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La Lucía

05/04/2010 23:17 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

¿Cual era hace mucho tiempo, el destino de una niña en las zonas rurales y de reservaciones, muy alejadas de las urbanas y donde todo queda a la voluntad de Dios?... Varios destinos, uno de ellos semejantes a la historia de La Lucía

Luego de cumplir con el obligatorio Servicio Militar, la vida me dió la posibilidad de que me suceda la experiencia más hermosa que pude haber vivido, que no voy a olvidar nunca y que paso a relatar.

Todo empezó cuando recibí mi título de “maestro de escuela”, casi a mis veintiún años de edad y hace ya mucho tiempo, recibí a la vez la algarabía de mis padres y parientes, ya que uno de la familia iba a colaborar con el “desarrollo intelectual del país”, enseñando a “los futuros ciudadanos argentinos a ser personas bien capacitadas, honradas, honestas y dignas”. Según expresiones del Ministro de Educación en su discurso previo a la entrega de los diplomas a los noveles maestros recién recibidos.

Casi simultáneamente a este acto elevé una nota con mi título y mis muy escasos antecedentes, al Ministerio de Educación, solicitando trabajo como “maestro de grado”.

Ya me imaginaba concurriendo a dictar clases en alguna escuela vecina al barrio al cual yo pertenecía, Palermo, en la Capital Federal argentina.

Veinte días después llegaba a mi domicilio un telegrama por el cual se me convocaba a presentarme en una dependencia del Ministerio que se denominaba “Dirección de Escuelas Primarias”, dos días después de recibido el mensaje.

Ante la expectativa que se me presentaba por mi primer empleo como “maestro” ambos días transcurrieron para mí, en medio de una asfixiante ansiedad y un enorme cúmulo de sueños.

El día señalado, estaba temprano por la mañana, esperando ser atendido por la gente de la “Dirección de Escuelas Primarias”, varias horas estuve aguardando y la verdad es que hubiese podido estar esperando dos años, sin sentir molestia alguna por ello cuando, de repente, se presentó ante mí, una elegante dama diciéndome: “… el señor Somaruga lo aguarda… pase, por favor…”.

Seguramente mis ojos se agrandaron en demasía y mi inquietud fue demasiado perceptible cuando escuchaba, sentado frente al señor Somaruga, Director de Escuelas Primarias de la Nación que, sin adivinar mi preocupación, me ofrecía un cargo tremendamente tentador, el de “Director y Maestro” en una escuela… ¿qué escuela?... la escuela número 28 en un paraje denominado “Ñandú Muerto”… en el Territorio Nacional de Chubut!!!... en la Patagonia Argentina!!!.

El señor Somaruga me expresó que en dicha escuela, que pertenece a una colonia pastoril, llamada “Ñandú Muerto”, asiento o reservación de indígenas de origen mapuche, al pié de la Cordillera de los Andes, hacía algún tiempo que no van maestros que atiendan a un interesante número de niños aborígenes y que por eso, el Ministerio de Educación había pensado en designar allí a un maestro permanente. Me dijo también que el Ministro y él mismo como Director de Escuelas Primarias confiaban en mí para ocupar dicho cargo.

Con mucha felicidad acepté el nombramiento, si bien la mención del lugar a donde debía dirigirme, me llenaba de pregunta sin respuestas.

Estábamos transitando el mes de febrero, pleno verano en mi ciudad, largas vacaciones escolares en la Capital Federal y en la parte norte del país, pero plena actividad educativa en la Patagonia, allí las vacaciones son en invierno, cuando el clima es más duro, el frío es más intenso, los vientos más violentos, la nieve más copiosa, el hielo más persistente y pareciera hasta más helado.

Patagonia, en la vecindad del Polo Sur, lugar de los más inhóspitos de la Tierra.

Debía presentarme en septiembre de este año en “Ñandú Muerto”, el pasaje para viajar me lo costearía el Ministerio y lo recibiría por correo, por eso no debería preocuparme, por ende tuve mucho tiempo para pensar y preparar mi viaje al lugar al que alguno de los míos me alentaba, mientras otros trataban de hacerme desistir.

Muchas veces pasaba horas largas encontrando similitudes entre mi futuro viaje a “Ñandú Muerto” y los viajes de Marco Polo y los suyos desde Pekín al sur de la Mongolia, a Yunnan, en las adyacencias de Birmania y Siam. Si hasta tenía mi propio Yangtze para cruzar, el Río Negro argentino.

Dos días después me enteré que la mayor parte del trayecto lo podría hacer por ferrocarril, entre la Estación Constitución y un lugar que en ese momento su nombre me resultaba difícil de recordar y que hoy es un importante centro turístico… San Carlos De Bariloche, en el territorio de Río Negro, a más de 1600 kilómetros de distancia de la capital del país.

Desde ese punto a “Ñandú Muerto”, rumbo al sudoeste cordillera adentro, cambiando de provincia, casi 120 kilómetros, debería transitarlo casi a campo traviesa, me imaginaba avanzar esa distancia a la manera de Marco Polo, en el lomo de un elefante.

¿Cómo llegué a “Ñandú Muerto?, ¿Qué impresiones tuve del viaje?, ¿Qué experiencias?, muchas y muy ricas, unas pintorescas y simpáticas; otras tristes y preocupantes entre gente extremadamente pobre cuya situación, al día de hoy, casi no ha cambiado ante la falta de interés que se nota entre quienes rigen los destinos del país. Todas esas experiencias, tan enriquecedoras son materia de otros relatos que en el futuro escribiré.

Basta puntualizar que pese a mis primeras impresiones, en ese momento fueron bastante negativas, mis experiencias en “Ñandú Muerto” se extendieron por doce años y que cuando tuve que volver a Capital Federal, mucho lo lamenté.

Cada año, antes de empezar las clases, debería recorrer a caballo las grandes distancias que separaban a los ranchos de la escuela y entre los mismos ranchos del lugar en búsqueda de niños a quienes inscribir para que asistan a estudiar.

Cada rancho está demasiado lejos de la escuela, razón por la cual los niños que concurrían a clases, lo hacían de a caballo, diariamente y luego de un par de horas de cabalgata entre los cerros de distinta altura y colores. También cada rancho estaba separado de otro por una distancia similar, nunca vi medianamente cerca un rancho de otro.

Lo que era muy común en cada rancho era un número no muy grande de chivos contrastando con otro muy similar de perros flacos y pulguientos.

Ya había pasado un año como “director y maestro” en la escuela número 28 de “Ñandú Muerto”, debía recorrer nuevamente los ranchos en busca de alumnos y avisando a los alumnos del ciclo anterior que volvían a comenzar las clases.

Luego de horas de cabalgar, subiendo y bajando lomas, sorteando vizcacheras, tranquilizando al caballo cuando se asustaba por una perdiz, que, de improviso y desde las mismas patas del equino al pasar, levantaba vuelo raudamente, silbando para alejarse del lugar.

De repente divisé un rancho instalado al amparo de un peñasco. Salieron varios perros a torearme. De adentro del rancho un autoritario silbido los paró en seco.

Cuando me acerqué lo suficiente a la humilde vivienda, apareció en la puerta, un paisano, un hombre de unos cuarenta años, de agudos rasgos mapuches. Lo saludé. Me respondió el saludo en forma muy amistosa y con una sonrisa que inmediatamente hizo que tuviera confianza en él.

Me apeé, le extendí la mano tratando de inspirarle la misma confianza, él apretó mi mano tímidamente.

Le expliqué el motivo de mi visita. El hombre llamó a su mujer, de nombre Juana que hasta ese mismo momento había permanecido dentro del rancho. Con actitud asustadiza escuchaba ella también con atención, sin nada decir, ni a favor, ni en contra.

He de aclarar que luego me enteré que el nombre del paisano era Prudencio y su apellido Millao.

Luego de dejarme hablar varios minutos llamaron a sus hijos, tres niños con edad de ir a la escuela; Pedro de 13 años, Lucía de 12 y Juancito de 9.

Nunca habían asistido a la escuela y a partir de esta visita y cuando correspondiera comenzarían a ir a clases. Así lo hicieron a lo largo del período escolar. Los tres todos los días llegaban a la escuela puntualmente montando un mismo caballo. Dos horas para ir y dos horas para volver. Ese año no faltaron ningún día.

Llegó la finalización del período escolar… llegaron y pasaron las vacaciones. Al año siguiente cabalgué nuevamente buscando los ranchos para avisarles que volvían a comenzar las clases.

El primer día del nuevo ciclo educativo asistieron casi todos los alumnos del año anterior más tres que se incorporaron este año. Solo faltaron tres chicos: los hermanitos Millao. Pensé: ”…bueno, … seguramente mañana vendrán…”.

Pasaron varios días, los tres Millao no venían todavía, yo estaba preocupado tanto que el domingo ensillé el tostado y fui hasta el rancho de Prudencio Millao.

Me recibió Juana. La mujer prepara para mi uno sabrosos mates amargos. Mientras los saboreo le pregunto: “…doña Juana: y don Prudencio?... por donde anda?...”

Ella me contesta: “… y!., .. no sé, pó!, se jué de acá hace uno mese…”, “… habrá encontrau otra mujer…”

No dije nada más al respecto y me aboqué a enterarme cómo y donde están los hijos:

“… hay ´tán…” contesta con su dialecto tan particular y continúa: “… se jueron el Pedro y el Juancito a juntar lo´chivo… aura son mi mano derecha ya que no ´tá el padre…”, “… ya ´tan por volver”“… mañana van dír la cuela, máitro…”

Me di cuenta que Doña Juana no nombró a Lucía, temí lo peor y lo peor en estos parajes es la “picadura de pulmón”.

Tomé coraje y pregunté entonces: “… doña Juana … ¿y Lucía?...”.

Me contestó con algo de displicencia: “… ah!, la Lucía…!” “…ai tá… en la pieza, con el muñeco…”.

Sentí alivio con la contestación de Juana, le dije: “… puedo verla, doña Juana?…”.

-“… Si, máitro, …” -

Me contestó y habló fuerte en dirección al dormitorio donde estaba Lucía.

-“… Lucía!... venga!... el máitro quere verla!...”

De entre las tinieblas de la habitación, apareció Lucía, la misma mirada huidiza del año anterior. La misma sonrisa tímida y el mismo gesto inocente de entonces de una niña a punto de entrar en adolescencia.

También el mismo vestido gastado con el que supo ir cada día de clases del año anterior.

En sus brazos, lo que supuse que era el “muñeco” que me contó Doña Juana que era con el que Lucía jugaba en el dormitorio, envuelto entre unos trapos ligeros y sucios.

Doña Juana me miró entonces y entre un comprensivo enojo de madre y un tácito pedido de explicaciones a su hija, me dijo:

-“… ¿ve, máitro?... ái lo tiene la Lucía… ái lo tiene… ¡parida!"


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Ingeles (10 noticias)
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