Con la muerte de Kim Jong-il Korea pierde el Norte
Un régimen puede ser más justo que otro, pero cuando las formas de ejercer el Poder se degradan hasta hacer palidecer el medievo servil, entonces es mejor decir aquello de apaga la luz y vamos.
"Entre el gobierno que lo hace mal y el pueblo que lo consiente, hay una cierta solidaridad vergonzosa", esta frase que se atribuye a Abraham Lincon, bien puede servir para ilustrar lo dicho.
Las imágenes que nos sirve la agencia oficial de noticias Norcoreana, en las cuales se aprecia a numerosos ciudadanos de distintas edades, llorando de forma profusa y desconsolada, en algunos casos rayando la histeria, son toda una demostración de la degradación a la que puede llegar la propaganda política.
Desde los tiempos de Lenin, seguido de Stalin y Mao Zedong, pasando por Fidel Castro, ahora emulado por Hugo Chavez, no se cocnoce un caso tan exagerado de culto a la personalidad como el de Corea del Norte.
Todos los dictadores recurren al culto a su persona
Un país que ha llegado a establecer un sistema sucesorio hereditario semejante a las monarquías, con Poder absoluto incluido, y que posiblemente pasará a la historia dentro de las dinastías comunistas, como el más hermético y despótico, el segúndo será sin lugar a dudas la dinastía de los hermanos Castro y con el tiempo y una caña... la de los hermanos Chavez.
La pantomima norcoreana, recuerda en España a las lágrimas de Arias Navarro, al comunicar oficialmente la muerte de Franco y el posterior desfile de ciudadanos ante el cadáver del dictador.
El jóven cachorro Kim Jong-Un, es un inexperto, menor de 30 años (casi nadie atina su edad), que se presenta como una víctima en manos de los veteranos del Comité Central del Partido de los Trabajadores, dividido desde hace tiempo y maltrecho por su aislamiento internacional, convertido en comparsa del "Presidente Eterno", al que han servido fielmente durante todos estos años.
Corea del Norte, se enfrenta pues ante su futuro, huérfana de padre y en manos de lo que se supone es uno de tantos huérfanos del Padre de la Patria Socialista norcoreana.
Cuando se escriben estas cosas en pleno siglo XXI, no nos queda más remedio que restregarnos los ojos y dudar de que sea una pesadilla o un sueño subrealista, pero es la crónica de un suceso reciente por mucho que nos cueste creerlo.
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