapéutico: ¡Vaya pedazo de mercado que se ha creado para los

expertos de la psicología! ¡La conquista de territorios ya no es

requisito imprescindible para colonizar personas y buscar consumidores!

Porque esta nueva institución de expertos en psicología

tiene la ingente tarea de enseñarnos las maneras de adaptarnos y de

que aguantemos la represión, la sumisión y la dominación; es decir,

de estabilizar la patología apuntalando la construcción psíquica

adecuada (el ego), afinando nuestra capacidad de auto-represión y

de control de nuestra vitalidad, para un mejor manejo y contención

de nuestras pulsiones, de nuestras emociones y demás aspectos

propios de la integridad humana, cuyo desarrollo espontáneo sería

un impedimento para andar por este mundo.

A esta habilidad en este tipo de represión, es lo que algun@s llaman

'educación emocional', o incluso 'inteligencia emocional'. La

'inteligencia emocional' que propugna la psicología adaptativa consiste

en controlar y re-codificar desde el neocórtex las emociones

una vez que han quedado desvinculadas de las pulsiones o impulsos

que han sido inhibidos más o menos inconscientemente.

La codificación falaz de las emociones evidentemente refuerza

su desvinculación con la pulsión corporal y su inhibición. Las

emociones y los sentimientos, vinculados a la pulsión corporal y

reconocidos como tales, nos dan fuerzas para permitir su expansión;

pues el neocortex entonces intervendría a favor en lugar de

en contra de las pulsiones.

Hace años, por mi propia experiencia, llegué a la conclusión de

que no había en este mundo nada más subversivo del orden social,

que ser consecuente con los sentimientos, cuando éstos están

anclados y enraizados en el latido visceral.

Las emociones, en la medida en que originariamente se producen

para acompañar las pulsiones de nuestros sistemas orgánicos,

y para facilitar y contribuir al comportamiento más conveniente

para los cuerpos; es decir, en la medida en que forman

parte de la autorregulación de la vida humana, resultan inconvenientes

para el sistema social represivo, y por eso su producción,

empezando por la misma emoción erótica y terminando por

la cólera y la rabia más profundas, deben ser controladas y re-codificadas.

Así pues, eufemismos aparte, la 'educación emocional' son una

serie de estrategias psicológicas para consolidar los egos, blindar el

sistema de inhibición inconsciente que se va adquiriendo, mantener

desarraigadas las emociones y los sentimientos de sus correspon-

dientes pulsiones viscerales, impedir el restablecimiento de la autorregulación

psicosomática, y hacer que el ser humano se adapte al

acatamiento, cuanto más inconsciente mejor, de la dominación, y a

la aceptación de la sumisión al orden represivo.

Se trata de alcanzar un equilibrio psíquico (un ego) en el que se

borre el anhelo de la capacidad orgástica del cuerpo, en el que las

emociones que se perciben en la conciencia se desconecten, tanto

de las pulsiones corporales como de las relaciones sociales que las

originan, evitando que salgan a la luz las verdaderas causas del

malestar psíquico, y evitando por tanto la rebeldía. Porque a la

conciencia se la puede engañar diciendo que lo bueno es malo y

viceversa; pero el mundo visceral es todopoderoso, y es ciego y

sordo frente a las mentiras, y no le pueden engañar ni arrebatar su

sabiduría filogenética, y siempre sabe lo que es bueno y lo que es

malo para el cuerpo humano. Por eso, el funcionamiento de la

dominación requiere la doble desconexión interna del cuerpo

humano.

La psicología, en tanto que metodología de adaptación al funcionamiento

de la dominación, debe fortalecer las corazas psíquicas

y somáticas que se construyeron en la primera infancia y que

cerraron ciertos sistemas de autorregulación y de in-formación;

porque estas corazas con frecuencia son defectuosas o insuficientes

para contrarrestar las pulsiones vitales que tienden al restablecimiento

de la autorregulación y a la reconexión entre los sistemas,

y a la conciencia de las mismas.

Evidentemente no hay emociones negativas o malas, sino que

todas forman parte de nuestra autorregulación psicosomática; son

sabias y benefactoras y esclarecen lo que verdaderamente nos sucede;

pero también son improcedentes en nuestra sociedad porque

incitan a la rebeldía frente al orden establecido. Como dice Alice

Miller, el cuerpo se rebela contra la represión, y además, nunca

miente (1).

En realidad, si supiéramos la capacidad de autorregulación psicosomática

que tiene nuestro cuerpo, si conociéramos la función de

la sexualidad y del placer en dicha autorregulación, si fuéramos

conscientes de la represión social y corporal, del daño ocasionado

por esta represión, y la masacre que supone nuestra forma de nacer

y de socializarnos, si pudiéramos tener conciencia de nuestras pulsiones

y de nuestra capacidad orgástica, nuestras biografías personales

dejarían de ser un misterio, nuestros cuerpos serían un libro

abierto y entenderíamos lo que nos ocurre. Y cuando entendemos

lo que ocurre, la situación da un giro de 180º.

Sentiríamos la transparencia interior, la vinculación de las emociones

y de los sentimientos con las pulsiones viscerales, una coherencia

interna, y por tanto una actitud hacia lo externo, que desharía

los sentimientos de culpa, liberaría la energía anímica, las 'ganas

de hacer', la pasión por las cosas que nos mueven y nos conmueven;

y esta pasión nos haría de guía para establecer la mejor

conducta, la mejor adaptación posible ante las relaciones sociales.

En cambio, la incomprensión y confusión sobre lo que nos sucede,

y el creernos responsables o culpables de los efectos patológicos

de la represión, es una fuente permanente de desasosiego y

angustia; de hecho es una parte muy importante del malestar psíquico

individual que desaparece cuando recuperamos la percepción

de nuestra integridad psicosomática. Lo 'negativo' no son las

emociones; lo 'negativo' es no entender a qué responden, o creerse

que responden a algún tipo de pecado o de culpa propia, o, como

se dice ahora, a no haber hecho los deberes; culpables como en la

historia de Edipo que se hizo a sí mismo culpable de una tragedia

que habían ocasionado su madre y su padre al condenarle a morir

y al abandonarle."


Sobre esta noticia

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tenemostetas.com
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Tipo:
Reportaje
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