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Nunca he visto un fantasma

29/03/2011 21:09 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Stephen King se explaya a fondo sobre el miedo, el ideal americano, su primer máquina de escribir y Dios

Ser Stephen King es un destino traumático: la cabeza de este escritor es la incubadora donde se maduran las peores pesadillas del mundo. Su rostro, desprovisto ahora de la barba que suele dejarse para pasar el invierno de Nueva Inglaterra, parece una lápida implacable, y sus ojos, que han sido testigos de demasiadas luchas nocturnas contra demonios, parpadean con pesadez. El talento de King consiste en saber detectar y agitar los profundos depósitos del terror.

Lo encontré agazapado con sus pesadillas en el vaporoso pueblo de Bangor, en Maine, descrito por uno de sus personajes como «un grano en la polla de Nueva Inglaterra». King vive en una mansión de estilo victoriano, cuyas torres, al parecer, fueron diseñadas para encerrar a los parientes dementes de los antiguos ocupantes de la casa, rodeada por una cerca de hierro forjado con formas de telarañas y alas de vampiros. Sin embargo, el famoso escritor trabaja en una cabaña móvil instalada junto a un aeropuerto. Es un lugar idóneo: un escritor tan perversamente productivo debe trabajar en una zona industrial. Víctima del éxito comercial, King, de 51 años, nunca ha recibido el reconocimiento que se merece como el historiador de los valores morales de la sociedad norteamericana, cuya vida de adulto ha coincidido con la renuncia de Estados Unidos a su misión espiritual.

«Mi generación», me dice, «ha cambiado a Dios por Martha Stewart. Esta mujer es la sacerdotisa de etiqueta que aconseja dejar una pila de dos a cuatro centímetros de nieve a ambos lados del garaje cuando se limpia la entrada, porque se ve muy bonito». A continuación se asquea tan sólo de pensar en esta persona tan remilgada. «Empezamos protestando contra la guerra de Vietnam, y luego nos pasamos al enemigo. No llegamos nunca a expiar nuestras culpas por lo ocurrido en Vietnam, por tanto la guerra aún no ha concluído. Uno de los libros que pienso publicar el año que viene es una colección de cuentos titulada Why We Are in Vietnam (Por qué estamos en Vietnam)»

«Un momento», le dije, «Mailer ya ha escrito esa obra»

«Muy bien», me contestó, y me propuso una modificación, «entonces lo titularé Why We're in Vietnam, emplearé el apóstrofo. En realidad yo empleo un lenguaje más coloquial que Mailer»

Acto seguido prosiguió comentando el colapso del país:

«Ninguna persona de mi edad está dispuesta a reconocer que formó parte de los 60. Ha sido como una fiesta de despedida de solteros interrumpida por la policía. El Gobierno nos sobornó para que nos convirtiéramos en yuppies en tiempos de Reagan. Nos dieron bonos basura, ropa elegante, toda la cocaína que pudiéramos esnifar»

Mientras despotricaba fui comprendiendo el sentido del estilo de vida desaliñado de Stephen King, los vaqueros a medio mástil del trasero, sus camionetas llenas de abollones y su oficina repleta de basura asquerosa, botes vacíos de Pepsi-Light y vasos de papel con bolsitas de té usadas. A pesar de que un adelanto de cualquiera de sus libros asciende, como media, a unos 2500 millones de pesetas, se mantiene fiel a sus principios, viviendo como un obrero y alquilando una parcela en un camping para caravanas.

Pacto satánico

En La Tienda, el autor atribuye la opulencia de la sociedad americana a un pacto satánico: «Todo está a la venta, y el precio invariable es el alma inmortal del comprador. El libro me pareció endiabladamente gracioso»

Stephen King es un escritor satírico que crea para darse el prolongado gusto de poder destruir. En su última novela Bag of Bones (Un saco de huesos), la esposa del narrador perece en la primera página: «Oh, me encantó eso de matar a un personaje principal al comienzo»

En El misterio de Salem's Lot y Los Tommyknockers, King llena pueblos enteros de Maine con personajes amables, verrugosos y llanos y luego se las arregla para que acaben sin una gota de sangre a manos de los vampiros o destripados por alienígenas. Le pregunté por qué se esforzaba tanto en dar vida a sus personajes para luego atormentarlos. Como respuesta, se comparó a otro creador que es tan prolífico, incansable e imprudentemente burdo como él:

«Dios ha hecho lo mismo con nosotros», dijo, y añadió una maldición que podría haber salido de los labios de Ahab, el famoso personaje de Melville: «El muy cabrón». A continuación enumeró, con una voz que parece un toque de difuntos, todas nuestras aflicciones: «El cáncer, los ataques cardiacos, la apoplejía, la diabetes, toda la gente que muere dentro de sus casas en llamas, y aun así seguimos adelante. La piel del mundo es muy fina, y esto es lo que demuestran mis libros»

Stephen King despliega su enorme cuerpo de la silla donde permanecía encorvado, y dice de forma fulminante, como un predicador:

«Somos pequeños», me grita. Bueno, yo lo soy, pensé, pero él parece que está a punto de golpear con su cabeza el techo de madera de la cabaña. «Algo nos va a suceder, pero no sabemos qué será. Todos los que están en esta habitación van a morir». En vista de que en la habitación sólo nos encontrábamos él y yo, su frase me resultó un tanto alarmante.

Literatura y desagüe

Lo cierto es que no debí alarmarme. Lo que pasa es que el lenguaje mismo parece poseerlo como un demonio. Al hablar y al escribir King recurre a la diatriba, su prosa es tan imparable como las profecías o el vómito. De hecho, en un ensayo suyo sobre las gárgolas, afirma que el escritor es como un desagüe, cuya imaginación le permite «ventilar los residuos mentales de nuestros miedos ocultos».

«Nuestra situación», asegura, «se parece a las tribulaciones de Job, tal como señalo en mi último programa de televisión, Storm of the Century. En él, Job se queja ante Dios sobre sus sufrimientos. Oh, Señor –dice el propio King con voz suplicante– me has derribado, has matado a mis hijos, y ahora, Señor, he descubierto que todo ha sido producto de una apuesta que hiciste con el diablo»

King se tambalea como un rascacielos abofeteado por un vendaval.

«Primero sólo se escucha el silencio», dice saboreando el eco atronador de su propia voz. «Pero luego Dios nos responde. Vemos una nube negra que atraviesa el cielo. Al final llega y se coloca sobre nosotros, y una voz surge de ella».

Stephen King adquiere una postura amenazante, como un tornado terrible, ahueca sus manos para que hagan de megáfono y, mientras yo reculo, imita a Dios susurrando de forma siniestra.

«Job, creo que hay algo de ti que me pone de muy mala leche». Y a continuación suelta una carcajada perversa.

Stephen King acepta como algo natural la idea de la ventriloquia divina. Nadie es capaz de escribir tanto como él sin algún tipo de ayuda desde el exterior. De aquí la fantasía de la máquina de escribir telepática en Los Tommyknockers, capaz de transcribir los pensamientos del escritor sin que éste tenga que golpear las teclas, o el arranque de escritura automática en Un saco de huesos, donde un lapicero astral salta a los dedos de un escritor bloqueado y redacta mensajes ocultos. King es un obrero que ama y odia sus útiles de trabajo. Recuerda, ceñudo, su primera máquina, que compró por 35 dólares:

«Una cosa de hierro enorme que parecía un instrumento de tortura. Recuerdo que se rompió la letra m, y debía escribir la letra a mano. Me pasaba el verano golpeando las teclas en calzoncillos, sudando a chorros. La máquina era una liberación, pero también te esclavizaba»

Convencido de que el trabajo manual es virtuoso, Stephen King vuelve a empuñar de vez en cuando la estilográfica.

«Escribí a mano buena parte de Misery, en el escritorio que empleaba Kypling en el Hotel Brown de Londres. Pero luego me enteré de que había muerto mientras trabajaba en su escritorio. Me dio miedo y me marché del hotel»

Estas misteriosas reflexiones forman parte de los géneros cultivados por Stephen King. Las novelas sociales describen un mundo laico en el que la humanidad se sitúa en algún lugar al este del Edén; pero el interés de King por lo sobrenatural y las visitas de extraterrestres le obliga a hacer conjeturas sobre el perímetro existencial de nuestra existencia. En La Torre Oscura, donde se juntan la hidalguía del rey Arturo con los duelos cosmológicos del spaghetti western, un chico misteriosamente atrapado entre dos épocas históricas afirma que "existen otros mundos distintos a éste". King asintió:

«La ficción», dijo, «discute precisamente estas cuestiones, por qué estamos aquí, la diferencia que existe entre la predestinación y el azar»

Estas escalofriantes extravagancias constituyen la materia de su arte.

«Nunca he visto un fantasma», dice, «pero a veces, de noche, veo una serie de sombras y no tengo duda de que me dicen algo sobre los estadios posteriores de la existencia. Y además está la textura de los sueños. ¿De qué otros mundos provienen?»

Stephen King, conocido en Estados Unidos como el mago del cieno, tiene fama de asqueroso. Carrie exhibe su menstruación y se baña con sangre de cerdo; el héroe de Rose Madder es, además de policía, caníbal. En La mitad oscura, un novelista que enloquece clava la lengua de su víctima contra la pared.

Pero King emplea el asco sólo como último recurso. Su objetivo primordial es el terror, no el horror, y concede mucho valor al miedo que es capaz de provocar, ya que lo considera una señal de lo que el poeta Coleridge llamó "el espanto divino". El novelista acosado por fantasmas en Un saco de huesos planea hacerle frente a su íncubo recurriendo "a la sabiduría de la Era Moderna, según la cual la palabra miedo se forma con las siglas enfrentarse a todo y recuperarse (en inglés, F.E.A.R., miedo)".

Significado del miedo

Pero a continuación vuelve a reflexionar sobre el asunto, y echa mano de otra frase llena de antigua sabiduría: la misma palabra (fear en inglés) reúne las siglas de manda todo a la mierda y echa a correr. Le pregunté cual de los dos acrónimos prefería.

«Todo depende de sí es de día o de noche», me contestó.

Cuando le pedí que me definiera el miedo, me contestó:

«Es una sensación intensa»

Los románticos habrían dicho que se trata de una sensación sublime: el pavor que provocan las montañas amenazantes y los océanos turbulentos, señales patentes de la fuerza divina.

Pero el miedo es también una frontera metafísica. En El preludio, Wordsworth agradece al "sacerdocio del miedo" el haberle alertado sobre los misterios de la existencia. Graham Greene empleó la frase para el título de su novela policiaca El ministerio del miedo. King no se había percatado del elemento religioso del título:

«Caray», exclama, «¿es eso lo que significa El ministerio del miedo? Siempre pensé que se refería a una cuestión política, como el ministerio de Propaganda. Ministry tiene dos significados en inglés: sacerdocio y ministerio. Se me pone la carne de gallina»

La verdad en EE.UU. suele ser más extraña que la ficción, y el país se ha puesto al nivel de las fantasías más horripilantes de Stephen King. Los adolescentes ya no precisan de modelos como Carrie o Charlie; esta primavera se han dedicado a abatir a sus compañeros de clase y a sus maestros. Hoy en día no sería recomendable que King insistiera en llamarse a sí mismo el "terrorista loco".

Después del atentado con bomba que se produjo en 1995 en Oklahoma, la sociedad norteamericana ha descubierto que tiene su propia cosecha de milicias terroristas, uno de los cuales, como el mismo King, ha sido también un fenómeno editorial: Unabomber obligó a varios diarios a publicar su manifiesto amenazándolos con destruir ciudades enteras si se negaban a hacerlo.

A King le gusta la frase empleada por el editor Perkins para describir a Tom Wolfe: "un móvil de campanillas divino" que respondía a las brisas de la cultura. Sin embargo, al autor de Misery, Carrie y El resplandor no se le podría comparar precisamente con un móvil de campanillas, ya que no suele tintinear con suavidad, y no estoy seguro de que lo mueva un aliento divino. Mejor llamémosle una sirena demoniaca.

Peter Conrad

Publicado en el suplemento literario "La esfera" del diario

español "El Mundo del Siglo XXI" (septiembre 1998).

La edición original se publicó en el diario

"The Observer" (Inglaterra)


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