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Los niños raros

04/05/2014 15:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

imageLos 80. Foto de familia.

Me cuenta un viejo amigo que en dos semanas se va a celebrar una comida de antiguos compañeros del colegio. Adjunta lista por Whatsapp. Los del 79, se titula, que es el año en que nacimos casi todos. Solo varones, porque aquel colegio nuestro abogaba por la segregación genital y por pedir perdón al papá de Jesús una vez por semana.

Mi viejo amigo, que estudió ingeniería y ahora es profesor de yoga (qué cosas tiene la vida a veces), me dice que será divertido comparar los distintos niveles de degradación física de cada uno de nosotros. No lo dice así, claro, pero lo dice. Y no me parece mala idea, sobre todo porque yo tengo pelo y estoy, por tanto, en una posición privilegiada de cara a la comparación capilar.

Es entonces, mientras pondero si acudir o no al condumio generacional, cuando me topo con una cita del polifacético John Waters que Jot Down cuelga en Twitter. Dice así:

"Tenemos que hacer que los libros vuelvan a molar. Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles" (John Waters).? Jot Down Magazine (@JotDownSpain) abril 23, 2014

Como la mente humana es un gran misterio, mis neuronas chisporrotean enlazando la comida y la cita de Waters. Y recuerdo que, en el colegio y en el instituto, los libros, en efecto, molaban nada. Aquellos objetos eran, de hecho, cosa de maricas. De empollones y marginados. De niños raros.

Yo fui un niño raro. Afortunadamente, no era el único en el colegio; seríamos unos diez (entre miles), y el instinto de supervivencia nos juntaba en los recreos. Allí cada cual tenía su trauma. Recuerdo con especial cariño a un chaval, hijo de una prostituta y un cliente desconocido, que se ponía como loco cuando alguien le llamaba hijoputa. Hay gente que, ya de partida, lo tiene difícil de cojones.

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No era nada fácil ser un niño raro en una ciudad industrial de provincias. Los padres sin mucha cultura, que en mi contexto eran casi todos, te miraban con una cierta extrañeza, como si un libro fuese un tutú o un urogallo. Como si leer fuese una depravación que no augurase nada bueno. Como si la cultura fuese contra la infancia o contra la felicidad.

No pasa una navidad sin que mi madre recuerde que una psicóloga del colegio la llamó para hacerle saber que su hijo era un bicho raro. Que hablaba poco, casi siempre consigo mismo, y que miraba los balones con una mezcla de pánico y asco. Que no era el único, por supuesto, pero no por ello dejaba de ser preocupante.

Hoy, algunos de mis amigos son profesores o padres o ambas cosas. Lo curioso del asunto es que, aunque casi todos tienen más cultura que sus progenitores, el miedo a los niños raros permanece. Muchos se acojonan cuando les sale un hijo introspectivo o empollón. Colapsan al descubrir que la criatura no les juega al fútbol o que, a pesar de ser varón, insiste en llevar las uñas pintadas de colorines. No entienden en qué coño piensan cuando se sientan ahí a dibujar durante horas, disfrutando en silencio.

No se enteran esos nuevos padres de que lo realmente triste es que te salga uno de esos aburridísimos niños normales. Porque no hay nada más bonito que la rareza. Los raros lo sabemos bien.

Feliz día del libro.


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mimesacojea.com
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Reportaje
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