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Las Llaves Del Reino

07/05/2010 17:14 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Para la prelatura vaticana, con sus solideos y estampas principescas, recae no solo la exigencia de hacer frente a la contingencia y apagar las ígneas brasas en que hoy se incineran las profanaciones

Como toda institución humana, y la Iglesia Católica no es la excepción, tiene implícito riesgo de verse afectada en los atributos de su oferta cuando aquellos postulados que la fundamentan y legitiman socialmente, no se concatenan en la realidad. En ese caso estamos frente a una crisis y en débito objetivo, producto del rompimiento del eslabón virtuoso que intermedia una sana relación entre ambos estamentos. En organizaciones de carácter religioso, el activo principal es su ascendiente y credibilidad moral a los ojos de su feligresía, de ahí que los casos de abuso sexual que hemos conocido, es razón más que suficiente para modificar de modo gravitatorio la percepción. Los escándalos que han tenido en el epicentro de la polémica a la jerarquía vaticana a consecuencia de los delitos de pedofilia perpetrados por clérigos católicos ocurridos durante los últimos 70 años en Irlanda y en la arquidiócesis de Dublín, donde el revuelo es superlativo y se evalúan acciones judiciales que podrían determinar el pago de millonarias indemnizaciones, muy concomitantes con los hechos acaecidos en el 2002 y que significaron la remoción del cardenal de Boston, Bernard Law, en quien recayó la sospecha de haber ocultado información (la diócesis se vio al punto de la quiebra económica) prontamente los tribunales en materia civil fallaran a favor de los demandantes, obligando al resarcimiento pecuniario a las víctimas de los ultrajes. Ese escenario judicial abrió nuevos horizontes y permitió rectificar la sacrosanta premisa que les permitía proyectar un estatus de alcurnia y nimbado privilegio, prescindentes al imperio de la ley civil y sus efectos procesales, reportó nuevas esperanzas de justicia para reclamantes y puso termino a tanto temor e infortunio. El propio promotor de Justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Charles Scicluna, reconoció que tras analizarse imputaciones en unos tres mil casos de abusos cometidos en los últimos 50 años, sólo el 20% de ellos derivó en un proceso penal o administrativo.

Para la prelatura vaticana, con sus solideos y estampas principescas, recae no solo la exigencia de hacer frente a la contingencia y apagar las ígneas brasas en que hoy se incineran las profanaciones perpetradas por frailes cuyas libertinas e infernales fechorías fueron administradas con dosis de silencio, atemorizados por el menoscabo organizacional ímplicito, sino que remontar el descrédito de este tifón ecuménico y no seguir posponiendo el problema de fondo. El propio presidente del Consejo Pontificio Para La Unidad De Los Cristianos, cardenal Walter Kasper, admitió que la Iglesia “tendió a callar sobre la pedofilia de los sacerdotes para defender la institución”. De hecho otro de sus purpurados, el cardenal colombiano Darío Castrillón Hoyos, es el autor de una misiva escrita en el 2001 y cuyo destinatario era el obispo francés Pierre Pican, felicitándolo por no haber denunciado al sacerdote René Bissey y haberlo protegido de las acciones civiles. Sin una gota de misericordia por los 11 niños víctimas del clérigo y por los que recibió una condena a 18 años de cárcel, expresa solidaridad con la conducta asumida, manifestándole: “Lo felicito por no haber denunciado a un sacerdote. Lo has hecho bien y estoy encantado de tener un compañero en el episcopado que, a los ojos de la historia y de todos los obispos del mundo, habría preferido ser encarcelado antes que denunciar a su hijo” (sic). La crisis que afecta a la Iglesia Católica no permite salvoconductos, por tanto discriminar y limitar el ámbito del escrutinio que pesa sobre ella, resulta inviable a estas alturas. Desde los aposentos de la Basílica de San Pedro, más preocupados de blindar la figura pontificia de Benedicto XVI, que de lavar sus heridas con sinceridad y obtener la gracia de la sanación, salieron a enfrentar del modo más inoportuno sus objeciones por dos artículos periodísticos publicados en The New York Times que contrastaban los arrepentimientos y súplicas de perdón por las impías conductas del clero, exhortaciones recurrentes durante las homilías formuladas por el Papa en la actualidad, con el desempeño de sus pretéritas responsabilidades cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. La más infortunada de las reacciones estuvo en la descomedida retórica del predicador de la Casa Pontificia, Raniero Cantalamessa, quien intencionó motivos tendenciosos y persecutorios a ambos reportajes con el afán de infligir daño, precisando que ataques tan innobles no diferían de los padecimientos del pueblo judío durante el holocausto nazi. De esta manera se retrucó a los contenidos del periódico estadounidense y que se referían al rol jugado por el actual pontífice en la irresoluta decisión de no sancionar al sacerdote norteamericano Lawrence C. Murphy, no obstante de disponer de los antecedentes que demostraban la comisión de abusos sexuales entre 1950 y 1974 en una escuela para niños sordos. El otro reportaje daba cuenta de la autorización en su condición de arzobispo de Munich en los años ochenta, para el traslado de parroquia del cura Peter Hullermann, sobre quien pesaban acusaciones de pedofilia. También se ha conocido del envío de una carta remitida por el entonces cardenal Ratzinger a la diócesis de Oakland relativa a la situación del cura Stephen Kiesle, en que se pedía que fuese apartado del sacerdocio. No solo reconoce los hechos tipificándolos de “gran relevancia”, sino que abiertamente solicita que se tome en consideración el “bien de la Iglesia Universal”. El que hoy, ungido por sus pares, lo tenga situado en el solio de Pedro, el más alto escalafón del catolicismo, no lo inmuniza en los aspectos contenciosos de su itinerario pastoral. El debilitamiento de baluartes centenarios, como la infalibilidad papal (definida en 1870 en el primer concilio vaticanista) o el celibato impuesto por Gregorio VII en el año 1074, (pretendiéndose con ello el antídoto medicinal que relegara el ominoso historial de amancebamiento y lujuria de muchos pontífices), son aspectos que atemorizan y que no resignarán fácilmente, pese a ser ejes centrales de la discusión. Una porción importante de católicos ignora que once Papas tuvieron hijos que les igualaron el linaje episcopal, sin que por esa circunstancia sus pontificados hayan carecido de santidad. Otros seis, tuvieron vástagos ilegítimos. Hay quienes suponen que tras la inmutabilidad de la medida, está la secular preocupación respecto a los derechos hereditarios de los bienes de los clérigos casados, en perjuicio patrimonial de la Iglesia. La temeraria simplificación de Tarcisio Bertone, Secretario de Estado Vaticano, que vinculó la pedofilia con la homosexualidad, no solo es absurda. La homosexualidad es consentida, no así el abuso infantil y la distinción es nítida en la legislación civil. En medio de tanta peroración, el cardenal y arzobispo de Tegucigalpa, Oscar Rodríguez Maradiaga, con un lenguaje más cauteloso, expresó que “no se puede relacionar el celibato con los abusos, que suceden en todas partes”. Atingente para estos efectos, es el caso del fundador de Los Legionarios de Cristo, el mexicano Marcial Maciel. No solo abusó sexualmente de seminaristas, sino que además tuvo una hija fruto de una relación prolongada y últimamente se ha conocido el hecho de dos hermanos entre sí, que sostienen ser hijos suyos. Ensalzado como “modelo de vida”, hoy es un pesado e ignominioso lastre, por el cual han tenido que salir a dar explicaciones y pedir perdón. Juan Pablo II proclamó urbi et orbi, que la orden de los legionarios constituían el ejército de su pontificado, afirmación sustentada en el aumento de las vocaciones sacerdotales originadas por la congregación y por los aportes económicos a la Santa Sede. En el asimétrico estilo de Tarcisio Bertone y Oscar Rodríguez, subyace la preservación de la restrictiva disposición. La miopía, eso de “que no hay peor ciego, que el que no quiere ver”, hará que el tropezón le arrebate tajadas suculentas a su oferta catequística. La transgresión del celibato no es un asunto de exclusiva ocurrencia entre pervertidos, sino que se manifiesta en seres de biología normal, como el caso del actual presidente de la república del Paraguay, Fernando Lugo. Y la gran pregunta: ¿qué sucede con la sexualidad de las religiosas? En 1967 Pablo VI, no desoyó los impetrantes aires de modernización surgidos del Concilio Vaticano II, abordando el tema en la encíclica “Sacerdotalis Caelibatus”. Allí se planteó si acaso no era el momento de abolir el celibato, admitiendo que su observancia podría ser optativa. Más aún, conseguiría prestar grandes beneficios al ministerio sacerdotal.

Ese escenario judicial abrió nuevos horizontes y permitió rectificar la sacrosanta premisa que les permitía proyectar un estatus de alcurnia y nimbado privilegio

En el manojo de las “llaves del reino”, que hoy custodia Benedicto XVI, está la que abre la cerradura. Pero ya hemos sido notificados del valor sagrado que él le asigna como señal de “la consagración con el corazón indiviso a Dios y a las cosas del Señor”.


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Alejandro Holmes Heins (19 noticias)
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