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Los signos de los tiempos

22/05/2011 01:12
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La derecha española siempre ha sido alérgica a los movimientos sociales; los ha percibido como un germen de desorden social, una fuente de irracionalidad imponderable. De hecho, su querencia hacia las manifestaciones públicas es exigua, reducida a gestos aislados como la condena del terrorismo o la repulsa a la ley de familias homosexuales. No es de extrañar que el movimiento 15-M les suene a confabulación izquierdista. La derecha concibe la sociedad civil como una mera expresión de intereses particulares (esencialmente económicos) y nunca como el pueblo soberano, plural y libre, que define la Constitución. A los ojos de Esperanza Aguirre y muchos de sus correligionarios, las manifestaciones populares en la Plaza del Sol no pasan de ser un aturdidor despropósito, una cortina de humo, auspiciada por jipis, ninis y demás tribus de extrarradio ideológico. Cuanto antes se disipe, mejor. La política la hacen los políticos profesionales. La aportación del pueblo a la democracia debe reducirse a votar cada cuatro años y punto; es inconcebible que el pueblo pueda tener iniciativa y voz más allá de los cauces de representatividad institucional. Esta es la biblia del conservadurismo español. El nacimiento azaroso de un movimiento ciudadano de indignación hacia la clase política es para la derecha del pepé un exabrupto anecdótico, una venial riña de patio de colegio. No lo toman en serio porque para ellos es una peregrina expresión de subjetividad, ajena al juego político, inocua, humo mediático condenado a la extinción. Solo les interesa subrayar su presencia en la medida que les sirva como argumento que debilite la confianza del electorado hacia el pesoe.

Por su parte, el pesoe asume que el movimiento 15-M es un síntoma explícito de su incapacidad de hacer llegar a su electorado un proyecto político motivante y eficaz, agravado aún más por una crisis coyuntural de la que aún estamos en fase de maduración. Por esta razón, muchos dirigentes del pesoe han decidido adoptar una sabia actitud de escucha y mea culpa. Los progresistas han defendido desde el nacimiento de nuestra democracia su apoyo ideológico a la causa de los grandes movimientos sociales, pero el movimiento 15-M ha puesto de manifiesto un evidente debilitamiento de su capacidad de empatía con los problemas reales de la ciudadanía. Este hecho va a exigir tras los comicios del 22 de mayo una seria reflexión por parte de la izquierda española acerca de la forma de acercarse a los ciudadanos, o bien abrir nuevos canales de comunicación con esta ciudadanía emergente, activa tanto en la red como en la calle, disconforme, insatisfecha, a la espera de que la clase politica mueva pieza.

Esta nueva ciudadanía se siente atrapada por un bipartidismo solipsista, entre el autismo insensible de una derecha agazapada en la estrategia del desgaste y la autocomplacencia, y el distanciamiento de una izquierda que no sabe cómo transmitir seguridad y confianza en lo económico. No sería extraño que este movimiento recién nacido condujera a que la ciudadanía buscara nuevas vías de participación política a través de partidos minoritarios, pasividad ante las urnas, votos en blanco o un mayor refuerzo de su activismo vindicativo en calles y redes sociales en las próximas primarias. De cualquier modo, buena parte del electorado demanda cambios urgentes en la forma de hacer política y nuevas vías de relación con sus gobernantes que tengan en cuenta la opinión de los ciudadanos más allá del protocolo cuatrienal.

Escuchar los signos de los tiempos debería estar en la agenda de todos los partidos políticos a partir del 23 de mayo, independientemente de los resultados. De lo contrario, no solo estarían haciendo un flaco favor a la democracia, obviando las demandas del pueblo soberano, sino que también tirarían a largo plazo piedras sobre su propio tejado.

Ramón Besonías Román

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