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Más sobre el conflicto libio (II)

11/04/2011 01:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Seguido por Hugo Chávez, Daniel Ortega y Fidel Castro, el dictador libio afirma que el ataque que está recibiendo se explicaría por el deseo de "controlar el petróleo". Ahora bien, éste ya es explotado por la compañía estadounidense Occidental, por la británica BP y la italiana ENI. Hace algunas semanas, el Fondo Monetario Internacional (FMI) aclamaba también "el fuerte rendimiento macroeconómico de Libia y sus progresos en el fortalecimiento del papel del sector privado". Amigo de Gadafi, Ben Ali había recibido cumplidos similares en noviembre de 2008, pero servidos personalmente por el director general del FMI, Dominique Strauss-Kahn, que justamente regresaba de... Trípoli.        La antigua pátina revolucionaria y anti-imperialista de Gadafi, restaurada en Caracas y el La Habana, también había pasado inadvertida a Anthony Giddens, teórico de la "tercera vía blairista". Éste, anunciaba en 2007 que Libia se convertiría próximamente en la "Noruega del norte de África: próspera, igualitaria y preparada para el futuro". A juzgar por la ecléctiva lista de sus crédulos, ¿cómo podríamos continuar creyendo que el dirigente libio está tan loco como se afirma...?        Múltiples razones explican que los gobiernos de izquierda latinoamericanos se hayan confundido en sus cuentas. Han querido ver en él al enemigo de su enemigo (Estados Unidos), cosa que no debería haber abstado para hacer de él su amigo. Más adelante, un mediocre conocimiento del norte de África -Chávez declaró haberse informado de la situación de Túnez llamando a Gadafi...- los ha conducido a rebatir "la colosal campaña de mentiras orquestada por los medios de comunicación", dijo Castro, dado que les devolvía recuerdos personales cuya pertinencia era discutible en cada caso. "No sé por qué lo que ocurre y ha ocurrido allá -declaraba el presidente venezolano respecto a Libia- me recuerda al 11 de abril". El 11 de abril de 2002, un golpe de Estado apoyado por los medios de comunicación a golpe de informaciones manipuladas trató de derribar del poder al electo Chávez.      Y muchos otros factores conducen a errores de análisis acerca de la situación libia: una guía de lectura forjada a través de décadas de intervención armada y de dominación violenta de Estados Unidos en Latinoamérica; el hecho de que Libia ayudara a Venezuela a implantarse en África; el papel de los dos Estados en el seno de la OPEP, la gestión geopolítica de Caracas, tendiente a reequilibrar su diplomacia en el sentido de unas relaciones Sur-Sur más estrechas...      Y a esta lista todavía debe añadirse la tendencia del presidente Chávez a considerar que las relaciones de Estado a Estado de su país implican una mayor relación de proximidad personal con los otros jefes de Estado: "He sido amigo del rey Fahd de Arabia Saudí, soy amigo del rey Abdulah, que estuvo aquí en Caracas en una cumbre, y varias veces nos hemos visto. Hay mucho afecto. Amigo del emir de Qatar, del presidente de Siria, amigo que estuvo también aquí. Y amigo de Buteflika". Cuando el régimen de Gadafi emprendió la represión de su pueblo, esta amistad lo condujo demasiado lejos: "Sería un cobarde si condenara a quien ha sido amigo de Venezuela durante tanto tiempo sin saber exactamente lo que en Libia está ocurriendo". Sin embargo, el coraje hubiera consistido -en el mundo árabe, pero también en Irán, Siria y Bielorrusia- en vencer esas consideraciones. En definitiva, Chávez ha perdido la ocasión de presentar las revueltas populares del continente africano como las hermanas pequeñas de los movimientos de izquierdas latinoamericanos que bien conoce.      Más allá de este desacierto, la diplomacia representa sin lugar a dudas, en todos los países, más claramente se desvelan las imperfecciones de un ejercicio solitario del poder hecho de decisiones opacas, libres de todo control parlamentario y de toda deliberación popular. Cuando además se presume, como en el Consejo de Seguridad, de defender la democracia mediante la guerra, el contraste es forzosamente llamativo.

imageConsejo de Seguridad UN (http://www.otromundoesposible.net)

        Tras haber utilizado, no en vano, el resorte geopolítico antioccidental y el argumento progresista de defensa de los recursos naturales, el dirigente libio no ha resistido demasiado tiempo la tentación de sacar la última carta, la del enfrentamiento entre religiones. "Las grandes potencias cristianas -explicaba el pasado 20 de marzo-, han emprendodo una segunda cruzada contra los pueblos musulmanes, con el pueblo libio a la cabeza, y cuyo objetivo es hacer desaparecer el islam [del mapa]". Trece días antes, no obstante, Gadafi había comparado su obra de represión a la del gobierno de Tel Aviv contra los palestinos: "Incluso los israelíes han tenido que recurrir en Gaza a los tanques para combatir a los extremistas. Nuestro caso es similar [...] Algunos destacamentos del ejército libio han tenido que combatir a pequeños grupos de Al Qaeda". Declaraciones que no deben haber aumentado su popularidad en el mundo árabe.        Este último giro inesperado encierra almenos una virtud. Al invertirlo, recuerda la nocividad política del discurso que reproduce la temática neoconservadora de las cruzadas y los imperios. Los levantamientos árabes, dado que han unido a laicos y a religiosos -y dado que se oponen tanto a laicos como a religiosos- pueden anunciar el fin de un discurso que se proclama anti-imperialista cuando no es más que anti-occidental. Y que confunde en su odio hacia "Occidente" lo peor de éste -la política de la cañonera, el desprecio de los pueblos "indígenas", las guerras de religión- con las mejoras que ha comportado, desde la filosofía de la Ilustración hasta la seguridad social.    Tan sólo dos años después de la revolución de Irán de 1979, un pensador radical sirio, Sadiq Jalal al-Azm detallaba las características de un "orientalismo a la inversa" que, rechazando la vía del nacionalismo laico y del comunismo revolucionario, hacía un llamamiento a combatir a Occidente a través del retorno a la autenticidad religiosa.        Resumir, como ha hecho Gilber Achcar, los principales postulados de este orientalismo a la inversa permite comprender que la onda de choque generada en Túnez acaba posiblemene de sacudirlos: "El grado de emancipación de Oriente no debe ni puede medirse por el mismo rasero de valores y criterios 'occidentales', como la democracia, la laicidad y la liberación de la mujer; que el Oriente musulmán no se puede aprehender usando los instrumentos epistemológicos de las ciencias occidentales; que no existe ninguna analogía pertinente con los fenómenos occidentales; que el factor que moviliza a las masas musulmanas es cultural, es decir, religioso, y que su importancia sobrepasa a la de los factores económicos y sociales que condicionan las dinámicas políticas de Occidente; que la única vía de los países musulmanes hacia la renovación pasa por el islam; y, finalmente, que los movimientos que portan el estandarte del 'retorno al islam' no son ni reaccionarios ni regresivos como se percibe desde la visión occidental, sino al contrario, progresistas, en tanto que resisten a la dominación cultural occidental".      Dicha visión fundamentalista de la política no puede haber pronunciado su última palabra, pero se puede sentir que su pertinencia ha sido mermada  por los pueblos árabes que ya no quieren posicionarse "ni en contra de Occidente, ni a su servicio" (Alain Gresh), y que lo demuestran al apuntar tanto hacia un aliado de Estados Unidos (Egipto) como hacia uno de sus adversarios (Siria). Lejos de temer que la defensa de las libertades individuales, la libertad de conciencia, la democracia política y el sindicalismo constituyan prioridades "occidentales" maquilladas de universalimo emancipador, los pueblos árabes las hacen suyas para manifestar su rechazo al autoritarismo, las injusticias sociales, los regímenes policiales que infantilizan a sus pueblos, tanto más por cuanto que están dirigidos por vejestorios. Y todo ello, que recuerda a otros grandes estallidos revolucionarios y que día tras día consigue nuevas conquistas sociales y democráticas -costumbre que, en general, se ha perdido en otros lugares-, lo llevan a cabo con entusiasmo, en el preciso momento en el que "Occidente" parece encontrarse dividido entre su miedo a la decadencia y su cansancio ante un sistema político completamente degenerado en el que lo parejo sucede a lo idéntico, al servicio de los mismos de siempre.    Nada indica que ese entusiasmo y ese coraje árabes sigan obteniendo puntos fácilmente. Pero ya están revelándonos posibilidades inexploradas. El artículo 20 de la resolución 1973 del Consejo de Seguridad, por ejemplo, estipula que "se declara resuelto a velar por que los fondos [libios] congelados [en aplicación de una resolución precedente] sean en una etapa posterior, en cuanto sea posible, puestos a disposición del pueblo de la Jamahiriya árabe libia y utilizados en su beneficio". Entonces, es posible congelar fondos financieros y transferirlos a la ciudadanía de un país... Desde hace algunos meses, el mundo árabe nos ha recordado dos lecciones universales: los pueblos tiene el poder de constreñir a los Estados; los Estados tienen el poder de satisfacer a los pueblos.

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Autor:
Elcafedelhistoriador (71 noticias)
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elcafedelhistoriador.blogspot.com
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