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La vida no tiene reset

05/02/2016 18:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Todos nuestros actos tienen consecuencias, que, muchas veces, se pueden superar y reconducir, aunque no siempre, pero que no pueden borrarse por completo para volver a la situación anterior a su realización

La práctica de los videojuegos está educando a las nuevas generaciones en la cultura del “reset”; es decir, no hay nada irremediable, pues si se acaba la partida, “me matan”, o, simplemente, el juego va por un camino que no nos gusta, “hacemos un reset” y, vuelta a empezar; con la ventaja de que hemos adquirido una experiencia sobre el desarrollo del juego que nos va a ayudar en las siguientes partidas a avanzar más allá del punto anterior. De esta forma, al cabo de varias, o muchas, partidas fallidas, probablemente, terminaremos por “pasar” el juego, o de nivel, sin haber perdido nada más que algo de tiempo.

En la vida real, casi nunca es posible “volver a la casilla de salida”, a veces, nuestra vida puede acabar, literalmente, o quedar absolutamente condicionada de forma irreversible, por un error, un descuido, o una mala práctica: accidente de automóvil por imprudencia, por ejemplo, práctica de actividades de riesgo sin la preparación, el equipo, ni el rigor adecuados, práctica de actividades irresponsables, como el “balconing”, etc.

En otros casos, las consecuencias no son absolutamente irreversibles, pero pueden hacer que el curso de nuestras vidas de un giro hacia peor, o bloquearnos oportunidades futuras, por quedar, de alguna manera, afectados o marcados, de forma permanente, o transitoria, por las consecuencias de actos desafortunados e inadecuados. Pensemos en inhabilitaciones, ingreso en ficheros de antecedentes delictivos, pérdida del puesto de trabajo, retraso en los estudios, difícil, cuando no imposible, de recuperar, y un largo etcétera.

Evidentemente, en la vida hay que asumir un cierto nivel de riesgo, simplemente por adoptar las decisiones a las que, continuamente, nos vemos enfrentados, pero hay que sopesar cuidadosamente las posibles consecuencias de cada decisión y el riesgo que lleva implícito, con la idea bien clara de que cualquier acción tendrá consecuencias y que, en ningún caso, será posible volver a empezar, sin más. No se trata de no asumir ningún riesgo, sino de asumir aquellos que merecen la pena en función de lo que se espera obtener al correrlos y, desde luego, no actuar de forma por completo irresponsable en relación con aspectos claramente peligrosos, tanto físicamente, como en la organización y futuro de nuestra vida, y, en muchas ocasiones, solo para obtener recompensas efímeras y a corto plazo que, en realidad, no nos van a aportar nada verdaderamente útil.

Es importante que la ciudadanía, desde su infancia, sea plenamente consciente de que, inevitablemente, todos nuestros actos tienen consecuencias, y, por ello, es imprescindible estimular el sentido de la prudencia y el pleno ejercicio de la responsabilidad, tanto en la esfera pública, como en la privada.

Todos debemos de entender y asumir que la vida no tiene “reset” y que es imprescindible actuar con la máxima sensatez, teniendo muy presente que, si bien en muchas ocasiones se puede rectificar, no siempre es posible. En todo caso, aun después de una rectificación con éxito, las acciones anteriores no se pueden borrar, como si no hubieran existido en absoluto, y, por ello, nuestra vida no volverá a empezar desde cero.

A este respecto, son ilustrativas las noticias que, con cierta frecuencia, aparecen en los medios en relación con la perdurabilidad de los efectos de las cosas incorporadas o escritas en las redes sociales y, en general, en Internet, que suelen salir a la superficie en el momento más inoportuno. Como es sabido, a pesar de algunas leyes que tratan de ofrecer protección en ese sentido, esas informaciones no se pueden borrar sin que quede ningún rastro en absoluto: como la vida misma. En efecto, aunque la información indeseada se borre de los servidores “públicos” a partir de un cierto momento, cosa que, como mínimo, es dudosa en muchos casos, lo que resulta imposible es hacerla desaparecer de los servidores y ordenadores “privados”, o de los documentos, en papel, u otros soportes, propiedad de las personas que hayan accedido a esos datos antes de que fuera ejecutada la orden de eliminarlos de la web.

En esta línea de exigir que todos nos comportemos con sensatez, prudencia y responsabilidad, se plantea una reflexión en relación con el derecho exigido, a veces de forma absolutamente radical, por algunos, en el sentido de que la sociedad, en abstracto, o el Estado y las Administraciones, en particular, les protejan de las consecuencias que se derivan de todas sus actuaciones, incluso de aquellas que son irresponsables, insensatas o imprudentes. Es decir, no parece aceptable que las personas organicen su vida y sus actividades dando por supuesto que todos sus errores, en muchas ocasiones fáciles de prever, por otra parte, serán reparados por la colectividad, sin coste alguno para ellos, pero, evidentemente, con un coste no nulo, que será asumido por todos los demás. En síntesis, no es de recibo que esperemos que la sociedad nos proteja de nuestra propia estupidez.

El desarrollo de la reflexión anterior, conduce a plantear la siguiente pregunta: ¿Hay límites a la “solidaridad institucional”? En este sentido, parece razonable pasar la factura de los costes del rescate al que ha tenido que ser rescatado, o a sus deudos, aunque, a veces, pudiera parecer inhumano, por ejemplo, si el rescate ha sido de un cadáver. Este aspecto es tanto más razonable cuanto más irresponsable haya sido la actuación de la persona que ha tenido que ser rescatada, por haberse expuesto a un riesgo excesivo. En efecto, muy probablemente, ese absoluto desprecio por el riesgo, tal vez, no se habría producido si el protagonista no hubiera contado con la seguridad de que la sociedad acudiría en su rescate, aunque la situación que requiere tal rescate no fuera el resultado de un simple accidente, sino el de una acción claramente imprudente.

Sin embargo, no se trata solo de los rescates en casos de imprudencia, que, además, implican un riesgo no buscado para los rescatadores, sino también de los costes que se derivan de la asistencia, a veces de por vida, a las personas que han sufrido daños irreversibles que les condicionan el resto de su existencia. A esos costes hay que añadir los que se deben de afrontar para establecer las protecciones necesarias para evitar accidentes, que no tendrían por qué producirse si las personas se comportaran de forma sensata., sin poner en riesgo, en muchas ocasiones, la vida o la integridad, no solo propia (pensemos, por ejemplo, en absoluto no ejemplar, en la tristemente célebre cuestión del “balconing”), sino también de otros (accidentes de tráfico por exceso de velocidad y otras infracciones), y las propiedades, públicas, o de otras personas.

La actitud insolidaria que demuestran los fumadores es especialmente significativa, pues, además de arruinar su propia salud, dañan la de los fumadores pasivos

En definitiva, resulta imprescindible estimular el instinto de conservación y evitar adormecerlo. Ese adormecimiento, indeseable, se promueve, entre otras formas, transmitiendo la sensación de que la sociedad nos tiene que proteger de todo y que los costes y las consecuencias de nuestros actos, irresponsables o no, serán asumidos por todos los demás.

Un tipo de comportamientos irresponsables que reviste especial gravedad es el que se refiere a actuaciones de los padres que afectan o pueden afectar de forma significativa a sus hijos. Se trata, entre otras, de los niños sin vacunar y los niños sin escolarizar.

Los niños sin vacunar por el integrismo de sus padres antisistema en una sociedad que funciona gracias al sistema, es un caso claro de comportamiento insensato, además de insolidario y de falta de respeto a los demás. En efecto, los padres que actúan de esa forma, no solo ponen en riesgo la salud, el desarrollo e, incluso, la vida de sus propios hijos, sino que, también, ponen en peligro e inquietan e incomodan a otros padres y a sus niños, vacunados, que tienen que ser aislados y tratados con antibióticos para evitar que los hijos no vacunados de los padres falsamente antisistema corran el riesgo de enfermar.

En el caso de los niños sin escolarizar, se ven privados por sus propios padres de unas oportunidades para integrarse en la sociedad, lo que, probablemente, condicionará de forma determinante su futuro. Sin embargo, la sociedad deberá, después, hacer frente a los costes generados por las personas que, como consecuencia de esa privación de su derecho a la educación, resulten inadaptadas. En el mejor de los casos, como mínimo, seguramente, pretenderán ser sujetos de ayudas sociales si no son capaces de incorporarse al mundo laboral, para lo que se suele requerir estar en posesión de algún “título” o certificación de aptitud y conocimiento, como mínimo, general, de la sociedad y de la cultura y tecnología en las que estamos inmersos y que, esperamos, nos protejan.

En estos dos casos, claramente, las personas que actúan así, exigen que el sistema cuide de sus hijos, cuando son niños y en el futuro, cuando sean adultos, aunque ellos pretenden estar fuera del sistema. ¿Es eso razonable?

Otro tipo de actuaciones palmariamente insolidarias son las relacionadas con prácticas y costumbres manifiestamente no saludables, que ponen en riesgo la salud de las personas que las llevan a cabo y, con gran frecuencia, la de sus hijos e, incluso, el desarrollo de los niños. Se trata, entre otras, del hábito de fumar, el consumo de alcohol y otras sustancias nocivas, y los estilos de alimentación inadecuada y poco saludable. Como es sobradamente conocido, el tabaquismo es un factor de gran relevancia en la incidencia de determinados tipos de cáncer y la alimentación inadecuada es causa directa de dolencias graves, como la obesidad, la más obvia, diabetes, ciertas alergias, cardiopatías, etc.

La actitud insolidaria que demuestran los fumadores es especialmente significativa, pues, además del riesgo cierto que asumen para su propia salud, con los costes, perfectamente evitables, que eso supondrá, en muchos casos, para el Sistema de Salud, pueden arruinar, y de hecho dañan, la salud de otras personas de sus entornos, familiar, laboral y social, al convertir a esas personas en fumadores pasivos.

En relación con los problemas de salud de los ciudadanos, la sociedad ha venido haciendo, desde hace muchos años, un esfuerzo importante, y, sin duda, exigible, para investigar, conocer y, gracias a ello, poder informar a la población de los riesgos asociados a ciertas prácticas y dietas y aconsejar sobre usos y estilos de vida saludables, de forma que, si los ciudadanos tomaran en consideración esas advertencias y consejos, no se desarrollaría una parte significativa de las enfermedades y dolencias que, cuando aparecen, se exige que sean tratadas por los Sistemas de Salud.

No se trata de que los Sistemas de Salud no atiendan a las personas que se han comportado de forma irresponsable, aunque hay países que se lo han planteado, sino, más bien, que los ciudadanos sean sensatos y procuren no dar lugar a que llegue a ser necesario que se les tenga que tratar de esas dolencias, que serían evitables, en gran medida, simplemente, con la práctica de un estilo de vida saludable.

Como se ha apuntado más arriba, las personas que actúan de esa forma muestran un comportamiento ciertamente insolidario, pues contribuyen a cargar innecesariamente al Sistema de Salud con los costes derivados de la asistencia que éste las ha de prestar, disminuyendo el nivel de los servicios que es posible ofrecer a aquellas otras personas que sufren dolencias realmente inevitables e impredecibles.

Es imprescindible estimular el instinto de conservación, pues no es razonable que la sociedad nos tenga que proteger de nuestra propia estupidez

 


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