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Madre Euskal Herria

08/02/2010 04:02 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Siendo yo pequeño, mi madre fue a hablar con un tipo que entonces tendría treinta y pico años. Aquel tipo vivía en la misma calle que nosotros, en un barrio obrero llamado Ollargan, muy cerca de Bilbao. Era un barrio conformado casi en su totalidad por trabajadores que llegaron a mediados del siglo XX de todos los rincones de España en busca de industria y provenir. Un barrio de chabolas que, gracias a una iniciativa cooperativista, acabó convirtiéndose en una agradable zona residencial de clase media.

Aquel tipo con el que habló mi madre allá por mediados de los ochenta era de Herri Batasuna. Ella, según supe mucho después, se dirigió a él de malos modos. Le dijo que no se me acercara jamás, que no me hablara, que no me mirase siquiera si me cruzaba con él por la calle. La misión de aquel individuo, todo el barrio lo sabía, era "reclutar" a críos y convencerles de que vivíamos una opresión fascista. Que España no nos dejaba respirar y que era necesario derramar la sangre (de otros) por Euskal Herria. Muchos chavales de mi generación, hijos como yo de la inmigración castellana o gallega, fueron reclutados. Es el motivo por el que, a día de hoy, caen tantos etarras maketos, etarras Sánchez y etarras López.

Descubrí esto cuando, paseando con mi madre hace unos años, me señaló a un tipo. Yo le conocía de vista porque es alcohólico, siempre sucio, casi un mendigo, y acostumbraba a transitar los bares del Casco Viejo desde primera hora de la mañana. Era el mismo hombre al que mi madre, veinte años antes, había exigido que se alejara de mí.

Hace unos días detuvieron a una etarra con perfil en Facebook que, ni corta ni perezosa, actualizaba su estado desde la clandestinidad. También detuvieron a un etarra que daba los avisos de bomba desde su móvil personal, y a uno que se ganaba la vida vendiendo cocaína y hachís. Y no me cuesta nada imaginar el momento en que, siendo niños, fueron reclutados. El momento en que alguien les prometió un sentido a sus vidas, la frase que les convenció de que tener un enemigo era la única forma de salir del barrio.

Quizás ahora, entre rejas, maten el tiempo buscando el momento en que todo empezó a irse a la mierda. Y descubrirán que fue un día, siendo muy pequeños, cuando un señor del barrio les invitó a una Coca-Cola.


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Reportaje
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