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La sirena en la red

01/12/2011 18:54
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image Carmen Marina Rodríguez Santana (Tenerife)

Finalista del I Premio de Relatos LGTB "Corralejo"

Una tarde mi hermana Juani llegó a casa con una bolsa tamaño contenedor bien repleta con la que casi no podía y la dejó caer en el rellano de la entrada.

- Corre, dile a Mamá que venga. He recogido todas mis sonrisas y carcajadas en esta bolsa y quiero que ella las guarde en el trastero o las tire a la basura. Yo ya no las quiero.

Yo salí corriendo a buscar a Mamá que estaba en la azotea tendiendo con una pinza en la mano y otra en la boca.

- ¡Mami, ven! Juani ha llegado del Instituto, ha traído una bolsa con todas sus sonrisas y carcajadas, las ha tirado al suelo y dice que ya no las quiere.

- ¿Qué habrá pasado ahora? ¡Qué rara está esta niña! – Mascullaba Mamá mientras cerraba con llave la puerta de la azotea.

Al entrar en el piso observamos que un reguero de bocas con dientes unas, sin dientes y con lenguas otras, con carcajadas escandalosas las de más allá, con sonrisas silenciosas las de más acá, algunas hasta con ataques de hipo y todas rezumando saliva habían invadido la entrada dejando un reguero que llegaba hasta la puerta del ascensor y caía, en un goteo acompasado, sobre el pasamanos del piso de abajo y los tiestos de portería.

- ¡Juaniiiiiiiiiii! ¡Ven aquí ahora mismo! – Gritó Mamá montando en cólera.

Muy pronto tocaron al timbre todas las Juanis habidas en dos kilómetros a la redonda. Todas, excepto mi hermana. Y a cada una mi madre les daba puerta con un:

- No, a ti no es – o un - No, tú no eres...

Cuando se cansó de esperar, Mamá cogió el cubo de fregar, lo llenó de agua que tiñó con el limpiasuelos azulón cuyo aroma a Spa siempre terminaba consolándola de sus preocupaciones cotidianas y a mí me ordenó fuera a buscar a Juani y, mientras obedecía, yo me preguntaba por qué mi madre y yo terminábamos siempre haciéndolo todo. Mi padre veía la tele y no se había inmutado ni con las escandalosas risotadas de las bocas babeantes ni con la vocería de Mamá; y mi hermana, me dejaría cortar la cabeza, estaría chateando en las redes sociales.

- Mami, Juani no me hace caso. Le he dicho que la estás llamando y no ha levantado la vista del portátil.

- No pises el suelo que está mojado –, dijo Mamá mientras se iba con la fregona en la mano a la habitación de mi hermana. Segundos después, la vi descolgar la cabeza con los rulos por el dintel de la puerta gritando:

- ¡Luiiiiis, ven corriendo: tu hija está atrapada dentro del ordenador!

Papá llegó a la habitación más rápido que Jorge Lorenzo en su moto y, en minutos, se quedó pálido, perplejo, con la vista fija en la pantalla que se había tragado a su hija mayor. La voz le salió ronca, como cuando enferma de faringitis, y se le entrecortaban las palabras:

- ¡Juani, sal... de ahí... ahora mismo!

- No quiero, Papá. Déjenme en paz.

- Hija mía, a ti te ha pasado algo. Primero dejas todas tus risas dentro de un saco en el rellano de la entrada y ahora te metes ahí dentro. Esto no es normal para una chica de tu edad. Dinos la verdad, ¿Te ha pasado algo con tus amigas? – Interrogaba Mamá dando golpecitos en la pantalla con el palo de la fregona a ver si de ese modo Juani espabilaba.

- Que no, Mami, que no. A mí no me ha pasado nada –, respondía sin poder de convicción mi hermana con su cara pegada al cristal como un pez que no cupiera en su pecera.

Mis padres estuvieron toda la tarde intentando sacarla de allí y, para ello, realizaron todo lo que se les ocurría podría dar resultado. Jugaron una partida contra la máquina donde el premio fuese su salida pero la perdieron. Apagaron la consola y la volvieron a encender pero todo lo que consiguieron fue que mi hermana se durmiera en cada apagón. Intentaron pasarla a un pen drive para que pudiera salir a través del ordenador de Papá pero no cabía. En fin, que se hizo la hora de la cena y Mamá tuvo que marcharse a preparar unas tortillas y Papá, a ver un partido de vuelta de la Copa del Rey. Después de cenar Mamá cogió la consola y me ordenó:

- Acuéstate pronto y dile a tu padre que me voy a urgencias de la Seguridad Social para ver si los médicos conocen algún remedio aunque seguramente esto no lo curará ni un médico chino.

Mamá regresó por la mañana justo a tiempo para mandarme al colegio. Y cuando le preguntamos qué le habían dicho los médicos sobre lo que tenía Juani, Mamá nos dijo algo que no entendí:

- Le diagnosticaron quinientos miligramos de ignorancia en recetas de Paracetamol.

Una vez preparados los desayunos, los tres mojábamos el pan con mantequilla en el café con leche que escapaba por la comisura de los labios, absortos como estábamos observando la pantalla donde se veía la cara de mi hermana que cada vez mostraba peor aspecto. Finalmente, Papá y yo nos despedimos con un beso a Mamá y un tecleo en el ordenador que hacía moverse a Juani porque le causaba cosquillas y las risas se oían dentro de la despensa, guardadas en la bolsa bien cerrada junto a las latas de mejillones en escabeche, las de aceitunas y los rollos de servilletas.

Mamá no paró en todo el día intentando averiguar qué era lo que le sucedía a Juani. Primero, llevó el ordenador a la tienda de informática donde lo habían comprado en Navidad para Reyes (yo ya sabía que los Reyes Magos eran mis padres pero seguía haciéndoles pensar que me creía la historia de los de Oriente sobre los camellos porque me daba cuenta que era a ellos a quienes les hacía ilusión) pero allí le dijeron que aunque la consola aún estaba en garantía, ellos no se hacían responsables de las locuras que mi hermana hubiera hecho con la máquina. Después, Mamá se dirigió a la consulta de nuestra doctora Conchi, que es una doctora de pago a la cual Mamá nos lleva cada vez que los médicos del seguro no dan en el clavo con lo que tenemos. Conchi le dijo a mi madre que no era el primer caso que se le presentaba y que las últimas investigaciones médicas afirmaban que a una joven no se la puede sacar de la consola si ella no quiere salir por propia iniciativa ya fuera porque tuviera una voluntad de hierro, que no era el caso de mi hermana, ya porque hubiese algo en el exterior que le atrajese con mayor poder que el de la consola, y mamá estaba segura de que no lo había. Así que la doctora comprobó su estado realizándole un análisis y se le confirmó un ataque por virus y spyware que se solucionaría instalando el Norton 360. Además, debía pasar una semana de reposo en casa y después ya podía acudir de nuevo a clase.

Un día antes de su vuelta al Instituto, Juani le envió a Mamá un correo electrónico escribiendo lo que le era imposible articular de palabra. No quería volver a las clases porque era víctima de burlas y palizas por parte de algunas compañeras a las que les había relatado su condición homosexual. Además, grababan las humillaciones con sus móviles y colgaban las imágenes en Internet. Y temía que ahora, dentro del portátil, la situación se empeorara.

A partir de ese momento, todo cambió en nuestra casa. Las manecillas de todos los relojes comenzaron a circular en sentido contrario porque cualquier tiempo pasado había sido mejor; se desgajaron las hojas de los almanaques porque los días ya no tenían sentido de ser; Papá dejó de ver los partidos de fútbol y los telediarios; Mamá andaba por casa con un puñal clavado en su corazón sin soltar ni una sola gota de sangre y llenando cubos con lágrimas que reciclaba regando las plantas; y yo... dejé de jugar. Colocamos la consola sobre la mesa del televisor y nos sentamos los tres en el sofá contemplando la pantalla con la cara de mi hermana durante horas y sin articular palabra. Así hasta el domingo por la tarde en que Papá se levantó y dijo:

- Juani, las cosas no pueden seguir así. Ya tienes dieciséis años y dentro de nada serás una mujer. Y aunque no tendrás que afeitarte ni levantar la tapa del inodoro para mear de pie ni hablar sobre los resultados de los partidos de fútbol con tus compañeros de trabajo los lunes por la mañana, sí deberás afrontar las situaciones difíciles y encarar los contratiempos. Mañana mismo te llevaré personalmente al Instituto y hablaré con el Director. Esto a la larga te hará más fuerte.

Dicho esto, se levantó del sofá y le enseñó varias llaves de judo que aprendió en su equipo de alevines cuando alcanzó cinturón amarillo. Como Juani no salía de su encierro, Papá hizo las demostraciones conmigo pero se cansó pronto porque era yo todo el tiempo quien lo tumbaba a él y, como no quería darse más golpes contra el suelo, enseguida dio la lección por terminada.

A la mañana siguiente, mi padre cogió el portátil y se presentó en el despacho del Director para informarle de todo lo que estaba sucediendo. El Director del Instituto es un señor invisible, que ningún niño conoce pero yo lo imagino muy alto y enfadado porque con él los profesores nos amenazan cuando hablamos mucho en clase. Papá contó que no levantó la vista de unos papeles que escribía pero prometió que tendrían a mi hermana bien vigilada y señaló un gran telescopio que tenía en su despacho. Así que mi padre se marchó confiado pero muy nervioso porque el coche estaba mal aparcado.

Cuando terminaron las clases del día y mi hermana regresó a casa dentro del portátil, éste había sido desvencijado, arrancadas varias teclas de mayúsculas, tabulación y espacio y habían grabado en la tapa las iniciales R.I.P. Mamá no esperó a nada más. Buscó en el cajón del mueble del salón, donde guardaba todas las tarjetas de publicidad que eran depositadas en nuestro buzón. Rebuscó y rebuscó todo el tiempo que estuvo pitando la olla con el cocido y, por fin, encontró la que quería: Teléfono de Apoyo a l@s Niñ@s Víctimas de ACOSO ESCOLAR. Tecleó el número y habló.

A la mañana siguiente, se presentó en el Instituto tanta gente haciendo ruido como en los programas de Tele 5. Todos tuvieron noticia de lo que le ocurría a mi hermana, hasta Doña Lola que era la señora que hacía los bocadillos de media mañana. Los entendidos en la materia redactaron una conclusión sobre papel timbrado: "La alumna padece Bastante Sufrimiento y, aunque demanda un cambio de Centro, no se recomienda tal cambio sino que el Instituto trabaje habilidades sociales con ella para fomentar su integración en la clase y aumentar su autoestima". No entiendo el mundo de los mayores: mi hermana, a terapia y las niñas que le maltrataron, a risoterapia. Ahora entiendo por que todas esas palabras han desaparecido del papel un año y medio después de ser escritas: sentían vergüenza del sentido de las oraciones que habían sido expresadas con ellas.

Juani llegó a perder tanto peso que cada vez cabía mejor dentro de la pantalla lo que hacía se sintiera cada vez más cómoda y sin intenciones de salir fuera ni siquiera cuando venía la abuela con los tarros de mermelada caseros que desde pequeña habían sido los preferidos de mi hermana. Después de un mes, en el Centro no se había hecho nada por Juani, el ordenador estaba para el desgüace y no había semana en que mi hermana no tuviera una enfermedad prestada nueva. Papá hacía mucho tiempo que no había vuelto a encender la televisión y deambulaba como zombi por la casa, Mamá seguía paseando con su puñal en el pecho y vaciando cubos con sus lágrimas y a mí comenzaban a sublevárseme los juguetes por no prestarles atención.

Mis padres tardaron algún tiempo en reunirse con nosotros. Aparecieron al final del pasillo agarrados de la mano, como dos novios, la consola estaba sobre la mesa del televisor y a mí me invitaron a tomar asiento en el sofá, igual que solían hacer con las visitas. Mi padre llevaba puesta una camisa limpia, una corbata y estaba recién afeitado; mi madre, su mejor vestido y laca en el pelo.

- Mamá y yo hemos decidido cambiar de Instituto a Juani -, remató Papá escuetamente.

A partir de ahí, nuestras vidas fueron a parar adentro de la tienda de campaña que montamos en la plaza anexa a la Consejería para agilizar trámites. Cada mañana, mi madre sacaba la mesa y sillas de playa, las extendía y montaba un chiringuito de papeletas con la foto de mi hermana dentro del portátil que llamaba la atención de todos los transeúntes. Con el paso del tiempo los cuatro hicimos amistad con nuestros nuevos vecinos que ayudaban como podían: el conserje siempre cogía el número 00 para que mi madre fuera la primera en ser atendida, antes de que los administrativos se marchasen a desayunar; las señoritas de falda muy corta y botas muy largas que paseaban bajo las farolas nos traían el desayuno, almuerzo, cena y cortados diversos con donuts que con ellas enviaba el dueño del bar de la esquina; la señora que trabajaba en la tienda de limpieza en seco cada día nos proveía de ropa limpia y se llevaba la sucia; los dueños de la tienda de informática regalaron a mis padres todo tipo de aparatos de software de los más innovadores del mercado a cambio de un cartel de publicidad de su tienda colgado en el frontal de la mesa de playa. Incluso aparecieron por allí varias cámaras de distintas televisiones para llevar la noticia a programas de debate, de espectáculo y hasta se propuso un nuevo Gran Hermano con encierro en un ordenador gigante pero tuvo que cancelarse porque los concursantes no aguantaron ni veinticuatro horas dentro. Aunque lo realmente revolucionario llegó con el Director del Teatro que encaraba a la Consejería en la plaza.

Severino, que así se llama el Director, es un enano boquiancho, canoso y sin edad que cabe en un traje de mi talla. Para ver triunfar a sus héroes del musical, el enano Severino se transformaba cada tarde en alguien parte del público, compraba simbólicamente su entrada y hacía cola con su traje de fiesta y los zapatos de imaginar montados en unos altos zancos de ensoñación que lo elevaban a la altura de su público. Y ese alto exacto que lo separaba del suelo fue el que lo hizo reparar en la situación de mi hermana y, con el mismo acto de compasión que las monjitas que a diario venían a rezar el rosario delante de nuestra tienda de campaña, le propuso:

- ¿Te gustaría formar parte de una obra de teatro?

- No sé lo que quiero. Puede que sí o puede que no -, respondió indecisa Juani.

- Yo sí lo sé: contrátenos a las dos -, resolví yo muy decidida.

Y así fue como Juani se convirtió en la sirena de un nuevo libreto que Severino hacía tiempo tenía en proyecto pero que no había realizado porque hasta el momento las jóvenes que se presentaban a los castings no daban el perfil. En cuanto Juani comenzó con los primeros ensayos y hubo que tomarle medidas para confeccionar su vestuario, quiso salir de su encierro. Pero Severino propuso que lo hiciera a lo grande, sobre el escenario, delante de todo el público que acudiría esa tarde a la función.

Papá, Mamá y yo tomamos asiento en palco preferente y sobre el escenario se montó una enorme mesa en la que reposaba el ordenador con la pantalla cara al público. Un señor con chaqué, chistera, pajarita y micrófono en mano anunció el inmediato milagro. Bajo redoble de tambores y la luz de veinte focos apuntando directamente a la mesa mi hermana salió tímidamente. Primero sacó la cabeza a través de la pantalla y su cuerpo enredado por cables, microchips y direcciones de páginas web se deslizó muy lentamente sobre el teclado y fue reptando hasta que quedó totalmente fuera del portátil, terminando por hacerse un ovillo recostado sobre la mesa. En ese mismo momento, todo el público se puso en pie y comenzó a aplaudir y aplaudir y fue tan largo ese aplauso que batió el récord Guinness.

- Igualito que cuando nació -, lloraba Mamá inundando el palco con sus lágrimas.

Nosotros nos despedimos del conserje, de las señoritas de faldas cortas y botas largas, del dueño del bar, de la señora de la lavandería, de las monjitas que rezaron un último rosario y de las cámaras de televisión que montaban guardia para informar de que desmantelábamos la tienda de campaña para volver a casa. Una vez aquí lo primero que hicieron mis padres fue devolverle la bolsa de bocas con risas a Juani y decirle que nunca más se deshiciera de ellas pues era lo más valioso que tendría en la vida. Papá volvió a encender la televisión y, a través de uno de los telediarios, tuvo noticias de que, por fin, después de tantos meses, ya se había adjudicado nuevo Centro a Juani: la Escuela de Arte Dramático dentro de la cual seguiría sus estudios obligatorios y de actriz. En cuanto Juani se enteró, estrenó una de las bocas con risa más escandalosa y babeante de todas las que tenía y ya nunca ha dejado de reír. Mamá comenzó a andar por casa sin el puñal en el pecho y con una cara tan radiante que no se enfada ni cuando Papá pisa lo recién fregado. Y yo me he reconciliado con mis juguetes.

Hoy se cumple un año desde que se estrenara nuestra obra de teatro y a Juani se la ve ilusionada y feliz cuando comienza cada tarde con el maquillaje y el vestuario. Se mete tanto en el papel que se ha convertido en una verdadera sirena que ya tiene hasta su club de fans en el que caben tanto lesbianas como heteros y que suspiran por un autógrafo o por un beso suyo. Dicen que lo mejor de ella es que siempre muestra una sonrisa. Sube al escenario y tiene madera de actriz y yo sé de donde le viene esa madera: del árbol de los sentimientos sobre la platea.

Por mi parte, sigo haciendo la mayor parte del trabajo: soy su representante y escribo las obras y los libretos. Ahora estoy enfrascada, como la mermelada en los tarros de la abuela, en una historia que he titulado El saco de las risas .

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