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Noches de Otoño … El eco de las Grullas

07/10/2014 13:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El otoño ya llegó y con él sus recuerdos... de nuevo la vida comienza irremediablemente un nuevo ciclo que se viene repitiendo desde los principios

En otoño, la vida, como todo en la naturaleza, entra en ebullición justo antes del parón invernal. Pertenezco al campo, a las montañas, a los bosques, ese es mi medio natural.

Hoy en día, por avatares del destino y por una necesidad interior, camino separado de mis rutinas cetreras, de mis millares de horas espiando animales en mi juventud y de tantos días pasados en las faldas de los montes o en las lindes de los bosques tratando de descubrir cual es la manera, el modo, la forma de poder “pertenecer”, “formar parte” del entramado natural… aquel que a cada uno de nosotros nos encasilla en un papel exacto, dentro del guion de esta aventura fascinante llamada VIDA.

 

Bando de Grullas levantando el vuelo.

 

Hoy por hoy he descubierto que al igual que en el campo, en la ciudad también existen las mismas leyes, parecidas consecuencias y como no, papeles e interpretes muy similares. Por ello hoy he encontrado acomodo en la selva asfáltica, en la pradera de proyectos y los bosques de sueños donde hombres vestidos de personajes jugamos papeles a veces adjudicados, otros logrados y muchos de ellos robados como en las montañas, pero bajo las mismas premisas físicas, bajo las mismas leyes naturales y sobre todo bajo similares circunstancias provocando resultados muy parecidos a los campestres…

En otoño siempre he tenido sentimientos encontrados. Por un lado es la estación que pone punto final al verano, un verano corto y en ocasiones hasta inexistente en Euskadi que da paso a una estación donde los fríos, la oscuridad y la calma, eso si supuesta, se adueñan de todo nuestro alrededor.

Pero por otro lado y a los ojos de quien sabe buscar, el otoño es también la estación de la vida hirviendo con una fuerza tan brutal, que desde las enormes migraciones de palomas, pasando por la gama de colores tan excelsa e increíble que descubren arboles, helechos y arbustos o las toneladas de seres vivos que despiertan a la madurez atiborrándose de frutos secos que el propio monte produce como un pequeño extra para paliar las dramáticas circunstancias que se avecinan del tan próximo y temido invierno atestiguan, que en otoño también la vida explota e inunda en muchos de nuestros rincones.

Y la noche… si la noche en verano es territorio de mamíferos, de aves rapaces nocturnas y de insectos, en otoño, la noche se democratiza, se abre a todo aquel que lo quiera usar y disfrazado de frescura, de dominio y de una mal llamada soledad, la noche se convierte en el momento perfecto para que ciertos comportamientos que llevan teniendo lugar años y años sucedan en secreto, en una mal llamada intimidad… la noche se convierte en escenario perfecto de éxodos masivos que juegan a manifestarse cuando aliándose en la incomodidad, ningún otro ocupa ese decorado.

Cuando era niño en una ocasión en mi querida Goyaz donde yo guardaba el guión de mi personaje campero, una noche de noviembre, fría, oscura, regada con un finísimo agua-nieve que cortaba la cara escuché por primera vez un sonido mítico, terrenal, dramático… que me puso los pelos de punta… sonaba como si muchas trompetas se manifestaran descompasadas, casi rozando mi cabeza pero invisibles, amparándose en la oscuridad… daba miedo… y de repente, siempre la figura de mi padre… callado, con el dedo apuntando hacia arriba y pidiendo callarnos a todos… él nos sacaba de dudas… eran las grullas… esas que de día muchas veces nos enseñó a reconocer pero que ahora, casi a ras de suelo, escondidas, invisibles pero totalmente audibles nos rodeaban y hasta no se si asustaban pero al menos nos inquietaban como nunca ningún animal salvaje nos había inquietado jamás.

Las emociones son síntoma de vida

Otra noche de primeros de noviembre del pasado año a eso de las 2 o las 3 de la madrugada y mientras estaba en mi ordenador en silencio con la complicidad de la noche como me gusta escribir a mí, de repente, ese sonido otra vez… pero ahora lo escuchaba desde casa, desde la sala, ¿qué estaba pasando? ¿me estaba volviendo loco? … no puede ser… y acto seguido una algarabía de ruidos en el tejado como si cientos de pequeñas varas aporrearan al mismo tiempo las tejas de nuestra casa… parecía que las tejas caían al suelo victimas de no se sabe qué… todo esto en decimas de segundo, ese ruido de trompetas que sonaba casi como si estuvieran en la habitación de al lado, al mismo tiempo ruido de extrañas pisadas en las tejas… mis sobrinas despiertan de golpe y todo ese ruido y golpeteo “desconocido” las ponen nerviosas y echan a llorar como asustadas por algo incomprensible para ellas en esas circunstancias… son las grullas (Grus grus) que en su largo y extenuante viaje han parado sobre el tejado de mi casa para descansar y reponer fuerzas.

 

Bando de Grullas en vuelo en formación característica.

 

Y ese animal mítico, que uno siempre descubre a cientos, a veces incluso a miles de metros sobre nuestras cabezas, acaba de aterrizar en forma de bando en el tejado de mi casa, llamándose unas a otras mediante su gutural “reclamo” para que todas descansen unidas pues en esa unión esta su fuerza.

Esta vez ya no me inquietaban, esta vez disfrutaba mucho e intentaba explicar a mis sobrinas la enorme fortuna que teníamos de poder ser espectadores de lujo de una manifestación tan asombrosa, de algo tan espectacular que les pedí que al igual que hice yo cuando era pequeño guardaran en su memoria el sonido del reclamo de las grullas, el de sus patas saltando por nuestro tejado y el de nuestras emociones rebotando por todas las paredes de la casa como si hubiesen llegado los reyes con sus juguetes la noche del 5 de enero.

Las grullas desgraciadamente eran muchas y no podían aterrizar todas en nuestro tejado por lo que pasados unos minutos volvieron a despegar todas juntas, seguro que en formación de V hacia el sur… su ansiado sur… yo quedé solo de nuevo, la tranquilidad volvió a casa y me quedé pensativo… ¡Cuantos acontecimientos tenían lugar en nuestra naturaleza sin que yo pudiera verlo! ¡Cuantas cosas pasaban a nuestro alrededor sin que nos demos cuenta! ¡Tantos y tantos sucesos que se guardan en secreto para siempre… lejos! Y sin querer descubrí porque desde muy niño he tenido siempre tanta hambre de ver, de conocer, de saber, de descubrir y de probar… porque he querido estar en todos los sitios al mismo tiempo y vivir mil vidas en una, como si una prisa desatada ya en el vientre de mi madre, me lanzara a una frenética carrera contra el tiempo imposible de ganar para lograr experimentar el máximo de cosas en el mínimo tiempo para aprender, conocer y saber al máximo y volver a viajar una y otra vez, una y otra vez… así hasta la extenuación en un movimiento recurrente casi imposible de parar pues se alimenta a si mismo…

Las emociones son síntoma de vida y surgen de “chocar” un sentimiento con un suceso o acontecimiento… es decir cuando nuestro sentimiento es alimentado con un hecho, un suceso, una circunstancia surge siempre una emoción y la emoción es el billete a un recuerdo, a un conocimiento, a una idea, o lo que es lo mismo es el pasaporte a nuestra esencia… y cuando uno realmente descubre el significado de todo esto entra en una vorágine de querer experimentar ese viaje una y mil veces para finalmente llegar a la meta con el mayor de los regalos que esta vida puede darnos, el profundo conocimiento de nosotros mismos y por ende del universo, pues todo esta en nosotros y nosotros somos parte del todo. Y aún existen personas que no quieren descubrirlo… entonces… ¿Para que vivir?

 

En nuestras dehesas extremeñas descansan las Grullas que cruzan Euskadi

de norte a sur... y nuevamente volveremos a emocionarnos con sus sonidos

con sus formaciones en forma de V... Son las Grullas...

 

 


Sobre esta noticia

Autor:
Iñaki Urdangarin Iraeta (2 noticias)
Visitas:
4193
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Distribución gratuita
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