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México, tierra de mamuts

26/05/2009 21:49 1 Comentarios Lectura: ( palabras)

El descubrimiento fortuito de los restos de un mamut ejemplifica cómo ocurren los hallazgos en este país, lo que impide investigar a fondo la actividad humana relacionada

Auxiliada con pequeñas brochas y agujas de madera, Norma Hernández, arqueóloga del Centro INAH Estado de México, remueve el polvo de los restos de mamut encontrados en un lote en construcción en Ojo de Agua. En México, 270 localidades han registrado presencia de mamuts.

Foto de Enid Sánchez

El tiempo ha hecho que los huesos se confundan con la tierra; parecen raíces de un árbol seco y viejo a punto de desmoronarse. Son restos de la prehistoria encontrados en lo que hoy es un lote en construcción donde, durante el Pleistoceno (época geológica que va de los 2.5 millones de años a los 10  000 antes de nuestra era, en cuyo último periodo los seres humanos colonizaron el continente americano), caminaban manadas de enormes mamuts. Uno de ellos, sus huesos pues, se encuentra en la esquina de la calle de Duraznos y el bulevar Ojo de Agua, en Tecámac, punto donde el Distrito Federal y los municipios mexiquenses se asemejan bastante a pesar de la lejanía.

Un grupo de personas en cuclillas o agachadas se arremolina alrededor de una lona roja, parecida a las que utilizan los comerciantes de los mercados sobre ruedas mexicanos, elevada sobre la construcción a medias. La mirada del grupo se clava en las seis personas que trabajan en la excavación. No son albañiles, sino antropólogos, arqueólogos y ayudantes enviados por el Centro INAH Estado de México a verificar el hallazgo.

En este predio se quería convertir un “autolavado” en un edificio de varios niveles que necesitaba cimentación profunda. Cuando los albañiles escarbaban, encontraron un hueso largo y grande que no podría pertenecer a algún animal conocido. Eran los primeros días de diciembre de 2008.

Los expertos, coordinados por la antropóloga social Margarita del Olmo, del INAH Estado de México, afirmaron que los restos correspondían a los de un mamut, por cierto bastante completo, que incluso medio descubierto dejaba ver su enorme forma. Entonces la obra quedó suspendida y comenzaron las labores de salvamento (rescate de los huesos) por el Centro INAH.

Así es como suelen ocurrir en México los hallazgos de la fauna del Pleistoceno: fortuitamente. En 1996, la construcción de una cisterna para una cafetería, por ejemplo, se convirtió en uno de los descubrimientos más importantes relacionados con mamuts, en Tocuila, muy cerca de Texcoco, también en el Estado de México.

“Son muy pocas las ocasiones en que los hallazgos ocurren producto de una búsqueda intencional de este tipo de depósitos”, dice Luis Morett, arqueólogo responsable de las excavaciones de Tocuila y director del Museo de Agricultura de la Universidad de Chapingo.

En México, a excepción de Quintana Roo, Yucatán, Campeche Tabasco, Guerrero, Colima, Nayarit y Baja California, los 24 estados restantes han registrado presencia de mamut, en más de 270 localidades.

Las condiciones climáticas del Pleistoceno lo permitían. En aquel periodo, el hábitat de la cuenca de México era parecida a lo que hoy denominamos sabana, la cual se extendía hasta el norte, quizá siguiendo la misma línea de los pastizales de Estados Unidos. Precisamente este valle, en lo que hoy es el Distrito Federal y buena parte del Estado de México, era un enorme sistema lacustre interconectado, muy atractivo para la fauna de la época al proporcionar suficiente agua dulce y comida abundante mientras en el sur y el norte todo estaba congelado.

No es casual que la mayoría de los hallazgos de mamuts se hayan encontrado en el Estado de México (28.4  %): en un eje que va de los Reyes La Paz a Ecatepec, municipios mexiquenses, hay más de 100 sitios con osamentas. En el Distrito Federal, segundo lugar, se ha encontrado 11.4  %, como ocurrió en la Villa de Guadalupe y durante los trabajos de construcción de la estación Balderas del metro de la Ciudad de México.

Los primeros registros se remontan al siglo XVI, aunque estos hallazgos solían asociarse con explicaciones fantásticas de gigantes a los que Juan de Torquemada llamaba Quinametin (versión local de los titanes griegos). En La historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Bernal Díaz del Castillo reportaba que aparentemente un fémur de mamut había sido encontrado por la expedición de Cortés en Tlaxcala y enviado a España.

Así se sucedieron los reportes y muchos de los descubrimientos fueron enviados a España o apropiados por los virreyes en turno. El estudio paleontológico se remonta a relativamente poco tiempo atrás, a los primeros años del siglo XIX, cuando se dejaron de lado las explicaciones fantásticas y comenzaron las científicas.

No obstante, dice Morett, “la parte más interesante tiene que ver con registrar actividad humana asociada a los restos de la fauna pleistocénica”.

Se conocen 17 sitios donde los hallazgos de mamut presentan alguna relación con el hombre, de acuerdo con un artículo firmado por Joaquín Arroyo, Óscar Polaco y Eileen Johnson. El primero fue en el Cerro de las Palmas, Tacubaya, en 1860, resultado de estudios relacionados con la prehistoria de México realizados por la Comisión Científica Francesa y que iniciaron la búsqueda de los primeros pobladores de México.

A este siguieron hallazgos en León, Tequixquiac, Estado de México (cuya primera mención relacionada con huesos gigantescos data del siglo XVII), y Zacoalco, Jalisco. Debido a la dudosa veracidad de estos reportes, no fue sino hasta los años cuarenta del siglo xx cuando se tuvo noticia de otros nuevos. Y fueron varios.

El primero, asociado con lítica (es decir, herramientas de piedra), ocurrió en 1945, en Tepexpan, donde 13 años después se encontraron más evidencias (y uno de los registros más antiguos de actividad humana): huesos con marcas hechas por el hombre. En 1946 se encontró uno más en Arroyo Chorreras, Tamaulipas. Entre 1952 y 1954, en Santa Isabel Iztapa, Estado de México, hubo huesos de mamut también con marcas líticas, datadas hace unos 9  000 años mediante pruebas de radiocarbono (aunque sólo uno de los huesos sustraídos se conserva).

En el Estado de México continuaron los hallazgos: en los Reyes Acozac (1956), San Bartolo Atepehuacan (1957) y los Reyes La Paz (1974), con uno de los registros más antiguos: 18  280 años aproximadamente. Por las mismas fechas hubo reportes en Tamaulipas, Jalisco y Valsequillo, Puebla, donde se encontró lítica adherida al molar de un mamut.

Pero en El Cedral, San Luis Potosí, no sólo se encontraron gran número de mamuts (se calculan 22) entre 1977 y 1980, sino la actividad humana más antigua registrada en México: de hace unos 32  000 años. Se sucedieron hallazgos en Jalisco, Michoacán, Nuevo León, Distrito Federal y Tocuila, en Texcoco (algunos de estos restos, de 40 años a la fecha, se conservan en la colección paleontológica del INAH; otros han desaparecido).

En esta comunidad se encontró evidencia indirecta, discreta pero significativa: una serie de macrolascas de cortex de hueso largo de mamut fracturados en fresco y lasqueados para habilitar estas grandes lajas de hueso como instrumentos de corte y raspado. La actividad humana en Tocuila refiere una conducta de carroñeo y no de caza. En cuanto a la presencia del hombre asociada con los mamuts, este sitio tiene la virtud de ofrecer posibilidad de estudio.

“Tocuila –dice Morett– se distingue de cualquier otro depósito porque hablamos de más de 40 hectáreas. En San Salvador Atenco tenemos un depósito igual de grande pero aún no lo hemos explorado, ya le llegará su momento, quizá con la siguiente generación de investigadores. Lo importante es analizar estos depósitos en la perspectiva de encontrar actividad cultural”.

Sólo así, dice, se brinda la posibilidad de diseñar preguntas y problemas de investigación para atacarlos directamente en campo, distintos a los que pueden encontrarse en laboratorio, que no dejan de ser relevantes: cuando los salvamentos son recuperados, se determinan datos de tipo biológico, como edad, sexo o altura del animal, inferidos una vez que se sabe que el material pertenece a una especie en particular.

En México, dice Joaquín Arroyo, del Laboratorio de Arqueozoología del INAH, la especie es el mamut de las praderas (Mammuthus columbi), muy parecido a un elefante, y no el famoso lanudo. AunqueThe Paelobiology Database, fuente pública de la comunidad científica, cita tres: M. americanus, M. imperator y M. columbi, y el propio Arroyo menciona dos más en diversos estudios.

“El material –dice– pudo haber durado miles de años, pero una vez expuesto comienza a deteriorarse muy rápido y se tiene que procesar para mantenerlo lo más posible”.

Recuperarlo es otra historia. En Ojo de Agua, por ejemplo, cuando se retiró con pico y pala el cascajo derivado de la excavación para cimentar, se emplearon cucharillas de albañil para trabajar con más cuidado. Al encontrarse los restos óseos, se usaron pequeñas brochas, agujas de madera y de disección para no dañar el material. La defensa (que no colmillos, dicen los especialistas, porque corresponden a los dientes incisivos) parecía la raíz de un árbol seco a punto de romperse, no el hueso de un animal tan grande. Para evitar su deterioro, los expertos lo rociaron con material remineralizante y un consolidante. Así la prehistoria seguirá abriéndose paso entre nosotros a pesar de que la investigación, debido principalmente a la falta de recursos, la siga a pasos lentos.


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dragon (02/10/2012)

es interesante saber esto