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La muerte de Bin Laden

06/06/2011 08:43 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

En reciente artículo ubicado en The New York Times con la firma de Jonathan Haidt, profesor de psicología de la Universidad de Virginia

En reciente artículo ubicado en The New York Times con la firma de Jonathan Haidt, profesor de psicología de la Universidad de Virginia, surge la pregunta de "¿Por qué celebramos un asesinato?" y que analiza las consecuencias de la muerte del líder de Al Qaeda en ciertos sectores de la población estadounidense.

05/06/2011 02:53:31 p.m.

Por: Laura Corbalán Szichman/Especial para TalCual

Posiblemente en pocos lugares la psicología arriesgue tanto convertirse en un arma para la política de turno como en Estados Unidos.

Amparada en el prestigio que le otorga su participación en las universidades, prestigio que tiene bastante que ver con esa tendencia del ser humano a pensar que un título otorga un conocimiento objetivo y eterno, la disciplina que estudia la conducta y motivación humana paulatinamente se ha convertido en una enciclopedia de verdades de Perogrullo o especulaciones normalizadoras –es decir, teorías aparentemente científicas que funcionan perfectamente para afianzar el poder y estimular a los sujetos a que no se rebelen so riesgo de ser considerados enfermos.

Una de las ejemplares muestras de este movimiento apareció en un número reciente de The New York Times con la firma de Jonathan Haidt, profesor de psicología de la Universidad de Virginia.

El tema del artículo –con el significativo título de “¿Por qué celebramos un asesinato?”– estuvo orientado a analizar las consecuencias de la muerte de Osama Bin Laden en ciertos sectores de la población estadounidense.

Sin embargo, el artículo no apuntaba a desarrollar los efectos que tuvo en la política nacional sino a algo bastante menos glorioso y más significativo: la celebración de esa muerte, con profusión de brindis con cerveza y otras bebidas alcohólicas, en Nueva York y Washington.

El autor del artículo comienza con una pregunta referida a esas celebraciones. “¿Por qué tantos norteamericanos se muestran reluctantes a unirse a la fiesta?”

La pregunta, alentadora al enterarnos que muchos otros comparten nuestra idea de que aún en el caso de un terrorista debe primar la ley y no la venganza, sirve para que Jonathan Haidt elabore una singular teoría sobre el bien y el mal en individuos y grupos, bastante alejada de las especulaciones tradicionales en filosofía pero muy cercana a las necesidades políticas del presente en Estados Unidos.

El autor sostiene que no se pueden aplicar a los grupos y a las naciones las ideas sobre moralidad que se aplican a nivel individual. “Si uno lo hace, pierde todo lo que es bueno, sano e inclusive altruista respecto a las celebraciones”, concluye.

Su afirmación se basa en una diferenciación que, en su criterio, proviene de las recientes investigaciones de biólogos evolucionistas. Según éstos, como producto de la evolución, los seres humanos actuamos de manera simultánea de acuerdo a dos niveles cualitativamente diferentes.

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El nivel más bajo implica la egoísta competitividad de los individuos entre sí. Pero hay un nivel superior, donde el egoísmo entre los individuos no funciona, en el cual los grupos compiten con otros grupos resultando favorecidos aquellos que pueden actuar unidos y permanecer juntos.

El modelo de este nivel de cooperación altruista estaría dado por ciertas especies animales como las abejas y las hormigas cuyos cuerpos y mentes se han especializado en el trabajo en equipo.

LA PASIÓN Y EL ÉXTASIS

Sería ese doble nivel psicológico el que permite entender el verdadero significado de las celebraciones por la muerte de Bin Laden. El nivel de competencia entre grupos –y no entre individuos– permite que los seres humanos se consideren formando parte de algo más grande e importante que ellos mismos, conduciendo a una sensación de pasión y éxtasis similar a la que se encuentra en los rituales religiosos de las tribus.

En la opinión del autor este sentimiento, bueno y sano, donde la “efervescencia colectiva” permitió borrar los límites entre los participantes, predominó en las celebraciones.

Aunque la tesis parece original, en realidad resulta un desplazamiento de una antigua, y desacreditada, concepción que utilizaba las ideas de Darwin sobre la supervivencia del más fuerte para explicar el funcionamiento de una sociedad y legitimar la posición de los privilegiados.

Las múltiples críticas que recibió el Darwinismo Social, como era conocida esta interpretación del mundo, lo puso cada vez más en desuso a la hora de explicar las desigualdades sociales.

Ahora, en la posición del autor del artículo, ese darwinismo queda aplicado a las peleas intergrupales en las cuales sobreviven quienes muestren más cohesión interna. El desplazamiento pareciera indicar una nueva necesidad del poder: la justificación de las guerras, del conflicto intergrupal como eufemísticamente se lo denomina en el artículo, consideradas como la expresión de una necesidad ética.

Esa es la función que cumple la extraña desaparición del egoísmo individual en el momento en que entra a formar parte de un grupo. ¿Por qué razón los individuos –que a nivel del uno a uno carecen de altruismo—perderían sus características asociales, volviéndose generosos, cuando comienzan a formar parte de los muchos?

Freud esbozó una respuesta para esa aparente magia de lo colectivo cuando sostuvo que ciertos agrupaciones –no todas, pero sí aquellas sin ideales ni significados compartidos salvo la exclusión simple de lo extraño– pueden funcionar permitiendo que conductas violadoras de la ley no sean consideradas como tales pues reciben la sanción colectiva y le permiten al individuo librarse de culpa por esas transgresiones. Y esto sí permite celebrar un asesinato como si fuera algo bueno, sano y emocionalmente compartido.

Fuente: Tal Cual


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