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El proceso (1925) de Franz Kafka

04/02/2010 17:28 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

"Alguien debió haber calumniado a Josef K., puesto que, sin haber hecho nada malo, fueron a arrestarlo una mañana". Este es uno de los comienzos más conocidos de toda la literatura universal

"Alguien debió haber calumniado a Josef K., puesto que, sin haber hecho nada malo, fueron a arrestarlo una mañana". Este es uno de los comienzos más conocidos de toda la literatura universal.

Cualquiera que lea esta frase sabe que se inicia una situación que no tiene salida: el arresto no resultará ser un divertimento de los colegas del banco. Los guardias que entran en su habitación por la mañana- en lugar de la cocinera que habitualmente trae el desayuno- no dirán que todo era una broma. Ni el "permiso para circular en bicicleta" ni la partida de nacimiento servirán para demostrar que se trata de una equivocación. Tampoco la resolución de K. de no seguir discutiendo con sus guardianes para hacerlo con su superior logrará que su arresto resulte un mal sueño.

La novela de Kafka conduce a un mundo de pesadilla. El personaje principal de El proceso, Josef K., cae bajo las aspas de molino de una ley todopoderosa. La novela no desvela lo que dicta esa ley ni a quién representa. Tampoco se aclara en razón de qué delito cometido por K. acuden una mañana los guardias a su dormitorio.

Resulta evidente que no se trata de una detención corriente cundo se permite que K. prosiga con su vida cotidiana: continúa acudiendo al banco donde ocupa un alto cargo y conserva la habitación en la pensión de la señora Grubach.

Pocos días después del arresto, comunican al procesado que debe presentarse el domingo en un lugar determinado para proceder a una inspección. K. se dirige a la casa indicada, situada en un barrio pobre de lóbregas casas de alquiler con gente asomada por las ventanas. El edificio donde va a tener lugar la investigación resulta ser una amplia casa. K. camina confundido por los pasillos, mientras solícitos habitantes del edificio lo envían de un piso a otro.

K. llega finalmente a una sala llena de gente, en la que ya le están esperando, y es sometido a un interrogatorio absurdo. Con un ampuloso discurso, K. declara que no acata al tribunal, pero el efecto de sus palabras queda amortiguado por la cópula de dos espectadores. La semana siguiente, K. espera una segunda citación. Aunque no la recibe, decide acudir voluntariamente al mismo edificio. Allí le comunican que ese día no se realizan juicios. K. convence al funcionario judicial para que le muestre las oficinas del juzgado.

La descripción de estas oficinas lleva la marca de esa escritura característica del autor que ha dado lugar a la utilización del adjetivo "kafkiano" para plasmar una atmósfera inquietante o amenazadora, en la que se mezcla una estrechez claustrofóbica, una ininteligibilidad laberíntica y un confuso absurdo. Las oficinas se encuentran en la buhardilla del edificio. Apenas están indicadas por un papel escrito con caligrafía infantil. K. entra en un largo pasillo en el que se abren tabiques de madera tras los cuales trabajan los funcionarios. El aire es caliente y pegajoso. En dos bancos de madera situados en el pasillo se sientan unas personas de aspecto lastimoso que le causan una profunda impresión de docilidad. Son acusados, como él. Tras mantener un conversación deprimente con uno de ellos, K. desea abandonar a toda prisa las oficinas, pero no logra encontrar la salida. En la confusión de los pasillos se ha desorientado completamente. La opresión del momento le provoca mareos y malestar. Una mujer joven se hace cargo de él y le explica que todo el mundo se sofoca cuando entra en las oficinas del juzgado por primera vez. K. se siente mareado como si estuviera en alta mar. El suelo oscila bajo sus pies. El sonido de las voces aumenta hasta convertirse en un ruido estridente, similar al de una sirena. Por fin vuelve a respirar. Sus acompañantes, acostumbrados al aire de las oficinas, casi se desmayan por el oxígeno que respiran. K. tiene que cerrar rápidamente la puerta tras de sí para que ellos puedan volver a respirar.

Toda tentativa de descifrar al autor equivale, en cierto modo, a los intento de K. de comprender la ley

Todos los intentos que realiza K. para intervenir en el proceso fracasan. Las personas que le rodean le señalan la falta de salidas y la desesperanza de la situación. Su tío afirma poco alentadoramente: "Tener un proceso así supone que lo has perdido de antemano". Un mediador con influencias en el tribunal, el pintor Titorelli, le explica que el tribunal nunca abandona sus convicciones sobre la culpa del acusado. Curiosamente, todo aquel que K. encuentra conoce su arresto. Constantemente le recuerdan que está procesado y que es culpable en cierto modo. Esto acaba por distanciarle del mundo que le rodea y le conduce muy pronto a un completo aislamiento.

El proceso lleva ya un año, cuando una noche, a las nueve, dos hombres entran en la habitación de K. Son los encargados de la ejecución. Lo sacan fuera de la ciudad, desnudan la parte superior del cuerpo y lo matan, clavándole un cuchillo en el pecho. Giran el cuchillo dos veces, asegurando su muerte.

Sus descripciones sobre el poder impenetrable e institucionalizado han convertido a Kafka en el narrador más relevante de la burocracia moderna: el escritor detalla la invisibilidad de las instancias, el laberinto de las oficinas, la necesidad de escriturar hasta el detalle más nimio, lo borroso de las competencias y la completa disolución de la trascendencia del individuo frente a la maquinaria del poder.

Pero más allá de este plano, el extraño mundo novelístico de Kafka se sustrae a una interpretación concluyente. Toda tentativa de descifrar al autor equivale, en cierto modo, a los intento de K. de comprender la ley. La respuesta a la pregunta " ¿Qué es la ley?" es, paradójicamente, la siguiente: "La ley es la ley". Para poder comprenerla, K. debe penetrar en la ley (por eso busca tan tenazmente sus lugares), pero cuanto más se prepara, menos expectativas tiene de entenderla. Algo muy similar ocurre con la interpretación de Kafka. La búsqueda de un sentido se convierte en un fin en sí mismo; al final de una esforzada indagación de posibles pistas, se llega a la conclusión de que no hay ningún significado. Concentrarse en el concepto de "culpa" (desde un punto de vista teológico, existencialista o psicoanalítico) carece de sentido. Las novelas de Kafka pueden concebirse como pinturas expresionistas que rompen la realidad hasta volverla irreconocible.

Kafka era judío, vivía en Praga y pertenecía al grupo de población cuya lengua era el alemán. Sus diarios contienen numerosas acusaciones contra sí mismo. Sufría por el hecho de tener que trabajar como jurista de una empresa de Praga y se evadía de su cotidianeidad burguesa noche tras noche, cuando escribía sus novelas y cuentos después de la jornada laboral. En 1924, murió de tuberculosis a los cuarenta y un años y dejó a su amigo Max Brod el inmenso legado de sus manuscritos no publicados (entre ellos las tres novelas El proceso, El Castillo y América), de sus diarios y cartas, con el encargo de que los destruyera tras su fallecimiento. Felizmente, Brod no respetó las indicaciones de su amigo.


Sobre esta noticia

Autor:
Ana Laura López (10 noticias)
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Tipo:
Opinión
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