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La gesta tranquila

23/04/2010 19:28 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Artículo de análisis sobre las alternativas de juego del FC Barcelona en la previa al encuentro de semifinales de la Liga de Campeones contra el Inter de Milán

La próxima semana, por primera vez desde que Guardiola entrena al FC Barcelona, el equipo tendrá que remontar una eliminatoria adversa ante el Inter de Milán en el Camp Nou, o resignarse a quedar eliminado definitivamente de la Liga de Campeones. Solo una vez tuvo que enfrentarse anteriormente a esa tesitura el FC Barcelona, y fue esta temporada en la Copa ante el Sevilla, y si bien el equipo no paso el test, el factor campo a favor del equipo catalán -y también la motivación tan especial frente un premio tan jugoso como se espera como una final en el Bernabéu- bien podrían propiciar un resultado heroico. Una remontada que, sin embargo, y por la especial idiosincracia del equipo del que estamos hablando, tiene pinta de poder producirse de una forma muy peculiar.

Las remontadas históricas que se almacenan y salen a la palestra en ocasiones como ésta desde la memoria colectiva de la mayor parte de los aficionados futbolísticos españoles vienen sobre todo de un equipo (el Real Madrid) y de una emoción, la casta. Sentimiento indefinible en lo profundo e inclasificable en lo técnico, que tiene que ver con conceptos tan difusos como la garra, el honor, el amor casi patriótico de jugadores procedentes de todo el globo por un escudo, y donde por supuesto cuestiones como la táctica, la estrategia o la pizarra no tienen ninguna cabida. Pero sobre todo, se asocia a carreras. A carreras míticas de jugadores que acababan extenuados al final de la banda o de la línea de gol, saliéndoseles el corazón por la boca y más todavía si con esa galopada conseguían el tanto que les aupara a la gesta definitiva. Esas son las imágenes que nuestro cerebro (y al menos hasta el día que nos ocupa) tiende aun a conservar.

Y sin embargo, no es el Barcelona de Guardiola un conjunto acostumbrado a la épica, y menos aun a la carrera. Bajo el lema atronadoramente cruyffista "que sea el balón el que se mueva, no el jugador", Guardiola ha montado un equipo que ha seguido fielmente esta tónica futbolística y la ha llevado hasta el paroxismo, de una manera tan radical que el balón largo está prohibido, la carrera sin sentido desahuciada, y en cambio es el desmarque, el pase al compañero y el encadenamiento de toques de todo el conjunto el que se ve netamente favorecido. Bajo estas premisas, Guardiola ha cambiado, durante el año y medio largo que lleva ejerciendo su cargo, todo el concepto del futbol: nos enseñó que el que se cansa no es el que escapa con el balón, sino el que corre detrás de él; nos explicó que se puede marcar más goles que el contrario sin necesidad de asfixiarse. Nos mostró que, frente a la prisa, la mejor virtud es la paciencia, y que más que una huida loca con el esférico, es necesario pararse para saber qué hacer con él. Y de esa manera el Barça vencía a sus rivales aparentemente sin despeinarse ni acumular fatiga por ello; lo cual exasperaba a sus enemigos más aún hacia la desesperación.

No quiere decir esto que el Barcelona de Guardiola no corra: al contrario, corre, y mucho, pero lo hace de una manera distinta. Lo hace buscando desmarques, moviéndose por todo el campo, en los pocos trechos en que se hace necesario no el pase sino la circulación del jugador con la pelota, sprints de pocos metros, en lugar de cabalgatas de varias decenas. Salvo el caso particular de Alvés (que viene a ejercer ese efecto compensatorio en el Barça ejerciendo como carrilero), la mayor parte de sus jugadores actúan en una amplia parcela del campo por ambos lados, moviéndose según las necesidades del conjunto, al apoyo del compañero y sin jugadores de banda claros, sino una pléyade de mediapuntas que podría adaptar su posición al equipo en caso de necesitarse. El equipo además, precisa primariamente velocidad, pero no de las piernas, sino del reflejo, de la capacidad de pasar el balón nada más recibirlo para que no la huela el contrario, de esconder la pelota, de la anticipación del siguiente toque, y una precisión fuera de dudas, factores todos ellos que fueron precisamente los que fallaron en el pasado partido contra el Milán. Más recientemente Pedro (y con el reciente cambio de esquema de Pep Guardiola) ha venido a suplir la labor que en el sentido de puñal vertiginoso e incisivo que ejecutaba Henry -desertor de la causa hace ya mucho tiempo-, pero Pedro frecuentemente bascula al centro en busca del alimento que le da vida, el gol. E incluso a un delantero y a ratos extremo como él se le exige el pase antes que la carrera. Lo cual entra en aparentemente contradicción con la que gesta que se le exige al Barça el próximo día.

La comparativa es aún más extrema si la realizamos con el otro gran equipo del fútbol español, el Real Madrid, el cual precisamente esta temporada ha tenido que acudir a sus mitos más antiguos y ha devuelto a la casta y al espíritu de la remontada un sentido moderno que había perdido con anterioridad. El Madrid ha empezado muchos de sus partidos perdiendo, y ha sido a raíz de la reacción posterior al primer gol a partir de la cual el equipo merengue, sin apenas transición en el juego, con balones largos y acciones muy rápidas al toque de corneta, y a la búsqueda de alguna de sus individualidades, ha conseguido muchos de sus triunfos. El Barcelona, no. Otros equipos han empezado marcando, pero en su caso, la jugada de gol consiguiente del Barcelona ha parecido más una consecuencia lógica de la posesión absoluta de la pelota que tenía que llegar de una manera o de otra, y la única diferencia es que el gol del otro equipo apareció antes en el marcador. Si al Barcelona le suele costar marcar al menos veinte minutos, no es menos cierto que es raro que pasen cuarenta y no haya marcado ningún gol. En ese sentido, Real Madrid y Barcelona han mostrado actitudes opuestas: mientras el Madrid parecía necesitar encontrarse al filo de la navaja y tan sólo reaccionaba al ir debajo del otro equipo, el Barcelona ha asemejado actuar siempre como si éste no existiera, despreciando los minutos e insistiendo en sus acciones, conocedores de que un día u otro, más tarde o más temprano (y a pesar de una efectividad relativamente bajita) el tanto iba a llegar. Nunca se ha dejado atormentar por la prisa, por el miedo a los minutos, la creencia en un sistema que para ellos se ha vuelto casi mesiánico (creencia que actúa siempre en favor de los jugadores que la detentan, puesto que intensifica la seguridad en las acciones y da por seguro que no habrá posteriores reproches mientras se sigan las reglas de oro del manual) ha servido de acicate en todos estos momentos, y ha influido para remontar en partidos individuales en campos complicados como Stanford Bridge o el Bernabéu. Esto le ha originado una superioridad tal con respecto al resto de los conjuntos de la liga española y de Europa que, mientras que al otro lado de la valla, en la casa blanca, los momentos de crisis se sucedían (de tal manera que los milagros no eran cosa de un día, sino un asunto corriente que todas las semanas había que tratar), el equipo blaugrana sin embargo dominaba el compás y los tiempos, sin prisas, sin agobios, sin ruidos, de manera primorosa, casi diríase que hasta poética. Con la fe absoluta en su modelo de juego, el Barcelona se ha erigido en el mejor equipo del mundo, ha batido récords históricos, y ha hecho a sus seguidores (acostumbrados muchas veces a resignarse a ser sólo segundos) comunes aficionados a soñar. Aunque, como siempre, con cada apuesta que se realiza, se descarta también otra vía.

Y es que el equipo de Guardiola se ha vuelto tan dependiente del juego de conjunto, que si este no despierta de manera correcta, el Barcelona tiene muy poquitas opciones alternativas que desarrollar. El día que la maquinaria se atasca porque Xavi, Iniesta, Messi o alguno de los menos mediáticos no están finos, todo el equipo se atora, y parece como si nada pudiera carburar. Ha dicho algún periodista que parece precisamente como si la fuerza del Barcelona residiera en el juego en cadena, pero que precisamente si uno de los eslabones se rompe por el punto más débil, dicha cadena se desbarata en su totalidad. Probablemente no le falte razón en ese sentido, y así lo saben sus rivales: el día que equipos como el Espanyol o el Rubin Kazan han sido capaces de anudar el juego de pases del Barcelona, el equipo ha carecido de figuras individuales que se levanten, den un golpe de mando y demuestren por qué a cambio de esos preciosos minutos a veces tanto dinero como cuesta un fichaje se tiene que acabar por pagar. El Barcelona, equipo grande por excelencia, y que como tal, se vanagloriaba orgulloso de la capacidad de sus estrellas, ha mejorado tanto sin embargo el juego de conjunto que parece como si éstas no supieran actuar por sí solas. Ni siquiera la aparente Messi-dependencia de la que se le ha acusado en algunos momentos parece ser tan resolutiva: Messi sólo está bien si tiene detrás gente que le pase y domine, si funcionan Busquets, Xavi, Keita, Touré Yayá o Iniesta, las columnas vertebrales del conjunto. De no ser así, Messi sería un crack con la selección argentina. Cosa que le encantaría a Maradona, pero por lo que hoy por hoy sólo puede pedir futbolísticamente si un día al Dios argentino le da por rezar a otro Dios.

En ese sentido, a veces parece más sencillo para un equipo preparar un plan contra el Barcelona (por otra parte, hoy por hoy, el conjunto más estudiado del mundo) que contra un equipo que juegue peor al fútbol, como el caso del Real Madrid. Porque mientras ante el Barcelona hay que batir el juego de conjunto (y es la capacidad imaginativa de éste, y el factor físico del aspirante, lo que lo limita), frente al Real Madrid puedes dominar la posesión, el juego e incluso desarbolar su ataque, pero como el Madrid no necesita de todo esto, sino de una sola acción individual de sus figuras, al final la lucha es siempre del uno contra uno, y en ese sentido, el equipo contrario tiene todas las de perder. De ahí que en ocasiones parezca que a ciertos equipos pequeños se les dé mejor parar al conjunto culé que al madrileño, puesto que si los catalanes son imparables cuando están bien, también son muy poco el día que no se parecen a sí mismos, mientras que el Madrid tiene once posibles variantes que pueden ir mejor o peor, y les basta que una de ellas aproveche un despiste del rival (cosa a la que contribuye el hoy por hoy bastante disminuido nivel de la liga española; con una liga de más categoría quizás esa efectividad del Madrid no se tornaría tal). Porque si se trata de conjuntos de ballet, puede haber muchos más coordinados que el de Chamartín, pero si lo que cuenta es la potencia del barítono solista de la ópera, entonces son jugadores puntualmente desequilibrantes, como Cristiano Ronaldo, los que van a dar el rugido final. Por más que en esta metáfora le corresponda al atlético y musculado Cristiano asumir el clásico rol de escenario de “la ópera no se acaba hasta que aquí no cante la gorda”.

¿Pero cuál es la alternativa del Barça cuando falla ese juego tan vistoso? Pues la respuesta es: ninguna. Más y más toque, más y más posesión, más y más juego de pase. Eso era todo lo que pedía Guardiola el martes pasado mientras el Inter ganaba. ¿No hay entonces alternativa? No; en otras palabras, no hay plan B. El equipo de Guardiola, por más que para algunas cosas sea mesurado y tienda a conservar el equilibrio, en este aspecto muestra una apuesta futbolística extrema: el estilo es el estilo, y es irrenunciable, y ganemos o perdamos, habremos de seguir fieles a él. El Barcelona se ha hecho el mejor en su juego, a fuerza de eliminar de manera tajante todas las otras salidas posibles. Es la especialización llevada al último extremo. El sistema radical que nunca se habrá de abandonar.

En ese sentido, el Barcelona parece atrapado en un difícil problema cuando se encuentra con un callejón sin salida, que da bastante pie a reflexionar. ¿Debe el Barcelona tener una alternativa cuando no funciona el esquema? Frente al estilo del Barcelona, que no tiene plan B, y al Real Madrid (que sólo tiene plan B, lo que no tiene es estilo), se erige una estrategia intermedia, la de Vicente del Bosque, que viendo cómo la selección española jugaba estupendamente al toque, se ha empeñado en meter jugadores de banda, no se sabe si por convicción o como reserva en el caso de que los ‘jugones’ un día se levanten con una pájara y ese día el equipo no pueda tirar. ¿Cuál es la decisión que se debe tomar? Líbrese el que escribe este artículo de proporcionar consejos a la que se ha demostrado una eminencia futbolística como Guardiola (a quien sin duda todas estas divagaciones pasan por su cabeza y las considera a menudo), pero lo que está claro es que a priori se presentan dos escenarios posibles: el Barcelona puede seguir como hasta ahora, defendiendo su ideario futbolístico a muerte con los riesgos que ello implica, o puede desarrollar alternativas, a riesgo de perder los automatismos y la confianza en el juego de conjunto, y que haga que todo lo que le ha convertido en el mejor equipo del mundo desaparezca como desdibujado por una goma de borrar. En raros casos es posible complementar de manera eficiente ambas cosas. En este sentido, parece que tanto Guardiola como la dirección deportiva del Barcelona lo han tenido bastante claro este verano; aparte de los jugadores que tenían, se ha subido a un canterano de la Massía como Pedro y comprado a un brasileño de juego holandés como Maxwell, y se ha traído a Ibrahimovic, un jugador que -aunque terminador y con físico-, era capaz de seguir las jugadas hilvanadas por el Barça (si bien le podría corresponder a él el papel de solista del conjunto; y aunque en ocasiones ha dado la talla, no ha mostrado el nivel general que en el año pasado lució Eto’o, se encuentra por debajo de Pedrito, y no fue capaz más que de entorpecer el juego del equipo en San Siro). Con el dinero que costó Ibrahimovic (que parecía según qué mentideros más entregado para hacer oposición al fichaje de Cristiano Ronaldo que como proyecto estratégico serio), se podía haber mantenido a Eto’o (o cambiado por otro delantero) y haber fichado a uno o dos jugadores de estilo opuesto a los del conjunto que fueran capaces en caso de necesidad de revertir la situación y virar el rumbo del Barcelona si el guión lo exigía; entre los nombres enunciados, se expresaban Ribery o más modestamente el valencianista Mata. Nada de esto pidió Guardiola, y tampoco se le trajo. Parece que Guardiola ha apostado a muerte por el modelo y esto, desde luego, tiene sus ventajas dentro de múltiples puntos de vista: incluso aunque el conjunto no ande fino, la perfección a fuerza de insistencia en el esquema hace que los fallos sean menos fallos, y la seguridad que aporta a los jugadores el creer en un modelo único no se puede desdeñar. No obstante, es muy típico que el fútbol (animal olvidadizo) se tienda a mover según los resultados, y más de una competición con repercusión mundial o europea. En una liga continua sería muy difícil que el Inter (capaz de machadas como la del martes y también de empatar con un don nadie por falta de iniciativa) fuera capaz de superar al Barcelona; pero a dos partidos, y con uno en el que el Barça dio una de sus peores versiones -cosa contra la que nadie puede siempre resguardarse-, es posible que las voces que un día gritaron que se destituyera a Guardiola ahora clamen por jugadores individualistas que sirvan en momentos de crisis como revulsivo: justamente lo que el Barça ha demostrado que del altar futbolístico (que había levantado mitos alrededor de Kakás y Ronaldos) había que desenterrar. Ante todo esto, lo más probable es que Guardiola, gane o pierda, sonría y prosiga su imparable labor a largo plazo: él sabe que todas las conclusiones que se pueden extraer sobre el fútbol no dependen de un partido único en el que (como siempre, porque esto es un juego que depende de muchísimas cosas) se puede perder o ganar…

Pero en todo caso, a los jugadores barcelonistas se les va a pedir la próxima semana que elijan en un complicado dilema. El cuerpo les pedirá reacción: Xavi querrá taparle la boca a Mourinho, Messi devolverles las patadas a sus compatriotas Zanetti y Cambiasso, Ibrahimovic acallar críticas, Piqué demostrar que ni siquiera los árbitros pueden con el mejor. Frente a eso, el corazón les latirá más deprisa, las piernas les solicitarán guerra, y en cambio Guardiola les exigirá calma, mucha precisión, sangre fría, pases medidos, cabeza amueblada, inteligencia agudísima, justo todo lo contrario que el desbocamiento loco como un toro que suele exigir una remontada como las que (sin ir más lejos) el Madrid está acostumbrado a efectuar. Tarea muy ardua, y más sin Puyol y con la presión de la liga de la que el Inter se ha desentendido por completo, sin duda, pero necesaria si se quiere dar una machada tan importante como plantarse por segundo año consecutivo en una final (ningún equipo ha ganado la Copa de Europa dos veces seguidas desde que ésta tiene el formato Champions). Por delante noventa minutos, pero también la urgencia de marcar dos goles. El Barcelona se ha mostrado siempre impasible ante estas exigencias, pero también es verdad que en pocas ocasiones les ha exigido tanto el guión: ¿se desdibujará el Barcelona conforme pasen los minutos? No es eso lo que los aficionados esperan. Ni lo que deben esperar ellos, por muy adversas que estén o se pongan las circunstancias. Hoy por hoy, la hoja de ruta con la que cuentan es la que es, no hay plan B, tan sólo plan A, pero es un plan tan bueno, que les ha dado tantas cosas, que merece la pena confiar. Dos goles parecen mucho, pero en noventa minutos fueron también capaces de marcar seis goles, y aunque el Inter de Milán es un hueso duro, nadie duda de que la misma confianza que los transalpinos tienen ahora puede mermar de manera súbita si reciben un gol, o si incluso aunque marquen reciben dos, poniendo a pique de un repique la eliminatoria. Este Barcelona de Pep Guardiola le ha marcado cuatro goles al Arsenal y al Bayern y cinco al Lyon, y Xavi ha sido capaz de sortear muros tan altos como el que ahora se le presenta interista. Junto a ellos, además, contarán con un estadio lleno, que se volcará agradecido por todas las gestas que le ha dado su equipo, y que hará saber a los suyos que ocurra lo que ocurra, serán siempre héroes como Ulises en su regreso a su Ítaca. Todos los antecedentes apuntan a que si el Barcelona hace el mejor juego que sabe es imposible que pierda, pero ahí está lo difícil, conseguir que el barco más precioso del mundo (con algo más de efectividad si se puede) vuelva a zarpar. Pero una vez más, al Barcelona le tocará ser una orquesta: preciosista, comedida, sin romper los violines sino dejando sonar las cuerdas, confiando la explosividad tan sólo en Alvés y también en Ibrahimovic y quizás a algún espontáneo que se anime a hacer un “iniestazo” en el momento cumbre, pues bien se sabe que en toda épica hay momentos oscuros en que se sufre y que un Polifemo parece que todo se lo va a tragar. Pero en esta historia de héroes no juega Ulises, sino Xavi y Messi, hombres tranquilos; pero que como John Wayne, saben muy bien dónde hay que apuntar…


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