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Los inventores de enfermedades

29/05/2009 06:43 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Las empresas farmacéuticas transnacionales juegan con la salud y el futuro de la humanidad. Liberan virus y luego crean y lanzan al mercado medicamentos antivirales que ya son mercancías en el comercio internacional

Provocan guerras sangrientas y muestran cómo se destruyen sin reparo y sin recato vidas inocentes y ambientes naturales. Sustentadas en el capitalismo “salvaje” y en la economía global están ahí muy activas las empresas transnacionales y nos convierten en sus consumidores y clientes cautivos. Inventan armas mortales y lucran con su tráfico, algunas, en tanto que otras se dedican -como algunos bancos multinacionales- al lavado de dinero y al crédito leonino. Estas sociedades son auténticos imperios más fuertes que los países pobres y subdesarrollados, como el nuestro. Gozan de influencia, nos dicen qué hacer, nos llevan a vivir más allá de nuestras posibilidades económicas, los bancos son capaces de controlarlo todo. Asimismo, hay otras transnacionales dedicadas a la investigación biotecnológica, las cuales no son totalmente ajenas a los “accidentes en laboratorio” donde se juega con el futuro de la humanidad. A causa de ellas se han liberado virus y luego medicamentos antivirales que ya son mercancías y objetos del comercio internacional, ¡qué contradicción!, en esas actividades no importa la ética profesional o comercial sino la búsqueda insaciable de superganancias. Lo fundamental es vender y si es caro, mejor.

Algunas empresas transnacionales alimentan impunemente -cuando les conviene- el caos, el desorden y la corrupción en el mundo. Como resultado, hay miedo, más temores, más desequilibrios mentales en las grandes ciudades, lo que ocasiona más violencia urbana. Son los signos inequívocos que describen a un mundo en decadencia.

Los individuos y las comunidades estamos maniatados y sujetos no solamente al sistema de Estado sino también a esos poderes fácticos, paradójicamente más poderosos que algunos estados nacionales.

En las crisis recurrentes de todo tipo, los individuos nos identificamos unos con otros porque estamos atados por un condicionamiento de tipo cultural, quiérase o no, el cual se inició con esa visión del mundo, parcial y esquemática, que nos inculcan en cadena las transnacionales a través de los medios masivos de comunicación social, nuestros ascendientes, maestros y la misma sociedad. Tal manera de ver las cosas ha sido llamada “hipnosis de condicionamiento social”: una ficción inducida, recreada y probada mil veces con éxito en otras latitudes y regiones del mundo, y en la que involuntariamente todos participamos ahora de manera colectiva en México.

Cuando pensamos acerca del mundo occidental y las cosas que nos rodean y en lo que creemos saber, no nos detenemos a meditar que la mayor parte de nuestras ideas y creencias, incluso el miedo inducido por la televisión y el cine hollywoodense, no son fruto de nuestra experiencia personal directa sino que han sido implantadas en nuestra mente desde el exterior y, en consecuencia, no tienen por qué ser del todo confiables. Son ideas que han sido inyectadas por diversa vía en nuestro cerebro por las fuerzas fácticas dominantes. Nos dicen que las cosas son sí porque así dicen todos que lo son y siempre lo han sido.

De todo lo anterior no tienen la culpa nuestros educadores, médicos, sacerdotes y ministros religiosos, ni siquiera la mayoría de nuestros políticos gobernantes, pues ellos se encuentran igualmente influenciados, ya que les contaron las mismas fábulas, los mismos “cuentos” y los sedujeron con las mismas historias.

Lo más significativo y relevante, para el caso que nos ocupa y preocupa, es esta visión del mundo basada en un paradigma globalizador, nada esperanzador, impuesto “desde afuera” por poderes fácticos, como son los monopolios y empresas transnacionales. Este paradigma nos ha modelado a los mexicanos a semejanza de los norteamericanos, para no ir tan lejos. Sin importar condición económica y social, nos ha enseñado a comer, vestir, comportarnos y disfrutar de la vida como “gringos”, es decir, a aceptar numerosos supuestos de la “democracia occidental” y productos de la vida cotidiana sin cuestionarlos. Como consecuencia, en materia de salud, por ejemplo, hay cada vez más mexicanos con sobrepeso y obesidad, enfermos del corazón y millones de diabéticos, la razón: hay y seguirá habiendo disponible en el mercado nacional demasiada comida chatarra, refrescos embotellados bastante azucarados y miles de toneladas de grasa saturada en artículos comestibles que predominan ahora en la dieta diaria de los mexicanos. Recuérdese, lo importante para ellos es vender y competir, así es el modelo impuesto desde el exterior, no importa si los consumidores nos enfermamos. Pero el sector salud no se da por enterado de lo que sucede, sólo se queja de vez en cuando de los problemas para surtir medicina cara a más millones de diabéticos. Lo cual hará crisis en pocos años ya que no alcanzará el presupuesto público federal para surtir tales medicamentos a los derechohabientes.

También se multiplican exponencialmente los adictos al alcohol, al tabaco y a las drogas sintéticas. Hay en paralelo cada vez mayor ignorancia y una desastrosa educación pública (el “desastre silencioso”, según Gilberto Guevara Niebla), una economía en picada, más desempleados en las calles, más simulación en la estructura burocrática de las instituciones y en los cuerpos policiacos, acompañada de corrupción e impunidad, no obstante el “sistema democrático” bastante oneroso que tenemos en México.

La mayoría nos guiamos por invenciones, ideas, costumbres y creencias originalmente ajenas a nuestro modo de vida y que hemos convertido con el tiempo en reglas propias. Algunos lo llaman “disciplina social”, otros “condicionamiento social”, pero es lo mismo.

Se ha dicho acertadamente que quien controle los medios de comunicación social en el país determinará nuestro destino común, nuestro futuro. Por ello con relativa frecuencia a los mexicanos se nos trata como meros consumidores, no como ciudadanos en formación. Se nos trata como hombres y mujeres sin conciencia, fáciles de dirigir o conducir, a los que hay mucho que vender pero nada o poco que informar con la verdad y formar como verdaderos ciudadanos responsables.

Los críticos afirman que la educación política de los mexicanos está en manos de la televisión comercial en lugar de los partidos políticos. Esto representa serios problemas para la democracia mexicana. En lugar de disfrutar de una democracia directa, sin distorsiones y obstáculos, el pueblo está dirigido a conveniencia por los medios de comunicación, especialmente la televisión comercial, y por algunos personajes de la política nacional. Por ejemplo, no se nos informa con la verdad acerca de lo que hay detrás de la industria químico-farmacéutica de los países desarrollados.

La mayoría de los ciudadanos mexicanos ignora que a menudo las grandes compañías de ese sector, sobre todo las farmacéuticas con filiales aquí, pagan a médicos mexicanos para que trabajen como sus promotores-vendedores desde sus consultorios y, por supuesto, para que apoyen el lanzamiento de sus nuevos productos. Se ha llegado a calcular que el sector farmacéutico europeo gasta cada año entre ocho mil y trece mil euros por médico en marketing y regalos personales. Además, esas empresas transnacionales entregan generosas y abultadas donaciones a los partidos políticos en épocas de elecciones.

La industria farmacéutica se ha ganado a pulso su actual mala fama en el mundo con sus aberrantes prácticas mercantiles, que muestran hasta qué punto parece interesarles más mantener el negocio lucrativo que contribuir a la salud de los consumidores de sus productos.

Para mantener el negocio internacional exitoso y en vertical crecimiento, las empresas farmacéuticas trasnacionales se enfrentan al reto de tratar cada vez a más personas, estén o no estén enfermas, así es la mercadotecnia moderna, porque lo que importa es vender más y obtener superganancias en el frío, competido y despiadado sistema capitalista. Es por lo anterior, que surgen enfermedades nuevas con una rapidez asombrosa: al terminar la Segunda Guerra Mundial, había veintiséis enfermedades mentales, hoy hay casi cuatrocientas.

Jörg Blech, periodista alemán redactor de Der Spiegel, denuncia este mega-negocio a costa de la salud humana en un interesante artículo: “Los inventores de enfermedades”, donde revisa diversas dolencias o achaques de moda -y de dudosa existencia- como la fobia social, una supuesta forma patológica de timidez que le permitió a la empresa farmacéutica suiza Roche poner en circulación en el mercado su antidepresivo Aurorix. O el llamado síndrome de Sissí, una extraña depresión que se manifiesta en personas activas, y que se dio a conocer en el año 1998 y de la que sólo en Alemania existen hoy aproximadamente tres millones de personas en tratamiento. O el trastorno por déficit de atención con hiperactividad, para el cual la empresa Novartis tenía una pastilla disponible: Ritalin, lista para el mercado desde el año 2002, con ella se trata hoy a más de cinco millones de niños estadounidenses.

Una de las últimas enfermedades “descubiertas” por los médicos es el síndrome pos-vacacional, una presunta depresión que “ya padecemos los mexicanos” y se supone afecta a infantes y adultos cuando terminan su período de vacaciones prolongadas y se enfrentan de nuevo al trabajo o a la escuela, sólo recuérdese la pasada suspensión de labores en oficinas públicas, escuelas y negocios ocasionada por la emergencia sanitaria a causa del brote epidémico del virus de la influenza humana A H1N1. Para solucionarlo, los médicos inducen la compra de pastillas adecuadas para aminorar los “terribles efectos” provocados por la supuesta “enfermedad”.

Paul H. Koch, autor del libro La historia oculta del mundo (editorial Planeta 2008), cita un estudio de Consumers International, una organización que agrupa a 230 asociaciones de consumidores de 113 países. Ahí se demuestran cuatro verdades: primera, que las compañías farmacéuticas hacen gala de una escasa transparencia al informar sobre aspectos clave de su política de responsabilidad social corporativa; segunda, que las nuevas técnicas de mercadotecnia no favorecen un uso racional de los fármacos por parte de los consumidores; tercera, que el mecanismo de autorregulación de la industria es bastante frágil o inexistente según los casos; cuarta, que las compañías tienen una relación “poco clara” con los investigadores médicos. Estas son conclusiones similares a las que había llegado un informe de la organización Health Action International ocho años antes. Nos preguntamos, ¿La pandemia ocasionada por el virus de la influenza A H1N1 fue diseñada como negocio internacional exitoso?, la respuesta la encontraremos en indagar quién o quiénes son los principales beneficiarios con la crisis epidémica desatada en todo el mundo, y el dedo acusatorio apunta a las empresas farmacéuticas: la suiza Roche y la inglesa Glaxo que comercializan, respectivamente, los medicamentos Tamiflu y Ralenza, cuyas ventas ascienden ya a miles de millones de dólares. Además, en algunos meses se liberará la vacuna y se supone que su precio comercial no será bajo.

En México y en el resto de los países pobres y subdesarrollados, por desgracia, seguirá haciendo más daño el virus de la ignorancia que cualquier enfermedad o epidemia.


Sobre esta noticia

Autor:
Richard Mimiaga (1 noticias)
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Reportaje
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