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La Hoja Cuento

24/12/2012 00:40
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HOY

Llegó el otoño, llegó la muerte, por doquier esparcidas, las hojas, bañaban el húmedo suelo, mezcladas con la hierba aún tierna y virgen, cubriéndola, tiñéndola de muerte gris y amarillenta.

En alguna rama, sola, una hoja esperaba su caída. La mayoría de sus compañeras habían caído. La muerte estaba en su cuerpo.

Los últimos reflejos de un sol tímido de otoño, bañaban sin fuerza su piel reseca, arrugada, muerta.

El sol se había puesto, sus poros, sus resecos poros, se humedecieron un momento, y hasta su punta; rodó perezosa una gota de agua, tal vez una lagrima.

El sol, su fuente, su razón de ser, su vida, se había puesto por última vez para ella, sintió la noche, sintió la muerte.

El día finalizaba, la noche imponía su color; oscuro manto que cubría el suelo lleno de muerte.

Recuerdos de una vida llenaron sus últimos instantes, recuerdos de aquellos días de vida, de trabajos, de dulces sueños en cálidas noches de verano. Recordó la hoja su nacimiento.

EL NACIMIENTO, ALL?? POR PRIMAVERA

Verde, pequeña, tierna, una entre los varios miles de millones que nacieron en esos días.

Nació Como todas, cuando nacen las hojas; igual, de la misma forma. En el mismo lugar, nacieron también otras pequeñas hojas, dulces como ella; pero no sé, quizás otra clase, tal vez no es la palabra; podríamos decir diferentes, ¿qué más da? Otras pequeñas que luego serán flor, o serán Yema. Han nacido del mismo ramo e inspiran quizás los mismos sentimientos.

Amanecía, frescos airecillos llenos de esperanzas, de luminosas mañanas, rayitos de sol y suaves caricias de una brisa helada, gotas blancas y perezosas, que orgullosas reflejan un rayo de sol y luego desaparecen dejando una fría caricia.

El árbol despertaba, despertaba la vida.

Sus delicadas pieles recibían la primera mañana. En nuestro árbol, las pequeñas hojas despertaban a la vida, su primera sensación fue de inmovilidad, pero como esta sensación se hallaba grabada en su ser, en su esencia, no pasaba de ser un contacto con la realidad, su realidad.

Estaban, eran, existían. Detrás de aquellas dulces y blandas pieles, se ocultaban unos cuerpos que se preparaban para desarrollar su trabajo, su tarea en la vida, cada cual la suya, con los suyos y entre los suyos.

En esos días, todo andaba revuelto, los pajarillos buscaban el amor, las abejas y demás insectos, trabajaban con su mariposeo saltarín de flor en flor, y le daban un bullicioso encanto a la naciente estación.

Nuestra hoja no tenía tiempo de fijarse en su propio ser, en su propia existencia, como si esta hubiese sido siempre, y fuera a durar para toda la eternidad, solemos considerarnos eternos, como si siempre hubiéramos existido y la eternidad fuera nuestro fin. No daba importancia a su propio nacimiento. Las sensaciones la invadían, la penetraban, la saciaban.

Es más fácil conocer lo exterior, palpar lo demás y a los demás, el mundo que nos rodea; los demás son temporales, por el contrario, nosotros somos eternos; incluso hay quien nunca llega a tener conciencia de su propio existir. Lo que no sé, es si hay alguna religión que contemple el que todos los seres, incluidas las hojas, sean también hijas de Dios.

Lo que es evidente, es que cada ser vivo, tiende a considerarse hijo del creador, semejantes al divino, dando por supuesto que haya un divino, un ser supremo, claro que cada uno arrima el ascua a su sardina, y considera a este ser de su misma naturaleza, para ser más exacto, “ A su imagen y semejanza”

VUELTA A LA REALIDAD

La muerte había llegado, la caída era inminente, su pié, la sólida unión a su árbol, su realidad, su seguridad, todo se quebraba, todo se rompía, el cansancio, el desconcierto, los recuerdos y las ideas se amontonaban. No solo su pié flaqueaba, con él flaqueaba también toda su estructura mental, todo lo que había dado solidez a su vida.

¿Cómo explicárselo a alguien que no ha muerto? ¿Cómo explicárselo a alguien que puede hablar de porvenir, de mañana, de seguridades?

Su pié se rompía, su árbol ya no lo era, ya no estaba, su trabajo, ¿para qué? Su porvenir, su futuro, ¿qué futuro? Sus formalidades, sus responsabilidades ¿dónde? ¿Para quién?

El vértigo, la angustia, su mente flaqueaba, su realidad había estado siempre basada en el trabajo, en sus diarias monotonías, en su inmortalidad de cada día.

UN RECUERDO

Que días aquellos de primavera; algo nuevo los iluminaba cada vez, cada uno le enseñaba algo ¿por donde empezar? Habrá que empezar por el principio, por el sol.

Aquellas mañanas bañadas en luz, todo sumergido en ella, cada rayo de luz, una gota de alegría, de vida rebosante ¿cómo le gustaba sentir el sol? No sentir nada más que su calor, su posesión, su inmenso poder; el sol formaba su cuerpo, su ser, su razón.

Aquella mañana descubrió la lluvia. Una nube de algodón mojado en vino tinto, apareció por el oeste llamando poderosamente su atención, jamás las había visto. Aquel cuerpo flotaba y se movía con ligereza en el aire, parecía tan sólida, tan compacta, pero no caía. La pequeña hoja no podía apartar sus ojos de ellas, habían quedado atrapados en su hechizo ¿qué podía ser? Cada vez estaba más cerca.

Un sentimiento de miedo corrió por su cuerpo; cuando tapó su sol; la nube había cubierto el sol aun cuando no era noche ¿Qué poder tenía aquel ser enorme y flotante? El día había perdido su luminosidad, algo diferente estaba sucediendo, las cosas tomaron otros colores y la enorme sombra corría a su antojo cubriéndolo todo; luego, la sombra, moviéndose a su antojo, se ocultó tras el horizonte, se fue tan misteriosamente como había venido; ella también era independiente ¿Era otro Dios? La pequeña hoja no podía hacer eso, tanpoco sus compañeras ¡Sin duda! Aquello era otro Dios.

Como no recordar aquellos días de su niñez, en los que conoció uno a uno todos los elementos que compondrían su vida. Conoció el frío del amanecer, la helada caricia del rocío.

Conoció el calor de las sofocantes siestas de verano, conoció pájaros e insectos, aprendió sus nombres y sus diferencias, conoció los rojos atardeceres, la brisa suave y el duro viento. Conoció la vida, o al menos la vida que era capaz de percibir a través de sus sentidos, de sus cortos y escasos sentidos. Todos creemos que solo existe lo que somos capaces de percibir con nuestros escasos sentidos.

Había deseado aquel día, había soñado con él, quería sentirse importante, ser responsable, útil, ser un adulto, trabajar ¿Cómo hubiese ella podido pensar que existían otras formas de vida? Nadie ni nada se lo indicó nunca, ni sus mayores, ni sus maestros, ni aquella compañera que parecía saber más.

Llegaron a su pie, las primeras gotas de alimento bruto para transformar, todo fue jubilo y regocijo ¡qué emocionante! Todo era nuevo, servía, era útil, trabajaba para su árbol, para su ser, para su comunidad, para los demás, para todos y para ella, incluso para ella, y para los pájaros que se refugiaban en el árbol durante la noche, o durante las calurosas tardes de verano, cuando el sol, su Dios, parecía querer matarlos a todos en un infierno real, en un infierno que se sucedía un día tras otro.

UNA REALIDAD

El día rompió en un esplendoroso amarillo, piar de pajarillos multicolores, cálidos rayos de sol mañanero, sintió el calor de la vida y ganas de ser feliz, una mañana en calma, piante, llena de vida verde y amarilla.

Quería sentir, darse cuenta de que sentía. Llegaron a su pié las primeras gotas de alimento bruto de aquel día; luego comenzaron a circular por todo su cuerpo, tenía que trabajar, debía comenzar inmediatamente a transformar aquella materia prima inservible, en útil sustento para la comunidad.

Su voluntad flaqueaba, pero una conciencia grabada en cada una de sus células le dictaba trabajo. Por el contrario, un sentimiento sosegado y dulce, la invitaba a sentir la vida, a dejarse llevar por las sensaciones, por el placer.

Indecisa, entre remordimientos y abandonos al placer, dejó transcurrir algunos minutos; los suficientes para que material no elaborado llegase a los centros de control del árbol.

- Alarma ¿Quién se atreve?

El aparato de orden se puso en marcha, llegaron hasta ella dos individuos uniformados.

- ¿Qué te pasa, estas enferma, te sucede algo?

- Solamente, no me apetecía trabajar y me he quedado distraída. Está tan bonita la mañana.

- ¿Qué dices? Tú estás loca. El trabajo no es cuestión de apetecer o no.

- No lo sabía, ustedes perdonen.

- No es cuestión de perdonar, se trata simplemente de tu obligación.

- Tienes que trabajar de sol a sol como todas tus compañeras.

- Yo vi a aquellas que están contemplando la mañana, sin trabajar, creí que podía......

- ¿Pero que dices? Aquellas son flores, son distintas, ¿Es que no tiene ojos en la cara? Cada cual lo que es. Tú has nacido para trabajar. Estaríamos arreglados si no hubiera un orden, una jerarquía, y sobre todo ten cuidado, te estas jugando tu futuro.

Una ráfaga de viento la trajo al triste presente, a su final, a abandonar sus recuerdos. Su pie había dado un gran chasquido y se había fracturado, solo una finísima brizna de piel la sujetaba al árbol.

De nuevo el viento se movió y ya no había futuro, su tiempo se había acabado. Caía, caía, caía...

LA FLOR

Ya en el suelo, mezclada con los cuerpos de las que habían caído antes, los recuerdos de nuevo llenaron su mente en estas ultimas horas de agonía. Cuando el futuro no existe, todo se vuelve pasado. Siempre lo mismo, que difícil resulta vivir el presente, siendo este tiempo el único que se vive.

Hubo un día, de aquellos de juventud, en el que la naturaleza se empeñó en enseñarle cosas que nunca aprendió del todo. Aquel día quedó impresionada por la belleza de un grupo de compañeras que jugaban con el viento y el sol, y sus colores despertaron sentimientos de deseo, amor y envidia.

Quiso ser como ellas. Siempre todos queremos ser.

Deseó sus colores rojizos, su piel de finísimo tacto, su fragancia, la forma especial y delicada de sostener sobre su tersa piel, una gotita de rocío mañanero.

Deseaba, quería ser ellas, quería ser flor y su deseo lo convirtió en trabajo, en esfuerzo. Tenía que desplazarse, mezclarse con ellas. Tuvo entonces conciencia de su inmovilidad, de falta de libertad, de sus deficiencias. No solo no era flor, si no que mucho menos era pájaro, o insecto, ni siquiera oruga, todos ellos podían desplazarse.

No quiso la naturaleza dejar de darle aquella lección. Una ráfaga de viento, movió su rama y la desplazó hasta ellas; no podía decir con palabras su gozo, su euforia, su placer.

Estaba con la belleza, con la grandeza, con seres superiores; pero no se conformaba con eso, tenía que parecerse a ellas, confundirse con ellas; que sus compañeras de ayer, la creyesen flor, la trataran como flor, que la envidiasen como ella había envidiado a aquellos seres; que aun siendo hermanas, eran tan luminosamente bellas.

Puso todo su empeño en imitarlas hasta en sus movimientos, en sus formas, en sus maneras. Pasaron unos días deliciosos y duros a la vez, la pequeña hoja intentaba por todos los medios parecerse a ellas, llegó incluso a creer que sus esfuerzos no eran del todo vanos.

Había conseguido moverse con su dulzura, oler como ellas y que las demás compañeras la miraran, creía nuestra pequeña, que la miraba con envidia; que lo que aun le faltaba, lo que no había conseguido, era su color.

La mañana estaba ya avanzada, y el sol hacía ya tiempo que calentaba con fuerza, cuando llegó al árbol un grupo de abejas; la angustia atenazó su garganta, la emoción convulsionó su cuerpo. Aquellos deliciosos y juguetones animalitos iban a ser sus jueces ¿creerían que era una flor? ¿Podría pasar por una de aquellas criaturas deliciosas? No sabía que hacer; se escondía, rozaba su cuerpo con las flores cercanas en un intento de robarles parte de su olor.

¿Qué podía ella ofrecerles? ¿Tenía algo para ellas? Aunque lo más importante en aquellos momentos era engañarlas; ella sabía que no era flor, pretendía que la confundieran con una flor en medio del ramillete.

Si engañaba a las abejas, también engañaría a sus compañeras, la envidiarían.

Por fin llegaron, eran dos preciosos animalitos, el hermoso zumbido de sus alas, rozó su piel; revolotearon un momento sobre el ramillete, eligiendo a sus preferidas y libaron con sensualidad en ellas.

Seguía cada golpe de sus alas, cada posarse y levantar el vuelo, las deseaba, deseaba su confirmación, pero no la eligieron; fueron las abejas pasando de una en otra por todas las flores, ni siquiera la tocaron, la ignoraron.

El abatimiento, el ridículo; quería desaparecer, no ser, su cuerpo se puso flácido y resbaló entre las flores volviendo a su lugar, a su sitio.

Odiaba con todas sus fuerzas a las hojas de colores rojizos, de piel suave, de perfumados cuerpos.

Las abejas levantaron el vuelo y la pequeña hoja las siguió durante un largo y sinuoso trayecto, nunca las olvidaría.

-¿Qué tiene de malo tu precioso color verde?

Una oruga, que mantenía levantada la mitad delantera de su cuerpo, la miraba con sus ojillos saltones.

- Además, a mí me gustas mucho más que esas presumidas.

- ¿Y sus colores, su suavidad, su perfume?

- ¿No salió el sol para ti esta mañana, el mismo que para ellas, no es el mismo agua el que os nutre y el mismo viento el que os acaricia? Preocúpate de conocerte y ser feliz con lo que eres y con lo que puedes ser, deja que los demás tengan su propia felicidad. La felicidad está en ti misma.

No entendía la pequeña hoja muy bien todo aquello y menos en aquellos momentos, su corazón estaba cegado por la envidia y el rencor.

De nuevo la hoja regresaba a la realidad de su presente, su tiempo se acababa.

LA VIEJA

Las últimas fuerzas de su mente, en los últimos instantes que le quedaban, la llevaron de nuevo a los días de su juventud, los recuerdos que llegaron a su mente, trajeron un torrente de bilis a su garganta, el recuerdo más amargo que le fue dado por parte de la experiencia y la vejez.

Había un árbol vecino, siempre hay vecinos; sus ramas se entrelazaban con las del árbol de nuestra hoja, algunas hojas del árbol vecino se rozaban con la joven hoja, aquel viejo pino tenía hojas llenas de experiencia, de tiempo, de profundas convicciones, de tierras y realidades.

Nuestra joven e inquieta hoja, charlaba con otra compañera de su edad. Hablaban de proyectos, de sueños, de futuros, con palabras llenas de juventud y de ilusión, rebosaban deseos de vivir, de conocer, de ser felices.

- Me gusta el atardecer, la tranquila muerte del día vivido, esos últimos rayos con promesas de futuro, de nuevos días, que traerán nuevas ilusiones, de más vida. Me gusta sentir la brisa en mi piel, el balanceo de mi cuerpo, dejar pasar el tiempo.

- ¿Para que trabajamos? Que bonita sería la vida sin obligaciones.

- ¿Podríamos realmente no trabajar, hacer lo que nos diese la gana?

- Creo que si, hay gente que lo hace. Debíamos solo ocuparnos de nuestra supervivencia, como esos animales solitarios que cazan cuando tienen hambre.

Terció en la conversación una madura hoja de pino, alguien lleno de experiencias, de realidades, de pasado. Las dos jóvenes se vieron interrumpidas por la vieja hoja de pino.

- Tonterías de chiquillos. Las cosas son como son, y siempre ha habido unos que tienen que realizar unas tareas y otros otras, para que la sociedad pueda existir. Además el trabajo es bueno, permite que no te amargues pensando demasiado.

- ¿Por qué y para que he de trabajar?

- Es nuestra obligación y nuestra responsabilidad, es la forma de servir a los demás, a la sociedad.

- ¿Y si yo no quiero pertenecer a esa sociedad? Yo deseo solo obtener mi alimento con el menor esfuerzo, para dedicar mi tiempo a vivir, pensar, sentir, saber.

La anciana retorcía su ceño acosada por las preguntas de las dos jóvenes y les dijo muy enfadada:

- Tú tendrás que hacer lo que debes, lo que hacemos todas, trabajar y dejarte de sueños y zarandajas.

Las jóvenes no apreciaron el mal humor de la anciana y prosiguieron con su discurso

-¿Por qué no se me permite hacer lo que yo quiera? No quiero estorbar, ni aprovecharme de la sociedad, pero tampoco quiero emplear mi tiempo, mi vida, en sostener con mi esfuerzo unas complicadísimas organizaciones y burocracias. Todas estas complejas instituciones, solo sirven para acumular poder en torno a unos cuantos. Con la excusa de la convivencia y de la seguridad, nos amarran de por vida a un trabajo, a una nomina.

Hubo unos minutos de silencio, los nervios se habían crispado, no había entendimiento, hablaban de realidades diferentes. No había puntos de confluencia; chispas de odio inundaron el ambiente. La joven hoja estuvo tentada de mediar, pero fue su amiga la que preguntó.

- ¿Señora, es usted feliz?

- Como todo el mundo, tengo lo que necesito, como, duermo, trabajo y tengo seguridad, estabilidad.

- ¿De qué tiene usted seguridad?

- De que mañana todo va a ser como hoy, y así todos los días mientras viva, vivo sin sorpresas, sin sobresaltos, sin miedo.

La hoja buscó en su corazón, y tampoco pudo contener sus ganas de replicar.

- A mí me gustaría vivir de otra forma, que todos los días fueran distintos, que cada día fuera una nueva experiencia, una nueva aventura, una incertidumbre. Me gustaría sentir la vida, tener miedo, tener hambre para poder tener el placer de la saciedad, llorar de felicidad o de pena, utilizar todos mis sentimientos, ser feliz.

- Esa forma de pensar, solo te va a traer complicaciones, hay que vivir la realidad, hay que tomar la vida como es; no cambiar, la lucha únicamente proporciona dolor, fracaso y malestar.

- Pero la vida es lo único que tenemos ¿cómo podemos dejarla escapar? Cada minuto de nuestra vida es único, ninguno se volverá a repetir, nunca tendremos una nueva oportunidad. Cada minuto en el que no hacemos lo que queremos hacer, es un minuto perdido. Cada experiencia no tenida, es un conocimiento menos, un poco menos de vida.

- Esa forma de hablar no es de un creyente, de alguien temeroso de Dios. Tendré que dar parte de vosotros a vuestros superiores ¿qué seria de la sociedad si toda la juventud pensase de esa manera? Se perdería el respeto, las buenas costumbres, hasta el temor de Dios.

El miedo a la represión, hizo presa en la joven hoja; el temor a sus superiores recorrió su cuerpo y de su boca salió casi un inaudible “Perdón no quería decir eso”. Su amiga, más valiente, replicó.

- En respuesta a su discurso, señora, quizás se ha olvidado de la libertad individual, el respeto debe comenzar por el individuo, y es la sociedad, la que primero tiene que respetar las ideas de cada uno. Podríamos preguntarnos ¿para quién son buenas las costumbres establecidas? Ya que si no sirven como sospecho, para elevar al individuo y hacerlo feliz, si no que lo meten en el fango de la rutina, sin posibilidad de progreso ni evolución; mejor debían desaparecer esas llamadas buenas costumbres. Por lo que respecta a ese aludido señor, su Dios, no tiene nada que ver conmigo, y espero no tener nada que ver con él, ya que si existiese, cosa poco probable por lo absurda, mi existencia no tendría ningún interés, ya que mi existencia como esclavo, no tiene para mí motivación alguna. Si no puedo ser el dueño y señor de mi propio ser ¿para qué existir?

El estrépito fue terrible, la vieja hoja, chillaba llamando a las autoridades, al consejo de los mayores, aparecieron rápidamente los maestros; entre espavientos y expresiones grandilocuentes, la vieja, explicó lo sucedido, el tumulto fue enorme y la joven irreverente, fue arrastrada a algún lugar.

Los maestros se dirigieron a la joven hoja, nuestra protagonista arrepentida, preguntándole por su opinión, y que si estaba de acuerdo con su amiga ¡Que amargos recuerdos! Cada vez que este hecho viene a su mente, no puede evitar que un tremendo nudo amarre su garganta y que broten lágrimas y sentimientos de culpa.

Negó la joven hoja, negó todo acuerdo con su amiga, y se retracto de todo lo dicho; pidiendo perdón por cualquier opinión equivocada. También la vieja, satisfecha con el castigo infringido a la otra joven y creyéndolo suficiente, echó una mano a nuestra joven y por ello quedó libre de culpa.

Los maestros le aconsejaron que no frecuentara malas compañías, que debía dejar orientar sus pensamientos a sus maestros, las dudas de esta índole filosófica, no debía comentarlas con sus compañeras, ya que estas, podían inducirla a error. Solo los maestros la llevarían al camino de la verdad.

Nunca pudo olvidar a su amiga, pasado algún tiempo, comenzó a tener noticias suyas, los emisarios comenzaban su relato diciendo “Pobrecilla, es muy desgraciada” Aseguraban que pasaba muchas fatigas, que apenas tenía para comer, no tenía amigos y siempre andaba sola, mal vestida......

Un día hubo algo que le sorprendió y que solo mucho tiempo después comenzó a entender. Estaba alguien relatando las desdichas de su amiga y tras repetir lo de todos, añadió “También debe estar loca, siempre sonríe, con una sonrisa extraña que nunca pierde. Además, me aseguró ser muy feliz”.

EL CIEMPIÉS

Una pregunta brotó de sus pensamientos de muerte ¿Para qué? Mas que preguntarse el porqué de la muerte, se preguntaba el porque de la vida. El desaparecer, el no haber más ¿A quien preguntarle?

Un tímido ciempiés, caminaba lentamente intentando acompasar la rítmica onda de su caminar, buscaba refugio en aquellos últimos momentos de luz diurna, de los agudos ojos de algún gorrión hambriento. Fue el ciempiés a esconderse bajo la moribunda hoja.

- Estoy muriendo ciempiés.

El animalito, agazapado bajo ella, pareció mirarla un instante sin hacerle mucho caso.

- ¿No te importa mi muerte, acaso no sufres con la desgracia ajena?

El ciempiés meditó un momento, quizás dudaba si debía responder o no, quizás su respuesta no fuese la que la hoja quería escuchar, tal vez ni siquiera lo entendiese, después de todo el era un animal, un ser superior, y ella solo una hoja, un vegetal, y además moribunda, pero decidió responder, de todas formas daba igual ahora.

- ¿Por qué consideras a la muerte una desgracia?

- ¿Consideras que el desaparecer, el morirte, no es una desgracia?

- El morir es solo el último acto de vida, atravesar la última puerta del camino de la vida. Comprendo que a veces es dolorosa de atravesar esa puerta.

El ciempiés enmudeció de nuevo. Un tímido movimiento de aire, movió la hoja, y el ciempiés tuvo que estar listo para esconder la parte trasera de su cuerpo que había quedado al descubierto.

- ¿Ves como si te importa la muerte? ¿Ves como defiendes tu vida?

- Yo no digo que no debamos defender nuestra vida, tenemos ese instinto, ese dictamen de la naturaleza para prolongar, defender y reproducir nuestra vida.

- Y todo eso ¿Para qué? ¿Qué ganamos en esta lucha desesperada por la supervivencia? Al final morimos y todo el tiempo que vivimos es un continuo sufrimiento.

- Si tu tiempo de vida ha sido un continuo sufrimiento, es que no has entendido nada, has pasado por la vida sin comprender.

- ¿Qué he de comprender?

- La vida es un caminar hacia la muerte, y tú eres el encargado de hacer que ese caminar sea maravilloso, para ello debemos aceptar las cosas como son. Para ello debemos estar en armonía con la naturaleza. Tenemos que comprender que nuestra individualidad pasajera, solo es una expresión puntual de la naturaleza, y que cuando morimos, perdemos esa individualidad y nos reintegramos al total de lo natural.

- ¿Para qué esta individualización? ¿Qué obtenemos del ser “yo” independiente?

- Nuestro placer, es el transito de la vida, es el vivir cada instante sin pasado ni futuro. Nuestro futuro es siempre la muerte y nuestro porvenir, la reintegración en la naturaleza. Cada momento de vida, es nuestra oportunidad de cumplir la misión de la felicidad.

- ¿Cuál es nuestra misión?

- La misión del individuo es buscar la máxima elevación de su ser, de su raza, su máxima felicidad, su máximo conocimiento, para con todo ello contribuir al perfeccionamiento de su especie y a la evolución de la naturaleza. Todo esto lo podemos conseguir a través del propio perfeccionamiento, de la búsqueda de la armonía.

- Pero aun así ¿No te da pena la muerte?

- Mi muerte comenzó el día en que nací, y no puedo tener miedo a alguien que ha sido mi compañera y mi razón de ser. Yo soy gracias a mi muerte, un ser eterno no tiene razón de ser en la naturaleza, puesto que la eternidad es la quietud, la no progresión, la estabilidad, y ninguna de estos conceptos tiene lugar en la naturaleza. La naturaleza es movimiento, evolución, progreso, lucha por la supervivencia, la victoria del más fuerte y mejor dotado. La naturaleza es viva porque hay muerte.

- ¿Tu crees que esa lucha me hubiera hecho feliz? Quizás yo sea de los débiles.

- La mayoría de las veces, la debilidad no está en nuestro cuerpo o en nuestra inteligencia, si no en nuestra voluntad. El ser que físicamente no puede soportar esta lucha, morirá a manos de la implacable naturaleza, lo peor es la debilidad de nuestra voluntad. Vendemos nuestra vida, nuestra felicidad, por pequeñas cosas, por dejadez, por apatía, por no comenzar. La lucha es nuestra única posible felicidad, para ello estamos construidos y ella es la razón de nuestras vidas, sin ella nada tiene sentido, la naturaleza no avanzaría, no habría evolución, no cumpliríamos nuestro fin.

Toda aquella filosofía era demasiado para la pobre hoja y para su poco cultivada inteligencia. Toda su vida, ella había buscado lo contrario, es decir su infelicidad, nunca estuvo conforme con lo que hacía, pero tampoco sabía lo que debía hacer. Este miedo terrorífico que sentía al ver llegar a la muerte, corroboraba lo dicho por el ciempiés.

El anochecer, era espléndido, y el piar de los pájaros, frenético, todo lo llenaban de música y armonía.

Una ráfaga de viento movió la hoja, dejando al ciempiés al descubierto; un revoloteo, un picotazo, y el fin de su interlocutor tuvo lugar antes que el suyo. La hoja vio al ciempiés en el pico del gorrión, y le pareció que una resignada sonrisa se dibujaba en su boca en el instante anterior a ser engullido.

EL GORRIÓN

Aquel gorrión que dio su final al ciempiés, trajo un nuevo recuerdo a su memoria, recuerdo de un lejano día de primavera.

Había muerto la tarde y el frío de la noche primaveral comenzaba a sentirse sobre la piel.

Aquella tarde noche de primavera, un suave viento del norte traía promesas de blancas mañanas.

Atardecer de cánticos y chillidos de los escandalosos inquilinos de nuestro árbol, esos escandalosos gorriones con sus peleas, discusiones y empujones que llenan el comienzo de la noche. Un ruidoso y gracioso jolgorio, a cada cual le gusta la rama del vecino y cada uno tiene algo que decir o demostrar antes de comenzar a dormir. Él su fortaleza, aquella su belleza, y otro tal, quizás su inteligencia, todo ello mediante empujones, picotazos, chillidos y cánticos.

Todos se habían dormido, descansaban de su lucha diaria y preparaban sus cuerpos para la lucha a muerte que deben librar cada día por la supervivencia diaria, la más común y más inflexible ley de la naturaleza.

En esta lucha, cada cual utiliza sus mejores armas, y pobre del que no las posea, como mucho, podrá ser el esclavo de un señor que lo defienda.

En esta guerra de todos los seres vivos, todo está permitido, hasta la muerte, y por supuesto la humillación, el desprecio y el abuso más sangrante.

En medio de la paz del comienzo de la noche, del silencio, del dormir, del frío que comenzaba, un gorrión, ciego por la oscuridad, chocó ruidosamente con la parte mas alta del árbol, y vino rodando, tropezando y revoloteando; en medio de las protestas de sus compañeros, a caer en la rama de nuestra hoja, con dificultad consiguió asirse a ella y después, todo quedó de nuevo en silencio.

Nuestra hoja lo miraba con asombro, le llamó la atención su famélica figura, por un momento y confundida por la noche, le pareció que no fuese un gorrión, estos son tan redondos, tan prietos, y en aquella época de abundancia, tan fuertes. Sin embargo, aquel pobre ser era un gorrión, escuálido y enfermizo.

Tiritaba, parecía balancearse, y a punto estuvo de continuar rodando árbol abajo.

La hoja dudaba, no sabía si debía hablarle ¿Qué le sucedía?

- ¿Escúchame gorrión, té pasa algo, puedo ayudarte?

- No, no puedes.

Incluso su mirada era débil y enfermiza, su voz pobre, y desde luego, su fuerza escasa.

- ¿Qué necesitas, qué puedo hacer por ti?

- ¿Por mí? Nada, ni siquiera puedo comerte, no podría digerirte y de nada me servirías.

- ¿Tienes hambre?

- Me muero, voy a morir de hambre.

- ¿Qué té pasa? Todos tus compañeros están bien alimentados, eso significa que son buenos tiempos para vosotros ¿Por qué pasas hambre?

- ¿No has visto la hora a la que he llegado? Pues incluso así no he podido comer casi nada, además, no digiero bien la comida, la poca que como, apenas me alimenta; como no tengo fuerzas, mi vuelo es corto y no puedo competir con mis compañeros, tengo que conformarme con las sobras de los demás.

- ¿Estas enfermo?

- Yo ya nací enfermo, fui el quinto y ultimo de una preciosa nidada, aunque en realidad los preciosos eran mis cuatro hermanos. Según me contó mi madre, nací con bastante retraso, ella ya pensaba que había perdido ese huevo, nunca había perdido un huevo y estaba muy orgullosa de ello. Creo que fui el producto del orgullo de mi madre. Ya desde mi nacimiento no pude competir por la comida con mis hermanos, y mi padre desistió de alimentarme; no así mi madre que duplicó sus esfuerzos. De esta forma pude llegar a trancas y barrancas al final de mi niñez. Comenzó allí otro gran problema, el de mi primer vuelo, quedó en evidencia mi inferioridad. Mis hermanos rápidamente comenzaron a volar, en torpes intentos primero, que mejoraban con cada nueva experiencia, por el contrario yo no conseguía salir del tejado en el que habíamos nacido. Mi padre seguía ignorándome, inteligente varón aquel, que solo atendía a mis hermanos, estos pronto no necesitaron ninguna ayuda, pero mi madre seguía empeñada en no perder ningún pollo y seguía alimentándome e intentando fortalecerme para que pudiera volar. Tras muchos y fatigosos días, consiguió hacerme dar un vuelo desde aquel tejado hasta un árbol cercano, aun no sé si fue un vuelo o simplemente una caída, lo que si fue es la señal que esperaba mi madre para considerar cumplida su misión y dar por salvada aquella nidada. Desde aquel día puedes imaginarte mi vida.

- ¿Por qué desprecias el amor de tu madre e incluso lo consideras contrario a la naturaleza?

- Lo considero antinatural por que la sabia naturaleza, tiene sistemas para corregir sus propios errores, eliminándolos o dejándolos morir. En este caso el sentimiento de protección de mi madre, al que tú llamas amor, impidió mi muerte y forzó mi supervivencia, y ya ves las consecuencias.

- Según tú, solamente los fuertes tienen derecho a la vida.

- Naturalmente, ese es el control de erratas de la naturaleza, es cuestión de evitar sufrimiento inútil, de no despilfarrar.

- Pero también hay una ley natural que es la de la supervivencia, también debemos todos colaborar con ella, todos debemos intentar sobrevivir.

- Cierto que todos estamos sujetos a la ley de la supervivencia, todos tenemos la obligación de luchar por ella, pero solo por nuestra supervivencia, por la de cada uno, también por la de nuestra especie, pero no por la de cada individuo inviable, débil, de esa especie.

- Si tus hermanos te ayudaran un poco, tú podrías sobre vivir. Si se crease una sociedad para proteger a los débiles, con poco esfuerzo de cada uno, podrían sobrevivir individuos como tú.

- Pero eso solo conduciría a mantener monstruos inútiles, que además mancharían genéticamente nuestra especie entorpeciendo la evolución, produciendo además individuos infelices y tarados, como yo.

- ¿No crees qué aunque sean individuos débiles físicamente, podrían desarrollar su inteligencia y ser felices por ese camino?

- ¿Acaso la inteligencia no es la función de un órgano que es el cerebro, y ese órgano está integrado en el organismo, y que por lo tanto, solo si se encuentra en un cuerpo sano, podrá dar su rendimiento optimo? Y aun aceptando el supuesto de una inteligencia interesante y fuerte, entonces esa inteligencia encontraría el camino de la supervivencia. Cada individuo es un todo indivisible, y es ese conjunto, el que debe demostrar su capacidad de supervivencia, bien sea mediante su fuerza física, su inteligencia o mediante cualquier otra facultad.

El frío de la noche se hacía más intenso, y el sueño doblegaba su resistencia.

La cabeza de la hoja estaba llena de ideas, que revoloteaban como pájaro que aun no ha encontrado su rama, el sueño había hecho presa en ella.

Un nuevo ruido, la sacó de su sopor, el gorrión caía dando tumbos árbol abajo; terminó su caída con un sordo pechugazo en la hierba del suelo. Le pareció que aun conservaba movimiento, pero la hábil rata, lo quitó de su vista con una rápida y saltarina carrera hacia la sombra de la noche.

EL REY

Pedacitos de papel, avioncitos, pajaritos, molinetes.

Aquella tarde le fue concedido a la hoja un honor sin igual, el Rey había venido, podría conocerlo en persona.

Avioncitos, globos, trajes de marinerito.

El Rey se había dignado hacer una visita por la zona salvaje de su reino.

A lo lejos, sentado en un banco del parque, el Rey y la Reina, vigilaban a sus cachorros que correteaban alegres a la sombra de nuestro árbol.

Carreritas, avioncitos, pedacitos de papel.

- ¡Mamá! ¡Mamá!

Llegaba el cachorro corriendo y dando saltitos, primero con un pié y luego con el otro, hasta sus padres.

- ¿Mamá, por qué son verdes los árboles?

- Hijo, los árboles son verdes, porque así los ha hecho Dios, para hacernos a nosotros, sus hijos, más bonito y frondoso el paisaje.

De esta manera, el Rey le comunicó a nuestra hoja lo que para él significaba su color.

El cachorrito hembra, era dulce como la brisa de un atardecer de verano, dorada y tierna, su voz le recordó el sonido de una fuentecilla cercana, saltarina y fresca.

- ¡Mamá, mamá! ¿Puedo cortar una flor?

- Claro hija, para eso están.

- ¿No le duele si la rompo?

No hija, las flores están para perfumarnos el campo y hacerlo más bonito a nuestros ojos.

La hoja sintió mucha pena, si eso pensaba de la flor, ¿Qué pensaría de ella, una simple hoja? ¿Cómo alguien que se llamaba así mismo el Rey, el ser inteligente, podía comprender tan poco a la naturaleza, su supuesto reino?

- ¡Papaaaa. ! El cachorrito macho lloraba amargamente.

- ¡Papa, tengo un pincho!

Un diminuto pincho causaba aquel ruidoso llanto en el cachorro del Rey, de aquel ser superior y todo poderoso.

- ¡No! No os metáis en esas hierbas, puede haber algún bicho peligroso que os pique.

Así infundía valor el Rey a sus herederos, al que debe ser, al que debe mandar, decidir, infundir respeto.

La Reina también colaboraba a la espartana educación con alguna frase.

- No os manchéis, vais a estropear toda la ropa.

Aquellos trapos puestos encima de su piel, eran algo importante ¿Por qué oculta el Rey su cuerpo? ¿Es feo y desagradable, o quizás es débil y enfermizo? ¿Es que no aguanta los rigores de la naturaleza, a la que pretende dominar?

- ¿Papa, el campo es bueno?

- Claro que es bueno

- ¿Y por qué no vivimos en él?

- Hijo, el campo es bueno para visitarlo algunas veces, pero para vivir es muy desagradable, solo los animales pueden vivir en el campo.

La hoja quedó desconcertada, aquellas afirmaciones del Rey, la llenaban de dudas y perplejidad ¿Acaso el Rey no era un animal? ¿Pues que era entonces? ¿Cómo un animal tan débil e ignorante podía ser el Rey?

Todas aquellas ideas daban vueltas en su mente, mientras la tarde caía suavemente. Mil rayos de sol, hacían visible el aire, al ser filtrados por los frondosos árboles. Una pareja de perros jugaba y correteaban entre los troncos de los árboles.

Carreras, trotes, cariñosas amenazas, revolcones y nuevas carreras, todo ello animado por escandalosos y amistosos ladridos.

Los cachorros del hombre, huyeron despavoridos al ver a los perros, corrieron chillando hacia sus padres. Los perros se acercaron curiosos. La Reina cogió a sus hijos y muy alarmada, los metió en el coche, el Rey cogió una piedra y la alzó en tono amenazador hacia los perros. Uno de los perros, el mas viejo, se le quedó mirando y gruñó en tono bajo mientras dejaba ver sus dientes, el Rey dio dos pasos atrás, tropezó y cayó sobre sus glúteos, desconcertado de miedo, apresuradamente subió al coche.

La hoja, pudo escuchar a través de la ventanilla del vehículo, la frase que le hizo comprender a aquel Rey de pacotilla.

¡Qué desagradable¡ – Dijo la Reina - ¿No se como permiten que haya animales sueltos por el campo? Es muy peligroso, debían estar encerrados o al menos amarrados, para que no molesten.

LA MUERTE

Tumbada en aquel húmedo y frío suelo, ya no podía distinguir con claridad sus sensaciones, sus sentidos flaqueaban, se perdían, las sensaciones se mezclaban en su mente, le asaltó la duda de si aun vivía o si ya había muerto.

A su lado, junto a ella otra hoja corría su misma suerte. Deseó acercarse a ella, compartir su dolor, confesarle su arrepentimiento de su fría y vacía vida. También contarle sus mejores recuerdos. Eran tan pocos, y pudieron haber sido tantos.

El sol salió, pero no estaba en el lugar que siempre había ocupado, si no que era mas difuso, no era un disco luminoso sino una luz que todo lo llenaba ¿Qué extraño amanecer? Había llegado de golpe, como si ya estuviese.

Estaba en un apartado, frondoso, bullicioso jardín, colores y formas se mezclaban de forma caprichosa; una azucena brotaba del áspero tronco de una encina, una margarita danzaba lanzando sus pétalos al aire, nada era como antes, no había visto nada parecido en toda su vida, la armonía y la estética dominaban el lugar, las plantas y los pájaros, se mezclaban hasta confundirse, formando parte de un solo ser vivo.

Los árboles eran una explosión de colores y formas, cada una tenía flores de todos los colores y clases, nada en aquel jardín parecía tener una misión diferente a la belleza, todo era como siempre había soñado que fuese.

Un arroyo cruzaba el jardín y sus aguas, chapoteaban regando en sus brincos todo cuanto en el jardín había.

Todo era como un interminable y maravilloso juego de belleza y felicidad, hasta los sentimientos parecían tener un lugar físico en aquel jardín. Un cálido e indefinido sol daba vida a este lugar, jugaba cariñoso con las hojas y las flores, produciendo luces y sombras inquietas y traviesas, todo era vida, aquello era la felicidad.

Cuando pudo salir del estado de éxtasis producido por tanta belleza y tan dulces sentimientos, preguntó a otra hoja que a su lado se ocupaba en jugar con un rayo de sol.

- ¿Amiga, compañera, me puedes tu decir como se llama este jardín?

- Este es el jardín de la eternidad.

- ¿Por qué le dais ese nombre?

- Porque en él nada muere.

- ¿Cuánto tiempo vivís?

- En este jardín no existe el tiempo.

- ¿Me puedes decir donde se encuentra este jardín?

- Este jardín está en tu mente, solo en tu mente existe.

En ese momento, toda la belleza desapareció, dio paso a la soledad, la hoja se vio sola y fría, nada había a su lado, no había viento, no había luz, no había oscuridad, no había... Un escalofrío recorrió su ser, sintió que tampoco tenía cuerpo, sintió su ser apagarse, no se sintió, no existía.

Entonces apareció la muerte, sensación suave y amarga.

Quiso dialogar con ella y la muerte se lo concedió.

- ¿Eres tú la muerte?

- Yo soy

- Quisiera saber de ti tantas cosas, si tuvieras algo de tiempo, si no te molestara demasiado, te preguntaría cosas.

- ¿Tiempo? Yo no tengo, y tú, ya tampoco, no existe el tiempo para nosotras

- ¿Qué hay después de ti?

- Yo soy una línea, algo intangible que separa el ser del no ser. Yo no soy nada, solo tu mente temporal es capaz de darme forma.

- ¿Con quien hablo entonces?

- Cuando hablamos de la muerte, más bien deberíamos decir “Mi muerte”, yo soy tu tiempo que ha llegado a su fin, yo soy tu final. Vosotros los seres temporales sois muy extraños, durante vuestro corto tiempo, os creéis eternos, no me veis, no me queréis ver, no queréis saber que siempre estoy con vosotros, desperdiciáis vuestras vidas pensando en el futuro.

- ¿Tú quieres saber lo que es la muerte? Para ti ya no tiene importancia, para los que viven, para los que todavía existen, para ellos, la muerte es su único futuro, su porvenir, su seguridad.

Llegaron las lluvias de otoño y la hoja quiso tener este epitafio.

EPITAFIO

Tú, lluvia, lava mi cuerpo, tú que por siempre misión cumpliste de alegría y pureza, tú que serviste para todo, riqueza, tristeza, añoranza de futuro, tardes tristes, llanto, fruto, razón y fuente de vida, lava tú mi cuerpo, limpia mi vida, borra su huella, tú que eres la vida, dame otro ser, otro que sobre mí crezca y fructifique, hazme de nuevo, púdreme, para en tu crisol de naturaleza, crearme de nuevo.

FIN

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