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Del Matxitxako al Índico: una vieja historia de valor y firmeza de los aitonas de 1937, hoy repetida

25/11/2009 20:04 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Los tripulantes del Alakrana por su conducta, solidaridad y firmeza frente a los piratas, se han mostrado dignos de los míticos marinos de la Guerra de 1936. Aquí se relata un texto célebre de la batalla de los bous vascos contra el Crucero Canarias en 1937

Esta historia que presentamos al usuario no es nueva pero tampoco es ficción . Relata la epopeya de los bous de la Marina Auxiliar Vasca a las órdenes del gobierno del Lehendakari Agirre y se sitúa en el mar Cantábrico. Ocurrió el 5 de marzo de 1937 y aún hoy la gente de Bermeo la recuerda. Todos los años se celebra en aguas frente a Bermeo una emotiva ceremonia y se repiten los nombres de sus héroes. Una lección no olvidada, que han recogido y puesto en practica hoy los arrantzales no de bacalao sino de atún de Bermeo y sus compañeros. Solidez, solidaridad, firmeza y en honor de lo que acabamos de vivir todos los vascos a través de los medios de comunicación que tenemos, hemos podido saber algo de la calidad humana de los arrantzales de hoy frente a la indolencia, falta de solidaridad e intereses políticos del Gobierno Central. Al carecer de información diferente que la mencionada es que hemos optado por ir a la historia de la batalla naval de los bous contra el Canarias en 1937. Para que el usuario que por edad o otras circunstancias no accedió a la historia. Fue un periodista sudafricano el que la escribió, en el libro “El árbol de Gernika” que yo mismo traduje, hace años, un testigo teóricamente imparcial aunque simpatizante del bando leal. Se llamaba George L. Steer. La transcribimos tal cual. El usuario juzgará.

En marzo, el Golfo de Bizkaia o Cantábrico, como le llaman vascos y españoles, es un mar caprichoso y irascible. Las tormentas se desatan en él, como por encanto y sus bordes grises azotan y revientan salvajemente contra los acantilados de Bizkaia, y la vegetación espesa, que crece a la altura de un hombre en los campos que miran al mar, se inclina hacia el sur y se deja arrebatar sus primeras hojas pardas y enfermizas, raquíticas por su nervioso deseo de vivir, llevándolas hacia las crestas de roca donde empiezan los pinos.

Siglos de este flagelo han arrancado moles de granito de la costa vasca para formar islas estrechas, penínsulas o temibles salientes de roca unidos a tierra por arrecifes tan estrechos como la muñeca de un indio. A estos sacrificios ofrecidos a su mar, los vascos atribuyen una especial virtud y santidad. Uno de ellos, y no el menor, es una pequeña península situada bajo la cara occidental del Matxitxako. Una ermita (San Juan de Gaztelugatxe), cuyos pequeños y solemnes muros de piedra se desvanecen en el gris de la extremidad rocosa, dio a este antiquísimo misticismo la bendición y el amparo de la Santa Cruz. Las mujeres en estado, se sabe, no tienen más que hacer una peregrinación a través de este istmo hasta la capillita para que todo se desarrolle felizmente. El 5 de marzo, algunas de ellas que oraban al son de las notas más graves del órgano de la artillería de los barcos de guerra fueron testigos de la más valerosa batalla naval librada durante la guerra civil.

Pero en marzo, como acabo de decir, el mar Cantábrico cambia de parecer muchas veces. El viento noroeste acumula nubes y, conforme se acerca a la costa la rocía de una neblina como un reguero de gasa, dando al mar el encanto y la apariencia de una capa de mercurio. El henchido océano se balancea atrás y adelante silenciosamente, sin batir la costa. La erosión se toma un día de fiesta y los pescadores de Bermeo un día de trabajo. El día 5 de marzo estaban preparando sus pesqueros azules y cargando sus redes color chocolate cuando la batalla les obligó a regresar al puerto.

Dos días antes el Lehendakari Agirre había ordenado a cuatro de los bous armados de Bilbao que se dirigieran a Baiona, para desde allí escoltar al Galdames parco correo del Gobierno Vasco, a través del bloqueo, hasta Bilbao. Por aquel tiempo el bloqueo había sido reforzado por el acorazado España, el crucero Canarias, el destructor Velasco el gran pesquero Galerna (capturado a los vascos en el otoño anterior y convertido en nave de guerra de los facciosos), y otros pesqueros menores dotados de radio. Los submarinos alemanes con base en Pasajes (puerto cercano a San Sebastián) navegaban frecuentemente paralelos a la costa: su forma de intervención consistía en vigilar e informar a los insurgentes de cualquier movimiento de los barcos del gobierno republicano o de los navíos (neutrales) con bandera de países no representados en el Comité de No -Intervención.

Tenían que actuar con discreción y cuidado porque el control estaba a punto de comenzar su labor y la flotilla “B” de destructores británicos patrullaba la costa norte de España con niebla o tormenta.

El Nabarra el Gipuzkoa y el Bizkaia con el pequeño Donostia en línea llegaron sin novedad a Baiona. No es por cuestión de preciosismo que escribo los nombres de las provincias vascas con su propia ortografía. Es que la “b” en vez de “v” y la “k” en vez de “c” aparecían escritas en sus nacionalistas proas y popas.

El Galdames, a su cuidado llevaba una carga preciosa de 200 personas que regresaban a Bilbao (la mitad, mujeres y niños). A bordo iba también Formiguera, conocido industrial y político catalán de centro, cuya vida se veía amenazada por elementos anarquistas de Barcelona: él y su familia que le acompañaba en el viaje eran viejos amigos del Lehendakari Agirre, quien les ofreció asilo en Bilbao, la única ciudad tolerante de España. Toda la nueva moneda fraccionaria iba en las bodegas del Galdames, y se había confiado al capitán del barco importante correspondencia secreta cifrada. El viaje de Baiona a Bilbao duraba unas 9 horas. El convoy salió del pequeño puerto de Baiona en la tarde del 4 de marzo. La neblina cubría la costa fuera de las aguas territoriales en la mañana del día 5. El vigía del Matxitxako en lo alto de las rocas, junto a la batería de 105 mm, no divisó ni rastro del esperado convoy. Debía haberse retrasado con semejante niebla…

A las once, Punta Galea en la desembocadura del río Nervión, donde estaba embrazada la batería del 155 mm comunicó súbitamente con el Cuartel General de la Marina: “Divisado un crucero al Oeste. Navega lentamente rumbo Este. Le acompaña un pequeño barco de vapor”. La Marina respondió: “Debe de ser un buque patrullero inglés” pero Punta Galea volvió a telefonear con urgencia: “El barco lleva la bandera de Estonia”. Y el crucero es el faccioso Canarias” desde el Cuartel General, Eguía (Jefe de la Marina Auxiliar Vasca) ordenó a Punta Galea abrir fuego. Sin duda El Canarias había apresado un barco con armas y lo estaba conduciendo hacia Pasajes.

En el borde de la bruma se vieron cuatro fogonazos como el de cerillas al encenderse, a lo largo del costado del Canarias. Siguió una ronca respuesta desde tierra. El Canarias miró hacia el Norte para salir fuera del alcance de las baterías costeras. Probablemente resultó alcanzado en esta primera escaramuza.

En aquel momento la neblina se disipó, y como saliendo de una callejuela de luz surgieron juntos El Bizkaia y El Gipuzkoa armados entre los dos de cuatro cañones de 101 mm (cuatro pulgadas). No vacilaron en abrir fuego contra El Canarias que replicó con sus cañones de ocho pulgadas.

El Nabarra y el pequeño Donostia (armado con cañones de 75 mm salieron también de la bruma. El vigía del Matxitxako telefoneó al Cuartel General de la Marina para comunicar lo siguiente: “Avistados los bous armados. No hay señales del Galdames”

Éste último estaba perdido en la niebla: había tomado rumbo equivocado. Pero de repente apareció al Oeste muy alejado del convoy, bajo los mismísimos cañones del moderno crucero Canarias que les reconoció y le largó cinco proyectiles sobre su mugrienta chimenea, llena de costras.

Las mujeres y los niños comenzaron a gritar corriendo por la cubierta, todavía peligrosamente resbaladiza por la humedad. Unas cuantas granadas más quedaron cortas. Esas gentes rogaban al capitán que se rindiera y el pobre hombre se encogía de hombros en la medida en que se lo permitían las mujeres que ya habían invadido el puente de mandos. Cuando éste logró librarse de ellas hizo bandera blanca, su propia sentencia de muerte. El Canarias haciendo señales al barco estonio para que le esperara, se dirigió a toda máquina hacia el Galdames bajo el fuego graneado del Gipuzkoa y del Nabarra contra los cuales enfiló su artillería pesada. El Gipuzkoa que había tenido que aventurarse dentro de su línea de tiro para poder alcanzarle con sus cañones de 101 mm, recibió tres impactos. El Navarra a pesar de todo, perseveró.

Fue la terca insolencia de estos dos bacaladeros de Terranova la que permitió al Bizkaia realizar una maniobra sin precedentes en la guerra naval.

Avanzó a toda máquina con sus banderas de señales preparadas, en dirección al barco estonio, que permanecía inmóvil y como aturdido entre el Canarias y el cabo Matxitxako. Se colocó en la banda de sotavento del barco estonio, levantó las banderas y las volvió a bajar, preguntándole “¿Quiénes son ustedes y a donde se dirigen?”. El barco estonio contestó: “Llevamos armas y se nos obliga a ir a Pasajes”. Se produjo un nuevo flamear de banderas, que fueron retiradas rápidamente: “Síganos al puerto”. El estonio respondió: “Imposible, nos sentimos amenazados”.

El Bizkaia dirigió un último mensaje conminatorio: “Den la vuelta inmediatamente”, y los encañonó con sus piezas de 101 mm y sus dos ametralladoras. El barco estonio no tuvo más remedio que obedecer.

Su posición impidió al Canarias descifrar las señales de banderas al otro lado del buque estonio, cuyo nombre los vascos leían ahora como “I…”.el primer signo de desobediencia que captó en Canarias a su primera presa fue cuando vio que el barco cargado de armas seguía al Bizkaia, doblando el Cabo Matxitxako en dirección a Bermeo.

El Canarias había entablado combate con el Gipuzkoa y el Nabarra y con su barco-presa Galdames. En opinión de los vascos, el Canarias debió de creer que Bermeo era un puerto demasiado pequeño para el “I…” y que podría mas tarde recapturarlo a su antojo.

Desde luego el estonio “I…” con sus 1.600 y pico toneladas era el barco más grande que jamás entró en el puerto de Bermeo. Y fue un milagro que pudiera arrimarse al muelle. El capitán del puerto con especial orgullo y dignidad, se puso la mejor boina para inspeccionar los papeles del vapor. Pero los papeles estaban más lejos aún de la comprensión de cualquier capitán de puerto.

Aún hoy sigue siendo un misterio para las dos Españas la identidad y razón por la que navegaba el “I…”El Canarias lo había capturado, de lo cual se deduce que no transportaba armas para Franco. Tampoco los vascos ni en gobierno republicano lo esperaban. Todo lo relacionados a este misterioso buque era un rompecabezas.

La mayor parte de los barcos, por muy grandes que sean se conforman con un solo capitán, pero éste, de 1.600 toneladas, se permitía el lujo de tener tres. Uno era estonio, el segundo inglés, y el tercero, un hombre con aspecto de cansado, que probablemente decía la verdad, afirmó que era español pero que no había tomado parte por ninguno de los dos bandos de la guerra civil.

El escritor inglés George L. Steer escribió un libro sobre la Batalla de Matxitxako de los arrantzales de Bermeo; aquí se reproduce

El barco llevaba unos cuantos miles de fusiles y varios millones de municiones. ¿Cuál era su destino?. Sus papeles decían claramente y sin avergonzarse “Arabia Alemana”. Mas, como es sabido, Arabia Alemana solamente figura en los mapas del País de las Maravillas y en lo sueños de Guillermo II. Ningún navío procedente de un puerto real ha podido nunca encontrarlo y ni siquiera ha figurado en las pretensiones de los nazis.

Los vascos, sin embargo, son prácticos. Enseguida dejaron de devanarse los sesos sobre ola documentación del ”I…” y se pusieron a hacer inventario de las armas que transportaba.

La batalla desigual de los bous de la Marina de Guerra Vasca

Fuera, conforme la niebla se iba disipando, continuaba la batalla entre los cuatro cañones de 101mm y el más moderno crucero español.

Era un espectáculo triste. El Gipuzkoa estaba ya en llamas y el Nabarra había sido alcanzado cuatro veces pero disparaba con regularidad. El Canarias amenazaba al Galdames lanzando lenguas de fuego con todo su armamento. El pequeño Donostia, con sus insignificantes cañones de 75 mm seguía a la expectativa, observando nerviosamente.

Entre las tres y las cuatro, las llamas del Gipuzkoa amenazaron su depósito de municiones y tuvo que volverse hacia el Nervión convertido en una banda de humo. Sus máquinas también estaban averiadas, renqueaba y apenas pudo pasar el rompeolas de Las Arenas. La cuarta parte de la tripulación había sucumbido y los cuerpos yacían alineados sobre la ennegrecida cubierta. Al entrar en el puerto parecía una bola de fuego.

El Nabarra había decidido continuar hasta el fin. Luchó contra el Canarias mano a mano hasta que cayó la noche.

Espero que algún día los supervivientes escribirán la historia de sus sufrimientos y la tenacidad de sus tripulantes. Esto si sobreviven a la segunda prueba de su encarcelamiento en San Sebastián.

El Canarias, que había recibido más de un impacto, describió un amplio semicírculo alrededor del Nabarra, en el límite mismo del alcance del pesquero, descargando toda su artillería según pasaba adelante y atrás. El Nabarra, para poder disparar sus dos cañones, le presentaba invariablemente su costado, ofreciéndole un peligroso blanco. tal vez pensaba que haciéndole frente con todo su poder permitiría escapar al Galdames.

Se produjeron largos intervalos entre disparo y disparo. El cielo al atardecer parecía pesar como plomo sobre el agua. Poco a poco, los cañones de ocho pulgadas del crucero, manejados por artilleros de la Marina alemana, comenzaron a hablar todavía más alto. El Nabarra ardía de proa a popa. Pero no hizo el menor intento de escapar ni tan siquiera rumbo a Bermeo. El Donostia observaba con ansiedad para ver si izaba bandera blanca, pero sus únicas señales eran dos destellos cada cinco minutos, medidos con economía.

Hacia las cinco bajaron un bote del Nabarra que, a remo, llegó penosamente hasta el Donostia. Conforme se iban acercando, los del Donostia vieron que todos sus tripulantes estaban heridos y los remos llenos de sangre. Se imaginaron que habían abandonado el barco al ver que las llamas se extendían más y más por él. Al llegar al costado el capitán del Donostia les gritó “suban rápido a cubierta y les llevaremos a Bermeo” y les lanzó unas escalera de cuerda. “No, no-respondieron aquellos hombres ensangrentados. Tenemos que volver de inmediato. Necesitamos baldes para apagar el incendio y vendas. Dennos lo que tengan y después sigan el consejo de nuestros oficiales: déjennos y pónganse a salvo. Nosotros vamos a terminar este partido de pelota”

El capitán del Donostia les rogó otra vez que subieran a bordo pero tuvo que oír las maldiciones que venían desde el bote por tardar tanto. Al fin el capitán con lágrimas de emoción les hizo bajar los baldes y todo el equipo médico de que disponía. Entonces se alejaron remando y el Donostia viró dirigiéndose a puerto.

El Nabarra. luchó contra el Canarias dos horas más. Había recibido 190 impactos y cuando su cañón de proa había quedado inservible, fuera de combate, dio media vuelta y continuó disparando con el de popa. Eran ya las siete cuando lanzó su último proyectil. Los primeros incendios habían sido dominados, pero habían surgido otros. Las máquinas estaban destrozadas y el barco hacía aguas. Se hundía. La cubierta era unas criba llena de hierros retorcidos y mellados. La chimenea era un amasijo de chatarra. Este pesquero de Terranova nunca más podría surcar mares profundos, ni pescar bacalao ni afrontar más tormentas.

De su tripulación de cincuenta y dos hombres, todos menos catorce habían caído. El capitán y todos los oficiales, excepto uno habían muerto. Sólo quedaba un maquinista. Los primeros artilleros también estaban muertos. Los catorce sobrevivientes entre los que estaba el operador de radio y grumete. estaban heridos, algunos de gravedad. Los cadáveres reposaban sobre cubierta y algunos ardían todavía.

Los que observaban desde tierra aquella desigual batalla y sin duda desde el Canarias esperaban ver surgir una bandera blanca a bordo del Nabarra pero éste jamás se rindió.

Cuando cayó la noche, el barco comenzó a desaparecer en el océano convertido en una antorcha ardiente que sólo el agua había de apagar. Con gran dificultad, los catorce bajaron una lancha medio destrozada y, por segunda vez, tambaleantes, se metieron en ella tratando de ganar la otrilla a remo. El Nabarra se hundió por la popa en medio de llamas color rojo vivo, llevándose consigo al fondo los cuerpos de treinta y ocho bravos marinos, en un funeral digno de un vikingo.

El Canarias lanzó una canoa a motor en persecución del bote al que pronto dio alcance y se aproximó pensando hacer de los vascos una fácil presa pero recibió la mayor sorpresa de su vida.

Al llegar a la altura del bote los catorce heridos o los que todavía podían mover los brazos se defendieron arrojando a sus perseguidores granadas de mano. Eran las únicas armas de que disponían.

Cuando se les terminaron las granadas y la canoa del Canarias los volvió a abordar, logró por fin neutralizarlos y ponerlos fuera de combate llevándolos por la fuerza al crucero. El Canarias había perdido ocho o nueve hombres en la batalla y había disparado grandes cantidades de proyectiles.

Los catorce fueron desembarcados en Pasajes y conducidos a la cárcel de San Sebastián. En circunstancias normales hubieran sido fusilados sin dilación, pero el comandante del Canarias solicitó clemencia diciendo que aquellos hombres eran unos héroes y no merecían morir fusilados. Y fueron de nuevo encarcelados con vida.

Es extraño que su historia, la más intrépida y desigual de la guerra civil no haya sido contada hasta ahora. La prensa británica no se interesó por Bilbao hasta que el bloqueo se convirtió en objeto de discusión por parte de los partidos políticos británicos. Es cierto que el duelo entre el Canarias y el Nabarra no alteró el curso de la guerra. Los vascos perdieron su moneda fraccionaria, su barco-correo y un buen bou armado, y ganaron un valioso cargamento de armas.

Sin embargo no puedo evitar el pensamiento de que hay cosas en este mundo más importantes que las armas y el níquel. Por eso la entereza de cincuenta y dos pescadores vascos y un grumete, ninguno de ellos acostumbrado a la guerra no se olvidará jamás.

Sus cuerpos descansan fuera de Bermeo, la antigua villa pesquera que en 1.351 firmó un tratado con Eduardo III de Inglaterra, estableciendo el principio fundamental de la Libertad de los Mares. Reposan en la ruta de los pequeños navíos que se aventuraron hacia mares ignotos, tras construir sus pulcros caseríos a lo largo del estuario de Gernika, donde los grandes navegantes vascos del Nuevo Mundo aprendieron su profesión.

Sucumbieron según la gran tradición de los vascos: el riesgo y la libertad de los mares. En el mundo moderno, los marinos vascos vuelven a confirmar las palabras del historiador inglés Walshingham, quien escribió lo siguiente después de un combate naval entre barcos ingleses y vascos: “A causa de la rudeza de su corazón, aquellos marinos prefirieron morir antes que rendirse”.


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