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La Novia Vendida

16/06/2011 09:23 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Cuando en 1925 Carl Theodor Dreyer rueda "Glomdalsbruden", su carrera constaba ya de siete películas, siempre alternando las realizadas en su Dinamarca natal con  proyectos en Suecia, la UFA alemana o Noruega. De vez en cuando, aires polacos o rusos también corrían por ellas. Como se sabe, faltaban apenas dos años para que con "La passion de Jeanne D'Arc", su primer y único film francés,   arrancara el culto  internacional a su figura, interrumpido más de veinticinco años hasta la  proyección en Venecia de "Ordet", con la que el cine recuperó a uno de sus  más grandes creadores.  Culto que hoy día parece diluído.Acostumbrado casi cualquier cinéfilo a ver primero su obra sonora, con largometrajes tan espaciados y receptores acumulativos de años de reflexión cinematográfica, tratar de conocer bien al Dreyer regular en su producción,   diverso, lleno de contrastes y parejo al resto de grandes directores nórdicos,   resulta fundamental para compensar el  eco que ha quedado precisamente  por ese film tan famoso con el que clausura su etapa silente  y por el que algunos sólo podemos sentir un aprecio lejano, tan frío como sus imágenes. A "La passion...", seguramente  el film que peor representa  su cine y que a mayor número de malentendidos sobre Dreyer ha dado lugar, le falta precisamente todo lo que  tienen sus más grandes obras previas: la respiración, la holgura para ser varias cosas  a la vez, la musicalidad, algo que ya apuntaba su debut "Præsidenten", ya tan  compleja y  avanzada, y que resplandece en la pura y griffithiana "Du skal ære din hustru", la ligera y divertida "Prästänkan"  que casi anuncia a Pagnol y Renoir o en la estilizada y  misteriosa "Mikaël".image"Glomdalsbruden" - después de "Du skal...", su segunda obra de madurez - es por tanto el último film "normal" de Dreyer... y uno de los mejores.Su  peculiar textura  híbrida,   que combina con toda naturalidad  comedia, melodrama y  drama a punto de desembocar en tragedia, que  parece tan pronto bucólica como de repente se muestra desasosegante,   exultante y al momento siguiente seca, habla de una perfección  multidireccional que quedará cercenada por el forzado  paso al cine sonoro y que para mi gusto en la fascinante "Vampyr", a pesar de sus bellezas, ya no podremos encontrar.

Es difícil imaginar cómo sería el film en su versión íntegra de 115 minutos, ya que la copia existente restaurada por el Norsk Filminstitutt apenas alcanza los 70, pero parece que probablemente impresionado por el Mauritz Stiller de la sobria y genial "Johan" -  y algo tiene en sus momentos más  felices también de la exuberante "Sangen om den Eldröba Blonman", que habría firmado sin dudarlo un segundo el mejor Lubitsch -, Dreyer aplica a una sencilla historia de amor  entre  granjeros toda la sabiduría acumulada  en más de un lustro  de trabajo.No era sólo una cuestión de suprimir intertítulos o pulir la exageración interpretativa heredada del teatro. Si algo debemos haber aprendido de  un número  significativo  de  grandes  obras de esa década prodigiosa,   es que la nueva arquitectura, la  ordenación espacial y todos los avances técnicos en movilidad e iluminación, se pusieron a disposición no de grandes gestas y personajes relevantes, sino de historias  sumamente esenciales, donde llegarían a no importar ni los antecedentes ni siquiera los nombres de los protagonistas, insignificantes si se quiere, puede que hasta anónimos  ("Sunrise" y "Der letzte mann", "The cameraman" y otros Keaton, "La petite marchande d'allumettes", "Tretíia mechanskaia", el "Erotikon" de Machatý, The salvation hunters" y "The docks of New York", "Lonesome", "Límite", "Miss Lulu Bett", los grandes Flaherty,   docenas de  Chaplin y Griffith, "Scherben", "Four sons", "The wind", "The river" y  casi todo Borzage, "The crowd"...) tampoco gran cosa el reflejo social de sus acciones ni el momento histórico o político en que se desarrollaban, ya que por encima de todo,   uno de los  objetivos máximos que alguna vez tuvo el cine fue el de impresionar lo más verdaderamente posible gestos, conductas, el pensamiento mismo.Quedan en la retina los travellings, las grúas, los saltos de eje, los decorados con tal profundidad de campo que a lo lejos  contenían miniaturas, etc. y nada llamativo parece haber de todo eso en "Glomdalsbruden", que sin embargo accede a los mismos resultados discretamente, en la tradición escandinava, seul le cinema, como se llamaba aquel episodio de las "Histoire(s)..." godardianas  en que aparecía el film.

imageEsos instantes, que para apreciarlos en toda su intensidad, puede pensarse que hay que  ponerse en situación  a través  del prisma de unos códigos (el peso que  en  aquella época y país tenía la figura del padre  y la importancia de su  consentimiento  para el matrimonio,   las costumbres de arreglos familiares y dotes sin tener en cuenta los afectos, menos aún los deseos, de los contrayentes en el caso de que los tuvieran,   el  respeto y aceptación de las decisiones del Vicario de la aldea...) en realidad no precisan ni aprender nada ni reeducar paladar alguno,   basta con  tener presente que tienen un valor añadido incalculable: que no  son una abstracción, que hablan de su tiempo, que no son limitaciones para la universalidad, que consiguen elevar las imágenes a la misma cumbre  del realismo aún estando  casi incubados en estudio sus interiores y milimetrados sus  exteriores.No hay más que ver ese bellísimo plano de Berit sentada entre los juncos meciendo rítmicamente su cuerpo con el viento una vez  conseguido que su padre acepte al joven  Tore; ese otro momento en que  el padre de Berit se aprovecha de la vuelta a casa de  ella  para por fin poder comer bien tras pasar semanas sólo, dado con un simple corte y reencuadre del plato de sopa. O en la  larga, compleja  escenificación  final de la venganza que se ve "obligado" a poner en marcha el novio despechado y que recorre  los rápidos  del río, o bien  en ese  instante en que para introducir el momento en que ella está abandonada y convaleciente de un accidente, un primer plano de él acariciando su mano irrumpe desde la derecha como un relámpago... y bueno,   qué decir del mayor momento  de plenitud,   ese beso que se dan Berit y Tore en la puerta de la caseta de la leña tras atravesarla el plano y elevarse hasta  la altura de los amantes.Y no hace falta ni siquiera fijarse en los momentos de mayor lirismo. Brilla la penetrante mirada de Dreyer, siempre a la distancia justa, en cualquier paisaje de tierras de labor o  carreta de caballos que  surca sus senderos, en las conversaciones en interiores,   en esos baúles con el ajuar de Berit que vienen y van, cómica o premonitoriamente,   en las ropas secándose al viento.

Se están cumpliendo ya los centenarios de las primeras obras totales que dio el cine.

Ya pasó sin la menor repercusión el de "Le Palais des Mille et une Nuits", el año pasado fue el de "The unchanging sea" y ya se acercan los de "Ingeborg Holm", "Fantômas"  o "Det hemmelighedsfulde X".

Estaría bien  que fuesen  recordadas, pero  sería más valioso  que quienes las vean ahora las sientan más vivas que nunca.


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postcefalu.blogspot.com
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