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Literatura y sociedad

06/01/2013 21:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La especialización conduce a la incomunicación social, al encamillamiento del conjunto de seres humanos en asentamientos o guetos culturales

Europa  Press

Vivimos en una época de especialización del conocimiento, debido al admirable, o prodigioso más bien, desarrollo de la ciencia y la técnica, y a su fragmentación en innumerables avenidas y compartimiento, sesgo de la cultura que sólo puede acentuarse en loa años venideros. No falta quien alerta que la especialización trae muchos beneficios, pues permite profundizar en la exploración y la experimentación, y es el motor del progreso. Pero tienen también como consecuencia negativa, el ir eliminando esos dominadores comunes de la cultura gracias a los cuales los hombres y las mujeres pueden coexistir, comunicarse y sentirse de alguna manera solidarios.

La especialización conduce a la incomunicación social, a la parcelaci ó n del conjunto de seres humanos en asentamientos o guetos culturales de técnicos y especialistas a los que un lenguaje, unos códigos y una información progresivamente sectorizada y parcial, confinan en particularismo contra el que nos alertaba los viejos sabios: no olvidarse de que la rama forma parte del árbol y éste del bosque. De tener conciencia cabal del bosque depende en buena medida el sentimiento de pertenencia que mantiene unido al todo social y le impide desintegrarse en una miríada de particularismos solipsistas. Y el solipsismo, de pueblos o individuos, produce paranoias y delirios, esas desfiguraciones de la realidad que a menudo generan el odio, las guerras y los genocidios. Ciencia y técnica ya no pueden cumplir aquella función integradora en nuestro tiempo, precisamente por la infinita riqueza de conocimientos y la rapidez de su evolución que ha llevado a la especialización y al uso de vocabularios herméticos.

La literatura ―apunta Mario Vargas Llosa, ese espléndido escritor peruano, que lo mismo da cuenta de las injusticias de los pueblos latinoamericanos, que de los instintos recónditos del ser humano, que de una historia de amor, que de la naturaleza del hombre en su estado más puro, que del sacrificio individual a favor del bien social, que del gozo en todas sus manifestaciones como una experiencia suprema―, dice que la literatura, en cambio, en contraste de la ciencia y de la técnica, es, ha sido y seguirá siendo, mientras exista, la columna vertebral y común de la experiencia humana, gracias al cual los seres vivientes se reconocen, dialogan, no importa cuán distintas sean sus ocupaciones y designios vitales, las geografías y las circunstancias en que se hallen, e, incluso, los tiempos históricos que señalen su horizonte. Los lectores de Cervantes, de Shakespeare o de Tolstoi, nos entendemos y nos sentimos miembros de la misma especie porque, en las obras que ellos crearon, aprendimos aquello que compartimos como seres humanos, lo que permanece en todos nosotros por debajo del amplio abanico de diferencias que nos separan. Y nada defiende mejor al ser viviente de la sandez de los prejuicios, del racismo, de la xenofobia, de las cegueras aldeanas, del fanatismo religioso o político, o de los patriotismos excluyentes, como esta comprobación incesante que aparece siempre en la gran literatura: la paridad esencial de los hombres y mujeres de todas las cartografías y la sinrazón que es establecer entre ellos formas de segregación, contención o explotación.

Leer buena literatura es divertirse, sí; pero también aprender, de esa manera directa e intensa que es la experiencia vivida a través de las ficciones, qué y cómo somos, en nuestra integridad humana, con nuestros actos y sueños y fantasmas, a solas y en el entramado de relaciones que nos vinculan a los otros, en nuestra presencia pública y en el secreto de nuestra conciencia, esa complejísima suma de verdades contradictorias de que está hecha las condición humana. Ese conocimiento integrador sólo se encuentra en la literatura. Ni siquiera las otras disciplinas de las humanidades han podido preservar esa visión integradora y un discurso practicable al invitado porque han sido tentados por la división y subdivisión del conocimiento, han sucumbido también al mandato de la especialización, a aislarse en zonas cada vez más segmentadas y técnicas, cuyas ideas y lenguajes están fuera del alcance del hombre común.

Toda buena literatura es un cuestionamiento radical del mundo en que vivimos

Uno de los bienes directos de la literatura está en el lenguaje. Un grupo sin escritos de ficción se expresa con menos puntualidad que otra que otra cuya principal herramienta de comunicación ha sido integrada y perfeccionada gracias a la literatura. Si un hombre no lee o lee basura, puede hablar mucho pero dirá siempre pocas cosas. Y no es sólo una limitación verbal, sino asimismo como una limitación intelectual y de horizonte imaginario, una indigencia de conocimientos y pensamientos, porque las ideas, los conceptos, mediante los cuales nos apropiamos de la realidad existente y de los secretos de nuestra condición, no existen disociados de las palabras a través de las cuales los reconoce y define la conciencia. “Los conocimientos que nos transmiten los manuales científicos y los tratados técnicos son fundamentales, pero ellos no nos enseñan a dominar las palabras y a expresarnos con propiedad; al contrario a veces están mal escritos y delatan confusión lingüística, porque sus autores, a veces indiscutibles eminencias en su profesión, son literariamente incultos y no saben servirse del lenguaje para comunicar los tesoros conceptuales de los cuales son poseedores”.

Una razón más para darle a la literatura un primer plano es el espíritu crítico, motor del cambio histórico y el mejor patrocinador de la libertad con que cuentan los pueblos. Toda buena literatura es un cuestionamiento radical del mundo en que vivimos. En todo gran texto de ficción e incluso sin el propósito explícito del escritor, alienta una predisposición insurrecta. No en balde las dictaduras aplican la mordaza a las conciencias críticas y la historia está teñida de sangre de escritores que han visto en los pueblos a hombres de apetitos insaciables y excesos descomunales. Describir que la tortura y la violencia no le es ajena al hombre, que se agazapan para coartar la libertad del otro y que aguardan para imponer su ley ha sido parte esencial de la literatura.

Nuevamente Vargas Llosa dice que el formidable desarrollo de los medios audiovisuales en nuestra época, que, por un lado, han revolucionado las comunicaciones haciéndonos copartícipes de la actualidad y, por otro, monopolizan cada vez más el tiempo que los seres vivientes dedican al ocio y a la diversión arrebatándoselo a la lectura, permite concebir, como un posible escenario histórico del futuro mediato, una sociedad modernísima, erizada de ordenadores, pantallas y parlantes, y sin libros, o mejor dicho, en la que los libros habrían pasado a ser una curiosidad anacrónica, practicada en la catacumbas de la civilización mediática por unas minorías neuróticas.

Uno de los bienes directos de la literatura está en el lenguaje


Sobre esta noticia

Autor:
Leonel Robles (505 noticias)
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