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La parábola del río

31/10/2010 13:38 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

No tienes que trabajar mucho

Había una vez cinco hijos que vivían con su padre en un palacio en las montañas. El mayor era un hijo obediente, pero sus cuatro hermanos menores eran rebeldes. Su padre les advertía respecto al río, pero no escuchaban. Les suplicaba que se mantuvieran lejos de las orillas para que la corriente no los arrastrara, pero el encanto del río era demasiado fuerte.

Cada día los cuatro hermanos rebeldes se acercaban aún más hasta que uno de ellos se atrevió a tocar y a sentir las aguas. «Sosténganme de la mano para no caerme», dijo, y sus hermanos así lo hicieron. Pero en cuanto tocó el agua, con un tirón la corriente lo arrastró junto con los otros tres hermanos y se los llevó río abajo.

Dieron tumbos contra las rocas, a través del cauce rugiente, arrastrados por el oleaje. Sus gritos pidiendo auxilio se perdieron en la furia del río. Aunque luchaban por recobrar el equilibrio, no podían hacer nada contra la fuerza de la corriente. Después de horas de lucha, se abandonaron al impulso del río. Las aguas finalmente los arrojaron en la orilla de una tierra extraña, en un país lejano y en un lugar desolado.

Había salvajes en esa tierra. No existía seguridad como en la suya.

Vientos fríos azotaban la tierra. No era cálida como la suya.

Montañas escabrosas cubrían la tierra. No era acogedora como la suya.

Aunque no sabían dónde estaban, de una cosa estaban seguros: no los hicieron para ese lugar. Por largo tiempo los cuatro jóvenes se quedaron exhaustos en la orilla, estupefactos por su caída y sin saber a dónde acudir. Después de un tiempo hicieron acopio de su valor y se volvieron a meter al agua esperando poder caminar río arriba. Pero la corriente era demasiado fuerte. Intentaron caminar por la orilla del río, pero el terreno era demasiado escabroso. Consideraron trepar las montañas, pero los picos eran demasiado altos. Además, no conocían el camino.

Finalmente, hicieron una fogata y se sentaron.

—No debimos haber desobedecido a nuestro padre —admitieron—. Estamos muy lejos de casa.

Con el paso del tiempo los hijos aprendieron a sobrevivir en la tierra extraña. Hallaron nueces para comer y mataron animales para aprovechar las pieles. Determinaron no olvidarse de su tierra ni abandonar las esperanzas de regresar. Cada día se dedicaban a la tarea de hallar comida y construir refugio. Cada noche encendían una fogata y contaban historias acerca de su padre y su hermano mayor. Los cuatro hermanos anhelaban verlos de nuevo.

Entonces, una noche, uno de ellos no apareció junto al fuego. Los otros lo hallaron a la mañana siguiente en el valle con los salvajes. Estaba construyendo una enorme choza de paja y lodo.

—Ya me cansé de nuestras charlas —les dijo—. ¿De qué sirve recordar? Además, esta tierra no es tan mala. Voy a construir una gran casa y me estableceré aquí.

—Pero esta no es nuestra casa —objetaron los otros.

—No, pero lo es si no piensan en la verdadera.

—Pero, ¿qué de nuestro Padre?

—¿Y qué de él? No está aquí. No está cerca. ¿Debo quedarme para siempre esperando su llegada? Estoy haciendo nuevos amigos; estoy aprendiendo nuevas cosas. Si viene, que venga, pero no voy a quedarme sentado esperándolo.

Y así, los otros tres dejaron a su hermano con la choza de lodo que estaba construyendo y se alejaron. Continuaron reuniéndose alrededor del ruego, hablando de su casa y soñando con regresar.

Algunos días más tarde un segundo hermano no apareció en el campamento. A la mañana siguiente los hermanos lo hallaron en la falda de una colina contemplando la choza de su hermano.

—¡Qué atrocidad! —les dijo mientras se acercaban—. Nuestro hermano es un completo fracaso. Un insulto a nuestro apellido. ¿Pueden imaginar una acción más detestable? ¿Construir una choza y olvidarse de nuestro padre?

—Lo que hace no está bien —convino el menor—, pero lo que nosotros hicimos tampoco estuvo bien. Desobedecimos. Tocamos el río. Pasamos por alto las advertencias de nuestro padre.

—Pues bien, tal vez cometimos una o dos faltas, pero comparado con el majadero de la choza somos santos. Nuestro padre se olvidará de nuestro pecado y lo castigará a él.

—Ven —instaron los dos hermanos—, regresa a la fogata con nosotros.

—No, pienso que me quedaré aquí para vigilar a nuestro hermano. Alguien tiene que anotar sus errores para mostrárselas a nuestro padre.

Y así los dos regresaron, dejaron a un hermano construyendo y al otro juzgando.

Los dos hijos restantes se quedaron cerca al fuego, animándose mutuamente y hablando de su hogar. Entonces, al despertar una mañana, el hijo menor descubrió que estaba solo. Buscó a su hermano y le halló cerca del río apilando piedras.

—Es inútil —explicó mientras el hermano que apilaba piedras trabajaba—. Papá no vendrá a buscarme. Debo ir a él. Lo ofendí. Lo insulté. Le fallé. Solo hay una alternativa. Construiré un sendero junto al río, para regresar e ir hasta la presencia de nuestro padre. Apilaré piedra sobre piedra hasta que tenga suficientes como para recorrer el camino río arriba hasta el palacio. Cuando él vea lo duro que he trabajado y lo diligente que he sido, no tendrá otra alternativa que abrirme la puerta y permitirme entrar a casa.

El último hermano no supo qué decir. Regresó a sentarse junto al fuego, solo. Una mañana oyó una voz familiar detrás de él.

—Papá me ha mandado a que te lleve a casa.

El hijo más joven levantó sus ojos para ver la cara de su hermano mayor.

—¡Viniste a buscarnos! —exclamó. Por largo rato los dos se abrazaron.

—¿Y tus hermanos? —finalmente preguntó el mayor.

—Uno construyó una casa aquí. Otro lo está vigilando. El tercero está haciendo un sendero río arriba.

Y así el primogénito se dispuso a buscar a sus hermanos. Primero fue a la choza de techo de paja en el valle.

—¡Fuera de aquí, extraño! —gritó el hermano por la ventana—. ¡Tu presencia no es grata aquí!

—He venido para llevarte a casa.

—No es cierto. Has venido para quitarme mi mansión.

—Esto no es ninguna mansión —replicó el primogénito—. Es una choza.

—¡Es una mansión! La mejor de todo el valle. La hice con mis propias manos. Ahora, fuera de aquí. No puedes apoderarte de mi mansión.

—¿Me perdonará? —¿Me hubiera enviado si así no fuera?

—¿No te acuerdas de la casa de tu padre?

—No tengo padre.

—Naciste en un palacio en una tierra distante, donde el aire es cálido y los frutos abundantes. Desobedeciste a tu padre y acabaste en esta tierra extraña. He venido para llevarte a tu hogar.

El hermano miró por la ventana al primogénito como si reconociera una cara que recordara haber visto en un sueño. Pero la pausa fue breve porque rápidamente los salvajes que estaban en la casa cubrieron la ventana.

—¡Fuera de aquí, intruso! —exigieron—. Esta no es tu casa.

—Tienen razón —respondió el primogénito—, pero tampoco es la de él.

Los ojos de los dos hermanos se encontraron de nuevo. Una vez más el hermano constructor de la choza sintió un tirón en su corazón, pero los salvajes habían ganado su confianza.

—Todo lo que quiere es tu mansión —exclamaron—. ¡Dile que se vaya!

Y así lo hizo.

El primogénito buscó al siguiente hermano. No tuvo que andar mucho. En la colina cerca de la choza y al alcance de la vista de los salvajes estaba el hijo buscador de faltas. Cuando vio que el primogénito se acercaba, le gritó:

—¡Qué bueno que viniste para observar los pecados de nuestro hermano! ¿Te das cuenta de que le ha vuelto la espalda al palacio? ¿Te das cuenta de que nunca habla de casa? Sabía que vendrías. He guardado un registro cuidadoso de sus obras. ¡Castígale! Aplaudiré tu cólera. ¡Se lo merece! Enfrenta los pecados de nuestro hermano.

—Tenemos que enfrentar primero los tuyos —dijo el primogénito con dulzura.

—¿Mis pecados!

—Sí, desobedeciste al Padre.

El hijo se retorció y dio una palmada al aire.

—Mis pecados son nada. Allí está el pecador —exclamó señalando la choza—. Déjame contarte de los salvajes que se quedan allí…

—Prefiero que me hables de ti.

—No te preocupes por mí. Déjame mostrarte quién necesita ayuda —dijo corriendo hacia la choza—. Ven, miraremos por las ventanas. Él nunca me ve. Vamos juntos.

El hijo llegó a la choza antes de percatarse de que el primogénito no lo había seguido. Luego, el hijo mayor se dirigió al río. Allí, halló al último hermano que estaba metido hasta las rodillas en el agua apilando piedras.

—Papá me ha enviado para que te lleve a casa.

—No puedo hablar ahora. Tengo que trabajar —dijo el hermano sin siquiera levantar la vista.

—Papá sabe que has caído. Pero él te perdonará…

—Tal vez —interrumpió el hermano luchando por conservar el equilibrio contra la corriente—, pero tengo antes que llegar al palacio. Tengo que construir un sendero río arriba. Primero le mostraré que valgo la pena. Luego le pediré su misericordia.

—Él ya te ha dado su misericordia. Te llevaré río arriba. Nunca podrás construir un sendero. El río es demasiado largo. La tarea es mucha para tus manos. Papá me ha mandado para que te lleve a tu hogar. Yo soy más fuerte.

Por primera vez el hermano que apilaba piedras levantó la vista.

—¡Cómo te atreves a hablar con tanta irreverencia! Mi padre no va a perdonar con tanta facilidad. He pecado. ¡He pecado grandemente! Él nos dijo que evitáramos el río y desobedecimos. Soy un gran pecador. Necesito trabajar mucho.

—No, hermano mío, no necesitas trabajar mucho. Necesitas mucha gracia. La distancia entre tú y la casa de nuestro padre es demasiado grande. No tienes suficiente fuerza ni piedras para construir el camino. Es por eso que nuestro padre me envió. Él quiere que te lleve a casa.

—¿Estás diciendo que no puedo hacerlo? ¿Estás diciendo que no soy lo bastante fuerte? Mira mi trabajo. Mira las piedras. ¡Ya puedo dar cinco pasos!

—¡Pero tienes que dar cinco millones más!

El hermano más joven miró al primogénito con enojo.

—Sé quién eres. Eres la voz del mal. Tratas de seducirme y alejarme de mi trabajo sagrado. ¡Aléjate de mí, víbora! —respondió y le lanzó al primogénito la piedra que estaba a punto de colocar en el río.

—¡Hereje! —gritó el constructor de caminos—. Sal de esta tierra. ¡No puedes detenerme! Voy a construir este camino y llegaré hasta mi padre y él tendrá que perdonarme. Me ganaré su favor. Me ganaré su misericordia.

El primogénito sacudió su cabeza.

—Favor ganado no es favor. Misericordia ganada no es misericordia. Te imploro, déjame llevarte cargado río arriba.

La respuesta fue otra piedra. De modo que el primogénito se dio vuelta y se alejó. El hermano menor lo estaba esperando junto a la fogata cuando el primogénito regresó.

—¿Los otros no vinieron?

—No. Uno decidió divertirse, el otro juzgar y el tercero trabajar. Ninguno escogió a nuestro padre.

—¿De modo que se quedarán aquí?

El hermano mayor asintió lentamente.

—Por ahora.

—¿Y nosotros regresaremos al Padre? —preguntó el hermano.

—Sí.

—¿Me perdonará?

—¿Me hubiera enviado si así no fuera?

Y así el hermano más joven se subió a la espalda del primogénito y emprendió el camino hacia el hogar.


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Jaferlui (116 noticias)
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