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Los días de oro

23/06/2011 16:53 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Ella dijo, Tengo frío. Dijo, No lo entiendo, la estufa está al máximo y estoy helada. Él dejó el libro en la mesilla y se recostó en el sofá, tras ella, pegado a su espalda. La abrazó por la cadera y cogió una de sus manos, la estrechó a la altura de su vientre, y allí las dejaron. Ella estaba tiritando. Él buscó besar su rostro poco a poco. Primero el pelo, la oreja después, la mejilla, y finalmente sus labios: Cariño, susurró. Dime, respondió ella. Y él se retiró muy lentamente y se quedó en su oreja. Empezó a susurrarle palabras al oído, palabras tan bajito que sólo ella podía escucharlas. Ni siquiera él. Él las sabía porque las estaba diciendo, se las estaba sacando de dentro, y hacía tanto tiempo que las llevaba allí, dándoles forma, mimándolas, haciéndolas crecer y hacerse verdad, que no necesitaba siquiera pensar que estaba hablando. Sus palabras discurrián lánguidas, como un sereno riachuelo de montaña, desde el pozo de su corazón hasta el oído de ella, y después desde allá en cascada, a las simas profundas y sordas de su corazón. Y así siguieron durante horas, las horas de una noche larguísima. En el sofá, estirados uno detrás del otro, abrazados, tiritando los dos a pesar de la estufa eléctrica, que hacía, mal que bien, las veces de una chimenea que nunca tendrían. Se susurraron palabras de amor y palabras de futuro. Y se besaron tantas veces y con un ademán tan tierno, que hasta el tiempo quiso detenerse unos segundos, por ver si era cierto que eso podía ser. Y lo era. Lo fue. El tiempo se marchó y las horas siguieron cayendo. El alba, el sol, el día, el futuro mañana, con todo, no acabaron de llegar. Era noche cerrada y hacía frío. Y ellos siguieron así, abrazados, alimentándose de aquello tan fuerte que los unía y los hacía uno; y construyendo juntos, risueños, fantasías de futuro cimentadas en susurros cómplices y promesas dulces y desayunos dominicales en la cama: café, tostadas, mantequilla, el periódico... Y así permanecieron nunca sabremos durante cuántas horas o días. Hasta que ella dijo, Sigo teniendo frío, cariño, no lo entiendo... Y él le dijo, Lo sé, mi vida... Lo sé. Y la abrazó fuerte. Le apretó la mano sobre el vientre. Se buscaron los labios nuevamente y nuevamente se besaron. Y ésa fue la última noche de la Tierra.


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Autor:
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Fuente:
diariosoluble.blogspot.com
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Tipo:
Reportaje
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