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Libros: Uno es lo que come

04/05/2010 17:12 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El sociólogo estadounidense Harold Garfinkel se ha interesado por lo que ocurre cuando las personas no comparten las mismas hipótesis básicas sobre la realidad. Sugirió a sus estudiantes que en sus relaciones con amigos y conocidos prescindieran de las suposiciones consensuadas

No se castiga a nadie por no participar del diálogo de la civilización. Es un viejo principio del derecho: aquel que se perjudique inintencionadamente a sí mismo -por ejemplo, el padre que atropella por error a su propio hijo- no recibirá un castigo adicional.

De la misma manera, cualquiera puede alejarse de la cultura sin ser perseguido por ello. Tal es el caso de la persona que, frente a la representación de una comedia, rodeado de público que ríe a carcajadas, permanece serio, porque no entiende los chistes. Se mueve en su propia cultura como un extranjero. No entiende su lengua, como quien ha repudiado su herencia. Ha renunciado a conocer los pensamientos más elevados y la poesía más embriagadora. Ha renunciado voluntariamente a una forma exquisita de la felicidad.

El sociólogo estadounidense Harold Garfinkel se ha interesado por lo que ocurre cuando las personas no comparten las mismas hipótesis básicas sobre la realidad. Sugirió a sus estudiantes que en sus relaciones con amigos y conocidos prescindieran de las suposiciones consensuadas, por ejemplo, que actuaran frente a ellos como si se tratase de extraños, como si los vieran por primera vez. La gente perdió los estribos. Esto demuestra que nuestro sentido de la realidad descansa en el hecho de que compartimos el mundo con otros. Nuestra percepción de la solidez del entorno y nuestra propia identidad se fracturan si no contamos con supuestos básicos comunes sobre el mundo. Aquél que no reconoce a sus padres y amigos pierde su memoria y, consecuentemente, su identidad. No puede comunicar a otro quién es.

Ésto vale asimismo para la memoria cultural. El que renuncia a ella pierde su identidad y se excluye voluntariamente de la herencia común. Quien quiera recuperar el disfrute de las grandes obras culturales y el placer de las delicias del conocimiento, ha de desterrar los fantasmas.

Pero ¿cómo hacerlo? Hay que sacar los libros de la penumbra de los presbiterios, donde el aire cargado de incienso y el murmullo de los sacerdotes adormecen los sentidos: borrar toda pompa ceremonial y liberarlos del imponente estilo académico; establecer un vínculo con el lector común, que desea echar un vistazo entre los clásicos para poder elegir lo que quiere leer; que ansía reencontrar las principales avenidas y vías de conexión de la cultura sin que le pongan trabas.

¿A usted le pasa? Va a una librería para buscar novedades y, nada más entrar, ve libros con fotos tentadoramente brillantes; sobre ellos, etiquetas rojas con precios de oferta; detrás, hay libros hasta donde alcanza la vista: best sellers, novela negra, novela fantástica, libros de cocina y de jardinería, libros sobre el embarazo, manuales de derecho tributario, la historia de Brasil y del café...

Esta librería no es más que una mínima expresión de la sociedad mediática que nos abruma. En este paisaje los libros ya no son los protagonistas. El aluvión de datos que debemos asimilar proviene de diarios y revistas, de la radio y de la televisión, sin mencionar la sobreestimulación de la capacidad humana para absorber la información que supone Internet. La red contiene datos más allá de toda frontera de espacio y tiempo. Todo está disponible siempre y en cualquier lugar.

Mientras se produce esta explosión de contenidos, nosotros sabemos cada vez menos acerca de cómo dominarlos. Antes, al terminar los estudios secundarios, uno salía provisto (en el caso ideal) de todo el bagaje cultural que iba a necesitar el resto de su vida. Las instituciones de enseñanza de hoy deben proporcionar un nivel de conocimientos con el que uno pueda orientarse cuando éste cambie. El panorama del saber ha cambiado.

¿Qué diría si se encontrase a sí mismo en Shakespeare, si su novia reconociese en usted a Fondón, el tejedor encantado que " a la mañana siguiente" se vuelve a convertir en un burro?

Cuando mi abuelo comenzó a estudiar, casi cien años atrás, le mostraron una montaña. En realidad no se trataba de una verdadera montaña, sino de un montón de gigantes, unos encima de los otros. Mi abuelo no sabía entonces quiénes eran, pero más tarde los conoció: Homero, Dante, Shakespeare y Goethe estaban allí, pero también muchos otros. Si bien la escalada parecía terriblemente fatigosa, a mi abuelo le aseguraron que la vista desde arriba lo dejaría sin respiración. Tendría una perspectiva general de todo: toda la cultura y todo el saber. Entonces, la Biblia, la Antigüedad y los clásicos eran conocidos en casi todas partes y nuestro país recuerda con orgullo su época de oro en el desarrollo de las artes. Cuando se mencionaban citas, todos sabían de dónde provenían y podían atribuirlas a su autor. La cultura occidental era reconocible como una red infinita de referencias y relaciones secretas. Todo podía conectarse entre sí. Mi abuelo comenzó la subida hacia la cumbre; para que se orientase en el ascenso le entregaron un mapa: se trataba del canon, la lista de todos los libros que tenía que leer para llegar arriba.

Hace unos meses comenzó el liceo mi sobrina. Sus profesores no le han mostrado ninguna montaña, sino un mar. A principios del siglo XXI nuestros conocimientos no se asemejan ya a un monte, sino a un océano: el horizonte es siempre igual de lejano; en la superficie, lisa como un espejo, todo tiene un aspecto similar. Quien hoy quiera descubrir una red infinita de referencias y relaciones secretas tiene oportunidad suficiente de hacerlo conectándose a Internet. Lo que de allí resulta verdaderamente imposible, eso sí, es vincular todo el conocimiento de forma que, además, se conserve una visión de conjunto. En la inmensidad ilimitada del océano es muy fácil perder la orientación. Para navegar por el mar del conocimiento hace falta una brújula. Lo que antaño servía para mantener una visión de conjunto en la actualidad nos ayudará a no perder la orientación, convirtiendo lo que antes servía para la escalada en un instrumento apropiado para alta mar.

Inundados de información padecemos, a la vez, déficits de conocimientos. Esta combinación se define usualmente con la expresión " sabiduría de expertos" o " idiotas especializados". Injusta calificación si tenemos en cuenta que vivimos en una sociedad que precisa conocimientos específicos. Por eso, no es reprochable ser un especialista. El problema radica en que no es suficiente. El saber específico no es saber cultural. Con aquél no es posible comprender la propia cultura y mucho menos formarnos ideas propias de la realidad. El que sabe todo lo que hay que saber sobre marketing, astrofísica, medicina, cocina, maíz genético o diseño de páginas web no necesariamente sabe sobre los orígenes de la democracia o del capitalismo, sobre el concepto del amor o la creación de la civilización y su vulnerabilidad.

¿Qué diría si se encontrase a sí mismo en Shakespeare, si su novia reconociese en usted a Fondón, el tejedor encantado que " a la mañana siguiente" se vuelve a convertir en un burro? ¿No despertaría su interés?

He escrito este espacio a modo de introducción de un modesto manual para quienes quieran orientarse en el océano. La selección se circunscribe a libros de tradición europea y americana. Esto se debe a dos razones. Por un lado, carece de sentido lanzarse al infinito cuando no se ha perdido el Norte. Por otro, es preciso comprender el mundo occidental si se quiere entender el mundo moderno. Así, por ejemplo, la idea de derechos humanos proviene de la Ilustración europea. Pero también su sistema económico es parte de la herencia que Europa ha dejado al mundo globalizado, invencible y frecuentemente inhumano: el capitalismo. La inclusión de obras americanas es mucho más evidente y huelgan las explicaciones.

Sería imposible realizar un nuevo canon, en todo caso, porque la canonización es un proceso complicado de elección y rechazo en el que participa toda la cultura y en el que entran en juego todas las convicciones estéticas, sociales y religiosas de una sociedad. Tampoco querría escribir una lista que comenzase en el año 800 A.C y finalizase en nuestros días. Nadie puede hacerse una idea de nada a lo largo de un lapso temporal tan extenso y menos aún si hay dificultades para orientarse en la actualidad.

El mundo en el que vivimos no se presenta clasificado en el tiempo. Nos ocupamos de la economía y la política, nos irritan los imperativos de la civilización, nos enamoramos, leemos, vemos la tele y vamos al cine. Sin embargo, todos nos movemos constantemente en el marco de determinadas estructuras.

Este manual pretende tomar esas estructuras de nuestra vida cotidiana. La selección de libros se ha realizado teniendo en cuenta asimismo la complejidad de la sociedad moderna. Dentro del horizonte trazado, quise abarcar todo el panorama posible. La opción de un amplio espectro presenta una zona de sombras: tuve que decidir no hilar muy fino. Cada selección se forma con aquello que se decide excluir. No me resultó fácil en ningún caso, ya que la literatura no es nunca " sólo" saber cultural. Ningún compendio puede sustituir la belleza del lenguaje de Proust, el humor de Jane Austen, el murmullo del pasaje de las páginas o la aventura del encuentro con ideas que han marcado una época. Esta selección pretende proveer al lector de la brújula que pudiera necesitar para hacer sus propios descubrimientos, si es que se atreve lanzarse al mar.


Sobre esta noticia

Autor:
Ana Laura López (10 noticias)
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Tipo:
Opinión
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