Globedia.com

×

Error de autenticación

Ha habido un problema a la hora de conectarse a la red social. Por favor intentalo de nuevo

Si el problema persiste, nos lo puedes decir AQUÍ

×
×
Recibir alertas

¿Quieres recibir una notificación por email cada vez que María Rosa Meléndez escriba una noticia?

El legado de Juan Robles

05/10/2010 09:32 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

“¿Qué hombre ignorante había sido el patrón de mi padre” pensó “ semejante fortuna y murió como un perro, en el hospital del pueblo, sin haber conocido tan siquiera el champagne!”

El legado de Juan Robles

El día cuando Juan Robles regresó a su aldea, llovió como nunca. Era uno de esos veranos de calores húmedos y perfumados que hacen que revienten los hormigueros y los yuyos alcancen las alturas entre los ladrillos de los tapiales. El seco invierno había preparado el sistémico crecer de los rosales para una eclosión de rosas con el regalo del agua, de la misma manera que en las galerías del alma las experiencias tristes ahonda la sensibilidad y se disfruta una vez superadas, de las cosas sencillas de la vida con tanta mayor intensidad. Allí en los rincones preferidos, donde se plantan los sumisos paraísos para matear a la hora de la sombra, se multiplicaban las salpicadas hojas de crotos y helechos en las improvisadas macetas fabricadas con viejos baldes y yantas inutilizadas, sin disimular el secreto crecimiento vegetal, a la vista de todos, con sorprende premura. Los colibríes que llegaban del monte, otrora amarronados y pardos, se abrillantaban como oscuros diamantes al beber del néctar de las florecillas de los jardines. En una palabra, los dioses bendecían con una primavera lluviosa hombres y bestias.

No fue de extrañar pues, ni resultó un acontecimiento inusual, aquella lluvia torrencial y repentina que durante dos horas agasajó la llegada de Juan Robles, esa mañana, después de años de ausencia, a la antigua querencia. En su caminar en círculos por alguna parte, había recogido algunos saberes, algo de experiencia y un buen discurso. Y aunque no tenía pensado regresar, lo entusiasmó aquella llamada en los periódicos del país, desde el Juzgado de Vinales, citando a quienes guardaran relación filial o laboral con don Pedro, el viejo patrón de su padre. No podía imaginarse qué podría ocurrir a la muerte del gran hombre, pero era suficiente el recuerdo de la abundancia para motivar los oscuros rincones de su corazón. Allá, en la infancia, vio crecer el taller de guitarras junto con sus piernas. Mientras su padre, a la sombra de unas chapas, confeccionaba cientos de instrumentos junto con otros obreros, adelante, don Pedro vendía y vendía a gente que llegaba de todos lados, de pueblos y ciudades, hasta del extranjero, esas magníficas piezas que fueron ganando más y más fama a medida que su fabricación alcanzaba niveles extraordinarios de calidad. Y todo salía de las manos portentosas de su padre, del esmerado y amoroso quehacer, de sus indicaciones que casi no rompían el silencio, de la obediencia confiada de los demás operarios.

Tanto trabajo daba sus beneficios, desde luego, sólo a don Pedro, quien crecía en fama y fortuna, a pesar de lo cual, el hombre continuaba en sus antiguas costumbres, su vida sedentaria y sin lujos, su rústica casa edificada en barro y su porfiada explotación de hombres abocados a una tarea manual y agotadora, que bien se hubiera podido aliviar con los avances tecnológicos. Nunca se supo si por sabio o por beduino, don Pedro no cambió jamás. El hecho fue que al día de su muerte, todo estaba allí, habitualmente igual: el techo de chapa, el olor de la madera, las manos desgastadas de los trabajadores.

Sin herederos carnales, el Estado decidió otorgar la herencia de la fábrica de guitarras a Juan Robles, hijo del operario más antiguo. Y aquel pesado día de verano, el pobre y necio Juan, recibió de la Justicia de Vinales, la posesión de casa y galpón, con todo lo clavado y plantado en manos propias y sin mayor mérito que el de su filiación.

En un austero acto se hicieron presentes el mismísimo Juez con una cola de empleados, uno de los cuales dio lectura a la sentencia que le otorgaba los derechos en nombre del Estado, en tanto que otro, labraba acta y firmaban actores y testigos con gesto ceremonial y rictus justiciero. En su acotado discurso dijo el Juez que correspondía otorgar todos los derechos de herencia a quien por justicia los tenía, ya que la grandeza de la fábrica de guitarras y con ella la del pueblo todo, era exclusivo mérito de ese hombre que, nacido y acunado con la música de Vinales, había sabido entregar su vida y sus secretos al progreso de los demás sin recibir otra cosa que una atosigante rutina de jornadas de trabajo y un salario deplorable y vergonzante. Por esa y muchas razones de orden legal, como algunos tratados y leyes que citó sin demasiada precisión pero que impresionaron fuertemente a la concurrencia, a través de su persona otorgaba las llaves de la posesión al hijo de Juan Robles, es decir, al mismísimo Juan Robles hijo.

Una vez concluido el extraordinario evento, solo con sus pensamientos, sintió expandírseles los pulmones a tal grado que todo el aire limpio de la inmensa heredad entraba en ellos. Los ojos abiertos de avaricia, consumían la luz del mediodía y su paso, recorría la propiedad, firme y sonoro como en una danza señorial. El sillón de don Pedro fue el primero en caer bajo su petulante rencor. Como si se tratara de un ser vivo, Juan Robles le dirigió el siguiente mensaje: “Aquí nací y aquí vivió mi padre, hundiendo su lenta vida en esta fábrica hasta echar raíces, de la misma manera que, a partir de este momento, yo hundiré mi culo en tu gastado cuero y echaré unas raíces tan profundas que nadie nunca jamás podrá quitarme. Tú y yo seremos uno solo”, dicho lo cual, resopló una flatulencia auténticamente canora a manera de firma aérea que resonó impresionante en la vacía y callada heredad.

Su siguiente acto legítimo fue encender un apetecible habano entre los dedos de su mano izquierda en tanto que con la derecha comenzó a registrar los papeles guardados en los cajones del viejo escritorio. Detrás de sí, sobre la pared despintada, una fotografía de don Pedro sosteniendo una guitarra, lo contemplaba con enigmática sonrisa.

Aquí es donde conviene despejar el asunto de los saberes de Juan Robles. El hombre, que por cierto no se había dedicado, en su andar por otros pagos, a la Filosofía ni a la Lógica, ni mucho menos a la Teología o al Arte, ni qué decir a la Literatura, (ya que esta le hubiera brindado mínimamente el conocimiento que podría necesitar para su prometedor futuro), tenía en cambio, un bagaje de conocimientos contables y tecnológicos. No era ningún quedado y manejaba a la perfección el mundo del siglo XXI, por si alguien creía que se trataba de un ignorante o de un entretenido que acabaría en pocos meses con lo que tantas décadas había costado levantar. Lejos de ello, se dio con afán a la magna tarea de continuar con la fábrica de guitarras. Por supuesto, le imprimió otro ritmo, más dinámico y moderno. Ni qué decir cuando descubrió, detrás de la fotografía del antiguo patrón, una caja fuerte del mejor acero, empotrada en la pared y disimulada como si de una caja de electricidad se tratara, unos gordos fajos de dòlares, protegidos del tiempo y la humedad, por unas bolsitas de supermercado.

“¿Qué hombre ignorante había sido el patrón de mi padre” pensó “ semejante fortuna y murió como un perro, en el hospital del pueblo, sin haber conocido tan siquiera el champagne!”. Y se dedicó a contarlos con toda la alegría de su alma, dentro de la cual sentíase beneficiado por un principio de reparación elemental. Él sí que sabría qué hacer con el dinero, él sabría vivir, sabría prosperar y sobre todo, lograr convertir a la fábrica en una fuente fecunda de bienes inabarcables.

Para celebrar su nueva posición, desde luego, comenzó por derribar la vieja casona y construir sobre el ancho terreno una mansión de admirar. Desde luego, el auto de lujo y la promesa de un viaje reparador a alguna ciudad del mundo, aun que este último fue reservado para cuando las ganancias de la fábrica comenzaran a dar nuevos y abundantes frutos, después de todas las reformas que pensaba realizar en ella y cuando su nuevo estado le trajera a la mujer de sus sueños para formar una familia, ya que por el momento era de conformarse con las avariciosas niñas que se le regalaban en el bar.

Para abreviar la triste metáfora de la vida de Juan Robles, le diré que el desdichado invirtió todo el capital en máquinas de avanzada y llegó a construir una fábrica de guitarras imponente y de calificada tecnología que produjo ingentes cantidades de instrumentos a muy bajo costo y con escasos recursos humanos, por cierto, ya que descubrió en poco tiempo, cuán penoso es gastar el capital en obreros pudiendo ocuparlo en inversiones o bien en distracciones y bienestar personales.

No conforme con el progreso obtenido, y aprovechando la ola de rock internacional que hacía que las guitarras salieran como pan caliente, solicitó créditos bancarios, que le fueron acordados inmediatamente, sin preocuparse por los intereses y mucho menos por el destino que les fue otorgando, pues en la ciega felicidad que otorga la abundancia, exageró bastante su idea del confort y la diversión.

Entonces fue cuando Euterpe se enojó. Muchos creerán que todo resultó de la casualidad, pero en el fondo todos sabemos que la música ya no es la misma. Aún a pesar de los elevados salones repletos de toneladas de acústica, que como regalo adicional, Juan Robles fue regalando a quienes adquirieran sus guitarras eléctricas por docena y las muestras de calidad de blancas, negras, fusas y semifusas, realizadas en sus laboratorios, los sofisticados generadores de melodías, las cuerdas de tripa de animales químicos y los toneles de vino fino con los que supo madurar la madera de Robles. Aunque ya no existan obreros explotados y sudorosos dándole duro bajo el calor de las chapas ni despiadados amos de ojo avizor, generoso con el tiempo ajeno y avaro hasta con su propia vida. Aunque todo parezca mejor en las pantallas multiformes de Vinales, suenen las guitarras en los audífonos y parlantes de plazas y salones, en días de fiesta, findes y feriados, todos sabemos que fue Euterpe la que causó el desastre. Porque a partir de entonces, los veranos, como por arte de magia, dejaron de ser lluviosos y húmedos. Las plantas murieron poco a poco, desde los rosales y helechos hasta los más resistentes yuyos. Enmudeció el perfume y oscureció el colibrí. En cambio, un viento feroz sopla desde octubre hasta marzo, arrasando con las nubes grises en el cielo y con nuestras esperanzas en la tierra. Todo es desierto ahora, y los fantasmas de don Pedro y el padre de Juan Robles vagan sobre los techos de la fábrica de guitarra bailando al compás de las cuerdas sonoras del Viento.

María Rosa Meléndez


Sobre esta noticia

Autor:
María Rosa Meléndez (25 noticias)
Visitas:
4213
Tipo:
Suceso
Licencia:
Creative Commons License
¿Problemas con esta noticia?
×
Denunciar esta noticia por

Denunciar

Etiquetas

Comentarios

Aún no hay comentarios en esta noticia.