Globedia.com

×
×

Error de autenticación

Ha habido un problema a la hora de conectarse a la red social. Por favor intentalo de nuevo

Si el problema persiste, nos lo puedes decir AQUÍ

×
cross

Suscribete para recibir las noticias más relevantes

×
Recibir alertas

¿Quieres recibir una notificación por email cada vez que Mario Bermúdez escriba una noticia?

MitologÍa CosmogÓnica

08/03/2010 20:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Detrás de todo mito subyace la realidad

Indudablemente que a través de toda la historia del hombre, éste de forma vehemente se ha preocupado desde diferentes ópticas por el origen de las cosas y de su propio ser, tratando de desenmarañar los secretos de su entorno, de su vida y de la constante relación entre uno y otro. Esta constante se ha demostrado desde las culturas más antiguas, incluyendo a las prehistóricas, es decir, desde el momento en que el sapiens adquiere la capacidad del razonamiento abstracto. El deseo de justificar la existencia y esencia de las cosas, siempre ha tenido una respuesta, que aunque no es, de ningún modo, definitiva, cumple con las expectativas y tranquiliza al tener una respuesta inmediata. Obviamente que estas respuestas inmediatas, aunque se pretenda, realmente no son verdades inamovibles, sino que dentro del proceso intelectivo, se aceptan modificaciones y hasta nuevas respuestas diametralmente opuestas a la inicial. Es probable que el mito cosmogónico, aquél que se refiere a la creación del Universo, haya sido desde tiempo remotos una de las cuestiones esenciales en el devenir humano, para tratar de explicar su existencia y esencia dentro de la creación. En consecuencia, el mito cosmogónico ha transitado desde los relatos más ingenuos y bellos literariamente, como un homenaje a la imaginación humana, llegando hasta los lindes de la propia ciencia cosmogónica, que ha elaborado la hermosa teoría del Big-Bang, sobre todo para quienes presumen de ateos, con la que pretenden convencernos, al igual que el mismo relato bíblico, que es una cuestión apodíctica, ya resuelta, ya definida, hasta el punto de convertirse en un dogma científico, que tiene que ser aceptado para no contradecir las verdades científicas, que tanta investigación y tiempo han demandado.

El hombre antiguo poseía, como es natural, una visión muy limitada del mundo, llegando a deducir que simplemente era su entorno próximo, con algunas montañas, algo de mar, unos ríos, algunos lagos, un desierto, pero, ante todo, había un elemento común que compartían sin importar el lugar del mundo en donde habitaran: el firmamento, ni más ni menos. Esta relación de sapiens-entono y de entorno-sapiens se convierte en el germen que da origen al mito cosmogónico a través del intelecto humano. Lo primero que acude a resolver las respuestas sobre el mundo, es la sensación inmediata, la misma que se percibe durante la cotidianidad. La tierra parece plana, entonces, es plana, pero contrariamente a ésta, el firmamento es como una cúspide, con cuerpos celestes que le dan la vuelta a la tierra. Allí, en esa sensación y percibir primarios comenzaba la definición de ¿qué es el mundo?, y, subsecuentemente, a preguntarse ¿cómo se originó ese mundo? Porque todo tiene su origen y su fin, así como el día despunta al amanecer, pero muere al atardecer para darle paso a la noche, que también sufre un proceso repetitivo o cíclico. El ser humano primitivo, animista prístino, se le antojó que todo poseía vida; y no estaba equivocado si argumentamos que la energía es la forma de vida del Universo. Muchos mitos imaginan al Universo como un gigantesco animal vivo, en donde cada órgano, a pesar de ser independiente, depende el uno del otro: el todo dividido, pero siempre todo. Cuando el sapiens en medio de su devenir cotidiano observaba que los astros se movían invariablemente a través del firmamento, imaginó que estos entes astrales eran seres vivientes y que, como el hombre mismo, tenían la capacidad de pensar y de decidir. La tradición contaba que el sol, la luna y las estrellas siempre habían estado rigiendo el firmamento, por lo cual se llegó a deducir que los astros eran eternos, una cualidad que los humanos no poseían. Además, extraordinariamente, poseían el don de la ubicuidad, pues se les veía en todas partes al mismo tiempo. Si estos seres astrales eran eternos y capaces de pensar, entonces eran seres superiores, no sólo por estar arriba en el firmamento; además, poseían una cualidad que no tenía el sapiens: eran seres resplandecientes. Así que los astros comenzaron a ser denominados seres resplandecientes, y comenzaron a denotar superioridad. Todo indica que la raíz antiquísima div, de origen indoario significaba resplandor, y que de aquí se derivaron las subsecuentes denotaciones de divinidad[1]en otros idiomas.

Acontecía que los astros resplandecían en menor o mayor intensidad, muchas veces sin importar su tamaño. La luna, entre nosotros femenina pero entre los semitas masculina, tenía un tamaño similar al del sol, con un resplandor suave que permitía observarla directamente, mientras que al astro rey, no. Lo más sorprendente era que la luna cambiaba de forma regularmente, generándose así una forma de medir el tiempo. El sapiens descubrió que los astros, de una y otra forma, influían en el entorno próximo y aún en sus vidas, llegando ulteriormente a fijar sus destinos dependientes de los seres resplandecientes, poderosos y eternos.

A raíz del conocimiento físico precario, basado en la sensación y en la observación simple, los antiguos comenzaron a imaginar, es decir, a responder el cuestionamiento de ¿cómo se originó el mundo? La primera hipótesis, ya debidamente fundamentada, establecía que había en el firmamento unos seres superiores a quienes se les llamaba dioses o divinidades. Estos dioses eternos, poderosos, omnipresentes y resplandecientes, tenían una capacidad de raciocinio superior también, pero, infaustamente, poseían, al igual que el sapiens, pasiones. Ahora, si los astros influían poderosamente en el mundo, controlando hasta el destino de los humanos, entonces, sin duda alguna, ellos eran los artesanos o creadores del mundo. Se llegaba, pues, a una conclusión irrebatible: los dioses eran los creadores y criadores de todo lo existente, que era único aunque dividido, pero siempre único, es decir universo. Las pruebas eran contundentes, pues el sol, la luna, las estrellas y los demás astros influían en la vida y en el mundo, y como esta influencia era variable, sencillamente actuaban de acuerdo a su modo de pensar, también variable en el ser humano. Así que el sapiens descubría que era hijo de los dioses, que, aunque no era eterno, compartía algo de la naturaleza resplandeciente o divina. Pero el ser humano se comportaba, tenía una conducta personal y colectiva que podía agradar o desagradar a los dioses, sus padres-madres. El sol, por ejemplo, le da origen a las estaciones, rigiéndose por intermedio de sus ciclos la incipiente actividad agropecuaria de las primeras colectividades humanas en los albores de la civilización. La luna, de la misma forma, regulaba muchas actividades del hombre, y los dos astros determinaban, creaban, el tiempo, el cual el sapiens apenas era capaz de medir.

De acuerdo a la evolución socio-cultural del ser humano, al desarrollo de su pensamiento, las teorías mitológicas fueron desarrollándose también. En nuestra cosmovisión, afectada inicialmente por el mito ariosemita de la creación y por el mito contemporáneo del Big-Bang, se puede argumentar que la trinidad intelecto, entorno y mito, dan origen a algo que hemos decidido llamar ciencia, es decir, una explicación de pretendido carácter objetivo e inmediata, pero dinámica mediáticamente, [2] a pesar de que en el momento histórico se creen mecanismos de ataduras conceptuales que pueden acudir al castigo físico por pensar diferente a la verdad establecida.

Así que de las observaciones y de las sensaciones primigenias, que no satisfacían del todo la cuestión, se pasó a una argumentación por fuera de lo físico, es decir, sobrenatural que se fundamentó en inferencias de acuerdo a las sensaciones: todo tenía una respuesta, así no se tuviera directamente en las manos, pues esta dependía exclusivamente de los dioses, que solamente dejaban escapar una pequeña pista hacia el entendimiento humano. Dentro de esa nueva concepción de relación entre los dioses y los hombres, propia de la evolución cultural del sapiens, se desarrolló la mitología[3] cosmogónica, que ahora no solamente daba una explicación de cómo se originó el Universo, sino que establecía una relación familiar, de padres-hijos, entre el ser humano y sus dioses.

En un estudio algo escrupuloso, se puede advertir que se trata de una misma teoría cosmogónica con multitud de variantes, que en muchos casos presentan una enorme similitud, lo que fundamenta nuestra exposición. Debemos partir, consecuentemente, desde el mito cosmogónico bíblico, porque es con el cual nos criamos y adquirimos consciencia para establecer el origen de las cosas. Un mito dogmático hace fáciles las cosas, porque nos da una respuesta inmediata que no puede ser debatida ni cuestionada, evitándonos así la molestia de ponernos a pensar, lo que resulta innecesario porque todo ya está resuelto, y por adenda puede causarnos problemas ya que corremos el riesgo de salirnos del dogma y eso se penaliza con un castigo grave. Lo que a primera vista nos parece sorprendente, deprimente y hasta defraudador es que esa verdad incuestionable y única, se rompa repentinamente al descubrir que ni es única, que ni es original y que ni es irrefutable, pues la historia, con todas sus debilidades y torpezas humanas, nos señala lo contrario. Sabemos, casi como verdad de apuño, que en Oriente, en esa franja que empieza, para nosotros en Palestina y termina en India, surgió la civilización y que desde allí se sentaron las bases de la denominada cultura occidental. En esta franja se produjo la simbiosis de las civilizaciones, atizada por dos pueblos, el semítico y el indoario, llamado también indoeuropeo.[4] Como la civilización se define por tres aspectos fundamentales, organización social, desarrollo científico y creencias religiosas, para crear la noción de grupo humano capaz de generar dinamismo histórico, se puede argumentar que, en conclusión, la diferencia entre ambos pueblos de Oriente, son meramente semánticas. Pero como a la historia le encanta definir, separar y diferenciar, pues, gracias a la lengua como trasmisora y ejecutora de la cultura, diremos que eran dos pueblos: el semita y el indoario. El primero oriundo de la península Arábiga, abarcando inicialmente el norte de Egipto, Palestina hasta fundirse en Babilonia con los indoarios. El segundo pueblo, se presume históricamente, que tuvo su origen en Asia Central, pero que en sucesivas oleadas llegó al sur asiático, estableciéndose en India e Irán, en donde contribuyeron al desarrollo de la civilización.[5] Mesopotamia, por lo atractivo de su fertilidad y su posición nuclear en Oriente, se convirtió en el eje de esos pueblos, a donde fueron a confluir dando cada uno los aportes fundamentales en los albores de la civilización[6], o como la mayoría de los historiadores consideran, en el florecimiento de la civilización.

Páginas: 1 2 3


Sobre esta noticia

Autor:
Mario Bermúdez (26 noticias)
Fuente:
alcorquid.com
Visitas:
1664
Licencia:
¿Problemas con esta noticia?
×
Denunciar esta noticia por

Denunciar

Comentarios

Aún no hay comentarios en esta noticia.