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La obra de Sheyla Castellanos

13/10/2009 05:18 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Con la imagen de la mujer como concepto central de su discurso plástico nos presenta su obra la artista plástica cubana Sheyla Castellanos Romero

Uno de los tópicos más recurrentes dentro del discurso artístico contemporáneo es el tema de las minorías, especialmente en el género de lo femenino, lo que imbrica no solo elementos presentes en la memoria y la tradición de su rol, sino de su espacio en la contemporaneidad asociado a una condición “otra” señalada por lo periférico respecto a los sistemas de poder convencionales; con lo que asume una doble posición, pues no es simplemente marginado y relegado, sino que también sobre él pesan de modo particular los elementos del silencio y la violencia.

Si este tipo de discurso se adopta por lo general a partir de los 60´ como parte de todo el movimiento social que supuso lo hippie y sus ideales de libertad e inclusión, particularizando la expresión libre de lo individual; en el arte cubano esto se asume con la fuerza del discurso de lo femenino sobre los 80´ con María Magdalena Campos, Ana Mendietta, Martha Maria Pérez y principios de los 90´ con discursos aportados por Aimeé García, Cirenaica, Elsa Mora, Belkis Ayón, entre otras.

No obstante este tópico ha tenido diferentes enfoques y sobre estos se han erigido, enfatizando generalmente en lo social y asociado a trasgresiones genéricas, subversión de roles y específicamente el sentido del desafío que suponen estás posturas.Sin embargo, ya más para acá, las artistas jóvenes vienen enfocando el fenómeno desde otros sentidos que se distancian de los presupuestos arraigados al género, denotando otro espacio donde el encantamiento se trasviste de desafío, como sucede en las obras de Sheyla Castellanos.

Su expo personal Impúdicas Escenas del Límite, presentadas en la Acacia en el año 2000, así lo afirman. Aquí Sheyla refiere todos los elementos recurrentes en el discurso de género, señalados por el silencio y la violencia.

Erige contraposiciones entre la autoflagelación y la verticalidad. Recurre al acto cercenante de brazos cortados, cabellos, corset ajustados, paraderas que también sostienen, retienen, someten, y construyen una imagen predeterminada. No hay ojos, no hay palabras, no existe el medio para eregir una identidad propia y sí los instrumentos que aluden a lo represivo, pero sí hay miradas y labios que cuando aparecen se repiten, como el acto de la rebeldía.

Hay una postura de desafío que muestra a su serie Novias agresiva, a la vez inmersa en el “atuendo” de lo femenino visto en el velo, el adorno de la tela de encaje que remite a los preparativos del matrimonio y la posición de la mujer como doméstica y domesticada. Sin embargo el espacio en que estos personajes se emplazan afianza la verticalidad, traslocando el espacio de poder que supone el elemento del arco arquitectónico, (símbolo de lo masculino) por el de la zona de resistencia de lo femenino, aquí delimitado por el sistema de pensamiento sobre la mujer.

Más desafiantes al presentar esta mirada sobre la desnudez, llevada al rojo y a la vez aparentemente inválida y mutiva, como traslocación de sentidos también expuestos en La verdad en lo sagrado en la que se remite a las nociones litúrgicas de las diosas orientales, donde se establece un eclecticismo que funge desde la apropiación de elementos y modos del art novau, solo que esta última asume toda su capacidad de acción y precisamente reta al receptor a partir del saber que promete.

En esta obra hay un afianzamiento a lo femenino que deja atrás la ambigüedad manifiesta para hacerse directa y con esto, desconcertante.De esta exposición hasta hoy su obra a experimentado cambios fundamentales de un modo muy particular, relacionado con las condiciones culturales que el contexto propicia.

Si hacemos un bogeo por las figuras jóvenes femeninas y en general por el nuevo (nuevo) arte cubano de estos tres y cuatro últimos años, hay ciertos elementos que señalan un fenómeno marcado por un distanciamiento con los elementos propios o asociados al género. El evento de lo cultural complejiza su signo por otros modos de pensamientos estructurados en la conciencia social. Tanto los nuevos modos de inserción, circulación y consumo de la obra han provocado una alteridad que no radica ya en la trasgresión que supone el discurso, sino en un espacio paralelo a la realidad, en los medios y estrategias mediante los cuales se afirman, creado como una especie de zona virtual latente en muchas de las obras. Nos hemos volcado al hedonismo, a la complacencia y suficiencia de la forma, a la aparente futilidad. Hoy se besan estatuas que le confieren otros sentidos al ejercicio de la desacralización y el descentramiento, se construyen espacios determinados por el sugerente divorcio con la realidad.

Se insiste también en lo individual, pero hay una mirada mucho más incisiva, intelectiva, insistente y también mucho más seductora pues no son solo las acciones que estas suponen sino la construcción del artificio que las hacen propicias. De ahí que La verdad en lo sagrado sea una especie de antecedente de la obra actual de Sheyla Castellanos, que aún basa sus recursos en lo académico y la buena pintura llevada casi a lo pueril, como un ejercicio ecléctico que imbrica determinadas etapas históricas, y esto no es un adorno exclusivo.Las obras presentadas en su más reciente expo señalan otra dirección que deja la agresividad, la violencia y los supuestos cánones del género, sobre todo los supeditados a la violencia, para hacer mucho más sutil el desafío.

Si Las Impúdicas… contraponían el rol impuesto al asumido para descentrar el sentido bajo el signo de lo ambiguo, aquí ya existe una posición que opta por la completa absorción de su significación, sin evidenciar contrapartes, puesto que ya no importan las contradicciones ni las imposiciones. Sheyla se afianza a lo femenino y su ideal (visto desde “lo eterno femenino”), erigiendo de estas bases su poder y su sistema. Aquí la máscara ya no es directa y es en este juego parabólico, elíptico, en el que seduce desde los cánones arraigados a la pintura de género, esencialmente el retrato. Su maestría técnica se regodea como propiciamiento, casi como un baile ritual.

De ahí que La verdad en lo sagrado sea una especie de antecedente de la obra actual de Sheyla Castellanos

Sheyla construye lugares, ambientes a los cuales connota de una paz muy particular donde no hay cabida para el enfrentamiento pero sí a todo un implacable ejercicio de las apariencias.Sus referentes historicistas toman tanto del novau como del neoclasicismo, incluso desde la pintura galante y cortesana… y es en este ambiente construido en el que la artista se inserta haciéndose partícipe más allá de la mera referencialidad individual. Llamémosle entonces personajes, pues son ellos los que formulan por sé los signos de la subversión. Entonces ya no es solo el espacio reformulado, son las posturas de estos (sus) personajes, que se muestran reposados y posando ante el espectador en completa complacencia, sabiéndose mirados y en esto ya no hay enfrentamiento y sí disfrute.Y es que ya no trabaja con el reflejo de su feminidad sino con la absorción de todos sus elementos, creando una simulación encantada que radica en la aparente frivolidad y levedad de sus dibujos.

El lecho infinito traduciría esta otra postura de rebosamiento, de afianzamiento a la mirada que le han impuesto. La mujer debe seducir, y ella lo hace desde el propio título, prometiendo entonces placeres innombrables. Aquí ya la mirada no es frontal, sino que se dirige a un punto fuera del encuadre pictórico, señala entonces la oblicuidad, un descendimiento donde radica su ejercicio de seducción, subvertiva en cuanto el receptor queda seducido por esta especie de trono que el placer otorga al ubicar a la figura por encima de sí mismo, de su infinitud. Se hace entonces inaprensible, inalcanzable, haciéndose al desafío a través de la agonía del deseo de posesión.

Su rol de lo femenino es implacable, anula por sentido de muerte la posición del otro: se viste de los cánones para reafirmarlos y descentrar los instaurados bajo su afirmación, haciéndose inmanente en ese otro espacio, virtual, paralelo, creado en la seducción.

El Ángel de Alied señala entonces otro evento, como en su semejante S/T realizado en pintura. Aquí la postura continúa este sentido de reposo, rememorando el ideal clásico griego y su modo de vida holgada e intelectiva. Sheyla traspola el rol de lo femenino al masculino, dotándolo de sus propios adornos, propiciándole su máscara. Solo que esta vez la mirada no es oblicua. Su rol entonces es asumido, aprehendido, y como tal se presenta. Entonces podríamos inferir sutilmente la subversión del status de poder convencional, pero no es su única versión.

El neoclásico aquí es también visto desde lo intertextual. Si la conocida pintura de Jacques Louis David replegara a Madame Récamier traduciendo la mirada desde lo masculino hacia lo femenino, con evidente sofisticación y haciendo trascendentes sus atuendos; aquí Sheyla lo vuelca en los auspicios de la inversión y ejerce esta acción sobre el hombre, que es entonces subvertido en los preceptos más arraigados de la cultura occidental, afianzando la horizontalidad y los aditamentos que suponen el artificio (los detalles del couch, la cortina, los ángeles…), descentrando sus propios sistemas y su construcción histórica.

Es entonces una estrategia sutil y encantada, aparentemente banal y vacía, que se escabulle entre las normativas sociales mediante el simulacro de su afianzamiento.No pueden dejar de seducirte. Y es entonces donde erigen el espacio de la anulación, tu muerte.Humo al vacío confirma un afianzamiento de la idea presentada en la obra anterior. El hombre es mostrado, presentado en el canon de masculinidad implícito en el acto de fumar. Solo que bajo el auspicio del ejercicio de su postura aquí también es descentrado en esta apariencia de levedad provocada por el placer que supone el acto. Se hace objeto de seducción esgrimiendo también las máscaras de la feminidad, bajo la simulación del canon de lo masculino.Y aunque los elementos del juego radiquen esencialmente en estos ejercicios de subversión, sus medios también se hacen presentes en los ambientes que crea.

El personaje de esta obra es específicamente contemporáneo y adornado con la atmósfera decimonónica, a pesar de su imagen y sus eventuales atuendos que son imbricados al todo en el signo del óvalo; sería entonces el retrato de género en uno de sus formatos más tradicionales, solo que aquí es accionado y desvirtuado de su condición vertical para llevarlo a la horizontalidad, refiriendo el espacio y las zonas de lo femenino. También la mirada, que ahora no es directa, señala la oblicuidad, la filiación del secreto de quien seduce desde las máscaras que le han impuesto.Confirma una doble subversión, activa en lo masculino que no es solo descentrado, sino emplazado además a las zonas de lo femenino.

En su S/T, donde también con el dibujo a color se muestra de espaldas, la artista se vuelve hacia sí, como un afianzamiento de su condición. Aquí ya no existe la mirada.

Es un total recogimiento. Su vista parece dirigirse hacia el fondo de la imagen donde sitúa otra pintura de género: un bodegón.Hay entonces un distanciamiento señalado no por lo oblicuo sino por un “estar en paralelo”. Es la lateralidad y alteridad de una existencia que arraiga su presencia y complejiza otros preceptos enunciados.Continúa la pose para ser mirada, solo que su ejercicio radica en el aparente desinterés por lo demás (instaurado).

Pero la total indiferencia es una simulación. Su mirada connota la fijación en las estructuras de la historia, ahora desde lo artístico, también como espacio de poder. Se vuelve a su propio sentido canónico. Confirma su posición y la ignora. Es el acto de total desafío. No esquiva, sino que emplaza una locación, un desplazamiento que establece como ejercicio de poder, también bajo todo el artificio de la seducción.La gracia y la dulzura entonces se desdibujan, se hacen inaprensibles como el eterno juego de sus máscaras.

Sheyla construye todos los niveles de un artificio determinado por el simulacro de un espacio donde lo ecléctico traduce lo ambiguo para determinar las claves de su discurso.La simulación es ejercicio de un juego implacable con los cánones de lo masculino y lo femenino, volcados al mismo signo de la seducción, donde lo diferente es apropiado y asumido desde su absorción. Erige el poder de subversión de ese otro que ella invierte en el auspicio lúdico de su presencia, mediante una estrategia que vuelca a la lateralidad en locación híbrida, presente e instaurada.

Las apariencias son su universo, la sugestión su instrumento, la simulación su estrategia. La seducción y su juego, el ejercicio. Su rol, el desafío.

Con estas obras la artista anuncia otros ejes que reestructuran el discurso desde lo femenino, ya no marcado por su diferencia y sí por su afianzamiento. La sutileza de sus acciones connotan niveles donde lindan las nociones de lo light bajo la aparente vacuidad que establece un doble juego, y potencia un ejercicio de subversión cínico al erigirse desde las pautas del supuesto poder impuesto; aquí otorgado y expandido en todo su autoconocimiento y sus modos de instauración. Existe como locación, como espacio, como alteridad, y le divierte.


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Artecubano (7 noticias)
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