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Américo Valadez
Publicada el 09-10-2011 11:11 0 6

Margarita Condenada

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En una jaula de orope, se cimbraba por la desgracia de una bella joven que amó demasiado a quien por naturaleza no debía. Siendo ella, en un instante, desengañada y condenada a los ¡más apretados infiernos!

Texto: Américo Valadez

Fotos: del Mésmo.

En una jaula de oropel - localizada en las cristalinas y resguardadas calles de una corte residencial, divisada en la región más contaminada del aire -, se cimbraba por la desgracia de una bella joven que amó demasiado a quien por naturaleza no debía. Siendo ella, en un instante, desengañada y condenada a los ¡más apretados infiernos...!

Margarita - ninfa delicada y propósito humilde este relato -, se encontraba perdidamente enamorada de su adorado Narciso - fino y bello mancebo -, el cual no correspondía a los amoríos de la sin par deidad. Ella no se explicaba el por qué de tal frialdad, e incluso se preguntaba: “¿Acaso no seré de su agrado?”

¡Tú eres el culpable de esta monstruosidad...!

Un día de verano, en el jardín de la casa - ahí, donde las rosas se cristalizan de diminutos botones en rubíes vaporosos y las margaritas extendían sus pétalos hacia la calidez del sol estival -, Margarita se encontraba deshojando a su tocaya, con la clásica copla de todo los enamorados románticos: "¡Me quiere! ¡No me quiere! ¡Me quiere...!" En ello estaba, cuando divisó a su amado Narciso, abrazado de su fiel chofer, Camilo. Margarita no daba razón de la grotesca aparición que se le presentaba, se le nubló la vista por el llanto rabioso. Todavía, con su colombroña en la mano, lanzó la pena a los cuatro vientos y con un dedo dirigido a Dios, vociferó:

- ¡Tú eres el culpable de esta monstruosidad...!

En ese momento el sol se cubrió, la tierra tembló y un rayo fulminante arremetió sobre la vocinglera Margarita, que desapareció en una nube llameante...

Ahora, el jardín está triste, las delicadas rosas lloran gotas de rocío y, en el lugar donde se vio por última vez a la bella Margarita, solo un manchón de negro carbón se encontraba como mudo testigo de su proceder. A un lado de éste, se observaba una flor que aún sostenía el único pétalo que no alcanzo a ser arrancado por la mano de la dríada. En él, decía con letras grabadas en fuego: "¡NO TE QUIERE...!" Como si hubiera sido escrito por el dedo del Señor.

¡Tú eres el culpable de esta monstruosidad...!

Con agradecimiento a Estela Rodríguez-Palafox Vargas,

por su gran ayuda.

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Autor: Américo Valadez (52 noticias)

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