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La procesión de las ánimas

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20/02/2021 18:27 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La procesión de las ánimas existe. Lo sé, porque la he visto

Como todos los fines de semana, os traigo un relato. Espero que os guste.

La procesión de las ánimas existe. Lo sé porque la he visto. Esta es mi historia:

Corría el año cincuenta y tras la guerra civil todo comenzaba a volver a la normalidad. Los hombres de bien trabajaban en el campo de sol a sol, como antaño; y sus mujeres se dedicaban a cuidar de los hijos que crecían felices correteando por las calles.

Por aquella época yo era un zagal de apenas quince años pero lo suficientemente mayor como para trabajar y mi padre me dejaba ir al bar a tomarme un vaso de vino con el resto de los hombres a condición de que volviera antes que el sereno cantara las doce. ¿Por qué? La respuesta es sencilla: esa era la hora en que comenzaban a desfilar las ánimas por las calles desiertas del pueblo. Los espíritus condenados vagaban uno tras otro en silencio, sin descanso, buscando nuevas almas para ser reclutadas sin darles opción a poder entrar en el cielo.

Nadie en su sano juicio salía para contemplar aquella espectral procesión, salvo yo…bueno y salvo mi amigo y compañero de fechorías desde la infancia. Siempre tuve curiosidad por descubrir si aquella historia que se remontaba a tiempos inmemoriales era cierta o un simple bulo para asustar a la pobre gente del pueblo. Yo descubrí la verdad y perdí por ello a mi mejor amigo.

La procesión de las ánimas era despiadada, cruel, hacía que la gente desapareciera de entre los vivos. Quien osaba interponerse en su camino simplemente no volvía. No se sabía que ocurría con ellos, tan solo que no regresaban jamás a sus hogares. Solamente ayudaban a un grupo de personas en particular: mujeres desesperadas por tener un hijo. Muchas de ellas quedaron encintas gracias a la bendición de las ánimas. Mujeres que tras varios años de matrimonio no conseguían concebir porque estaban yermas por dentro como desiertos. Pedían auxilio a esta maldita peregrinación, solamente tenían que cumplir dos requisitos: el primero confesarse al párroco del pueblo contándole lo que les pasaba y solicitándole que intercediera ante aquellos seres etéreos por ella y segundo encender diariamente una vela, colocándola en la ventana de su dormitorio hasta que supiera de su preñez.

Una noche del mes de los santos, mi amigo Juan y yo nos entretuvimos demasiado en el bar y el sereno anunció la hora temida. Asustados regresábamos sigilosos a nuestras casas cuando escuchamos unos rezos en latín. Pávidos nos escondimos en un portal y aparecieron ante nosotros. Iban encapuchados, vestidos de negro, con togas del mismo color que arrastraban por el suelo. Un par de candiles, uno la primera de las almas en pena y otro la última alumbraban el camino recorrido. Sus sombras titilaban a cada paso. No se percataron de nuestra presencia y continuaron calle arriba, pero la curiosidad mató al gato y eso nos pasó a nosotros. Los seguimos a cierta distancia, escondiéndonos tras cada esquina que giraban hasta que se detuvieron en una casa que tenía la famosa vela encendida en la ventana. Entraron en la vivienda con tal facilidad que parecían poseer las llaves y abrirla sin forzarla. Segundos después salieron con una mujer. Una de las almas la portaba entre sus brazos sin esfuerzo ninguno y continuaron su camino en dirección al bosque.

La luz de las velas nos servían de guía en la oscuridad de la noche

Yo quise detenerme, lo juro por Dios. Pero Juan mucho más valiente insistió para que continuáramos con aquella persecución.

La luz de sus velas nos servían de guía en la oscuridad de la noche y no tardamos en alcanzarlos. Entraron un una cueva conocida por la boca del infierno y se perdieron en su interior. Yo intenté retener a Juan, que parecía divertirse con todo aquello y sin esperarme entró también. No me quedó más remedio que seguirlo, lo juro y desde entonces cada día me arrepiento por no habérselo impedido.

Bajamos unas escaleras esculpidas en la piedra. Los rezos en latín resonaban cada vez con más fuerza. Un estrecho pasillo zigzagueaba caprichosamente hasta que en el último recodo la galería se ensanchó y la iluminación nos hizo recular para no ser descubiertos. Apoyados contra el muro pudimos contemplar estupefactos como la mujer estaba desnuda en una especie de altar. Una a una fue acercándose a la joven, fornicando mientras ella seguía en una especie de trance. Juan susurró una frase, la última de su vida.

-¡Que cabrones se la están follando! –Y como por arte de magia una mano lo agarró del pecho y lo lanzó hacia delante. El ánima vigilante estaba a menos de un metro en la otra parte de la pared. El miedo me impidió hacer nada y me quedé inmovilizado, escondido tras el recodo. Los observé petrificado, sin respiración, tan solo escuchaba el latido de mi corazón que galopaba dentro de mi pecho como un caballo de carreras. Una de aquellos seres se acercó a Juan y le puso algo en el rostro, no podría decir que era, parecía un trozo de tela negra, tal vez un pañuelo, no lo sé a ciencia cierta. Mi amigo cayó desfallecido casi en el acto y quedó tirado en el suelo como un muñeco de trapo. Lo cogieron entre dos por las axilas y lo elevaron sin dificultad alguna a pesar de que Juan era un hombre robusto. Lo llevaron hasta un enorme agujero que había en el suelo, esa debería ser la mismísima boca del maldito infierno porque no se oyó caer su cuerpo hasta bastante después.

No quise ver más, cuando escuché aquel golpe lejano del cuerpo de mi amigo, me fui con las piernas temblorosas, medio mareado y huí lo más rápido posible.

Al día siguiente me marché del pueblo con la excusa de que en la ciudad había más oportunidades y hoy treinta años después estoy contando esta historia por primera vez.

La procesión de las ánimas, existe porque llevo sufriendo su castigo durante toda la vida. Creedme y tened cuidado cuando regreséis después de las doce, os lo ruego.

@maljj71

La procesión de las ánimas era despiadada, cruel, hacía que la gente viva desapareciera

 


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Maljj (21 noticias)
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