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Manica, 1 De Noviembre De 2010

20/05/2011 13:38 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Hoy, 1 de noviembre, he comenzado mi breve viaje por el centro y norte de Mozambique, después de 3 meses instalado en Beira. Sí, lo sé, resulta imperdonable comenzar ahora mi blog sobre Mozambique tras siglos viviendo en el país, pero es que, si sirve como justificación, me he dedicado por completo al blog-web del orfanato Lar São Jerónimo, para el que llevo colaborando todo este tiempo. El resultado lo pueden consultar en: www.larsaojeronimo.wordpress.com.

Más tarde, con el tiempo, iré retomando ese período en Beira y trasladándolo aquí. Pero bueno, no es el momento de hablar de Beira, sino de mi primera parada en el camino: Manica (segunda ciudad en importancia de la provincia central del mismo nombre).

Este viaje nace de una necesidad: renovar mi visado, pues los 3 meses de validez me caducan pasado mañana. El proceso de renovación es, creo, de lo más sencillo: llegar a la frontera con Zimbabue, cruzarla y volver a entrar. Por eso estoy aquí en Manica, la ciudad más próxima a la frontera. Mañana temprano me dirigiré a Machipanda, el pueblo fronterizo, y entraré en el enigmático, dicen, Zimbabue. Mi idea era regresar a Mozambique, al atravesar la frontera, de manera inmediata, pero lo visto hoy en Manica me ha hecho cambiar de opinión y, como mínimo, pasaré un día en el país vecino; ampliar ese tiempo dependerá de lo cómodo que me encuentre allí.

Llegada a Manica / Moncho Satoló

A Manica llegué sobre las 11 de la mañana, tras haber salido de Beira, en autobús, a las 7. El autobús, que recorre el conocido ‘ corredor de Beira’ (la vía comercial más importante entre Zimbabue, país sin acceso al mar, y Beira, uno de los puertos más importantes), me dejó en Chimoio tras tres insufribles horas, sobre todo para mis piernas, por haber tenido la mala suerte de llegar el último, justo el último, al autobús.

Por estos lares el autobús no sale hasta que se llena, da igual el tiempo que tarde. Pues imagínense cómo debería ser el último lugar libre, en un transporte, el africano, en el que la principal prioridad del dueño del vehículo nunca será la comodidad del cliente, hacerle un viaje agradable, buscar la calidad y no la cantidad; sino eso, tratar de introducir el mayor número posible de personas, aprovechar al máximo el espacio: reestructurando las hileras de asientos para que puedan añadirse dos, tres, cinco filas, con sus consecuentes nuevos pasajeros, sin importar que las rodillas de éstos lo padezcan durante todo el trayecto, y esto sin contar los asientos plegables que se añaden al imperdonable espacio libre y desaprovechado que hay en el pasillo…

Pues en esa jungla autobusera, con sacos, cajas y maletas por doquier (esta vez no me pareció ver ningún animal, aunque tampoco me fijé mucho desde mi puesto al frente), me tuve que sentar tras el copiloto, sobre dos maletas, donde plegaron un asiento salido de no sé donde. Apenas había espacio entre el asiento de delante y el mío, tampoco había espacio bajo mi trasero por las maletas, teniendo que mantener los pies alzados, a lo que hay que sumar el amigo del ‘ cobrador’ , muy simpático, que como viajaba de gorra ocupaba un lugar junto al mío, peor incluso al mío, donde nuestras piernas colisionaban al ir éste mirando hacia atrás.

Sin embargo, no crean que esta descripción es la peor imaginable, pues como se trataba de un trayecto de largo recorrido, la compasión con el viajero, aunque mínima, existe. En los trayectos cortos, en las famosas ‘ chapas’ (furgo-taxis), el caos es total. Pero bueno, dejaremos mi ‘ ensayo sobre la chapa’ para otro momento. Eso sí, no crean que estoy enfadado, qué va. Exceptuando casos extremos, que relataré en dicho ensayo, lo surreal y bizarro de la situación me han proporcionado más momentos de risa e incredulidad que otra cosa.

Pues eso, que llegué a Chimoio, ciudad más importante de la provincia de Manica, y de ahí me cogí una chapa hasta Manica ciudad, a donde llegué tras una hora de trayecto. Manica… También mi cerveza mozambiqueña favorita se llama Manica: rubia, ácida, semejante a la Heineken.

Parque en el centro de Manica / Moncho Satoló

MANICA

Manica es una ciudad pequeña, bastante. Hoy, de tanto callajearla de un lado para el otro, me preguntó un hombre desde su puesto a pie de calle si buscaba algo, si estaba perdido, pues no sabía cuántas veces me había visto pasar. La ciudad, eso sí, tiene su encanto. Situada en una colina, sus continuas calles sanfranciscanas, de subidas y bajadas, parecen prolongarla, al no ver fácilmente el final de la vía. Además, se podría decir, sorprendentemente, que la ciudad se halla limpia, exceptuando un montoncito de basura por aquí y otro por allá. Después, el trato a los edificios históricos es remarcable, en un contexto en el que, en la mayoría de los casos, la única pintura que se suele ver es la de las compañías de telefonía móvil, que cubren el país con su publicidad. Son dos colores, el amarillo (Mcell) y azul oscuro (Vodacom), los que restauran en Mozambique la ya gastada mano de pintura dada por los portugueses hace, como mínimo, 30 años. Y en Manica eran esas edificaciones de estilo portugués, sobre todo, las que mejor aspecto tenían: el ayuntamiento, el club Manica, edificios gubernamentales.

Antes, cómo no, me había instalado. Mi primera opción fue la pensión-restaurante Flamingo, pues mi guía de viajes decía que era "sencillo y correcto". Me acompañó hasta allí un taxista zimbabuano, que me hizo recuperar el inglés, al no conocer éste ni palabra de la lengua portuguesa. Eso sí, fuimos andando, pues como me imaginé que estaría al lado, me opuse a pagarle una carrera por recorrer un par de calles (los taxis en Mozambique, al tratarse de un lujo, son extremadamente caros). Yendo a pie, me dejó el reembolso a voluntad. Sin embargo, el Flamingo, aunque agradable, no era tan económico como esa ‘ sencillez’ parecía indicar. "1.100 Mt (unos 23 euros) por habitación", me dijo un anciano portugués. Y al responderle que era muy caro, me recomendó seguir calle abajo, que encontraría otro más económico. Y eso hice, y encontré la pensión São Cristóvão, también en mi guía: "Más rudimentario que los anteriores, justo para dormir". Se trataba de un edificio de apartamentos, donde cada uno de las habitaciones de esos apartamentos era una habitación (incluida la cocina, donde habían instalado una cama: el aprovechamiento del espacio). Me atendió una señora, que me dijo que había habitaciones de 600 a 800 Mt. Le pedí una de 600 y, por 12 euros, ya tenía un lugar para dormir: cama de matrimonio, terraza, puerta ‘ estilo ascensor’ (con cristal en el medio)… No necesitaba nada más.

Lo primero que hice fue dirigirme a un restaurante próximo, que había visto al pasar, y comer. Por 215 Mt (4.50 euros) me tomé una deliciosa mitad de pollo a la brasa con patatas fritas y una cerveza. Un almuerzo sólo ‘ interrumpido’ por un pequeño Lazarillo de Tormes y el ciego anciano al que ayudaba, que entraron a pedir limosna. Ese plato ya no sabía igual tras ver que ese niño, más que pedir dinero, lo que hizo fue admirar mi plato, en toda su grandeza y, después, marcharse. Lo siguió admirando incluso inmediatamente después, al pasar frente a la ventana. No sabe igual, aun entregando una moneda. Manica, ciudad plagada de lazarillos, niños de la calle, ancianos, mendigos – alcohólicos… Sin embargo, aunque pueda parecer todo lo contrario, eso no da a la ciudad un aspecto decadente, sino que se han adaptado tan bien a la misma que parecen algo normal, como las farolas o los árboles. En una ocasión, mientras tomaba una coca-cola en un bar, entraron, contados, 3 lazarillos y 2 borrachos – mendigos a pedir. Me pregunté, más que como la gente local podía soportarlo, cómo ellos se podían sacar alguna moneda ante una población que debería estar más que inmunizada frente a ellos. Pero claro, luego me di cuenta que nos hallamos en Manica, ciudad fronteriza, de paso, donde la gente nunca es la misma.

La iglesia y su sorpresa / Moncho Satoló

En todo mi paseo, lo que más me impresionó fue la visita a una iglesia, iglesia que ya había descubierto al llegar, pues se encuentra situada en un alto presidiendo la ciudad. Pregunté al guardia de seguridad de un banco cómo llegar, sobre todo, para ver si me daba vía libre o me recomendaba no ir, por encontrarse en una zona deprimida. Me dio las indicaciones, sin más, lo que era una buena señal, con un "siga recto y gire a la izquierda". Me parecieron un poco escuetas las señalizaciones, mas a los poco metros comprendí que no, pues girando a la izquierda, como me había dicho, se distinguía un camino zigzagueante que descendía, hasta llegar a un arco y unas escaleras, que marcaba el inicio de un pronunciado ascenso hasta la cima, donde se encontraba la iglesia.

Hacia a la iglesia / Moncho Satoló

A ambos lados de las escaleras se describía, en pequeñas construcciones en forma de santuario, la vida de Jesús, desde su nacimiento hasta la resurrección… Un Jesús negro. Me impactó sobre todo una de las pinturas, en la que se describía a Jesús, portando la cruz, mientras padecía los latigazos de los romanos. Aunque todos negros, maltratado y maltratadores, me pareció más una imagen de la época colonialo o del sur estadounidense, mostrando en toda su crudeza la esclavitud.

Latigazos / Moncho Satoló

En la cima, al concluir las escaleras, un montón de niños. Me pareció, al verlos, que se trataba de una excursión y que venían a ver la iglesia, de estilo portugués. Un hombre, trajeado (mas un traje de mala calidad, barato, de otro tiempo), se me acercó. Habló en inglés. Le dije que no se preocupara, que hablaba el portugués (para mucha gente aquí todo blanco habla inglés), pero entonces fue él el que me dijo que desconocía el portugués, que era zimbabuano. "Al igual que todos estos niños, soy su profesor", me contó. Iluso de mí, pensé que estaba confirmando mi teoría, que como yo de niño cuando iba de excursión con el colegio a Portugal, ellos estaban haciendo lo propio en Mozambique. Luego prosiguió: "Estábamos en clase, ¿quieres conocer nuestra escuela?". Le seguí, pensando no haberle comprendido bien.

Nueva vida para una iglesia abandonada / Moncho Satoló

Entramos por la puerta de la sacristía. De golpe, me encontré con el púlpito lleno de libros y a una mujer explicando algo a unos críos que se hallaban a su alrededor. En las paredes de la iglesia, totalmente abandonada, lecciones a recordar escritas en cartulina. Los bancos los estaban recogiendo "para evitar los robos nocturnos", me informó el profesor. Las vidrieras, hechas añicos, iluminaban los encerados repletos de letras. El profesor me llevó a la zona del coro, subimos. La escalera, de madera, parecía que se fuera a desplomar en cualquier momento: "Aquí tenemos otra aula", comentó. Y en el trastero, junto al coro, otra.

Desde lo alto, el aspecto proporcionaba una imagen renovada de lo que hasta entonces había visto en una iglesia. De ancianos creyentes de fe, se había pasado a decenas de jóvenes ansiosos de ciencia y letras. Del silencio y el respeto, a las risas de unos críos que debían estudiar allí, porque, como explicó el profesor: "Se trata de hijos de emigrantes zimbabuanos. Como sólo hablan inglés, no pueden estudiar en las escuelas mozambiqueñas y, como estamos en Mozambique, el Gobierno de Zimbabue dice que no nos ayuda, que regresemos a nuestro país si queremos recibirla. Por eso estamos aquí. El lugar nos lo ha prestado la Iglesia Católica. Sin embargo, no recibimos ayuda de nadie, los profesores somos voluntarios, y vivimos de donaciones, con lo que difícilmente obtenemos lo necesario para poder dar las aulas con normalidad".

Desde las alturas / Moncho Satoló

Salimos de la iglesia y me pide que lo siga, que desea enseñarme donde duerme, en una habitación alquilada justo al lado. "El alquiler me lo pagan los religiosos", dice. Para dormir, dos cartones: "No tengo dinero para un colchón", explica. Los niños entran y salen del cuarto, donde van colocando los bolígrafos, libros, y algunos bancos. La habitación va pasando de pequeña a ínfima con tanto trasto dentro.

El profesor y su cama de cartón / Moncho Satoló

Regresamos a la iglesia. Allí los niños se encuentran muy excitados con las fotos, más aún cuando les muestro su imagen en la pantallita de la cámara. El profesor pone orden y les pide que canten una canción para mí. Después, habla con ellos, en una mezcla de inglés y lengua local zimbabuense, explicándoles que no se confundan, que yo no soy la persona a la que estaban esperando (alguien que iba a presenciar las condiciones en las que están) y que ésta llegaría mañana.

Nos despedimos. En mi descenso por las escaleras sigo sacando algunas fotos, que los enloquece de alegría una vez más. Unos pocos me acompañan. Pregunto al más espabilado, que va al frente, cuánto tiempo lleva en el país y cómo no había aún aprendido portugués. Llevaba poco, un año. Me explica que su padre es mozambiqueño y su madre zimbabuana. "¿Y no hablas con tu padre en portugués?", le pregunto. "No, el murió", responde. Ah, vale, y seguimos hablando.


Sobre esta noticia

Autor:
Satolo (10 noticias)
Fuente:
satolo.wordpress.com
Visitas:
2023
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Distribución gratuita
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