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La vida como un niño

30/04/2011 16:08 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

En muchos aspectos, mi hijo de tres años es ya más inteligente que yo. Cuanto más lo observo, más confirmo mis limitaciones. Mi hijo me enseña a desaprender lo mal aprendido, y me convence de que me iría mejor si pensara como un niño

Allí estaba yo observando cómo Miguelito, a sus dos años, se acercaba al filo de la acera, dispuesto a ponerse a prueba. ¿Sería capaz de superar la altura del obstáculo? Sólo había una forma de saberlo. Sopesó todas las opciones. Puntos de ayuda, zonas más bajas, consecuencias menos dolorosas. Y cuando estuvo preparado, se lanzó.

Primero un pie, luego otro, un leve balanceo, y finalmente, para mi tranquilidad, recuperación del equilibrio. El brillo en los ojos de un niño cuando alcanza cualquier logro, por pequeño que sea, llena de orgullo a cualquier padre; simplemente añadí: “bien hecho, hijo”.

Pero ahí no quedó la cosa, pues cuando ya creía la prueba superada y la curiosidad de sus capacidades saciada, apareció un nuevo reto. Un tramo de baldosas con baches, hoyos y grietas con un aspecto suficientemente peligroso para ponerme en alerta, y salir al rescate de mi frágil vástago. Demasiado tarde. Esta vez no hubo lista de pros y de contras, pasó directamente a la acción quizá cegado por el entusiasmo de su éxito, y paso a paso, cruzó el accidentado pavimento hasta alcanzar sano y salvo la meta. Y yo, con el corazón en un puño, lejos de reñirle, sólo alcancé a decirle: “bien hecho, hijo”

Los dos habíamos observado la misma realidad, y sólo él supo ver que los retos pueden ser divertidos, por lo que puedo sentenciar, muy a mi pesar, que la edad ha atrofiado en gran medida mi osadía

Miguelito me dio una lección de sabiduría que ha cambiado, en buena parte, mi forma de ver la vida. Seguramente yo, a su edad, veía en los retos las posibilidades de crecimiento, en lugar de ver sólo los peligros. Y seguramente a su edad, prefería comprobar mis limitaciones con la acción en vez de quedarme paralizado por mis miedos y mis expectativas. Los dos habíamos observado la misma realidad, y sólo él supo ver que los retos pueden ser divertidos, por lo que puedo sentenciar, muy a mi pesar, que la edad ha atrofiado en gran medida mi osadía.

Estoy equivocado. La seguridad que buscaba se basaba en el control de lo que me rodea y de mi mismo. La seguridad consistía en hacerme rígido. Ahora, gracias a Miguel, sé que quiero confiar en mí, emprender nuevos retos y disfrutar del camino. Ahora, ese bordillo es una posibilidad de crecer, en lugar de un peligro.


Sobre esta noticia

Autor:
Miguel Angel Carroza (1 noticias)
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Tipo:
Opinión
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