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La muerte de Hitler, Eva y Blondi

09/05/2010 21:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

“¡ No caeré vivo en manos del enemigo!” Exclamaba el Führer en sus momentos de desaliento. No consentiré que el Führer del tercer Reich se convierta en objeto de mofa

Goebbels junto con su familia, ocupaba unas habitaciones en los sótanos de la Cancillería. Joseph Goebbels había amado a su Führer por encima de toda medida y estaba dispuesto a demostrarle su fidelidad hasta el fin.

De toda una vida de mentiras era ésta, sin duda, su única y gran verdad. Goebbels tenia seis hijos de corta edad, y a su esposa Magda junto a él. Observaban atentamente al hombre por el cual iban a llegar hasta la muerte voluntaria.

Magda. Tan fiel al nacional-socialismo como Goebbels, en la tarde del 27 de abril, había extendido su mano hacia el Führer del Tercer Reich.

“¡Mein Führer!” exclamó e, incapaz de contenerse, estallo en sollozos.

Hitler la observó conmovido. No tenía a su alcance nada para premiar el valor y la lealtad de aquella mujer. Desprendió de su chaqueta la insignia de oro del Partido y la prendió en el pecho de frau Goebbels, al tiempo que murmuraba con emoción:

“¡Por su fidelidad!”.

Aquella fidelidad era tan real, tan irrevocable, que, después de muerto Hitler, había hecho que por orden de Goebbels sus seis hijos fuesen inyectados con un activo veneno, suicidándose ambos esposos seguidamente.

En aquellas trágicas circunstancias, Hitler cursó apremiantes telegramas a Keitel. Himmler le había abandonado cobardemente, y las deserciones de algunos destacados elementos le habían hecho proferir palabras de exaltación.

A su lado, Eva Braum, la dulce joven que le había amado de la forma más sincera y que había permanecido a la sombra de toda manifestación fastuosa en los mejores tiempos del nacional-socialismo, exclamaba:

“¡Mi pobre Adolf, te han abandonado y te han traicionado, mi pobre y querido Adolf...!”.

Ya había decidido Hitler morir, cuando decidió legalizar su situación con Eva Braum. Walter Wagner, que había trabajado en el Registro Civil de Berlín, era uno de los hombres refugiados en la Cancillería.

Hitler hizo matar a su perro Blondi

En la noche del 29 de abril de 1945, Wagner compareció ante Hitler. En una de las salas del refugio, le recibieron Eva, Hitler y los dos testigos de la ceremonia, que eran Goebbels y Martín Borman.

La ceremonia, con sus formalidades consiguientes, se llevó a cabo en medio del mas abrumador silencio. Ambos firmaron el acta matrimonial que los declaraba marido y mujer. Era media noche. Después de la ceremonia nupcial, se celebró al mas tétrico banquete de bodas que recuerda la Historia

Se bebió champagne, y después el Führer dictó sus últimas voluntades. Luego, envió copias de su mensaje, a través de las líneas rusas.

En él ordenaba al gran almirante Doenitz que se hiciera cargo del poder después de su muerte, en calidad de Jefe de Estado, nombrando Canciller del Reich, a Joseph Goebbels. Éste no quiso turbar el plan de Hitler en aquellos últimos momentos, pero, firmemente convencido de lo imposible de todo esfuerzo, había tomado ya la decisión, como así hizo, de morir con su esposa e hijos al lado del Führer

En las primeras horas de la mañana, Hitler hizo matar a su perro Blondi, un perro pastor que había sido su inseparable compañero.

Después del almuerzo, se dirigío del brazo de su esposa a sus habitaciones particulares. Goebbels, su esposa, Bormann y otros muchos colaboradores silenciosos, esperaban en el pasillo.

Sabían que había llegado la hora. Hitler, uno a uno, fue estrechando sus manos. Después se retiró con su esposa. Tras de aquellos días de tensión terrible, aparecía sereno, apaciguado. Al poco tiempo de retirarse, sonó un disparo. ¡Hitler había muerto!.

Cuando penetraron en la habitación, el cadáver de Hitler, con la cabeza ligeramente echada hacia atrás y el de Eva, su esposa, inclinado hacia él, daban la certeza de aquel horrible final. Hitler se había disparado un tiro en la boca, y Eva se había envenenado.

Cubrieron con sábanas sus cuerpos y, a media tarde, ambos cadáveres fueron sacados al exterior. Kempka, el chofer de Hitler, roció sus cuerpos con gasolina, para reducirlos a cenizas. Sin embargo, restos carbonizados de los mismos habían de ser hallados posteriormente.


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Abesedo (68 noticias)
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