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La lección de filosofía

08/05/2011 19:08 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

“Yo les voy a enseñar filosofía” les dijo y comenzó con aquel popular silogismo de que si Sócrates es un hombre, Sócrates es mortal

La lección de filosofía Cuando Corina C. llegó a la edad de 10 años, apareció en su horizonte, merced a la actuación académica de su maestra de cuarto grado, un repentino interés por las artes y la filosofía que se conjugó en el descubrimiento del arte dramático.

Por aquellos años - de los sesenta hablamos – comenzaba a verse a la luna como algo más que un objeto decorativo en el cielo y al hombre, como alguien con capacidad para alcanzarla. Sin embargo, los comunes mortales continuaban, al menos en el entorno de Corina, con sus melodramáticos apuros económicos, siempre esperando el fin de mes o el nuevo gobierno que arreglaría todas estas cuestiones.

Aquel verano, la señora de Born, había propuesto a las tres amigas que iniciaran un club de púberes, como se usaba en Alemania, con el nombre de “Las Teenagers”, en homenaje a las niñas de su lejana tierra natal o tal vez a su dura infancia. Corina, Alcira y la divina Susana, accedieron muy entusiasmadas a la idea, dado que por entonces, las posibilidades de diversión dependían más de la propia creatividad que del ansia de incrementar el capital de la Quilmes.

Así fue como inventaron un uniforme posible, aunando las prendas que las tres podían guardar en común, tales como camisitas blancas o polleras azules y, ya vestidas como iguales, con una enorme T de cartón a manera de prendedor sobre sus corazones, iniciaron su primera actividad que consistió en imaginar acciones posibles en el barrio.

Corina, como ideóloga del grupo, propuso, en principio, que se disfrazaran como para representar algún símbolo que hiciera reflexionar a la gente acerca de cosas importantes de la vida. En realidad, más que determinar el disfraz por alguna idea preconcebida, cada una se abocó a buscar qué era lo que había en casa para la ocasión, y sus dos amigas, en especial, vestidos que les quedaran encantadores.

La divina Susana, con la asistencia de su madre, encontró un camisón de seda rosa y recurrió a unos tules al tono para componer un hada bellísima con una prefabricada varita llena de brillos y un sombrero altisonante del que emergían sus claros rizos como suaves rayos de luna. No supo explicar con total claridad el mensaje de aquella figura pero finalmente dijo: “Solamente con esto voy a salir a la calle disfrazada”. Y fue aceptada su moción.

Alcira encontró en el guardarropa familiar un oscuro vestido de broderie, por lo tanto, acompañó con bonete forrado de tul negro y decidió hacer el papel de hechicera. Su rostro cetrino y su afilada nariz larga componían, ciertamente, un esperpento que asustaba a cualquiera. No fue necesario que justificara su elección.

Ante tales atuendos a Carina no le quedó otra que disfrazarse de payaso –lo cual compuso con algunos viejos pantalones y descolorida camisa de su padre- y decidir que el mensaje que transmitirían sería algo así como “La magia de la vida: negra, rosa o divertida”, palabras que anotaron en un pequeño cartel ornamentado con firuletes que colgaron con hilos de algodón en las columnitas del tapial de su casa.

- Pero, mamá- explicaba más tarde Corina, antes de irse a dormir sin cenar- el título era “El que espera, desespera”…

Allí sentadas las tres, aquella tarde resultó larga y aburrida, pues más allá de algunos comentarios de los pasantes, del tipo “Qué bien te queda el camisón de tu mamá, gordita” o “se adelantó el carnaval”, la exposición dramática no logró despertar reflexiones filosóficas de ningún tipo. Esto dio motivo a que Corina redoblara sus esfuerzos para pensar en algo más comprometido y así fue como propuso iniciar una escuela para los chicos del barrio.

Después de mucho trajinar las cuadras circundantes, lograron tres alumnos, de edades afines, y que andaban atorrando (como no le gustaría decir a Borges) en las puertas de sus domicilios, sin saber qué imaginar.

La escuelita se montó en el garaje. Su mobiliario consistía en una simple mesita, una pizarra negra y algunos banquitos, en los que se sentaron los niños a esperar la aparición de cada institutora. En primer lugar, apareció la divina Susana, les repartió unas hojitas y trató de explicarles durante algunos minutos, la lección del sujeto y el predicado verbal. Los niños, arrobados por su belleza y por el extraño suceso que les estaba aconteciendo, quedaron con las bocas semisonrientes y los ojos encandilados, como quien mira un espectáculo surrealista y no atina a comprender por qué razón está metido allí.

Cansada que estuvo la divina Susana, de debatirse con la espinosa cuestión y antes de ser vencida completamente por las trampas de la gramática, continuó con el trabajo docente Alcira, quien apareció con tijeras, cartulinas y plasticolas para desplegar ante ellos sus habilidades manuales como lo había visto en “Buenas Tardes, mucho gusto” por la televisión. Terminó con un simpático centro de mesa lleno de flores artificiales y les expresó su gran satisfacción por haber conseguido dictar esa clase de arte.

Al ingresar en el aula nuestra reflexiva Corina, los alucinados alumnos continuaban allí. “Yo les voy a enseñar filosofía” les dijo y comenzó con aquel popular silogismo de que si Sócrates es un hombre, Sócrates es mortal. Muy cerca estuvo de lograrlo pero los niños, más que un asunto de lógica, vieron en el razonamiento oscuros presagios de muerte y, ante el atardecer que amenazaba con sus oscuros fantasmas, decidieron dar por finalizada la experiencia de la escuelita de las Teen y retirarse a jugar su último picadito del día en el baldío de la esquina.

- Te lo dije- se enojó la divina Susana – siempre arruinas todo con tus cosas raras- Y amenazó con no seguir adelante.

- Es cuestión de público- respondió Corina – Los niños no podrían entender nunca de estas cosas. A vos tampoco te fue bien con la sintaxis.

- Es cierto – aportó Alcira, tratando de otorgar algún crédito al club – vamos a darte la última oportunidad. ¿Qué hacemos ahora?

- Vamos por los adultos- decidió Corina – Ellos entienden más.

Pero la unidad ya estaba resquebrajada y mucho más aún con la nueva propuesta, de manera que sólo quedaron dos en el club juvenil. Ya supondrán quién fue la desertora. Sin dar demasiada importancia a la pérdida del miembro divino, las que quedaron se abocaron a su nueva acción que consistiría en interpretar una obra de teatro moderna, de esas para hacer pensar, se dijeron. Durante toda la mañana invitaron adultos a la obra que se ofrecería en el porche de la casa a las 19 horas. Acomodaron las sillas al frente, y esperaron pacientemente pero sólo asistieron al teatro callejero, las tres madres y la divina Susana, que por supuesto, no quería perderse del último fracaso. Corina presentó brevemente la obra, pidiendo que se prestara mucha atención al título. - Señoras – proclamó- a continuación “El que espera, desespera”. Y ambas se fueron a esconder al patio, como quien prepararse para el primer acto. Pasaron los primeros diez minutos y las madres emprendieron alguna charlar circunstancial como no dando importancia a la demora. Un rato después, cuando los mosquitos comenzaron a tomar cuenta de ellas, las cosas tomaron otra coloración y enviaron a la divina Susana a ver qué les había pasado a las actrices. Estaban muy sentaditas, contemplando el atardecer y, según ellas, desarrollando la obra, que ya estaba por llegar a su fin. Cuando la divina Susana, regresó con estas nuevas, las mujeres se levantaron con más indignación que estupor. - Pero, mamá- explicaba más tarde Corina, antes de irse a dormir sin cenar- el título era “El que espera, desespera”…. Demás está decir que fue esa la última actuación dramática del club de las Teenagers y que, al finalizar ese verano, Alcira recibió todo tipo de útiles nuevos para iniciar la escuela, la divina Susana fue inscripta en la Alianza Francesa y Corina, en fin, continuó con su vida gris en el olvidado rincón de los fracasos. Pero la filosofía se convirtió en un bote que llevó a las tres hacia las tierras del futuro en donde cada una ocupó su rol de extemporánea filósofa, de bruja cotidiana y de hada en camisón.

Corina presentó brevemente la obra, pidiendo que se prestara mucha atención al título

María Rosa Meléndez


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Autor:
María Rosa Meléndez (25 noticias)
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