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De Mao a Bolsonaro, surge en Latinoamérica un mensaje de matiz al cambio social

28/10/2018 04:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Hay candidatos despreciables que no tienen una línea horizontal en sus discursos

El Reportero del Pueblo

 

* Mao Zedong creía en la democracia popular y no en la dictadura marxista y de Rusia.

Estos discursos, emitidos desde organizaciones poderosas, permiten entender por qué y cómo los personajes más oscuros, infames y anodinos recitantes han ocupado el centro del espacio político con su consabido talento de mediocridad e ignorancia, en la película El huevo de la serpiente, ambientada en Alemania, el director sueco Ingmar Bergman profetiza la llegada del régimen nazi. Eran los años 20 y la sociedad germana estaba envuelta en un ambiente desolador, en el que germina un régimen de terror. Era un presagio atroz del arribo de Adolf Hitler al poder. Hago referencia a esta cinta a propósito de una cadena de acontecimientos sucedidos en los últimos tiempos que producen desasosiego. Y la muerte del joven cirujano, Dr. Carlos Bravo nos consterna, al igual que otros venezolanos, algo no visto por las bases comunistas de los años 70- 90 que hacían vida normal en aulas universitarias.

Hay candidatos despreciables que no tienen una línea horizontal en sus discursos y lo que buscan es mediatizar a los pobres con sus mensajes enteramente populistas. Algunas veces, se dicen cristianos para ligar a la iglesia en asuntos, totalmente despreciables.

Obviamente no solamente en Brasil, sino en otros lugares como en Bolivia, por la vía de sus cultos y misas, las iglesias evangélicas y católicas se han transformado en palestras mediáticas que a nombre de la “familia” van urdiendo un discurso ultraconservador inclusive devenido en un fundamentalismo religioso; muchas de ellas con un efecto masificador gracias a sus medios de comunicación.

Bolsonaro significa el avance del populismo de la derecha conservadora en América Latina. Ese conservadurismo que se expandió en Europa y tiene en Donald Trump en Estados Unidos su máxima expresión. En este populismo, que se asienta en un discurso conservador en lo social, está el aditamento para el surgimiento de un líder mesiánico que promete la salvación. Casi como si fuera parte de la trama de la película de Berman, ese líder (y aquí está lo preocupante) no surge del vacío, sino que se asienta en un terreno abonado por los valores más tradicionales, y no da cabida a la diferencia en cualquiera de sus aristas.

En Bolivia se reproduce este discurso con sus propios matices. La movilización de inicios de año contra el nuevo Código Penal que buscaba, entre otras cosas, frenar la legalización del aborto es una señal inequívoca del avance de las posturas conservadoras. Asimismo, en las movilizaciones ciudadanas en defensa del voto del 21 de febrero de 2016 han aparecido discursos estigmatizadores en contra de los indios (Pierre Bourdieu ya decía que en las movilizaciones de los agentes sociales se entrecruzan intereses o posturas de diverso cuño). A tal punto que Carlos Mesa, al anunciar su candidatura presidencial, con el afán de volcar electoralmente esta movilización del 21F, apeló a “ciudadanizar” y no “indianizar”; soslayando así la diversidad social boliviana.

En Venezuela, no puede haber más ignorancia en el ejercicio político. hay modalidades de corrupción que envuelven las actividades económicas, bancarias y administrativas en general. La corrupción es endémica y el hastío de la ciudadanía que es inmenso se está traduciendo en el apoyo electoral a postulantes populistas de otras simpatías, ávidos de luchar contra ese flagelo. Entretanto, la inestabilidad de las instituciones dificulta la gobernabilidad y la falta de alternabilidad en el mando supremo se explica por el temor que tienen los gobernantes de pasar de presidentes a presidiarios. La mayoría de las gobernaciones se encuentran controladas por militares.

Por otro lado, El tráfico de droga es un elemento importante de la corrupción en varios países latinoamericanos, sea como productores, transportadores o cómplices de los traficantes en la elaboración de la cocaína. La coca se produce principalmente en Colombia (146.000 hectáreas), en Perú y en Bolivia (25.000 hectáreas). El consumo tradicional de esta hoja es muy inferior a la cantidad producida y el excedente, obviamente va directamente al narcotráfico.

En su reciente cumpleaños, al presidente Evo Morales fue festejado con una tarta de harina de hojas de coca. Este producto esta en venta pública en los altiplanos andinos y aeropuertos de la serranía andina.

El fascismo, entre otras palabras, es recurrente escuchar esta voz lingüística. Hoy en día esa palabra se ha diseminado, se abusa de ella por sus obvias connotaciones emocionales, pero ha perdido pertinencia respecto al fenómeno original: el momento histórico que ocurrió en los años 30 del siglo pasado en Italia y Alemania. Por supuesto, no quiero borrar los virulentos elementos autoritarios que presenta ese movimiento, pero para comprenderlo (y combatirlo).

 Para comprenderlo en toda su complejidad es necesario superar categorías imprecisas y estereotipadas. A propósito de esta singularidad, acabo de leer una entrevista a Lamia Oualalou, investigadora franco-marroquí, quien introduce nuevas variables en la lectura de este fenómeno. Por una parte, destaca la enorme influencia del movimiento evangélico que literalmente se apoderó del Brasil y ocupó en muchos casos el lugar del Estado. Al parecer, se trata de una red con un considerable poder simbólico para diseminar categoremas sobre la sociedad, Dios y la política, por ejemplo, la “santidad” de Bolsonaro; pero este proceso también involucra un poder mediático (notable influencia en los medios de comunicación) y un poder económico pues los pastores de las iglesias evangélicas son los nuevos millonarios del Brasil.

Es decir, y esto me parece decisivo, las organizaciones evangélicas han sido una respuesta desde la sociedad a la ausencia del Estado, sobre todo en zonas periféricas de las grandes ciudades, pero también fueron una reacción conservadora a la defección política de la Iglesia Católica, dato importante si consideramos que Brasil fue el país donde se expandió la Teología de la Liberación.

Esas redes se convirtieron en un sustituto real de la comunidad y el Estado: arroparon a los pobres y les proporcionaron una certidumbre sobre el futuro. En algunos lugares, el templo se convirtió en el único espacio de sociabilización. “Lo único que existe es el templo evangélico: allí pueden cantar, hacerse de amigos, dejar a sus hijos”, dice Lamia.

Por otra parte, estas redes difundieron efectivamente una “teología de la prosperidad” que glorifica el consumo de bienes materiales y simbólicos. Paralelamente, esta narrativa se ha crispado y se ha vuelto violenta y oscura al acentuarse tropos racistas, homofóbicos, reaccionarios y misóginos. Pienso sobre todo en su fanático rechazo al aborto.  

Bolsonaro significa el avance del populismo de la derecha conservadora en América Latina. Ese conservadurismo que se expandió en Europa y tiene en Donald Trump en Estados Unidos su máxima expresión. En este populismo, que se asienta en un discurso conservador en lo social, está el aditamento para el surgimiento de un líder mesiánico que promete la salvación. Casi como si fuera parte de la trama de la película de Berman, ese líder (y aquí está lo preocupante) no surge del vacío, sino que se asienta en un terreno abonado por los valores más tradicionales, y no da cabida a la diferencia en cualquiera de sus aristas.

El ascenso político del movimiento encabezado por Jair Bolsonaro en Brasil constituye un acontecimiento político sin precedentes

Se esta viendo actos condenables, desde todo punto de vista, incluso, esta violencia que vemos en América Latina es elogiada por congregantes y militares afectos al gobierno central de cualquier país latino y centroamericano, lo que indica que estamos incubando el huevo de la serpiente en nuestra sociedad, o sea, caminamos hacia la nada, al insurgir una izquierda Falsa y neoliberal que pisotea el pensamiento del comandante Hugo Chávez Frías.

Por último, este fin de semana un periodista fue víctima de violencia verbal y de amenazas con el argumento de que se había “vendido al Evo”. Se trata de un acto condenable desde todo punto de vista. Incluso esta violencia fue elogiada por algunos parlamentarios de la oposición en las redes sociales. En todo caso, estos hechos intolerantes nos demuestran que se está incubando el huevo de la serpiente en nuestra sociedad. O sea, caminamos hacia al carajo. 

No siempre fue así, los grandes cambios revolucionarios requerían de líderes con un cargamento conceptual potente, una ideología y un proyecto que sedujera a los heterogéneos grupos sociales. En los años treinta, por ejemplo, las disputas entre nacionalistas y comunistas chinos crearon un caos hasta 1937, fecha fatal que los obligó postergar sus enfrentamientos y frenar las incursiones militares del Japón. En estos escenarios turbulentos surgió el liderazgo de un profesor rural llamado Mao Tse-tung (1893-1976), cuya influencia en el mundo sacudiría muchos dogmas supuestamente inconmovibles.

Hijo de agricultores de Hunan, en 1913 ingresó a la Escuela Normal de Changsha para seguir la carrera de profesor, con un acervo de conocimientos sobre la situación de los campesinos chinos, provocada por la revolución de 1911, que produjo el derrocamiento de la dinastía Manchú. A pesar de desconocer los textos de Marx y Lenin, en su primera etapa de formación política, su concepción del socialismo provenía de fuentes que enfatizaban la importancia de la democracia popular y de las pequeñas comunidades que él conocía desde su niñez. En los años veinte, su activismo comunista lo llevó a enfrentarse con otros líderes que consideraban reproducir la experiencia revolucionaria rusa.

Mao hacía hincapié en el apoyo de las masas populares y la importancia del cambio cultural para alcanzar las transformaciones revolucionarias. Así, estableció un soviet rural en la provincia de Kiangsi, pero fue expulsado por las fuerzas nacionalistas en 1934. Allí empezó la acción militar y política conocida como La Gran Marcha, cuya motivación heroica fue encabezada por Mao, y luego de un costo humano muy alto, pudo conducir a su Ejército popular al triunfo, imbuido de un espíritu abierto y antidogmático entre 1941 y 1945 al que llamó “movimiento de rectificación”. Dos años más tarde era el líder más importante de China. Muchos sabemos lo que ocurrió después, cuando dijo “Solo los campesinos pueden hacer la revolución”.

En Bolivia, su influencia dividió al Partido Comunista de Bolivia, prosoviético, generando la tendencia maoísta o china: el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML). Su brazo armado, la Unión de Campesinos Pobres (Ucapo), estaba encabezado por su secretario ejecutivo, conocido como Motete Medinaceli. Luego del fracaso de su grupo, devino en el Frente Revolucionario de Izquierda (FRI), que se convirtió en una empresa política dispuesta a pactar con todos, sin distinción ideológica.

 sorprende a los bolivianos que el gobierno actual se haya prestado una sigla (MAS) de la derecha falangista, y ahora el candidato del frente lo haga de una sigla de la izquierda. Es muy simple: en el escenario globalizado eso ya no importa, las ideologías no requieren etiqueta ni logotipo, estos tienen solo valor bursátil, no ideológico.

Por lo tanto, Evo Morales es un falangista, como lo son otros presidentes latinos y centroamericanos que se dicen de izquierda y, EEUU olvida su cola y se fue al Medio Oriente a buscar fuentes de energía para mover su maquinaria militar como tutor del imperialismo norteamericano.

El oficialismo está en ascuas, el presidente Evo en su último discurso advirtió: “No permitiremos que la derecha se apropie de todo lo que hemos hecho”, como si los dineros públicos fueran de un partido. Y por el otro lado, en Santa Cruz, el Dr. Urenda, representante de la vieja guardia fascista, advierte que la nueva Ley del Servicio de Salud Pública tiene por propósito quitarles sus hospitales, como si los dineros del municipio y de la Gobernación fueran suyos. Estamos fritos.

Es la misma arenga en Venezuela y se buscaba controlar Argentina.

La definición de democracia es una de las cuestiones que hace siglos genera un profundo debate. ¿Es la democracia el derecho al voto?, ¿el derecho a opinar y el derecho a hacer huelga?, ¿o es algo más que eso, como democratizar la riqueza material que produce la sociedad ante todo por el esfuerzo de quienes constituyen la base material de todas las empresas? Pregunta que a su vez da pie a otra interrogante: cuando un empleador paga un beneficio adicional a un trabajador, ¿está regalando a ese trabajador algo que no tiene justificación o merecimiento o en realidad devuelve a ese trabajador el producto de su esfuerzo?

Desde luego que los derechos al voto y a pensar libremente crean ciudadanía y vigorizan el sentido de la existencia en una sociedad. Sin embargo, qué pasa si esa sociedad se queda solo con una de las caras de la medalla, que son los derechos formales, e ignora al otro lado de la medalla: los derechos materiales, palpables, que pueden sentirse con los sentidos y, sobre todo, cuando se mete la mano en el bolsillo y se puede llevar unos panes más a la casa.

La pelea entre la concepción formal de la democracia y la concepción integral es muy antigua. Esa pugna alude a los derechos e intereses de los dos grandes sectores de la sociedad: empleadores y empleados. En este sentido, para un ciudadano de clase media alta puede ser definitorio en su vida la defensa de los resultados del 21F; pero para el obrero que no gana más de un salario mínimo por mes, un incremento real en sus ingresos puede marcar la diferencia en las expectativas de su familia en el mediano plazo.

Una democracia que no llega al nivel de los derechos materiales es una democracia fofa, sin consistencia ni contenido. Quizá como una mujer o un hombre que se visten con elegancia y buen maquillaje, pero que generan una profunda decepción cuando revelan sus verdaderos valores morales y/o intelectuales. Una democracia sin contenido es una democracia que decepciona y genera malestar social e inseguridad para los de arriba y los de abajo.

Queremos en Venezuela, un gobierno de ciudadanos y ciudadanas con un movimiento político con menos ideología y más compromiso ético, y por causas concretas por las preocupaciones de la gente de la ciudad, de los barrios más alejados de las ciudades intermedias y de los pobladores del área rural. Que verdaderamente los postulantes sean de la base del partido y no asignados a dedo.

El fascismo, entre otras palabras, es recurrente escuchar esta voz lingüística

Hay que derrocar el continuismo.


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Emiro Vera Suárez (995 noticias)
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