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Mirando Atras - Cafes de Madrid II

21/06/2010 17:54 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Continuamos hoy con la segunda parte del texto que sobre los cafés de Madrid, su historia y los personajes que los frecuentaron os ofrecemos dentro de nuestra sección "Mirando atrás".

Durante los años veinte y hasta la Guerra Civil fueron muchos los cafés de Madrid: cafés de públicos diferentes, para toreros, cómicos, pintores o literatos de diferentes cataduras, en un etcétera sin fin. Un Madrid en expansión donde en cada barrio la gente se reunía en ellos, diariamente los más adictos y los días de fiesta todo aquel que se sentía vivo.

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No es posible imaginarnos a Gómez de la Serna y a su Madrid sin Pombo y sus leyendas. Situado en la calle Carretas, casi haciendo esquina con la Puerta del Sol, fue a partir de 1915 centro y tribuna del peculiar y siempre único Ramón Gómez de la Serna. Pontífice un día a la semana, introduce la costumbre de la tertulia semanal los sábados por la noche y abierta a todos.

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Más alejados del centro pero con tanta clientela destacan el Roma, abierto en 1914 en la calle Serrano y que contó entre sus habituales clientes a Gregorio Marañón. El Royal, ubicado en la esquina de Goya con la avenida de Felipe II, fue punto de encuentro de los tertulianos congregados por Rafael Cansinos Assens, magnífico cronista de esta época y de sus personajes, como puso de manifiesto en su obra titulada "La novela de un literato".

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El Café Viena fue inaugurado ya finalizada la década de los años veinte en la calle Luisa Fernanda. Por él se dejaban ver políticos como Alejandro Lerroux o Casares Quiroga.

En estos años cerrarían sus puertas algunos cafés míticos como el Nuevo Levante, que situado en la calle Arenal, abriría sus puertas en el último tercio del siglo diecinueve, y las cerraría en los primeros años veinte, después de ver pasar por sus mesas a escritores como Azorín, Baroja, Ciro Bayo, o artistas como Picasso, Gutiérrez Solana y Ricardo Baroja.

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En la calle de Alcalá, y a su derecha desde Sol nos encontrábamos con dos cafés de renombre : Negresco ( del que hablaremos próximamente) y La Granja del Henar. En este último tuvieron lugar tertulias que han pasado a la historia, como la que tenía lugar en los últimos años veinte y que reunía a lo más granado de la juventud de la nueva generación humorista madrileña, teniendo como figura central a Enrique Jardiel Poncela. Para este genial humorista, el café era algo más que un punto de charla y encuentro, era un lugar de trabajo. Los cafés eran sus lugares habituales de trabajo y en ellos escribió las mejores páginas de sus novelas así como las mejores escenas de sus obras teatrales. Fue hasta su muerte un enamorado de los cafés . Aunque no superó en presencia cafeteril a Emilio Carrere, que pasaba todo el día, desde la una de la tarde hasta la madrugada en cualquier café que estuviera a su mano. En el Café Varela, en la calle Preciados, tuvo su centro de trabajo y en sus mesas escribió algunos de sus mejores y más populares versos.

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La República pone los cafés de moda, entre ellos destaca el Recoletos, inaugurado en el año 1928, que compartió acera y dueño con el Gijón. Era el cuartel general de la derecha y monárquicos y falangistas poblaban sus mesas. Entre sus asiduos se encontraban Agustín de Foxá, Gustavo de Maeztu o González Ruano, entre otros y algún que otro día se dejaba caer José Antonio Primo de Ribera. De pascuas a ramos aparecían Rafael Alberti con María Teresa León más algunos amigos izquierdistas para meter miedo a esa juventud elegante y minoritaria de derechas.

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La guerra se lleva por delante a muchos cafés históricos como el Colonial o el Madrid. Otros muchos quedan tocados para siempre. La escasez de café se hace notar y hasta la malta es insuficiente. Los establecimientos que siguen abiertos están llenos de público, deseoso de pasar los momentos de descanso de tan numantina defensa lo mejor posible por si la muerte los llevaba al día siguiente sin avisar.

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La indumentaria proletaria se enseñorea de los cafés. El mono de trabajo ha sustituido a las corbatas burguesas, que han huido o se han escondido en espera de mejores tiempos. Los camareros son compañeros que han perdido su antiguo aire servil. Por unos meses las tornas han cambiado y los de abajo se sienten importantes o mejor lo son. La guerra y la revolución imponen su ley. Pero poco dura la alegría en casa del pobre. La guerra finaliza y las aguas vuelven a sus cauces.

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Los cafés de Madrid han cubierto una época de nuestra historia que comenzó su decadencia con la finalización de la Guerra Civil y los nuevos estilos de vida impuestos por los vencedores. Entre 1939 y 1965, cerraron más de 75 cafés, se mantenían 56 y abrieron sus puertas 517 cafeterías, un híbrido a medio camino entre bar y café.

Alguna tertulia se intenta recrear, como las del Café Lyon en la calle Alcalá, frente a Correos. Tertulia de escritores y toreros, de gente importante del nuevo régimen, que se reunía bajo el magisterio de José María de Cossío y el ocasional de Eugenio d'Ors.

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Será el Café Gijón, el primero en intentar recuperar el ambiente tertuliano de los cafés de Madrid.

Los jóvenes creadores encuentran en él un cierto remanso de tranquilidad y de cierta libertad. Hacen del Gijón su punto de encuentro y lugar de debates y acuerdos. Por sus mesas pasarán lo mejor de esa juventud creadora que lucha por hacerse un hueco en el panorama literario y artístico de ese Madrid que comienza a salir de la tristeza y pobreza de la postguerra.

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El otro café que quedó en Madrid de la época gloriosa fue el Comercial, en plena glorieta de Bilbao. Le diferenciaba del Gijón el estar frecuentado por jóvenes con menos pretensiones, gente de tropa, estudiantes progres, amantes de cineclub y hambrientos de libertades.

En los sesenta y comienzos de los setenta aparecen en Madrid los pubs, entre los que destaca el Santa Bárbara, el más concurrido y elegante y donde se iba mucho a dejarse ver y hacerse notar. Su clientela se nutría de progres y personajes del mundo del artisteo.

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Las últimas décadas conocieron el número menor de cafés madrileños, menos de veinte permanecían abiertos. Desde comienzo de los años ochenta, la recuperación de las tradiciones madrileñas y los intentos de apaciguar, aunque sea por unos minutos la ajetreada vida cotidiana madrileña, han hecho que la demanda de locales como los cafés se haya incrementado.

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De esta manera, entre cuidadas decoraciones o pastiches, se fueron abriendo los nuevos locales, que intentaron recuperar los ambientes de los viejos cafés. Poco a poco las nuevas generaciones recuperan la siempre joven costumbre del debate sobre lo humano y lo divino, de lo transcendental o de lo nimio, pero siempre teniendo como medio la discusión y como meta hacer de la conservación un rito de vida y un método de aprendizaje.

Las imágenes que acompañan esta entrada corresponden a cafés de la época que siguen abiertos en la actualidad con más o menos éxito. Las primeras pertenecen al Café Gijón, las segundas al Café Comercial, a los que no vendría mal, manteniendo su esencia, alguna actualización. Las ultimas pertenecen al Café Viena, que abrio y sigue perteneciendo al grupo de Viena Capellanes.


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